Fragmento:
Pero las cosas, aunque tensas, eran mejores que antes. Valencia se había convertido en una ciudad de supervivientes, resistente como nunca lo fue en siglos. La red de ferias de intercambio, aquel día, era una señal de que el orden, aunque precario, era posible fuera de los pequeños feudos que habían marcado los años más oscuros del declive.
Duración: 11:30
24 de julio de 2027
La mañana era roja y gris sobre Valencia, un horizonte de escombros y naranjos silvestres bajo el cielo veraniego. Los días de mercado habían vuelto a la ciudad, aunque nadie los llamara así. Ahora, eran ferias fortificadas, con guaridas de vigilancia, puestos improvisados y el eco lejano de lo que alguna vez fue el bullicio de la Plaza del Ayuntamiento o los nidos de turistas en la playa de la Malvarrosa.
Desde la última reconquista, los muros reciclados de la vieja Ciutat Vella, reforzados con barandillas arrancadas del Metropolitano y ladrillos recuperados de edificios saqueados, definían el perímetro de la nueva comunidad. El Puente de Serranos era la entrada principal, custodiada día y noche por los chicos de la milicia, cada uno blandiendo una mezcla de fusiles antiguos y armas fabricadas a mano, herederos de una resistencia que nunca terminó de desaparecer.
Esa mañana, el mercado bullía de una energía acongojada. Decenas de supervivientes y comerciantes—algunos de las aldeas restauradas en Sagunto y otros llegados desde los masivos refugios en Alzira y Xàtiva—intercambiaban mercancías bajo carpas montadas con lonas del Bioparc y banderas desgastadas del Levante UD. La pólvora y la sal fina, el grano, las medicinas caseras y las herramientas de hierro forjado, volvían a ser riquezas vitales, tan preciadas como las últimas semillas guardadas en cajas de madera rescatadas de un banco genético de Moncada.
Entre ellos, Diana se abría paso, pañuelo rojo bien ajustado sobre el cabello corto y la mirada ansiosa de quien no dormía más de cuatro horas por noche. Caminaba junto a su hermano menor, Nico, que llevaba la lista familiar escrita a mano en un pedazo de papel plastificado: antibióticos, hilo, tres barras de pan seco, semillas de tomates, y, si quedaba, una botella de aceite. Nico revisaba los puestos uno a uno, negociando en voz baja, reacio a levantar la cabeza y encontrarse, siquiera por accidente, con Iván y su grupo de exmilicianos, conocidos por cambiar trato justo por extorsión en cuanto caía el sol.
Sentirse protegido era una ilusión costosa en 2027, incluso tras la retirada de las mayores hordas de zombis tres años atrás, cuando la ciudad fue recuperada metro a metro entre fuego, trampas y noches de disparos furtivos. Diana recordaba aquellas semanas de clímax infernal, la casa de sus padres invadida por el hedor a carne muerta y pólvora, la multitud que huyó hacia las huertas, gritando y cayendo entre los naranjos podridos. Aún dormía con la radio de manivela bajo la almohada, por si volvía a sonar la alarma que, entonces, presagiaba el fin de todo. Ahora dormían para conservar fuerzas y para no tener tiempo de recordar.
Pero las cosas, aunque tensas, eran mejores que antes. Valencia se había convertido en una ciudad de supervivientes, resistente como nunca lo fue en siglos. La red de ferias de intercambio, aquel día, era una señal de que el orden, aunque precario, era posible fuera de los pequeños feudos que habían marcado los años más oscuros del declive.
Lejos del río, dentro de los muros del Mercado Central (ya sin cristales y convertido en fortaleza de trueque), se amontonaban los bienes esenciales bajo la vigilancia de un consejo armado. Diana logró intercambiar un frasco de alcohol que su madre había destilado en casa por un par de kilos de harina y media docena de parches para bicicleta, que ahora se vendían como tesoros para quienes recorrían la ciudad, conectando con las aldeas, esquivando grupos nómadas y las últimas manadas desgastadas de zombis.
El trueque, pensaba, era la moneda del nuevo mundo. De vez en cuando, en los puestos protegidos bajo los antiguos ventanales de la Lonja, se oía palpitar un rumor: que las caravanas del sur traían pólvora de fábrica, y que algún grupo había logrado reparar una prensa para producir manuales de supervivencia. Diana había visto, fugazmente, uno de esos cuadernos: hojas amarillentas llenas de consejos sobre cómo purificar agua, cómo identificar plantas comestibles, cómo fabricar trampas rudimentarias que no se activaran con el peso de un niño. Esos manuales circulaban como mapas secretos, compartiéndolos solo con quienes habían demostrado lealtad y silencio.
Pero el peligro nunca estaba lejos. Aquella tarde, al volver a cruzar el Turia rumbo al barrio de Benimaclet, un disparo seco interrumpió el bullicio (algo infrecuente aquellos días, pues la pólvora era racionada como oro), seguido de una confusión contenida. Diana, con una cesta envuelta en su brazo, corrió a protegerse bajo el arco de la entrada sur, con Nico pegado a sus talones.
Cuando salieron de su escondite, ya había un círculo de silencio alrededor del cuerpo caído: un joven con el uniforme improvisado de la milicia de Alboraya. Alguien lloraba entre dientes, mientras otros, armados apenas con bastones de hierro y hachas recortadas, formaban un semicírculo para evitar una estampida. Iván estaba allí, rápido para imponer orden, más listo aún para saquear el cadáver tras asegurarse de que la amenaza no era zombi sino humana. Diana sintió náuseas, pero no dijo nada. Sabía que incluso allí, el acto de hablar sin pensar podía costarles el privilegio de comerciar en paz, o la vida.
El consejo armó entonces una patrulla y comenzó la búsqueda de los responsables, convencidos de que eran forasteros infiltrados para robar pólvora o semillas. En esos días, nada dolía más que perder semillas; eran vida, poder, promesa. Aun así, la feria siguió, con un silencio incómodo que solo se rompía con el tintineo de una moneda improvisada o el crujido de las botas sobre los escombros de adoquines.
Al llegar la noche, Diana y Nico regresaron a casa a través de calles ahora tranquilas. Pasaron junto a restos de barricadas y viejos supermercados convertidos en almacenes, cruzando lo que alguna vez fue el campus universitario de Tarongers. Allí, los edificios altos se alzaban entre jardines salvajes, y bandadas de cuervos sobrevolaban lo que sobrevivía de la biblioteca, hoy refugio de estudiantes convertidos en archivistas. “Quizá algún día—pensaba Diana—algo parecido a la universidad volverá a abrir aquí.”
En casa, su madre rezaba sobre la mesa de madera, rodeada de frascos y cazuelas oxidadas. Diana dejó la cesta sobre la mesa y se quitó el abrigo. “Han matado a un miliciano de Alboraya”, dijo en voz baja. Su madre asintió, como quien recibe confirmación de un presagio inquietante.
Sin embargo, aquel día también trajo una pequeña chispa de esperanza. Durante la cena, llegó Tomás, el vecino del tercer piso, con noticias desde la zona del Cabanyal. Informó que un grupo de ingenieros amateur había logrado poner en marcha uno de los molinos de agua junto al viejo cauce del Turia. Esto permitiría moler grano mucho más rápido y reducir el coste de producir pan. Era una noticia excelente; la energía era un bien tan escaso y vital como el alimento. El avance, aunque modesto, era suficiente para infundir a los residentes de Valencia un soplo renovado de confianza.
Aquel mismo día, el consejo anunció que, al amanecer, comenzarían a formar nuevos grupos con el objetivo de conquistar más bloques de edificios al oeste, cerca de la estación del Norte, donde aún habitaban zombis deteriorados que de vez en cuando retornaban a rondar los túneles del metro. La ciudad crecía despacio, pero crecía como una planta raquítica en una maceta demasiado pequeña para sus raíces.
Diana se ofreció como voluntaria para unir fuerzas con los grupos de limpieza. Ya había participado dos veces en campañas de aseguramiento de sectores, siempre combinando miedo y determinación, y esta vez llevaba consigo una pequeña ventaja: un manual encuadernado en cuero con recetas caseras para fabricar combustibles simples y trampas de alarma. Se lo había prestado una amiga de la aldea de Llíria a cambio de la promesa de semillas de berenjena. Nico la miró, reconociendo un brillo nuevo en los ojos de su hermana, mezcla de temor, orgullo y la paciencia de una generación marcada por la supervivencia forzosa.
Durante los días siguientes, los trabajos en la ciudad continuaron entre el zumbido de las motosierras y el golpeteo de los hammers improvisados sobre acero y madera. Los grupos, organizados en cuadrillas por calles, avanzaban limpiando pisos y almacenes, sellando entradas y cubriendo ventanas. No todos los zombis habían desaparecido; algunos, tan lentos y deteriorados como ancianos embriagados, aún lograban asustar y, de vez en cuando, matar a un desprevenido. Pero enfrentarlos ya no era el terror de años atrás: la muerte había dejado de ser un espectáculo masivo y se había transformado en un susurro tenaz, una presencia constante pero dada por sentada.
La vida, mientras tanto, se reanudaba a trompicones. Los niños del vecindario, bajo la atenta vigilancia de padres y milicianos, pasaban las tardes entre solares y descampados, aprendiendo a distinguir entre ramas útiles y peligrosas, a memorizar rutas seguras, a recordar los códigos de señales pintados en las paredes: una franja verde para indicar paso seguro, tres puntos rojos para peligro inminente. Entre los supervivientes florecían pactos de amistad, pequeñas historias de amor furtivo y celos callados, la confirmación de que la humanidad, exhausta pero terca, seguía resistiendo.
El domingo siguiente, por primera vez en meses, un grupo de músicos—gente que antes tocaba en bares para turistas—salió al antiguo cauce del Turia con guitarras y un viejo tambor. Frente a una audiencia de ojos atentos y sonrisas contenidas, tocaron versiones improvisadas de canciones tradicionales, y por un instante, la ciudad se cubrió del eco de antiguas Fallas, como si el fuego purificador estuviera a punto de regresar para barrer el dolor y el miedo.
El clima de relativa paz era inestable. Los rumores sobre un asalto desde la zona del hospital La Fe circulaban, alimentados por el temor y, en parte, por los intereses de quienes deseaban invadir los almacenes de medicamentos. Pero el miedo ya no dictaba todas las decisiones. El consejo, al tanto de la importancia de mostrar fortaleza y evitar una guerra civil, organizó encuentros con los líderes de los barrios periféricos y pactaron una división clara de recursos.
Ese verano, la recolección fue generosa. Por primera vez desde el inicio de la plaga, los agricultores urbanos lograron almacenar excedente: calabazas, cebollas, espigas de trigo y bolsas de judías fueron guardadas en sótanos vigilados que una vez sirvieron como depósitos de tiendas de moda y supermercados. Diana y Nico organizaron a los jóvenes para distribuir comida entre los ancianos y orquestaron un pequeño sistema de préstamo de herramientas que ayudó a docenas de familias a reparar techos o fortificar ventanas.
Con la llegada de agosto, y pese al calor espeso, la ciudad respiraba lento pero seguro. Los zombis, cada vez menos y más inofensivos, se veían a la distancia recogidos como sombras dispersas en la avenida del Puerto. El peligro parecía manejable, la vida, aunque lejana a su esplendor, volvía a girar en torno al trabajo, la protección mutua, la esperanza.
Esa mañana de julio, donde todo parecía estar al borde, ni de la catástrofe ni de la bonanza, Diana miró desde la azotea el horizonte de Valencia. Más allá de los muros y el río desviado, entre el humo de las cocinas comunales y las banderas heridas, sintió por primera vez en años que la ciudad volvería a ser suya. Que la reconstrucción no era apenas una quimera para los nietos de una generación destruida por la plaga, sino una posibilidad real. Allí, entre los restos de un mundo viejo y los brotes testarudos del nuevo, Valencia latía. Sobrevivía. Y, día a día, comenzaba a recordar cómo se vivía.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.