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Fragmento:


El bullicio de la mañana se concentraba en las inmediaciones del Puente de Serranos, sobre cuyas antiguas puertas medievales, ahora devueltas a su propósito original, ondeaban banderines de tela con escudos imposibles de descifrar, restos de diversas milicias formadas por supervivientes. Grupos de personas, muchas de ellas con ropa de trabajo y armas de fabricación casera, vigilaban de cerca las transacciones. Una pequeña columna de humo surgía de la torreta, señal de que la comida estaba lista arriba para los vigías.

Duración: 11:08

Cenizas en la Albufera
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Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2026

El aire de noviembre se sentía denso, impregnado de humedad y un vago olor a madera quemada que ya formaba parte del aroma cotidiano en la Valencia post-apocalíptica. A la distancia, las chimeneas improvisadas de los asentamientos lanzaban al cielo nubes delgadas que se retorcían sobre la ciudad amurallada, que todavía conservaba, en la medida de lo posible, cierta dignidad levantina: muros reforzados con ladrillos, acero corroído y vallas de estacas que rodeaban lo que quedaba del casco antiguo, mientras la ciudad moderna yacía, en gran parte, sepultada bajo escombros y matorrales. Las fallas del ‘27 no se quemarían en una pólvora festiva, sino en el fogón amargo de la supervivencia.

Aurelio caminaba por la orilla fangosa del Turia, bordeando las compuertas del viejo cauce, ahora reconvertidas en punto de reunión y comercio. El lecho seco del río estaba ocupado por huertos de subsistencia entre los que deambulaban vigilantes armados. Era un día frío, gris y ventoso. Aurelio, vestido con varias capas de ropa remendada y una bufanda de lana áspera, portaba una escopeta oxidada al hombro y una bolsa de arpillera en la que guardaba raíces, unos cuantos tomates arrugados y la esperanza de un trueque favorable.

El bullicio de la mañana se concentraba en las inmediaciones del Puente de Serranos, sobre cuyas antiguas puertas medievales, ahora devueltas a su propósito original, ondeaban banderines de tela con escudos imposibles de descifrar, restos de diversas milicias formadas por supervivientes. Grupos de personas, muchas de ellas con ropa de trabajo y armas de fabricación casera, vigilaban de cerca las transacciones. Una pequeña columna de humo surgía de la torreta, señal de que la comida estaba lista arriba para los vigías.

Aurelio se detuvo junto a la mesa de trueque donde Paula, la joven encargada del control de suministros, supervisaba las bolsas que la gente traía desde los pequeños corrales y jardines. Paula le sonrió, cansada, con el brillo de infancia robada tras los ojos. Aurelio la había visto crecer entre los escombros desde hacía seis años.

—¿Qué traes hoy, Aurelio? —preguntó, anotando en una libreta de papeles sueltos.

—Tres tomates, un puñado de acelgas, algo de raíz de chufa, un bote de sal que encontré en Quart.—Depositó el botín sobre la mesa, apartando a un chaval que intentó tomar el tomate más grande.

Paula rebuscó entre las bolsas. —Solo queda algo de garbanzos y dos pastillas de jabón. Pero si te esperas, llega carne de conejo de la Huerta en una hora. ¿Vas justo?

Aurelio asintió. —Con los niños en la torre vieja, cualquier ayuda es buena.

Paula le deslizó los garbanzos y una pastilla de jabón, lo justo para lo ofrecido. —Aguanta media hora y tal vez te paso una de las piezas pequeñas.

El sol apenas se filtraba entre las nubes grises. Desde el mercado improvisado, Aurelio podía ver el perfil de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, antaño brillante y hoy nido de matojos y ruina, sus muros curvos recubiertos por enredaderas y, según se rumoraba, alguna que otra manada de perros salvajes. Los zombis no frecuentaban tanto esas zonas, ahora. Quedaban algunos, pero su peligro se centraba en las noches de luna nueva, cuando el silencio permitía oírlos arrastrarse entre piedras.

Aurelio se excusó de la fila, cruzando la estrecha explanada hacia donde varios saqueadores, capturados el día anterior, aguardaban entre esposas y atados a una farola con alambre oxidado. El consejo de la ciudad, conformado tras sangrientas disputas ese verano, dictaba justicia de forma más organizada. La milicia patrullaba con hostilidad apenas reprimida: cualquier infracción, desde robo menor a conspiración con bandidos, se pagaba con días de trabajos forzados en la limpieza del perímetro, donde quedaban zombis rezagados que, si bien lentos, aún suponían amenaza si aparecían en grupo.

—¡Aurelio! —La voz de Ferrán, su antiguo vecino, le sobresaltó. Era un hombre robusto, de pelo cano y rostro marcado por pequeños cortes. Salía de una tienda de lona donde se discutía la repartición de semillas.—Van a necesitarnos en la muralla sur, creo que han visto movimiento cerca del viejo hospital La Fe. Me dicen que no es horda, pero sí un grupo de famélicos.

Aurelio asintió, viendo como los soldados más jóvenes trotaban hacia la puerta sur, algunos con lanzas y arcos. —Voy enseguida. ¿Crees que sean de los nómadas?

—Quizá. O puede ser alimento buscando comida. Nadie arriesga tanto si no tiene hambre.

Las tripas de Aurelio respondieron con un quejido. Se palpó el estómago, dudando por un momento entre ir con Ferrán o esperar por la carne de conejo. Finalmente, siguió a su viejo amigo bajo el arco gótico de Serranos, cuya piedra, ennegrecida por el tiempo, parecía desafiar la desgracia.

En los tiempos previos a la Plaga, La Fe había sido símbolo de vanguardia. Ahora, apenas era una mole de hormigón despojada de ventanas. Entre sus pasillos vagaban recuerdos de médicos y enfermos, pero también las amenazas que dieron inicio al declive. Un par de disparos lejanos retumbaron en la mañana.

Aurelio y Ferrán cruzaron el Pont de Fusta, avanzando hasta el puesto de guardia improvisado entre paradas agrícolas. Allí, una joven de pelo rapado los saludó con un gesto brusco. —Hay tres figuras junto al hospital. Nos vigilan, ya matamos uno ayer al anochecer, pero tal vez sólo buscan comida. No parecen zombis. Van armados.

—Hay que mostrar fuerza —dijo Ferrán.— No vamos a permitir otro ataque.

Aurelio observó a través de los prismáticos por encima del parapeto improvisado. En el descampado, tres siluetas avanzaban lentamente, manteniéndose agazapadas entre los autos oxidados. No era la primera vez que bandas de saqueadores intentaban hacerse con los depósitos de agua o las despensas del asentamiento. La diferencia ahora era la organización: la guardia ya no era un ejercicio improvisado, sino un turno implacable con turnos armados y señales codificadas.

Aurelio levantó la escopeta, calibrando la distancia. Ferrán, tras él, murmuró —¿Y si son solo gente hambrienta?

—Que envíen una señal de rendición. Ya hemos perdido suficiente gente por dudar.

Los minutos se hicieron eternos hasta que una de las figuras, flaca y famélica, ondeó un trapo blanco. Al otro lado de la barricada, todos soltaron un breve suspiro. Ferrán respondió el saludo, haciendo signo de que avanzaran con las manos a la vista.

Un silencio inquietante dominó el encuentro. Los tres desconocidos —dos mujeres y un hombre, ninguno mayor de treinta— se presentaron hablando en castellano con acento del sur, tal vez de Albacete o Murcia.

—Venimos de Xàtiva, huimos de las bandas, no somos portadores—explicó la líder, una mujer de rostro demacrado por la intemperie—. Solo pedimos agua y refugio.

Aurelio no bajó la guardia, pero indicó a los guardias que los registraran. Había reglas: nadie entraba sin desinfección ni controles, y solo tras días de cuarentena en los barracones de la huerta.

La milicia se llevó a los forasteros, que ofrecieron a cambio pequeños objetos: un trozo de cristal, monedas viejas y hasta un reloj digital. Ferrán hizo una mueca: esos artículos, antes triviales, no valían nada en comparación con un par de cartuchos de escopeta, una vaina de semillas o una pastilla de jabón.

—Estamos mejor de lo que pensamos, viejo —le dijo Ferrán a Aurelio mientras regresaban—. Hace solo dos años habría habido sangre en la tierra. Ahora nos queda margen para la compasión.

La tarde fue avanzando entre guardias, discusiones sobre las cosechas de arroz y expediciones organizadas para abrir rutas hacia el marjal de la Albufera, donde algunos sostenían que la vida aún rebrotaba con cierta abundancia. Los niños jugaban cerca de las puertas, vigilados por ancianas que, media vida antes, habrían sido maestras, tenderas o funcionarias en la Generalitat. Ahora, tejían mantas y enseñaban el viejo alfabeto en pizarras rotas, recuperando para la ciudad cierta normalidad fantasmagórica.

Aurelio se sentó en su rincón de la muralla y, mientras masticaba garbanzos duros y pan reseco, observó las nubes reptar hacia el oeste, donde la ciudad se convertía en campos de cultivo y, más allá, en las ruinas de urbanizaciones abandonadas. Cada tanto, una señal de humo surgía de un pueblo vecino, comunicación pactada para alertar de ataques o de hordas rezagadas. Los códigos se habían perfeccionado: dos columnas significaban peligro humano; una, ataque de zombis; tres, llegada de caravanas.

Al caer la noche, una reunión del consejo ocupaba el refugio mayor en el antiguo Mercado Central. Entre los destellos de velas y lámparas de aceite, hombres y mujeres discutían los avances en la limpieza de los barrios Limítrofes: Patraix, Benimaclet, el arrabal del Grau. A medida que los zombis terminaban de pudrirse o caían a manos de los patrulleros, surgía la esperanza de entregar esos barrios a nuevos colonos que aguardaban en la periferia.

La agenda era extensa: defensa de las rutas del arroz hacia Sueca y Cullera, intercambio de pólvora con los de Sagunto, y vigilancia sobre las bandas nómadas. El ánimo era tenso pero menos sombrío que meses atrás. Cada noticia sobre la restauración de un molino, una bomba hidráulica nuevamente en funcionamiento o una escuela improvisada, era celebrada con modesto regocijo.

Al salir de la reunión, Aurelio se encontró con Paula, que le ofreció una pequeña bolsa con carne de conejo salada y una vela amarilla, lujo codiciado.

—Para tus niños —dijo, y su voz tembló—. Han preguntado por ti.

Aurelio agradeció en silencio, encendiendo la vela al llegar a la torre donde se protegían los más jóvenes. Rían apagadamente, acurrucados junto a los libros y mantas, algunos con juguetes tallados en madera o soldados de hojalata salvados de la antigua tienda de la Calle Caballeros. El silencio de la noche era interrumpido solo por los disparos lejanos, pero en ese refugio, por primera vez en años, Aurelio se permitió el lujo de la esperanza.

Mientras los niños dormían, repasó mentalmente el día: la negociación en el mercado, el encuentro con los forasteros, los códigos de humo, el esfuerzo colectivo para no ceder a la brutalidad que la plaga había traído consigo. Pensó también en tiempos antiguos, en las luces cálidas de las fallas, los paseos marítimos en la Malvarrosa, los besos furtivos entre naranjos. Todo eso era mito para los que crecían ahora en la penumbra, pero si algo había aprendido Aurelio era que la ciudad, aun amputada y asolada, resistía: nunca completamente viva, nunca completamente muerta.

Desde la almena, divisó el perfil de las viejas torres y el resplandor tenue de los asentamientos vecinos. La humanidad, pensó, era ahora un hilo delgado, sujeto a la tierra por la obstinación del trabajo, el miedo y la memoria. Y, con el último suspiro de la noche, se convenció de que ese hilo —frágil, vapuleado—, todavía no se había roto. No mientras Valencia, la ciudad de los puentes y las campanas mudas, se negara a arrodillarse.

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