Fragmento:
Muchos zombis habían dejado de ser ya una amenaza diaria. La mayoría se deshacía con el sol y el tiempo, aunque a veces, en los rincones oscuros de los túneles, el hedor todavía delataba alguna horda en letargo. Los habitantes de Valencia se sentían más amenazados por bandas forasteras—nómadas salvajes, tropas mercenarias o escuadrones de saqueadores al margen de toda confederación—que por los infectados.
Duración: 11:26
14 de julio de 2028
El aire de la mañana rozaba las ruinas de la antigua Valencia como un susurro obstinado de esperanza. Habían pasado más de ocho años desde que el mundo se partió en dos: antes y después de la plaga, antes y después de que los vivos se vieran obligados a desconfiar tanto de los muertos como de sus semejantes. Sin embargo, había vida nueva y, en el margen del antiguo cauce del Turia, eso comenzaba a notarse.
Entre los naranjales despoblados y los escombros de edificios modernistas, surgía una ciudad muy distinta de la que fue. Se llamaba a sí misma L’Horta Nova, aunque quienes la gobernaban preferían el viejo nombre de Valencia para recordarse humanos. El perímetro estaba delimitado por una muralla improvisada de contenedores, barricadas de ladrillo y materiales de derribo—algunas piezas aún llevaban los colores de los grafitis de un tiempo anterior. Desde las torres improvisadas en antiguas azoteas, los vigías observaban, ahora sin tanto terror, a las criaturas tambaleantes que vagaban fuera de las zonas seguras.
Muchos zombis habían dejado de ser ya una amenaza diaria. La mayoría se deshacía con el sol y el tiempo, aunque a veces, en los rincones oscuros de los túneles, el hedor todavía delataba alguna horda en letargo. Los habitantes de Valencia se sentían más amenazados por bandas forasteras—nómadas salvajes, tropas mercenarias o escuadrones de saqueadores al margen de toda confederación—que por los infectados.
Aquella mañana, el río seco volvía a ser el escenario de un evento esperado: la feria de intercambio. Personas de pueblos recuperados, comunidades diseminadas en la Albufera, artesanos llegados de Carcaixent y comerciantes armados de Castellón se daban cita bajo la protección del Consejo urbano. Era el segundo año que la feria se celebraba de manera regular. Los pregoneros lo anunciaban días antes a través de pequeños radios de manivela y, en ocasiones excepcionales, mediante velas y banderines coloreados sobre las azoteas visibles desde la marjal.
Marta Ferrer, hija de uno de los estibadores de la playa de la Malvarrosa, se encargaba de custodiar la entrada sur, cerca del viejo barrio de Ruzafa. Era joven, aunque sus ojos mostraban una sombra de madurez prematura e irreparable. Portaba un fusil antiguo y una lanza fabricada con los restos de una farola de la Avenida del Puerto. Su uniforme improvisado—botas militares, pantalones vaqueros reforzados con cuero remendado y una camiseta gris descolorida con letras de un festival de música electrónica de 2019—era su armadura diaria.
Su función ese día era doble: dosificar la entrada a la feria y vigilar a un grupo de comerciantes recién llegados del sur. Entre ellos circulaba el rumor de que un grupo nómada había intentado asaltar en la salida de Sueca, y aunque los recién llegados portaban mercancías interesantes (sal, semillas antiguas, algo de azafrán y hasta un cubo de miel), la tensión era latente.
El Consejo de Valencia había decretado hacía apenas tres meses un nuevo código común de señales: un sistema de banderas y espejos que permitía a los puestos de guardia alertarse mutuamente en caso de ataque. Tanto los comerciantes como los vigilantes debían cumplir la regla de no portar armas largas dentro de la feria; solo las milicias de defensa del Mercado podían hacerlo.
Pese a la seguridad de la ciudad amurallada, la incertidumbre era diaria. El recuerdo de los cruentos inviernos—cuando la escasez de leña y alimento se había cobrado tantas vidas como los propios zombis—seguía presente, grabado en los poemas de los niños nacidos después del apocalipsis y en los gestos medidos, desconfiados de los adultos.
Marta se permitió un par de minutos para observar el vaivén del Turia. Desde su posición elevada, veía la feria instalarse: tiendas de campaña de lonas verdes y azules alineadas, mesas improvisadas, carros de tiro custodiados por hombres armados de lanzas, los animales de carga (perros y alguna que otra mula) y los primeros compradores, expectantes, agolpándose junto al puesto de intercambio de semillas.
—¿Todo tranquilo, Ferrer?—le preguntó Sento, el vigilante veterano que custodiaba el extremo oeste, cerca de lo que antes era la Ciudad de las Artes y las Ciencias.
—Por ahora sí. Pero esos recién llegados de Algemesí han pasado por problemas. Dicen que los asaltantes los siguen—respondió ella, sin bajar la vista del grupo que abría paso a una anciana de piel curtida.
—Hoy vendrán del norte también. El río está en calma, pero el asfalto de la autovía es otro cantar—añadió Sento, apurando el sorbo de agua que quedaba en su cantimplora de aluminio.
La feria era, más que un mercado, un símbolo de resistencia: un lugar en el que la confianza debía restablecerse cada jornada, donde los códigos de honor recién recuperados se ponían a prueba a cada trato cerrado.
Dentro de la zona segura, la plaza principal había sido despejada de cadáveres y maleza. En lo que alguna vez fue un parque infantil, las mesas de intercambio se agrupaban por tipo: alimento, herramientas, semillas, productos textiles, medicamentos y una nueva sección dedicada a libros y material escolar. Allí, las generaciones nacidas después de la plaga aprendían a leer, a sumar y restar, a identificar las plantas medicinales que crecían otra vez en los antiguos jardines botánicos.
En el extremo oeste de la feria, junto a los restos enmohecidos de un quiosco, Ana Beltrán, una maestra de sesenta años, leía en voz alta a un círculo de niños—delgados y de cabello largo, con cicatrices en los antebrazos, pero atentos y silenciosos. Su voz era la única constante, la melodía dulce que los calmaba cuando los gritos de algún altercado en la zona de trueque aumentaban.
La seguridad durante el evento era estricta. Un código de silbatos indicaba desde altercados leves a amenazas sureñas. Los soldados voluntarios, armados la mayoría con viejos fusiles de caza y lanzas fabricadas por herreros locales, hacían rondas. A media mañana, se presentó el primer problema: un hombre musculoso, vestido con harapos militares y mal cicatrizado en la mejilla, intentó intercambiar cartuchos de escopeta por una caja de tazones de cerámica, pero exigió acceso a la taberna del mercado, situada sobre un antiguo chiringuito de playa cercado y resguardado por dos puertas metálicas.
—Solo para habitantes de Valencia, amigo—le espetó, desafiante, uno de los camareros, mientras otros dos clientes miraban sin disimular la tensión.
El hombre levantó la voz, desenfundó un pequeño cuchillo herrumbroso, y al instante cinco vigilantes rodearon la escena. Marta, que se acercaba guiada por los silbidos, descargó su lanza en el suelo y preguntó:
—¿Pasa algo aquí?
El desconocido resopló, mirando alternativamente el brillo en los ojos de la muchacha y su lanza improvisada. El Consejo no toleraba altercados ni sobornos en días de feria: las expulsiones eran inmediatas, y fuera del muro la vida apenas valía lo que podría durar una noche entre zombis y nómadas.
—Solo quería un trago—masculló el hombre.
—Lo tendrás en la plaza, junto al pozo. Aquí dentro, solo los nuestros. Si vuelves a armar whisky, esta será tu última feria—le advirtió Marta, seca, plantando la punta de la lanza frente a sus botas.
El hombre, furioso, se marchó arrastrando los pies. Uno de los vigilantes lo acompañó a la salida sin interrumpir el flujo de la feria. Así era la vida bajo el nuevo orden: firmeza y flexibilidad, pero sin caer en la crueldad estéril de los días más oscuros.
En los márgenes del mercado, los acuerdos comerciales se tejían bajo el estruendo de las monedas de chapa y hueso, de las semillas envueltas en trapos y de las promesas de futuras cosechas. Un pequeño grupo de niños observaba la llegada de un hombre con un carretón tirado por un par de perros enormes. Transportaba pequeñas piezas de maquinaria: engranajes limpios, bielas, tornos de metal que aún funcionaban tras un examen cuidadoso. El hombre se llamaba Lluís, y provenía de Burriana.
—Con esto, arreglaremos el molino del río—dijo, intercambiando las piezas por un par de sacos de cebada y dos botellas de licor casero que olían fuerte, casi inflamable.
Marta, que había terminado su turno de guardia, pasó junto a Lluís. Él la saludó con un gesto de respeto.
—¿Cómo están las cosas por allá arriba, en la huerta?—preguntó.
—Mejorando. El calor ayuda a secar a los muertos, y las cosechas parece que vendrán mejores. Falta polvo para las armas y libros para los críos. Pero hemos visto menos merodeadores últimamente—respondió Marta, mientras tiraba de la correa de su perro, un mestizo negro de mirada inquieta.
Los altavoces improvisados comunicaron en ese momento el inicio del debate entre representantes de los distintos asentamientos. Bajo la sombra escasa de unos toldos, se reunían delegados de Meliana, Catarroja, Paterna y la propia Valencia. Se discutía la posibilidad de abrir nuevas rutas seguras hasta Sagunto y Gandía, y la inclusión de normas de asistencia mutua en caso de ataques externos o brotes infecciosos inesperados.
Ese año, por primera vez tras la oscuridad de los peores años, el consejo debatía la celebración de unas fiestas patronales adaptadas. No serían los viejos festejos de las Fallas—el pólvora aún era demasiado preciada como para permitir mascletás—pero sí habría música, representaciones y algún tímido espectáculo de castellers—la tradición nunca muere, ni siquiera bajo el asedio de la plaga.
Ana, la maestra, condujo a su grupo de niños hasta el borde del antiguo puente de las Flores. Allí, se encontraban con otros escolares de municipios lejanos. Leerían un poema escrito por uno de los supervivientes más ilustres, en recuerdo de los caídos y en agradecimiento por la tenacidad de los vivos. Nadie lloraba ya en público, pero había una gravedad solemne en los rostros adultos; el dolor compartido era un escudo tan eficaz como el acero o la pólvora.
Más tarde, los cocineros locales se afanaban en preparar una paella comunitaria, usando arroz de las marjales, caza reciente y verduras cultivadas en parcelas comunitarias. El aroma era fuerte, familiar y reconfortante. Los niños correteaban entre los toldos, y por unas horas el miedo retrocedía.
Cuando el sol caía, la feria languidecía. Los puestos cerraban sus trueques, las caravanas se agrupaban para la salida al alba, y la milicia de ronda doblaba turnos esperando la noche. En los muros, las luces hechas de aceite y trapos ardían tenues. Los zombis apenas se acercaban ya, pero aún podía verse el reflejo de algún ojo muerto entre las sombras, lejos de las hogueras.
Marta se sentó en los restos del banco de una plaza, dando la espalda a la muralla. Miró los tejados quebrados, las palomas anidando en las cornisas negras, las siluetas de los guardias recortándose en la cúpula de la Lonja iluminada de forma precaria. —València, pensó, no morirá nunca, solo cambia de rostro… aunque sea un rostro cicatrizado por la supervivencia.
Los supervivientes de la feria sabían que nada era eterno, que tal vez un día la amenaza se extinguiría por completo. Lo que no desaparecería sería el impulso de reunirse, de intercambiar, de celebrar. Porque, aunque pequeños y malnutridos, parecían invulnerables a perder lo más esencial: la esperanza de los pueblos que, entre murallas de fortuna y escasez, resisten como los últimos baluartes de humanidad frente a la larga noche de los zombis.
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