Fragmento:
Solía mirar desde la terraza de casa, orientada al sur, las luces apagadas de la ciudad. Torrevieja y Benidorm a lo lejos como fantasmas de neón apagados. Menos de un kilometro me separaba de la playa del Postiguet, pero la última vez que bajé ese trayecto fui testigo de algo irremediable: los cuerpos, humanos y zombis, apilados en los coches quemados y en los portales de la Explanada. Un grupo de supervivientes se abría paso machete en mano, delante de ellos una mujer sangraba de forma irregular. Aquella avenida, tan llena hace un año de terrazas y paseantes abrigados, se sentía como un escenario de ultratumba.
Duración: 11:55
15 de diciembre de 2020
PRÓLOGO
Durante meses, el eco de un mar siempre cercano fue la única constante en Alicante. Más allá, el mundo estaba ardiendo. Ahora, en pleno invierno, ni siquiera el viento arrastrando las hojas de las palmeras ofrecía consuelo. La ciudad, que durante tantos años respiró el bullicio de turistas y el ritmo invariable de las estaciones, ofrecía un aspecto extraño, quieto y nervioso, como el instante previo a una tormenta mediterránea. Yo todavía estaba allí.
1
El invierno llegó a Alicante como nunca antes, con un aire helado no solo en la temperatura, sino en los corazones y en las mentes. Era diciembre de 2020, y hacía tres semanas que apenas se oían disparos lejanos. No porque la amenaza hubiera desaparecido, sino porque los que sabían disparar, y aún podían, comenzaban a escasear.
Solía mirar desde la terraza de casa, orientada al sur, las luces apagadas de la ciudad. Torrevieja y Benidorm a lo lejos como fantasmas de neón apagados. Menos de un kilometro me separaba de la playa del Postiguet, pero la última vez que bajé ese trayecto fui testigo de algo irremediable: los cuerpos, humanos y zombis, apilados en los coches quemados y en los portales de la Explanada. Un grupo de supervivientes se abría paso machete en mano, delante de ellos una mujer sangraba de forma irregular. Aquella avenida, tan llena hace un año de terrazas y paseantes abrigados, se sentía como un escenario de ultratumba.
En casa quedábamos tres, todos antes compañeros de piso y ahora, una pequeña tribu. Samuel, que trabajaba en el hospital antes del colapso, Marta, que enseñaba italiano en la Universidad, y yo, que nunca he aprendido nada práctico. Juntos habíamos reforzado la puerta de entrada con tablones y muebles, y las ventanas estaban selladas con colchones viejos y mantas, no tanto por los zombis, sino contra el frío. Ése fue el primer gran enemigo del invierno.
La calefacción eléctrica ya no funcionaba. La última vez que hubo luz fue el 1 de diciembre. Desde entonces, debíamos racionar la leña recogida de las farolas y bancos del parque. Diariamente bajaba por las escaleras —el ascensor estaba muerto desde hacía meses— con una bolsa atada al cinturón, atento a cualquier ruido extraño. Al principio mi madre me llamaba cada día desde Granada, pero su voz fue desvaneciéndose hasta dejar de oírse. Fue entonces cuando supe que el aire helado no vendría solo de fuera.
2
En los primeros meses, los supervivientes en Alicante creían en las autoridades. Recuerdo los megáfonos policiales pidiendo calma: “Permanezcan en casa. No salgan bajo ningún concepto”. Desde la Plaza de los Luceros hasta los barrios de los Ángeles y San Blas, la policía patrullaba como si la simple presencia de un uniforme pudiera frenar la marea de zombis. Pero incluso ellos sabían que estaban perdiendo. Las cuarentenas se convirtieron en carnicerías y los hospitales, como el General de Alicante o el de San Juan, se convirtieron en fortalezas asediadas. Allí trabajaba Samuel, y fue él quien nos contó, entre lágrimas, cómo el ala psiquiátrica se perdió primero, cómo las camillas rodaron en los pasillos mientras los primeros infectados reventaban las puertas.
La última patrulla que vimos pasó bajo nuestra ventana un 8 de diciembre. Iban sucios, mal armados, y ya no hacían sonar las sirenas. Nos asomamos tras las cortinas, apretando los dedos en silencio y temiendo llamar su atención: sabíamos que no podrían protegernos, y ellos aún no sabían que también debían temernos. A partir de entonces, las reglas del juego cambiaron.
Entre los tres, decidimos que la clave era pasar desapercibidos. Apenas usábamos velas de noche, tapando la luz con cajas de cartón. Las ventanas permanecían selladas, y las cortinas, ennegrecidas con hollín, ocultaban la bruma de las farolas caídas. Racionamos la comida: galletas pasadas, latas de sardinas y algo de arroz. El agua del grifo dejó de salir el 5 de diciembre. Teníamos ocho garrafas acumuladas del supermercado Día de la calle Poeta Quintana, que en las últimas semanas se había vaciado casi en su totalidad. La escasez de alimentos se volvió crítica, pero por el momento resistíamos.
Marta tenía una radio vieja por la que a veces, en las noches sin viento, lograba captar voces lejanas. Mensajes militares, la mayoría ininteligibles. “Alicante-Este, corto y cierro”. “Se recomienda trasladarse a zonas elevadas”. “Evacuación imposible”. Al principio nos reíamos de aquellos mensajes apocalípticos, pero al llegar diciembre, aceptamos que nadie vendría a buscarnos. Éramos polvo entre ruinas.
3
El frío era una amenaza tan terrible como los zombis. No había calefacción, ni gasolina, ni madera fácil. Muchas casas estaban abiertas de par en par, saqueadas hasta las bombillas. La Explanada de España, con sus mosaicos ondulados, ahora servía para caminar en silencio cuando teníamos que buscar leña o comida, porque el cemento aún guardaba algo del calor del día. Atravesar el barrio del Mercado Central era peligroso: los zombis se arremolinaban en calles estrechas y oscuras, atraídos por los ecos de peleas por comida. Por eso, nuestras rutas siempre bordeaban el mar, buscando el aire fresco para confundir el olor propio, y deteniéndonos sólo cuando las fuerzas flaqueaban.
Los zombis, en esta época fría, se movían más lento. Avanzaban como espectros embutidos en abrigos de otros, con la piel grisácea despegándose en jirones. Entre los integrantes del barrio, corría el rumor de que, en invierno, los dientes de los infectados no podían atravesar algunas telas gruesas. Pero nadie confiaba en sujetar la mandíbula de un muerto solo protegido por una cazadora. Nosotros hacíamos todo lo posible por evitarlos; por eso les temíamos menos que a los humanos.
En una de esas misiones para recoger madera, descubrimos a un grupo de supervivientes en lo que quedaba del Mercado. Estaban organizados, armados con herramientas de jardín, y custodiaban un almacén donde guardaban bidones de agua y comida. Samuel, el más osado, sugirió intentar negociar, pero Marta se negó en redondo. Ella había escuchado historias: en el asalto a una panadería en Carolinas, un grupo armado abrió fuego contra cualquier desconocido, pues ya habían sido traicionados otras veces. La desconfianza era ley, y la ley de la selva, constitución.
Así, cada día era una lucha por sobrevivir, por mantener la dignidad y la humanidad en el corazón. Y cada noche, al compartir migajas y recordar historias, tratábamos de convencernos de que volveríamos a ver una primavera.
4
La huida hacia los castillos fue inevitable. Desde principios de diciembre, varios grupos habían comenzado a fortificar el Castillo de Santa Bárbara, que dominaba la ciudad desde su peña rocosa. Las noticias llegaban en susurros: en lo alto, la gente quemaba muebles mientras se turnaban para vigilar las escaleras y los ascensores abandonados. Pero llegar allí requería atravesar barrios infestados, y muy pocos lo intentaron. Nosotros permanecimos en casa hasta que una noche escuchamos cómo la puerta del edificio, en la planta baja, era derribada violentamente.
El crujir de la madera era distinto al de los zombis: eran humanos. Pronto, los gritos y disparos llenaron la escalera. Marta y yo solo pudimos escondernos tras el armario, mientras Samuel cubría el pasillo con la única escopeta que habíamos conseguido. Cuando al fin la calma regresó, bajamos y vimos los cuerpos de dos saqueadores y, más allá, una mujer mayor mordida. Nadie pronunció palabra al cubrirla con una manta. La muerte era la única piedad.
La noche siguiente, pactamos irnos. Recogimos lo imprescindible: un poco de arroz, las dos garrafas de agua, una manta y la escopeta. Siguiendo el trazado oculto de la Rambla, atravesamos la ciudad hasta la ladera del castillo, donde una brecha en la reja permitía el acceso a los caminantes vivos. Allí, una docena de personas mantenía una fogata improvisada. Nos recibieron con recelo, apuntándonos con palos y navajas, pero Samuel levantó las manos y dijo: “Tenemos agua y comida. No buscamos problemas”. La negociación duró una hora larga, pero finalmente pudimos quedarnos, a cambio de compartir la vigilancia.
Allí, en la altura, el frío era aún más brutal. Pero a cambio, los zombis apenas subían, y los humanos se organizaban mejor. Durante varias noches seguidas, recibimos a nuevos grupos, la mayoría familias que habían agotado sus reservas. Se repartían tareas en pocas palabras: dos vigilaban las escaleras; otros dos preparaban la leña que quedaba. Compartimos historias para alejarnos del pánico, alguno contaba chistes de otro tiempo, otros analizaban las entrevistas radiofónicas que se conseguían captar en la vieja radio de Marta, cada vez más débil.
5
El invierno fue implacable. Las temperaturas rozaban los cero grados por la noche, y los zombis se acumulaban a la entrada del castillo, atraídos por el olor a humo y humanidad. Durante el día, bajábamos a las calles cercanas en busca de leña y restos de comida. El casco viejo de Alicante era una trampa mortal, con sus calles estrechas y sus esquinas invisibles. Al menor ruido, la horda se manifestaba. Samuel una vez estuvo a punto de no regresar, quedando atrapado en la plaza del Carmen, pero una ráfaga de viento y una linterna encendida a lo lejos distrajo a los infectados.
Entre los supervivientes empezaron a organizarse turnos para vigilar la costa. Parecía que, a veces, alguna embarcación intentaba acercarse, pero la mayoría eran saqueadores buscando desesperados alguna presa fácil. Hacia mitad de mes, hubo un intento de tomar el castillo por parte de un grupo bien armado. “Somos los legítimos dueños de esta ciudad”, decían. No buscaban refugio, sino botín. Fueron repelidos entre todos, y aquella noche se selló el pacto tácito: aquí sobreviviría quien respetara la solidaridad. El lenguaje se volvió comedido, las traiciones fulminadas sin discusión, y nuestras esperanzas, como la leña, racionadas hasta el extremo.
A veces pensaba en la vida anterior, en las fiestas de Hogueras y el bullicio de los turistas en la playa de San Juan. Recordaba mi trabajo en la librería, el sabor del café en la Plaza de Gabriel Miró, las cenas en familia. Marta me confesó una madrugada que soñaba con volver a dar clase, Samuel hablaba de volver a operar, yo solo quería ver amanecer sin miedo. Nos dimos cuenta de que sobrevivir no era lo mismo que vivir. Durante aquellas largas noches, los niños —sí, algunos, muy pocos— jugaban a las cartas, fabricaban pequeños juguetes de madera. Intentábamos que no olvidaran cómo cantaban los pájaros antes del colapso. El pasado se estaba desvaneciendo, y sabíamos que el mayor reto era mantener viva una razón para resistir.
EPÍLOGO
El 21 de diciembre, tras una noche de vendaval, el mar rugía más fuerte que nunca. Los zombis seguían allí abajo, congelados a ratos, como si el frío los anestesiara. Pero nosotros, los vivos, subimos un poco más. Encendimos una última fogata y nos abrazamos bajo las estrellas. Seguíamos temblando, pero era de frío y, quizás, de esperanza.
Desde lo alto del Castillo de Santa Bárbara, Alicante seguía siendo una perla al filo del abismo, un recuerdo de lo que fuimos, y la cuna de lo que, tal vez, un día, podríamos volver a ser.
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