Fragmento:
Mientras limpiaban los pececillos, Amparo recordó el último viaje que había hecho a la ciudad. Fue hace tres meses, durante una operación desesperada para recuperar libros y papel de las bibliotecas de la Universidad de Valencia. Atravesaron la Avenida del Puerto, sorteando coches calcinados y esqueletos de antiguos centros comerciales. Los zombis eran cada vez más lentos, pero aún peligrosos. Animales salvajes—perros asilvestrados, ratas de tamaño insólito—desafiaban a los supervivientes por cualquier resto de alimento.
Duración: 10:47
14 de julio de 2026
El amanecer sobre Valencia era una promesa fría pero vigorosa. Lo primero que notó Amparo fue la nitidez impía del cielo, sin el manto desteñido de las luces eléctricas que antorchas revueltas y generadores ocasionales apenas conseguían suplir. Habían pasado más de seis años desde que la ciudad empezó a derrumbarse, engullida por el miedo y los muertos ambulantes. La Albufera era ahora mucho más que un parque natural: se había transformado en la frontera entre la Valencia recuperada y los vestigios, aún peligrosos, del pasado infestado.
Amparo se arrebujó en su chaqueta de lana y salió de la barraca fortificada que había sido su hogar desde hacía cuatro inviernos. Los patos salvajes parecían haber aceptado la presencia humana, y las primeras tentativas de cultivo de arroz pintaban los campos de un verde tan vibrante que parecía irreal. A su alrededor, la comunidad apenas se desperezaba. Por encima de las cañas y los algarrobos, sobresalían las saetas de humo de las cocinas improvisadas, donde la vida volvía a cobrar sentido en actos sencillos: hervir agua, partir pan, repartir turnos de vigilancia.
La comunidad de Albufera contaba ya con más de doscientas personas. Algunos eran descendientes de familias valencianas, otros forasteros llegados a pie o en caravana desde las ruinas de Castellón o incluso desde el sur de lo que antaño fue Francia. Vivían según reglas claras, escritas a mano en una pizarra colgada junto a la entrada principal: no robar, no matar, colaborar en los turnos de custodia y cultivo. Quienes las incumplían una vez eran advertidos; dos veces, desterrados. Nadie sobrevivía solo afuera.
Desde el rebrote de la plaga en la primavera pasada, cuando una caravana que traía materiales desde Xàtiva no advirtió la presencia de infectados en el río Júcar, se había restablecido una disciplina férrea. La mayoría se sentía segura tras los muros de cañas entrelazadas, reforzados con ladrillos y fragmentos de viejos paneles solares. Pero Amparo, que a veces no podía dormir por los recuerdos, evitaba confiarse demasiado. Había aprendido a escuchar el silencio y a detectar el más leve rumor de cuerpos desplazándose entre el esparto, ya fueran humanos o zombis.
Aquella mañana el campamento estaba especialmente expectante. Había rumores de que un grupo de exploradores regresaría por fin del centro de Valencia, trayendo noticias sobre el Puerto, la Ciudad de las Artes y de las zonas cercanas a la Estación del Norte. Los pocos vehículos en funcionamiento –una destartalada furgoneta que funcionaba a gasolina de alambique y un carro tirado por caballos gaditanos—salieron bien temprano bajo estricta custodia armada, siguiendo la vieja carretera de El Saler. Cada viaje a la ciudad suponía un riesgo, pero volver a habitar parte de Valencia era más que un anhelo: era una misión. No bastaba con sobrevivir, había que reconquistar el territorio y lo que significaba ser valenciano.
Amparo se unió a su mejor amigo, Javi, en el muelle improvisado de madera, supervisando las redes para ver si había pesca suficiente para el desayuno. Javi había sido ingeniero naval antes de la plaga, ahora reconvertido en botero y guardián nocturno. “Hoy va a haber lío”, musitó bajando el tono de voz. “Dicen que los de Benimaclet están tendiendo una cuerda fortificada en el puente del Turia. No quieren dejarnos pasar hasta que no firmemos un acuerdo formal de trueque.” A Amparo no le sorprendió; desde la primavera, los conflictos por el acceso al agua y a los pocos generadores en funcionamiento se habían recrudecido.
Mientras limpiaban los pececillos, Amparo recordó el último viaje que había hecho a la ciudad. Fue hace tres meses, durante una operación desesperada para recuperar libros y papel de las bibliotecas de la Universidad de Valencia. Atravesaron la Avenida del Puerto, sorteando coches calcinados y esqueletos de antiguos centros comerciales. Los zombis eran cada vez más lentos, pero aún peligrosos. Animales salvajes—perros asilvestrados, ratas de tamaño insólito—desafiaban a los supervivientes por cualquier resto de alimento.
Aquel día, recuperaron una docena de volúmenes apenas dañados, además de mapas antiguos. Fue en los libros donde Amparo halló consuelo: relatos medievales de la huerta, crónicas de la Reconquista, y la sabiduría perdida de una ciudad que durante siglos supo resurgir de guerras, pestes, e inundaciones. Por eso, cuando en la asamblea le preguntaron quién se ofrecía para acompañar hoy a los exploradores, supo que debía ser ella.
El campamento se agitó cuando una barcaza llegó desde la parte sur de la Albufera, transportando a dos heridos y un cargamento de arroz salvado de los depósitos saqueados. Un niño corrió hasta Amparo, sus cabellos oscuros enmarañados y la cara tiznada de hollín. “Han vuelto los de la excursión, pero llevan problemas”, gritó antes de desaparecer entre las barracas. Javi asintió, tirando el cubo de pececillos a un lado. “Vamos, habrá que ver qué traen ahora.”
Se dirigieron hacia la entrada principal, donde se agolpaba un grupo de vecinos armados con barras, viejas escopetas y algún que otro arco hecho a mano. De la barcaza saltaron tres figuras; dos jóvenes con vendas ensangrentadas y una mujer de rostro curtido y expresivo, que apenas podía contener la emoción. “Lo logramos,” anunció. “Hemos llegado al Instituto de Ciencias en la Avenida Blasco Ibáñez.” Se hizo un silencio denso.
La mujer, conocida como la Ingeniera, sacó del zurrón unos botes metálicos. “Son semillas,” dijo. “Semillas de tomates, judías, berenjenas… además conseguimos manojos de instrumentos y herramientas. Pero no todo son buenas noticias.” Se giró, señalando a los heridos. “Nos emboscaron cerca del antiguo hospital Clínico, una banda de saqueadores nos disparó desde las alturas. Hay grupos que se han atrincherado por su cuenta en los edificios todavía en pie. Nos odian por llevarnos recursos.”
En la asamblea improvisada, la noticia de las semillas animó a los horticultores del campamento. “Vamos a diversificar esta primavera, tenemos que aprovechar la suerte”, dijo la abuela Pepa, la más anciana de la comunidad. Sin embargo, la tensión por los ataques humanos obligó a redoblar la vigilancia y planear futuras expediciones armadas en grupos más numerosos.
Amparo escuchó en silencio, convencida de que el mayor enemigo, ahora, era la desconfianza entre sobrevivientes. Durante años, el terror a los zombis fue la fuerza unificadora. Ahora que los muertos se pudrían y disminuían, volvía el antiguo problema valenciano: los conflictos por agua, tierras, y poder. Recordaba sus clases de historia en la Universitat, los pleitos medievales por la acequia de Quart o la lucha por la propiedad de la marjal. La sociedad, se decía, carga viejos fantasmas pegados a las raíces.
Esa tarde, se ofreció como voluntaria para ir a Benimaclet a parlamentar con los líderes del grupo rival. El camino exigía atravesar los tramos menos seguros del viejo cauce del Turia, ahora convertido en un corredor selvático entre barrios en ruinas. El grupo estaba compuesto por Javi, dos agricultores armados y La Ingeniera, que cargaba el botín de semillas como si llevara dinamita.
Durante la caminata, esquivaron charcos anegados y restos de barricadas hechas con motos destrozadas. Las esculturas modernas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias sobresalían, fantasmas de un pasado decadente. No había zombis en ese tramo –los habían cazado sistemáticamente las últimas semanas—pero todos sabían que el ruido podría atraerlos de otros distritos. Ni siquiera se permitieron cantar, aunque Javi murmuraba, cada tanto, un viejo estribillo de “Valencia en Fallas”.
Cuando llegaron al puente del Mar, fueron recibidos por una patrulla de Benimaclet armada con lanzas de obra y un viejo fusil Mauser. La negociación fue tensa. Los de Benimaclet argumentaron que necesitaban acceder a los generadores de El Saler a cambio de permitir el paso de las caravanas de alimentos. “Así funciona ahora la ciudad,” dijo el portavoz, un hombre enjuto con barba de semanas. “No sois los únicos que sabéis cultivar la tierra.”
Javi, serio, intentó apaciguar los ánimos. La Ingeniera defendió la idea de una feria comunal, donde los diferentes asentamientos pudieran intercambiar sin violencia. “Podemos aprender de las fallas, de la fiesta… un pueblo que junta sus fuerzas para sobrevivir. O nos destruimos como antes.” Tras horas de tirantez, finalmente sellaron un acuerdo: una vez por semana, la plaza de la Virgen serviría como punto neutro de intercambio. Los dos asentamientos, a regañadientes, aceptarían la presencia de observadores armados y turnos rotativos de vigilancia.
La noticia se expandió como pólvora a la vuelta. Por la noche, hubo una pequeña celebración en la Albufera; una especie de brecha en la rutina del miedo. Alrededor de una hoguera improvisada, ancianos contaron historias, niños riendo dibujaban zombis tambaleantes en la arena, y algunos jóvenes tocaron guitarras mal afinadas. Amparo, mirando el reflejo de las llamas en el agua, pensó que, pese a todo, la vida encontraba su cauce. Que la humanidad sobrevivía igual que una acequia vieja, desviando su curso para sortear la sequía.
El futuro, sin embargo, era incierto. La amenaza de nuevos brotes persistía—bastaba que un cadáver no fuera quemado a tiempo para que una pequeña plaga reviniera. Los saqueadores seguían merodeando, y el invierno, aunque menos letal, aún podía cebarse con los enfermos y hambrientos. Pero, por primera vez en años, la comunidad tenía un plan, nuevos alimentos y una frágil alianza con sus vecinos.
Antes de irse a dormir, Amparo hojeó una vez más uno de los libros recuperados: la historia de Valencia relatada por Blasco Ibáñez. Pensó en todas las generaciones que habían pasado hambre, miedo, epidemias, guerras… y siempre acabaron reconstruyendo. Solo que ahora la luz del progreso no era eléctrica, sino humana, multiplicada por cada acto de generosidad, cada mercado rebosando vida, cada vida salvada.
En la Albufera, bajo la mirada de los naranjales y los patos, Amparo se prometió resistir. Porque no importaba cuánto tardase Valencia en reconstruirse. Importaba que, mientras hubiera memoria y ganas de sembrar, su espíritu seguiría presente.
Y, al menos por hoy, los muertos descansaban y los vivos bailaban junto al agua.
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