Septiembre zombie
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Portada del relato Ciudad de Espectros
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Doctora… —me dijo, aunque jamás fui médico—, ¿puede ver esto?

Duración: 10:43

Ciudad de Espectros
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

23 de Noviembre de 2026.

El amanecer filtraba sus primeros rayos a través de las nubes bajas y densas que cubrían la industria de Houston, tiñendo el cielo de un gris sucio. Los reflectores, apostados sobre los muros emparchados que rodeaban el antiguo centro de convenciones George R. Brown, seguían encendidos, iluminando a los guardias armados que patrullaban la entrada principal. Más allá de las paredes, el aire olía a ceniza, restos quemados de días donde la muerte y la vida compartían el mismo espacio. En el interior, el ritmo era otro: cientos de personas se movían, se saludaban en voz baja, cargaban bolsas de arroz, bidones de agua purificada o cajas de herramientas herrumbrosas.

Habían pasado más de seis años desde que el mundo cayó. En Houston, la mayoría dejó de creer en milagros hace tiempo. Pero hoy era día de la feria de intercambio, una lonja de promesas y temores donde, al menos por unas horas, las manos de los vivos compartían calor y trueque bajo la atenta mirada de los fusiles de la milicia.

Yo también tenía mi puesto. Mi nombre es Valeria Serrano. Fui enfermera antes del colapso, ahora aplico mi destreza para limpiar lesiones, cambiar vendajes, y de ser necesario, amputar miembros mordidos. Mi toldo estaba adornado con un trapo azul y dos cruces pintadas en rojo, esas señales universales que aún cargaban cierto peso incluso después del derrumbe.

El bullicio de la feria se sentía como un latido débil, pero firme. Llegaban caravanas desde las afueras: agricultores de Katy con sacos de boniatos y maíz, curtidores y herreros de Pearland con clavos y herramientas, mujeres de lo que alguna vez fue Pasadena, que traían frascos de jarabes caseros y cápsulas de ibuprofeno que parecían de otro siglo. En el extremo opuesto de la plaza, bajo los retazos de una lona destrozada por las tormentas, la milicia supervisaba el intercambio de municiones y armas.

Había una tensión evidente, invisible pero palpable, cada vez que se cerraba un trato importante. La escasez de hace años había dado paso a una difícil regularidad: si hoy te quedas sin algo esencial, mañana podrías ser la presa fácil de una horda residual, o de los bandidos que aún merodean por las autopistas y alcantarillas que cruzaban Houston como venas abiertas.

Un anciano se acercó a mi mesa, cojeando con un bastón improvisado. Tenía los ojos inyectados de un cansancio antiguo.

—Doctora… —me dijo, aunque jamás fui médico—, ¿puede ver esto?

Extendió un brazo vendado, la tela sucia, rojiza por la sangre seca. Al retirar el vendaje, vi la mordedura. Cada cicatriz era un recordatorio de que nunca podía relajarme. Alguien más observó renuente la herida, con los nervios a flor de piel, mientras yo la lavaba y examinaba.

—¿Ha tenido fiebre? ¿Sueña mucho? —pregunté.

—Hace dos días tuve escalofríos, pero ya se fue… —su voz quebrada, fuerte y a la vez temblorosa, denotaba la angustia de todos.

Tomé la decisión. Una ronda de antibióticos —tesoro inestimable, pero todavía teníamos un pequeño suministro— y aislamiento. El hombre me pagó con dos latas de leche condensada, más valiosas aquí que oro en los viejos tiempos.

La vida en la fortaleza de Houston seguía una rutina rigurosa: los mercados, las patrullas, las horas de cierre y el toque de queda. Afuera, por la noche, aún se escuchaban los lamentos de los rezagados. Pero dentro, la comunidad sobrevivía, y con el tiempo, crecía.

La plaza principal, antaño llena de turistas y feriantes, se había transformado en un laberinto de tenderetes y barricadas improvisadas. En las esquinas, poleas movían cajas con cuerdas; carros de madera cargaban a niños, o los escasos libros que habían sobrevivido al saqueo. Cerca del cruce de la calle Lamar, un pequeño grupo de músicos tocaba una tonada melancólica con instrumentos que lograron reparar en alguna noche interminable.

Allí me encontré con Camila, mi hija, de trece años. Había nacido durante la invasión inicial, aullando contra la decrepitud del mundo, su llegada un desafío a la muerte omnipresente. Mujer en ciernes ahora, llevaba una cesta de huevos de pato que recogía de los canales hacia el este.

—Mamá, el maestro Diego dice que hoy darán la clase de mapas —me dijo con los ojos relucientes, como si le hablara de una fabulosa expedición antigua.

Le sonreí, recordando cuando esa misma plaza era un hervidero de traficantes y desesperados. Ahora, los niños caminaban libres —dentro del muro, claro— y aprendían que el mundo era ancho, pero limitado por murallas y recuerdos.

En el templete central, el consejo de la ciudad presidía la feria. Habían elegido a sus miembros en consejo abierto: Lucía Álvarez, la jefa de la milicia y antes policía; el pastor Ezekiel, que ahora administraba alimentos en vez de almas; y la ingeniera Phuong, la última sobreviviente de la Universidad de Houston, quien gestionaba agua y energía.

Phuong se encontraba ese día supervisando una de las presas pequeñas del Buffalo Bayou, el canal aún navegable en pequeños botes. Bajo su supervisión, un grupo de adolescentes arrastraba generadores reparados para alimentar el mercado y las radios de corto alcance. Yo la saludé desde lejos: ella levantó la mano, sus dedos manchados de aceite.

Aún debíamos temer. La feria tenía reglas estrictas, y cada tanto alguien violaba el código de honor. Robar comida era penado con exilio, y exiliarse era firmar la sentencia de muerte, pues los bosques y ruinas que cercaban la ciudad rebosaban de horrores: no solo zombis, ya pocos y desmembrados, sino humanos sin ley, saqueadores, bandas errantes y las enfermedades de la miseria.

La tarde avanzó y la multitud fue menguando, recogiendo sus tesoros, custodiados por milicianos de uniforme mixto —pantalones de camuflaje, chalecos hechos con cobertores viejos, botas rotas— siempre armados, el rifle como báculo sagrado. Algunos charlaban, menos por amistad que para dejar claro a todos que no estaban solos.

Me tocó atender un parto cerca de las cuatro. Una joven, apenas mayor que mi hija, llegó sudando y muy pálida, seguida de su esposo. El parto fue sencillo, más de lo que la vida parecía justo. Un niño lloró tras los muros, y era como un eco antiguo, casi sagrado; una nota de esperanza vibrando sobre la desesperación general.

Por la noche, cuando cerraron la plaza, la familia rodeó su refugio con barriles y estacas. Algunos se ofrecieron para turnos de guardia. Otros rezaron. Yo, simplemente, me senté con Camila bajo una lámpara de aceite, compartiendo un poco de arroz y caldo con hierbas amargas.

—¿Crees que algún día volveremos a ver el mar? —me preguntó ella, jugando con una pequeña brújula oxidada.

Pensé en Galveston, tan cerca y a la vez tan imposible. Las hordas se estancaban en las ciudades grandes, y nadie que intentó cruzar fuera del anillo rural regresó entero.

—Quizá algún día, hija. Houston es fuerte. Si llegamos hasta aquí, podemos llegar más lejos —le respondí.

Detrás de nuestras palabras, el viento traía un rumor de martilleos: estaban reforzando el muro occidental, donde la vieja autopista 45 aún era una amenaza. Semanas atrás, una horda, torpe y lenta, llegó tambaleándose por ella, dirigida más por la inercia que por deseo. Los militares ya no las temían como antes, pero una docena de zombis podía causar una carnicería si sorprendía a una patrulla dispersa.

El consejo, consciente de los peligros, había decretado entonces sellar los pasos elevados, volándolos si era necesario. Pero la ciudad vivía del comercio, así que las puertas del sur quedaban abiertas durante las horas de sol, cerrándose con enormes cadenas al atardecer.

Cada mañana, los burreros traían leche y carne desde campamentos al sur, cerca de Sugar Land. Los carniceros criaban cerdos y gallinas y los intercambiaban por sal, medicinas o repuestos. Los herreros desmontaban coches viejos para fabricar cuchillos, arados o simples clavos. Y los lectores —lo más cercano a sabios que teníamos— enseñaban a los niños a leer y escribir, o a identificar plantas medicinales.

Habíamos aprendido a aprovechar la lluvia. El Bayou era una fuente de agua, pero nunca del todo segura. Las infecciones, las larvas, los químicos de las viejas fábricas… Por ello, cada canal estaba equipado con filtros artesanales y bombas de mano. No había lugar para el descuido.

Esa misma noche, justo antes del toque de queda, una alarma retumbó desde la torre norte. Un explorador regresó sangrando, perseguido por dos figuras tambaleantes. No eran zombis, sino saqueadores: gente joven, ansiosa, sumida en la locura del hambre y la furia. Fueron contenidos tras un fuerte tiroteo. Se les vendó, se interrogó, y finalmente se exilió más allá del canal, una lección dura pero necesaria para mantener el frágil orden.

Algunos lamentaban la crueldad. Otros repetían la máxima: “Clemencia por uno, pandemia para todos”. No era fácil, pero acaso sobrevivir nunca lo fue.

Pasó la alarma y regresó la calma. Me senté de nuevo, ahora bajo los restos de un mural desgastado de la ciudad, mirando el perfil de los edificios que se alzaban como esqueletos contra el horizonte —las torres, los hoteles, las oficinas tomadas por la maleza y los pájaros salvajes—. Mi hija dormía, acurrucada sobre mi poncho, abrazando la brújula.

Pensé en el futuro. En la ciudad, en las nuevas alianzas, en el sueño antiguo de una vida mejor. Sabía que la infección aún acechaba, esperando carne fresca. Que nunca estaríamos del todo seguros. Pero también que las comunidades se habían vuelto fuertes, que los niños, nacidos en la desesperanza, portaban una luz que ningún invierno pudo apagar.

Las estrellas asomaban tímidamente sobre Houston. Nueva música, nuevo comercio, nuevos dioses y demonios. El ciclo continuaba. Y de algún modo, seguíamos respirando bajo el mismo cielo roto, tercos, contumaces, tan vivos como en los viejos sueños.

Al fin y al cabo, incluso en ciudad de espectros, la vida se abría paso.

Septiembre zombie
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.