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Portada del relato El Último Puente de San Francisco
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Fragmento:


Al edificio también llamaban ‘el Nido’. Sara y otros siete hombres y mujeres lo habían tomado hacía poco más de un año. Cada noche, mientras la marea se retiraba de la bahía, ella se tendía a largo en la azotea y buscaba las sombras entre los tejados, las migraciones de las hordas. Anotaba en una libreta: movimientos, tamaños, si había animales entre los depredadores. Con frecuencia, sin embargo, el mayor peligro llegaba de los vivos, no de los muertos.

Duración: 12:12

El Último Puente de San Francisco
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Texto de ajuste de pausa.

28 de octubre de 2024.

El viento salado del Pacífico no ha perdido su frío. Cada mañana despierta a San Francisco bajo una bruma inquebrantable, como si aún le costara comprender la ausencia casi total de movimiento humano. Cuando Sara subió al tejado del antiguo banco, lo primero que hizo fue ajustar el abrigo gastado y divisar a través de la bruma los huesos oxidados de la ciudad. Espiaba en dirección a la marina: la silueta del Golden Gate entre jirones de niebla, el crujir ocasional de un andamiaje abandonado. Por encima de todo, escuchaba. Siempre escuchaba.

Vivía en el corazón de lo que fue el distrito financiero, ahora una ruina mayor apenas más segura que el resto de la urbe. Todo sol era pálido. Las explosiones de julio, cuando la resistencia trató de purgar barrios enteros, aún pintaban el aire de un humo acre que ningún viento había borrado.

Al edificio también llamaban ‘el Nido’. Sara y otros siete hombres y mujeres lo habían tomado hacía poco más de un año. Cada noche, mientras la marea se retiraba de la bahía, ella se tendía a largo en la azotea y buscaba las sombras entre los tejados, las migraciones de las hordas. Anotaba en una libreta: movimientos, tamaños, si había animales entre los depredadores. Con frecuencia, sin embargo, el mayor peligro llegaba de los vivos, no de los muertos.

Esa mañana Miles había regresado antes de tiempo, cabizbajo y con la pistola desenfundada. Tenía barro hasta las rodillas y la manga derecha rasgada por completo. Bajaron la mirada el uno al otro sin palabras; cualquier conversación, incluso un saludo, era un lujo y un riesgo. Sara fue la primera en hablar, en voz muy baja.

—¿Se movieron al puerto?

Miles asintió, tragando saliva.

—Dos hordas, al menos cincuenta. Ya hay rastros de saqueadores en los depósitos. Han marcado con señales a la vieja usanza: círculos dobles y una cruz. Los hermanos Haney casi se los topan allí mismo.

—¿Los de la marina antigua?

Miles asintió. Llevaban días vigilando la zona; los Haney eran conocidos por no meterse con nadie, pero esa vez el campamento improvisado de los saqueadores había crecido. Se notaba en los rastros: más cenizas, más piel de animales secando, menos cuidado en ocultar los fuegos nocturnos. New Mission y South Beach se vaciaban: el peligro no venía solo de los zombis, sino de todas las bandas nómadas, los mercenarios supervivientes de los asaltos de los últimos meses.

Sara cerró el cuaderno de golpe. Cada línea escrita era una huella de su propio miedo. Habían pasado ya cuatro años desde el gran colapso, y no parecía que la vida volviera a tener una rutina normal. A dos semanas de noviembre, la ciudad era un terreno disputado; fortificaciones improvisadas brotaban y se desvanecían de una noche a otra.

—Anoche vi fuego en Russian Hill —dijo Sara.

Miles masculló una maldición.

—Si los Vengadores de la Calle Polk han vuelto, estamos jodidos. Tenían la intención de empujar a las bandas del puerto hacia el Embarcadero para luego cerrarles la salida.

Sara sostuvo la mirada unos segundos. En ese mundo, mirar a los ojos era peligroso. Cada vez que lo hacía encontraba la misma pregunta en el iris ajeno: ¿cómo seguimos vivos cuando casi todos han muerto por dentro?

—¿Sigues pensando en movernos al Presidio? —preguntó Miles.

Sara no podía responder. Lo necesitaban, pero abandonar el ‘Nido’ era casi como morir. Nadie podía sobrevivir por mucho tiempo sin un lugar, sin agua recogida y sin altura sobre las hordas. Además, en el Presidio, los rumores decían que se formaban mini-ciudades amuralladas, pero también numerosos puestos de peaje y señores de la guerra que distribuían escasos recursos a cambio de sumisión.

Sin embargo, la comida escaseaba, las reservas de medicina se reducían, y el último generador funcionaba solo a veces. Las bodegas subterráneas, donde los milicianos se refugiaban durante los peores ataques de agosto, ya no estaban seguras. Los saqueadores empezaban a usar explosivos pegados a drones: un asalto capaz de limpiar el ‘Nido’ en minutos.

La conversación fue interrumpida por un grito desde el piso inferior. Era la señal: dos campanadas rápidas y una pausa. Todos bajaron armados al tercer piso. Allí, Nina, la más joven del grupo, señalaba con el dedo hacia la ventana rota.

—¡Un mensaje! —dijo, extendiendo un trozo de tela. La letra era burda; un trazo hecho a brochazos, tan ansioso que medio mensaje rezumaba tinta fresca.

“Puente seguro. Suministros sur al anochecer. Traed a Marcus. Sabemos que está con vosotros.”

Sara intercambió una rápida mirada con Miles. Marcus, el silencioso, el ‘doctor’, había llegado en mayo y apenas salía de su rincón; su conocimiento era valioso, pero también una condena: todos lo querían, todos querían chantajearlo. Decían que sabía cómo tratar infecciones tempranas y que poseía recetas para las balas de pólvora artesanal.

Pero Marcus no estaba.

Lo habían enviado, hacía dos días, a Jackson Street, tras avistar humo en la zona: un hombre solo, poco visible, con un fusil y los nervios de acero gastados tras años de sobrevivir en hospitales abandonados. En su ausencia, el mensaje era un ultimátum.

—Son los de la báscula —susurró Miles—. Nos lo advirtieron en septiembre. Darían todo por las fórmulas, por la pólvora.

Sara decidió sin consultar; no era líder en público, pero en privado gobernaba la agenda. Reunieron en la azotea lo poco que quedaba del grupo: siete personas, dos fusiles, tres pistolas, bates de metal y una caja con trozos de pólvora. Inventariaron víveres: arroz, tres latas abombadas, un saco de harina enmohecida.

El consenso fue quedarnos hasta el anochecer y observar. Si Marcus no volvía, prepararían la retirada. A medianoche, si no había novedad, cruzarían el Embarcadero hacia North Beach; las hordas solían alejarse a esa hora, y quizás, si la suerte los acompañaba, podrían rescatar a Marcus o dar con otro refugio cerca de Fisherman’s Wharf.

Poco después, alguien divisó el reflejo de una linterna moviéndose desde la catedral colapsada en Nob Hill. Era la señal: algunos aliados seguían vivos. Habían desarrollado una red de señales de luz; tres cortos, dos largos, uno intermitente, significaba “zona parcialmente segura”. Respondiendo, Sara encendió y apagó un pequeño espejo. Recibió respuesta. La esperanza era un truco que seguía funcionando.

Antes del atardecer, Marcus regresó, cubierto de polvo y cojeando. Llevaba una brutalidad en la mirada sólo digna de quien ha rozado la muerte. Ni explicó su ausencia; sólo entregó una bolsa: vendas, algunas ampollas medio vacías de antibióticos, y una botella pequeña de agua clara.

Se levantó entonces una discusión. Marcus apenas escuchó: murmuró algo sobre una emboscada, cuerpos colgando de farolas y saqueadores disparando sin miramientos. Había encontrado, dijo, un lugar seguro cerca del muelle cuarenta y tres, junto a dos niños casi ferales que se ocultaban en la sala de motores de un ferry varado.

El olor de la muerte impregnaba la ropa de Marcus. Pero su noticia más importante era otra: dijo que había un grupo nuevo, organizados, con uniformes limpios y armas frescas, asentados cerca del Crissy Field. Hablaban inglés y cantonés, llevaban brazaletes rojos, y decían venir del sur. Habían desalojado un almacén viejo e instalado una radio de baja frecuencia.

—Quieren formar una alianza, compartir rutas —informó Marcus—. Les interesa más el trueque que la dominación inmediata. Y buscan gente capaz de reparar generadores y sistemas de filtrado de agua.

El grupo deliberó. Una oportunidad así era rara. Aunque también arriesgada: podría ser una trampa.

La noche cayó como una losa. Al otro lado del ‘Nido’, chicos montaban guardia en la entrada inferior con linternas sordas, mientras Sara releía la nota una y otra vez. Marcus dormía, sudando la fiebre y el pánico, con la pistola bajo la almohada. Miles practicaba desmontar el rifle, una y otra vez, como quien reza.

Cerca de las dos de la madrugada, los ruidos cambiaron. Un canto de pájaros imposible a esa hora. Sara se atrevió a mirar por la mirilla: a la luz de la luna, dos figuras cruzaban la calle Market a toda velocidad. Detrás, con el sigilo que sólo la desesperación permite, dos niños acarreaban lo que parecía un carrito de la compra, cubierto por mantas. Se detuvieron en un portal oscuro, espiaron a un lado y otro, y luego desaparecieron. A veces, la vida en San Francisco seguía, clandestinamente, a pesar de todo.

Al alba, la decisión estaba tomada. Debían moverse. El ‘Nido’ había dejado de ser seguro. Antes de partir, Sara se dirigió sola a la azotea y contempló, por última vez, la ciudad. La niebla se descolgaba sobre la bahía como una sábana, ignorante de los cambios humanos. En algún lugar, muy lejos ya, el eco de una sirena naval seguía sonando, aunque hacía años que ningún barco oficial atracaba.

—Por lo menos aún estamos —susurró.

Bajó, repartió el poco arroz que quedaba, y distribuyó el equipaje entre los siete. Cada uno tomaría turnos, cuatro adelante, tres atrás, cubriéndose el avance hacia North Beach. Marcus, aún débil, fue colocado en medio, protegido de la posible emboscada.

Caminaron en fila india, por las viejas líneas de tranvía. Pasaron junto a muros cubiertos de grafitis que alertaban: “ZONAS NO SEGURAS,” “CUIDADO: FRANCOTIRADORES.” Cruzaron el puente peatonal sobre la autopista, vieron de lejos a dos figuras inmóviles, probablemente saqueadores muertos en su puesto o zombis que habían quedado “vacunados” por el tiempo y el hambre.

A medida que se alejaban del ‘Nido’, San Francisco parecía retroceder siglos. Entre los escombros, vieron un grupo de agricultores improvisados, protegidos con pértigas. Gente curtida, que solo alzaba la vista para evaluar si los caminantes eran amenaza o aliados. Nadie pedía ayuda a gritos; aprendieron que el ruido era sinónimo de muerte rápida.

Sara, al frente, divisó entonces una columna de humo. Tembló. Por experiencia, sabía que solo los desesperados encendían fuego a la intemperie. Decidieron evadir la zona y continuar hacia la bahía. Al llegar a Fisherman’s Wharf, se encontraron con los primeros signos de la organización que Marcus describió: barricadas recientes, graffiti codificados, antenas improvisadas colgando de un mástil. Dos figuras con brazalete rojo aguardaban en la sombra. Uno levantó la mano en señal de no-hostilidad.

—¿Vienes con Marcus? —preguntó en voz baja.

Sara asintió. Mostró las palmas de las manos, despacio. La costumbre de no mostrar armas a desconocidos era ahora tan vital como saber disparar.

—Tenemos techo y agua —dijo la figura—. Pero las reglas son claras: compartimos lo que hay, todos trabajan.

El grupo asintió, resignados pero aliviados. La alternativa era volver al exilio. Entraron por una rendija de la barricada, sumidos en el olor de aceite quemado, pólvora e incienso barato. Dentro, las ruinas olían menos a cadáver y más a esperanza.

Aquella noche, Sara se permitió, por primera vez en semanas, dormir un par de horas seguidas. No soñó con el mundo antiguo. Sueñó con una ciudad futura: una ciudad distinta, donde la niebla ya no era sólo presagio de muerte, y donde un grupo de siete refugiados podía, al menos por un día más, imaginar que todo —incluso la humanidad— se estaba recuperando.

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