Fragmento:
Hoy el termómetro, colgado junto a la puerta como una reliquia inútil, marca cuatro grados. Es un lujo tener abrigo. La leña escasea, aunque las casas vacías proporcionan puertas, sillas, incluso cuadros para quemar. Un extravagante calor quemado recorre las estancias, mezclado con el olor rancio a humedad y ese perfume ácido, inconfundible, de los que han muerto yaciendo semanas en algún rincón. Por suerte a los zombis parece costarles moverse con este frío: vagan despacio, los veo a veces desde la ventana, figuras en la carretera desierta. Al principio me aterraban, luego aprendí que el miedo debe reservarse para cosas peores: el hambre, la soledad, y sobre todo los vivos.
Duración: 10:57
16 de Diciembre de 2020
Querido diario:
A veces me pregunto por qué sigo escribiéndote. Tal vez es por la costumbre, el ritual de tomar este cuaderno con tapas azuladas y rayar mis pensamientos en la tenue luz de una vela; tal vez porque escribir es lo único que aún me recuerda quién soy, o quién era. Aquí, en Ibiza —la isla que alguna vez fue paraíso, ahora frontera entre el hambre y los muertos— debo confesar que la memoria desgasta tanto como la vida diaria: se pierden nombres, olores, incluso los matices del miedo se difuminan, como las luces de San Antonio bajo la bruma invernal.
Hace ya casi un año desde que aquella misteriosa enfermedad arrasó con todo. El mar seguía azul, las puestas de sol ponían a arder el cielo en la línea de Es Vedrá, y los turistas aún deambulaban borrachos por las calles del puerto. Ya nadie recuerda nada de eso. Lo único que importa es sobrevivir otro día al invierno interminable, al frío que cala en los huesos y a los que caminan, tambaleantes, por los caminos polvorientos de la isla. Los que quedamos, los supervivientes, nos refugiamos donde podemos: viejas discotecas, escuelas abandonadas, y, en mi caso, lo que fue una villa turística cerca de Santa Gertrudis.
Hoy el termómetro, colgado junto a la puerta como una reliquia inútil, marca cuatro grados. Es un lujo tener abrigo. La leña escasea, aunque las casas vacías proporcionan puertas, sillas, incluso cuadros para quemar. Un extravagante calor quemado recorre las estancias, mezclado con el olor rancio a humedad y ese perfume ácido, inconfundible, de los que han muerto yaciendo semanas en algún rincón. Por suerte a los zombis parece costarles moverse con este frío: vagan despacio, los veo a veces desde la ventana, figuras en la carretera desierta. Al principio me aterraban, luego aprendí que el miedo debe reservarse para cosas peores: el hambre, la soledad, y sobre todo los vivos.
La villa en la que estoy atrincherado tiene paredes gruesas y un generador pequeño que funciona un par de horas por las noches si consigo cargarlo con gasolina, pero la escasez es ya ley. Las noches son largas, el invierno --más aún en una isla que parecía sólo conocer los excesos del verano-- se amplía hasta el infinito. La despensa está medio vacía. Hay otros tres conmigo: Laura, una enfermera mallorquina; Pedro, un antiguo capitán de barco que conocí la noche en que la policía evacuó a los últimos turistas; y Nico, que no supera los quince años, rescatado de una casa incendiada en Puig d’en Valls en septiembre.
Las primeras horas de cada día las dedicamos a buscar algo que comer. Antes eran incursiones rápidas a los supermercados saqueados de Santa Eulalia o San Antonio, ahora sólo quedan los huertos huérfanos, las despensas ocultas en casas olvidadas y --cuando el hambre asedia-- las latas caducadas en trasteros. Laura ha aprendido a identificar raíces comestibles y a cocerlas hasta volverlas pastosas, una masa que llena el estómago aunque recuerda vagamente a tierra. El agua, por suerte, aún fluye de los aljibes, pero sabemos que llegará el día en que ni el agua sea segura.
Hoy, día 16 de diciembre, he salido solo. Necesitábamos medicinas --el resfriado de Nico parece ir a peor, quiero creer que sólo es eso. Caminé hasta Can Plá, una urbanización ahora tomada por el silencio. Recorrí la casa de la familia Soler buscando cualquier cosa útil: logré encontrar una caja de paracetamol, vendas y una botella medio llena de aceite de oliva. La persiana del salón se balanceaba por el viento, un sonido que me hiela la sangre, pues a veces no es el viento, sino ellos. Vi uno de ellos en el jardín, junto al columpio. No era más que una sombra, arrastrando los pies con un movimiento desgarbado. No me moví hasta estar seguro de que seguiría su camino, que no me había olido, escuchado o sentido. La paciencia es lo único que uno puede permitirse en un mundo así.
La vuelta fue menos peligrosa: esquivé la carretera, bordeando por los olivares. Los zombis son torpes entre los troncos y las raíces, y con el frío apenas se aventuran fuera de los caminos abiertos. El alba despuntaba sobre el Puig des Molins, empapando la isla de un resplandor sucio. Atravesé el puente viejo sobre el torrente seco y descubrí que habían saqueado una camioneta que la semana pasada aún tenía víveres. No vi señales de lucha ni cuerpos, solo garabatos en la puerta: una advertencia pintada por otros supervivientes.
Regresé con mi botín al refugio a media mañana, demasiado tenso para sentir alivio, sólo un cansancio inmóvil en las piernas. Laura fue la primera en recibirme. Sus manos temblorosas cogieron las medicinas y corrió a dárselas a Nico, que dormitaba bajo una montaña de mantas. Pedro me ofreció un trozo de pan duro, su única contribución hallada esa jornada en un caserón junto a la carretera de San Rafael. Comimos en silencio, como siempre. Hablar es gastar fuerzas. La conversación se ha vuelto un lujo.
Por la tarde, Pedro quiso salir. Habló de ir hacia el sur, cruzar hasta los salineros que quedan cerca de Es Cavallet. Dicen que las casas allí han sido fortificadas por un grupo que recibe a los desesperados bajo condiciones severas. No se fían de desconocidos; sólo admiten mujeres o niños, dicen, y a los hombres les exigen trabajos forzados. Se rumorea que a veces los usan como moneda de trueque. Laura se opone visceralmente a mezclarse con grupos grandes: prefiere el aislamiento —más seguro, más predecible— y teme que pronto los humanos sean más letales que los muertos.
La noche es peligrosa. No tanto por los cadáveres ambulantes —que apenas rondan la villa— sino por el frío y el rumor de esas otras bandas que recorren Ibiza, buscando algo que robar, conquistar o dominar. En septiembre, cuando los zombis arrasaron el puerto y dejaron los primeros cadáveres en la avenida Bartolomé Rosselló, oímos cuchicheos de quienes navegaron hasta Formentera y nunca volvieron. Algunos aseguran que un ferry atracado en el puerto de Ibiza nunca zarpó; otros que hay una comunidad oculta en el faro de Tagomago. Son historias que escuchamos en la radio militar, cuando aún quedaba señal: advertencias, promesas, mentiras y medias verdades que nos mantienen despiertos en la oscuridad.
La poca leña que queda la reservamos para la última tanda de calor de la noche. Laura y Pedro discuten en voz baja sobre el futuro. Nico delira; su fiebre no bajó pese al medicamento. Me siento impotente. Nunca quise ser héroe y ahora sólo deseo tener algo de comida, una frazada más, o al menos un día sin miedo.
Es en este tipo de silencios donde mi mente me traiciona. Recuerdo fiestas en la playa, conciertos en Dalt Vila, las bocinas de los barcos entrando al puerto. Eran vidas ajenas. Ahora mis recuerdos son únicamente olores de podredumbre, pasos amortiguados y el sonido mecánico de un generador exhausto.
Me pregunto si alguien más escribe diarios. Si habrá otras voces, en otros idiomas, narrando cómo el invierno aprieta en Menorca o en Mallorca, o cómo los últimos supervivientes de la Península escuchan el mar golpear las costas vacías de Denia o Valencia. Aquí, en la isla, el agua es una frontera insuperable para los zombis. Rara vez caen al mar, y cuando lo hacen, se pierden bajo las olas y no regresan. En los primeros meses, muchos intentaron huir en barcas pequeñas; la mayoría desaparecieron. Ahora nadie abandona la isla: el mar es frío y traicionero, y ningún puerto es seguro. Los pocos barcos útiles han sido reservados por grupos armados que controlan la entrada y salida a toda embarcación.
Al anochecer, salí al porche de la casa. El cielo estaba despejado, un espectáculo raro desde que el humo y la niebla cubren las noches. Conté cinco zombis errando en la carretera que lleva a Santa Gertrudis. Caminan como si buscaran algo, acaso el calor que también buscan los vivos. El silencio se rompe a veces por algún disparo lejano, sin saber si cazan a uno de ellos o a uno de nosotros.
No puedo dormir. El miedo es una cuerda tensa que nunca se afloja. Escucho los ronquidos agitados de Pedro, el murmullo de Laura a Nicol, palabras suaves que reconfortan más que cualquier medicina. Extraño a mi familia en Barcelona. Nadie sabe qué ocurre allí. En agosto la última señal de radio hablaba de saqueos y ataques ya dentro de la Sagrada Familia. La conexión se cortó al poco tiempo. En la oscuridad, imagino que tal vez sobreviven, o que han hallado algún refugio seguro, una improbable fortaleza en mitad de la devastación.
El invierno aquí no es el de los cuentos: no hay villancicos, ni luces, ni regalos. Sólo un frío hostil y una sensación de encierro atemporal. Madrugar sirve de poco, así que sólo espero, cada noche, que el amanecer no traiga una nueva tragedia. La esperanza es un bien vidrioso, se rompe a la mínima sacudida.
Laura me preguntó hoy si creo que el mundo volverá a ser como antes. Le mentí y le dije que sí. Ella fingió creerme, como hacemos todos: los pequeños engaños, las mentiras piadosas, son el cemento de nuestra frágil cordura.
Acaban de oírse voces fuera. No las reconozco. Todo mi cuerpo se ha tensado. Pedro está asomado por la mirilla. Dos adultos y una niña caminan despacio, llevan linternas envueltas en tela para que la luz no delate su posición. Pedro quiere salir a recibirlos, Laura le suplica que no lo haga. Hay consenso: Nadie abre la puerta tras el anochecer.
No sé si los dejarán vivos los muertos que rondan, o si caerán en manos de alguna banda. He aprendido que la piedad es un lujo costoso, y el precio suele pagarse en sangre. Nos refugiamos todos en la sala, armas listas --dos cuchillos de cocina y una vieja escopeta. El mundo de antes se reduce a esto: un espacio pequeño y caldeado, los extraños debatiéndose entre la necesidad y la amenaza. Pienso que mañana habré de decidir si intento hablar con ellos al alba, o si seguimos ocultándonos, como animales acosados.
Escribo con los dedos ateridos. El tíntín de la bombona de butano en el salón suena a campana funeraria. Si sobrevivo a esta noche, prometo registrar aquí las noticias de la próxima jornada. Quiero, necesito, creer que alguien leerá estas páginas. Tal vez algún día haya otra Ibiza: de playas cálidas y luces en los bares; tal vez no. Hoy sólo hay frío, hambre, y una obstinada voluntad de no ceder la poca humanidad que nos queda.
Si todo termina como tememos, que quede al menos este rastro, este breve manual del horror y la esperanza.
Buenas noches, diario. Espero escribirte mañana.
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