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Portada del relato Refugio en la Frontera: El Último Invierno
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Fragmento:


Marta miró el reloj de pulsera sin batería. Solo lo usaba por costumbre, para negar el tiempo real: ese que se medía en días desde la última comida, desde que alguien sonrió, desde que San Diego fue una ciudad viva. Ahora lo único que importaba era el rol de centinela, conservar la comida, y no abrir la puerta a nadie, jamás.

Duración: 12:36

Refugio en la Frontera: El Último Invierno
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Texto de ajuste de pausa.

21 de diciembre de 2020.

El viento frío soplaba desde el norte, arrastrando el olor del mar mezclado con el hedor rancio de la muerte. Era el primer invierno tras el colapso total, y en San Diego, una ciudad otrora soleada y bulliciosa, el invierno habia caído como un anestésico sobre los restos de una civilización rota. Desde las colinas en la periferia, alrededor de La Jolla, las vistas de las calles vacías parecían irreales, como postales congeladas en el tiempo; aunque, en las noches, lo peor no era ver, sino escuchar. El silencio era tan denso que resultaba una forma de violencia, rota solo por los cascos de los pasos arrastrados de algún muerto extraviado o, con menos frecuencia, disparos distantes y gritos ahogados.

Marta Garcés se acercó a la ventana reforzada del segundo piso de la vieja escuela primaria donde, junto a otros treinta y dos sobrevivientes, pasaba sus días y noches. Sostenía una vieja taza llena solo de agua tibia. Llevaba el pelo recogido, las uñas destrozadas, y unas ojeras profundas; pero también había en ella una severidad endurecida, la marca de quienes han sobrevivido a la catástrofe a fuerza de no ceder a la desesperación.

No había calefacción. No quedaba ni un solo vidrio original en las ventanas. Las noches estaban tan frías últimamente que, incluso apilados bajo mantas desiguales, dormir era difícil; el menor ruido los ponía en alerta. La mayoría eran adultos, algunos ancianos, y un par de niños. Tenían una escopeta con algo de munición, algunas toolas de metal improvisadas, un cuchillo de cocina que ahora era objeto de disputas silenciosas, y un generador que sólo encendían para cargar radios o, en raros casos, alguna linterna. En la última semana, tres personas más habían muerto, una por la mordida inexorable, dos de hambre y frío—y nadie quería hablar de lo rápido que desaparecieron sus cuerpos.

Marta miró el reloj de pulsera sin batería. Solo lo usaba por costumbre, para negar el tiempo real: ese que se medía en días desde la última comida, desde que alguien sonrió, desde que San Diego fue una ciudad viva. Ahora lo único que importaba era el rol de centinela, conservar la comida, y no abrir la puerta a nadie, jamás.

El líder, si es que se podía llamar así, era Owen Carter, un hombre alto de cabello entrecano, exparamédico, quien un mes antes había decidido fortificar la escuela después de un tiroteo que acabó con la otra mitad de los refugiados. Al principio juró que mantendrían protocolos médicos, que aislarían a los infectados, pero en la práctica el hambre y el miedo convirtieron cada sospecha de fiebre en una sentencia de muerte. Ahora, Owen pasaba la mayor parte del día revisando víveres, organizando las rotaciones de guardia y planeando la inminente migración cuando la comida terminara, cosa que sucedería en menos de dos semanas.

Marta bajó al gimnasio, convertido en almacén y sala común. En una esquina, las dos hermanas Morales preparaban la sopa aguada del día: agua, arroz blanco y trozos de zanahoria. Ni rastro de carne desde hacía más de un mes. Los niños jugaban a lanzar pelotas medio desinfladas en los pocos minutos que aún les permitían reír, mientras su madre, Elsa, miraba desde cerca, lista para intervenir a la menor señal de peligro, incluso proveniente de otro humano.

El almuerzo era rápido y silencioso, apenas cuchicheos y miradas. Entonces, justo cuando Marta terminaba de repartir las raciones, sonó el repiqueteo inconfundible de una señal de radio. Un parpadeo de esperanza cruzó los rostros más jóvenes, aunque los adultos sabían que estar “en el aire” también atraía indeseados. Owen encendió el viejo walkie-talkie y, tras unos segundos de estática, una voz gastada irrumpió en el gimnasio:

“¿Aquí SD-Éxodo? Buscamos refugio, tenemos medicinas, munición, buena salud, tres adultos, dos niños. Respondan.”

Todos miraron a Owen. Él sopesó la decisión durante un largo silencio. La escasez dictaba que cualquier recurso extra era bienvenido, pero el miedo a los forasteros era más poderoso que nunca, sobre todo tras la masacre de la semana pasada. En los últimos días, varias bandas armadas habían atacado tiendas y refugios al norte. Las historias iban de lo aterrador a lo inverosímil: canibalismo, secuestros, pactos macabros. No obstante, medicinal y munición eran palabras con peso.

Owen apagó el walkie y se giró, midiendo a su grupo.

—No podemos —dijo simple—, lo arriesgaríamos todo.

Hubo protestas, primero en susurros, luego en gritos velados. Pero el consenso persistía: la vida después del invierno dependía del grupo, y cualquier forastero podía significar la extinción.

Marta no pudo evitar sentir una punzada de culpa. Recordaba el día en que su esposo y su hija pequeña llegaron a las puertas del hospital Scripps, semanas antes, buscando refugio. No se los concedieron, y sólo ella logró ocultarse, sola. Ahora, frente a la ventana, veía a las gaviotas girar en círculos sobre la costa, y se preguntaba si algún día dejarían de actuar como carroñeras.

Las tardes traían consigo tareas que quizá servían más para no enloquecer que para sobrevivir: clases improvisadas para los niños, usar trozos de madera encontrados en la playa para reforzar el perímetro, trazar mapas a mano sobre papel arrugado para marcar zonas peligrosas y potenciales almacenes de comida.

Un día, Elsa regresó con noticias. “En Pacific Beach he visto menos zombis, quizás el frío los inmoviliza de verdad.” Algunos abuelos hicieron cruzar los dedos; Owen, que antes era pragmático hasta la insensibilidad, empezó a explorar la idea de sobrevivir desplazándose hacia el Este, hacia los suburbios de Chula Vista, donde el clima sería aún más frío pero la concentración de muertos debía ser menor.

La noche era la parte más dura: las temperaturas bajaban, y los fuegos al aire libre eran tabú. El silencio se convertía en hormigueo en la piel, y la paranoia acechaba. Todo el mundo sufría pesadillas. Una vez, uno de los niños, Nico, de apenas seis años, gritó tan fuerte en su sueño que atrajo a dos zombis hasta la verja. Unos minutos de nervios, cuchillos y palos, y luego cada sobreviviente volvió a buscar un rincón donde encogerse.

En una ocasión, cuando la luz de la luna era intensa y el mar parecía una plancha de acero, Marta fue al tejado para tomar aire. Desde allí divisó el Downtown y las sombras largas de los edificios aún enteros. Los barcos en la bahía parecían fantasmas encallados, y los hospitales, focos de infecciones y muerte. Recordó las noticias de los primeros días, la incredulidad, el caos en el aeropuerto, la histeria por la “mutación del COVID”, luego el aterrador espectáculo de los muertos que caminaban, arremetiendo contra puertas, ventanas, oxidados en posturas grotescas en los coches oxidados en la I-5 y la I-805.

Los pocos que quedaban tomaban decisiones duras diariamente. Cuando uno de los ancianos, don Esteban, cayó enfermo y empezó a delirar de fiebre, Marta y Owen pasaron la noche debatiendo si debían encerrarlo o simplemente dejarlo morir fuera. Al final, el viejo mismo tomó la decisión por ellos: arrastró su cuerpo fuera en mitad de la noche para no comprometer a los demás. Lo encontraron una mañana, frío, entre dos plátanos y el muro prendido con alambre de púas.

La comida menguaba más rápido de lo calculado. Un tarro de mantequilla de maní valía más que todo el oro del viejo mundo. Marta, que nunca había sentido ninguna afición por la pesca, empezó a organizar pequeños grupos para tratar de cazar cualquier cosa en las aguas del puerto. Alguna vez atrapaban peces diminutos, la mayoría inservibles o enfermos. Aun así, cada trofeo era celebrado como si fuera la última cena. Lo que lentamente los mataba no eran los zombis —al menos no en invierno— sino el hambre y el frío. En los días soleados, los más jóvenes todavía bajaban hasta Mission Beach a recoger algas que secaban y convertían en sopa. El hambre era una sombra constante, reconfigurando sueños, recuerdos, prioridades.

La paranoia por los vivos era tan grande como la de los muertos. Una noche, un grupo de saqueadores trató de entrar usando un coche como ariete improvisado. Resistieron una hora, entre disparos y gritos, hasta que los atacantes, ante el riesgo de atraer una manada de zombis, se marcharon. Al día siguiente, decidieron cambiar de planta, refugiándose todos en el gimnasio.

Con la llegada de la Navidad, que apenas notaron, surgió un pequeño dilema. Marta encontró entre los restos del comedor escolar una caja de pan dulce y una lata de frutas en almíbar. Dudó si repartirlo ahora o guardar para una ocasión aún peor. Finalmente, la abrían al caer la noche; brindaron con agua caliente y, por primera vez en mucho tiempo, contaron historias hermosas del pasado. Los niños no entendieron del todo qué era la Navidad, los adultos tampoco supieron expresar exactamente qué era lo que perdían, pero en ese momento compartieron algo más que supervivencia: la voluntad casi terca de resistir.

Las semanas pasaban y el frío no se marchaba. Los cuerpos de los muertos, a la intemperie, apenas se movían en las calles, amontonados frente a iglesias, estaciones y escuelas. El invierno era un aliado improbable: la plaga bajaba su intensidad y los grupos, aunque mermados, podían organizar expediciones cortas por gasolina, comida, medicinas. Una vez, Owen y Elsa, arriesgando todo, cruzaron el puente hacia Coronado y descubrieron, para su sorpresa, una tienda de camping llena de mochilas, ropa térmica y un par de linternas. Fue el hallazgo del mes.

A finales de enero, dos miembros del grupo murieron por debilidad. Los enterraron cerca de la cancha de básquet, bajo la escasa sombra de un árbol raquítico. Las despedidas eran silenciosas, rápidas, recelosas de atraer visitantes.

Marta soñaba a menudo con el San Diego nevado, las playas cubiertas de escarcha, las palmeras inclinadas bajo el peso del frío, y en esos sueños el viejo mundo era tan solo un rumor, una historia de antes, cuando el calor, la comodidad y la seguridad parecían naturales.

Ya para febrero solo quedaban veintisiete en el grupo. El hambre había afinado los cuerpos, arrancado las esperanzas débiles y conservado apenas una voluntad feroz de resistir. Habían idealizado los pequeños motivos: encontrar unos guantes secos, cazar una rata, escuchar voces humanas que no gritaran por miedo o dolor en la radio.

Las semanas siguientes varias cosas cambiaron. El frío empezó a menguar; los grupos de zombis, en ocasiones, se animaban por las madrugadas, y debían replegarse y reforzar las ventanas. Owen cayó de fiebre, Marta asumió tareas de coordinación. Había aprendido a no escuchar con demasiada atención los recuerdos: la playa, el fútbol, los burritos en Imperial Avenue, las luces del Gaslamp Quarter. Todo eso era un paisaje remoto; solo sobrevivir, y cuidar a los otros, importaba. Formó a los niños con la seriedad de un maestro espartano, les enseñó a leer, sumar y callar. Elsa improvisó canciones sobre vallas de metal y latas, coros tristes pero valientes entre las paredes frías.

La última noche de invierno, Marta subió una vez más al tejado. Oyó las olas romper en la orilla, vio el titilar de fogatas desperdigadas entre las sombras de edificios caídos. No pensó en el mañana, sino en el aquí y ahora: treinta corazones latiendo, escondidos del terror y la desesperanza, vivos todavía.

Cuando el sol asomó el 1 de marzo, los moradores de la vieja escuela avanzaron hacia la primavera con una determinación feroz. No eran los mismos que habían entrado buscando amparo meses atrás: ahora eran más duros, más sabios, más impredecibles. Sabían que el mundo no volvería a ser igual. Pero estaban vivos. Y, por el momento, mientras los muertos dormían helados en el asfalto, eso bastaba.

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