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Portada del relato El último faro de Point Loma
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Fragmento:


Samuel se alejó rumbo al muro perimetral, donde cinco metros de altura separaban la comunidad del viejo San Diego. Más allá estaban los límites, la zona gris donde los merodeadores humanos acechaban igual que los zombis remanentes. Caminó junto a Yared, el más joven de los arqueros, quien practicaba su puntería contra viejas siluetas pintadas en tablones.

Duración: 11:26

El último faro de Point Loma
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Texto de ajuste de pausa.

24 de septiembre de 2028

El zumbido de la radio era el único sonido constante en la madrugada. Samuel había aprendido a amarlo casi tanto como aborrecía su silbido sordo durante las largas pausas sin transmisión. Jugó con el dial, esperando toparse con la misma interferencia o, quizás, la voz sexagenaria de Hortensia Haro, que transmitía cada noche desde algún punto al este, probablemente en El Cajón. Escuchó brevemente un fragmento de discusión acalorada—alguna patrulla avisando del movimiento de una pequeña horda—y luego, de nuevo, el silencio.

Samuel se levantó con cuidado para no despertar a Emma y a su hijo—aún dormidos tras la dura jornada en los cultivos comunitarios. Oteó el horizonte a través de las troneras de la antigua garita de Point Loma. Allá a lo lejos, más allá del mar, la niebla jugaba con los restos de los viejos cruceros turísticos encallados y oxidados. No recordaba otra costa; no recordaba un mundo sin vigilancia constante.

Bajó por la escalera caracol de piedra, sus botas de suela gruesa apenas rozando los peldaños. A ambos lados de la base de la torre, afiches mal impresos recordaban las nuevas reglas de la aldea: “Prohibido salir tras la medianoche”, “No abrir puertas sin permiso del puesto norte”, “Recuerde limpiar su arma antes de reportarse al jefe de guardia”. Una niña de trenzas oscuras, la hija de los Nguyen, dormía en un camastro improvisado junto a la radio principal. Samuel la tapó con una manta militar y salió al patio interior.

San Diego, diez años después del colapso, no se parecía a su ciudad natal. Los altos edificios del centro eran apenas luces difusas contra el cielo ceniciento. El Gaslamp Quarter, alguna vez epicentro de la vida nocturna, era ahora solo una tabla de contar historias de terror entre los jóvenes que no habían conocido sus bares. Las “zonas limpias” eran frágiles, cercadas con todo lo que la comunidad había encontrado: vallas, carritos abandonados, escombros de la vieja Marina. Pero aún así, las caravanas seguían llegando. Noches atrás, un contingente cruzó por la autopista interestatal, trayendo azúcar de Calexico y sal de Baja California; otros buscaban refugio temporal, esperando embarcarse en algún barco hacia la incertidumbre de las islas del Pacífico.

Samuel caminó hasta el huerto, donde media docena de cuerpos se doblaban entre las hileras de tomates verdes y zanahorias. Bajo los reflectores solares y los armados con viejas armas y miradas desconfiadas, los guardias vigilaban tanto a los vivos como a los posibles caminantes que pudieran haberse deslizado. Allí, Patricia, la ingeniera que años antes había reparado el antiguo molino junto al baluarte, revisaba junto a dos adolescentes los niveles de agua.

—Hoy parece tranquilo —dijo ella, alzando la vista. Samuel asintió.

—Estamos esperando la caravana del sur, la de la alianza de Chula Vista. Dijeron que podría haber un trato para intercambiar harina por municiones.

—Que no llegue ninguno mordido —murmuró Patricia, su voz más baja.

Las palabras cayeron pesadas. Nadie olvidaba el incidente del verano. Once muertos en menos de una noche, parte por las fiebres y el resto por balas apresuradas cuando la infección se escapó del sector de cuarentena.

Samuel se alejó rumbo al muro perimetral, donde cinco metros de altura separaban la comunidad del viejo San Diego. Más allá estaban los límites, la zona gris donde los merodeadores humanos acechaban igual que los zombis remanentes. Caminó junto a Yared, el más joven de los arqueros, quien practicaba su puntería contra viejas siluetas pintadas en tablones.

—¿Algún avistamiento? —preguntó Samuel.

—Nada hasta ahora. Solo un perro corriendo por Harbor Drive. Parecía sano.

Samuel le sonrió. Era la broma corriente: los perros siempre lograban sobrevivir más que las personas.

El sol despuntaba, y con los primeros rayos llegaba el cambio de turno. Grupos de jornaleros, milicianos y artesanos se repartían el escaso desayuno, pan de maíz y café recalentado. En la vieja iglesia reconvertida en escuela, los niños recitaban lecciones sobre el cultivo eficiente bajo la guía estricta de la señora Corbin. A esa hora, tres vecinas atendían el taller de reparación, donde una fogata de carbón templaba el metal para confeccionar nuevos machetes y azadas. Se decía que pronto podrían producir algunas municiones rudimentarias, aunque Samuel lo dudaba: la pólvora era un bien precioso, y los componentes, difíciles de conseguir o intercambiar.

Avanzada la mañana, Emma llegó al torreón. Traía consigo a su hijo, dormido en el fular. Se sentía aún débil después de casi perderlo el año pasado por una fiebre maligna. El pequeño abrió los ojos y, como de costumbre, se sobresaltó por el golpeteo de los herreros unos metros más allá.

—Le asustan los ruidos fuertes —murmuró Emma.

—Todos los niños nacidos después del colapso son así —respondió Samuel, acariciándole la frente.

Los tres se sentaron en la plaza central, compartiendo un trozo de pan duro. A su alrededor se desplegaba el pequeño ejército civil a diario, dirigido por Josefina, la líder temporal de la alianza costera. Josefina había tenido una mano dura desde la caída de Mission Bay—sus hijos murieron allá, defendiendo una barricada imposiblemente frágil—y nadie desafiaba su mandato. En tiempos de paz, ni faltaba ni sobraba la disciplina.

—Hoy toca reunión del consejo —informó Emma—. Van a decidir cómo distribuir las nuevas parcelas. Dicen que los de Old Town quieren más agua para limpiar otro sector.

—Será otro litigio —apuntó Samuel—. Siempre termina igual: un poco de agua para todos y muchas promesas.

Emma asintió, y juntos observaron la llegada de una caravana desde el sur. Equinos flacos tiraban de dos carretas cargadas de sacos. A ambos lados, cuatro guardias armados portaban lanzas y pistolas de un solo tiro. Los recién llegados traían noticias: el camino estaba más seguro últimamente, con menos zombis y menos asaltos. Esto era un alivio, pero la tensión permanecía; los humanos podían ser aún más impredecibles.

Ya en el consejo, reunidos en la sombra de la vieja biblioteca, Josefina abrió la discusión.

—Han pasado ocho semanas desde la última gran horda —anunció—. Han caído lluvias a destiempo, los cultivos de Point Loma resisten y el comercio con los vecinos prospera.

El primer tema fue la expansión hacia el sector de Hillscrest, donde habían encontrado varias casas limpias de infectados. Luego, debatieron sobre el comercio de medicinas: el último trueque costó dos armas y cinco libras de harina por una veintena de antibióticos vencidos, todavía útiles.

Entre los asistentes estaba Hassan, líder del grupo del estadio Petco, un hombre grande de barba gris que había ganado el respeto tras varias campañas de limpieza.

—Nos faltan manos —dijo—. Si vamos a reclamar zonas nuevas, debemos proteger las de siempre.

Josefina asintió. —No permitiremos que los saqueadores del viejo downtown se acerquen. Tampoco que los zombis se cuelen. Habrá rotaciones semanales. Emma y Samuel, ustedes conocen los accesos mejor que nadie.

Emma aceptó. Desde pequeña vivía ahí, y después del desastre, había memorizado hasta los caminos menos transitados: túneles, puentes, antiguos pasos de servicio.

El consejo terminó con otra disputa, esta vez sobre el reparto del maíz. Samuel esperó a que la sala quedara más o menos vacía para buscar a su viejo amigo Álvaro, quien trabajaba a veces como herrero, otras como mecánico improvisado. Álvaro le tenía preparada una sorpresa: una de las bicicletas eléctricas recuperadas en Coronado podía volver a circular.

—Habíamos perdido casi todas las baterías —explicó—, pero la de esta resucitó con el último cargador solar. Llega lejos, si no te apuras mucho.

Samuel subió sobre el asiento desgastado, probando el timón. Álvaro lo miró con complicidad.

—¿Te animas a un viaje? —preguntó.

Samuel sonrió y asintió. Hacía meses que no se alejaba de la seguridad del fuerte. Dejó a Emma instrucciones sobre el uso de las armas y prometió regresar antes del anochecer.

El trayecto hasta el antiguo Balboa Park transcurrió en lenta calma. Los caminos, antes selva urbana de automóviles, ahora estaban cubiertos de maleza, árboles y arbustos que los sobrevivientes cultivaban y cosechaban para medicina o alimento. Samuel avanzaba atento, revisando cada sombra y cada sonido en los callejones, aunque muy pocos zombis rondaban por esos lares. Cada tanto encontraba algún superviviente merodeador, con la mirada esquiva y siempre a la expectativa, temeroso de toparse con una patrulla rival.

En el parque, cerca del Museo de Historia Natural, halló el motivo de su viaje: unas semillas de maíz antiguo que la comunidad custodiaba desde el hallazgo en un banco genético protegido en La Jolla. Desde hacía meses, rotaban entre los asentamientos costeros para garantizar una cosecha renovada y variada. Samuel recogió el paquete dentro de una caja metálica y lo guardó con manos temblorosas.

En el camino de regreso, la tranquilidad de las primeras horas fue sustituida por una inquietud creciente. A la altura de la vieja estación de trenes, escuchó disparos aislados. Desde un edificio derruido, banderas blancas ondeaban y algunos hombres armados lo vigilaban a la distancia. Los reconoció por sus ropas: miembros de una de las bandas que de vez en cuando cruzaban la frontera. Sin embargo, la fama de Point Loma era tal que ninguno se atrevió a acercarse demasiado. Aceleró, esquivó un par de barricadas improvisadas y volvió sano y salvo justo cuando la tarde caía sobre la bahía.

Al llegar al asentamiento, una multitud lo recibió con júbilo. Las semillas eran la promesa del mañana, símbolo de esperanza para una generación que apenas comenzaba a creer en el futuro. Emma lo abrazó, y el pequeño, sin comprender, sonrió ante la agitación.

Esa noche, la comunidad celebró con un festín modesto. Bajo una gran lona, compartieron los frutos del último trueque, escuchando la voz de Hortensia Haro a través de la radio, que anunciaba la expansión de la “zona limpia” en Escondido y una próxima feria de intercambios en el antiguo parque del embarcadero.

Cuando Samuel se tumbó a descansar, exhausto pero satisfecho, pensó en cómo había cambiado el mundo. Las amenazas aún existían: las hordas que todavía merodeaban las viejas autopistas, los humanos peligrosos, la incertidumbre por la infección, siempre acechando. Pero aquella noche, San Diego estaba tranquila. Susurró una oración de agradecimiento y, mientras la radio zumbaba en la distancia, se permitió el lujo fugaz de soñar.

Mañana habría trabajo, patrullas y discusiones. Pero esta noche, sólo quedaba el murmullo del mar y el eco de una ciudad obstinada en su supervivencia. Las luces débilmente titilaban en los torreones, y el último faro de Point Loma seguía brillando, como promesa y advertencia. En la madrugada de la reconstrucción, esa luz era todo lo que necesitaban.

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