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Portada del relato El ocaso de las Fallas: supervivencia entre ruinas y fuego
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Fragmento:


Marta Ferrandis, con la cara tiznada por el hollín y la camisa raída de tantas jornadas al sol, cargaba una cesta ligera de magdalenas hechas con lo último de la mantequilla del trueque anterior. Los guardias en la puerta –atravesando la Travesía del Cabanyal como si custodiaran un tesoro– la reconocieron y la saludaron con una sonrisa cansada. El jefe de la guardia, Toni, un antiguo remero de la albufera, levantó la mano.

Duración: 11:43

El ocaso de las Fallas: supervivencia entre ruinas y fuego
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Texto de ajuste de pausa.

Julio de 2028

Avanzaba el amanecer en Valencia. Hacía años que no se escuchaban los petardos anticipando las Fallas, ni los turistas reptaban en hileras interminables por la Ciutat Vella ni las bicicletas eléctricas salpicaban los márgenes del renovado Turia. El río seco seguía siendo el centro de la ciudad, aunque su cauce estaba ahora cubierto de huertos, gallineros y puestos improvisados. Desde lo alto de lo que antaño fuera el mirador del Miguelete, un vigía observaba con unos prismáticos encintados el horizonte sin apenas parpadear.

Cerca del antiguo cauce, en una de las zonas limpias de zombis que habían ido creciendo alrededor de los pueblos y barrios, una comunidad de cerca de setecientas personas había convertido el viejo barrio del Cabanyal en una fortaleza, con muros de chapa recuperada y muebles de la playa amontonados detrás de barricadas de ladrillo. Allí, en lo que antes era considerado uno de los barrios más bohemios y maltrechos de Valencia, el mercado de los miércoles había renacido. Nada quedaba de los viejos vendeores gritando precios; en su lugar, milicianos y comerciantes, cubiertos de polvo, truecaban munición por harina, medicinas de la vieja farmacia de la Malvarrosa por cuchillos forjados en pequeños talleres ocultos tras persianas abolladas.

En el cruce de la avenida del Mediterráneo y la calle Amparo Guillem, la familia de los Ferrandis, antiguos panaderos del barrio, habían conseguido sobrevivir fabricando pan de centeno en un horno de leña que aún resistía. Los hijos, Marta y David, salían cada mañana antes del alba a recoger la leña que traían las caravanas del sur. Los árboles de la Albufera, ahora vigilados por patrullas armadas, eran una fuente de disputa. Por caminos embarrados y acequias rescatadas por los aldeanos, circulaban rumores sobre bandas nómadas que merodeaban por los campos de arroz, pero la necesidad era más fuerte que el miedo y la leña, más imprescindible que nunca.

Aquella mañana de julio, el calor ya era sofocante. Bastó apenas un resplandor en el este para que el mercado rebullera de actividad. Estaban a punto de comenzar las ferias de intercambio protegidas por acuerdos armados, pequeños oasis de tregua y relativa normalidad donde las armas no podían desenfundarse sin consecuencias.

Marta Ferrandis, con la cara tiznada por el hollín y la camisa raída de tantas jornadas al sol, cargaba una cesta ligera de magdalenas hechas con lo último de la mantequilla del trueque anterior. Los guardias en la puerta –atravesando la Travesía del Cabanyal como si custodiaran un tesoro– la reconocieron y la saludaron con una sonrisa cansada. El jefe de la guardia, Toni, un antiguo remero de la albufera, levantó la mano.

—¿Hoy también vas al mercado, Marta? —preguntó, limpiándose el sudor con el reverso del antebrazo.

—Hoy traigo dulces —respondió ella—, espero que los de la Murta hayan traído flores secas para remedios, mi abuela las necesita.

—Ten cuidado. Dicen que los del oeste se están moviendo. Ayer vieron una columna de humo en Benimàmet. —La voz de Toni se volvió más baja—. Algún taller grande ha encendido hornos. Puede ser buena señal, o mala.

No hubo más conversación. El mercado era un hervidero bullicioso. Los supervivientes se habían habituado a vivir con el zumbido de la desconfianza en la nuca, pero el Cabanyal había crecido sobre la solidaridad y la resistencia. Nadie olvidaba las primeras noches, cuando la horda marchó por la playa y tuvieron que sacrificar decenas de casas para levantar la muralla. Las hogueras de aquellos días aún marcaban el pavimento con sombras negras.

Así, el barrio parecía una ciudad medieval surgida de las ruinas del hormigón y el acero, donde las fachadas azules y rojizas de las antiguas casas de pescadores sobrevivían salpicadas de disparos y cicatrices de incendio. En el mercado, cada puesto era vigilado por al menos un voluntario curtido en mil trifulcas. No existían ya monedas: el trueque era la ley. Un cuchillo oxidado valía una bolsa de habas secas, dos vendas limpias merecían un litro de agua clara. Todo podía ser útil.

Marta caminó hasta el puesto de los Castell, una familia llegada desde Paterna que traía hierbas y ungüentos recogidos en los nuevos huertos urbanos del Turia.

—¿Qué ofreces hoy, Marta? —preguntó la madre Castell, una mujer grande, de ojos carbones y manos agrietadas.

—Dulces y medio litro de aceite. Busco raíz de valeriana y manzanilla.

Un rápido intercambio, seguido de un apretón de manos, y Marta continuó. Sabía que aquel encuentro, casi ritual, era testimonio de los nuevos lazos: sobrevivir juntos o perecer por separado. Conforme la mañana avanzaba, las transacciones se volvían más tensas. Llegaron algunos de los pueblos de la Ribera, con carros tirados por mulas, trayendo arroz blanco, señal de que los campos al sur continuaban en producción.

De repente, los gritos empezaron en la entrada sur. “¡Despejad! ¡Heridos!” Un joven de unos doce años, con la pierna ensangrentada y el rostro desencajado por el pavor, llegó empujado por dos milicianos. Lloraba y señalaba hacia el camino de El Grao.

—¡Hordas! —chilló alguien—. ¡Pequeñas, pero veloces!

La noticia corrió como la pólvora. Muchos supervivientes aún recordaban los viejos zombis, de los que ya solo quedaban los más deteriorados, y sabían que los casos frescos aún emergían ocasionalmente. El caos se apoderó, pero la disciplina aprendida en sangre mandó. Los niños, primero al interior de los edificios reforzados; los ancianos, llevados bajo tierra a los antiguos refugios antiaéreos.

Toni, el jefe de los guardias, repartió fusiles y pistolas a los puestos de vigilancia. Marta corrió a su casa, haciendo señas a sus hermanos. La amenaza era intermitente, pero real: aunque las zonas alrededor de Valencia se consideraban bastante seguras, bastaba que una persona muriera sin avisar, o que un herido quedara oculto, para que el terror volviera.

Llegó la calma media hora después. Falsa alarma: un grupo de nómadas, asustados y famélicos, había sido confundido con infectados. Sin embargo, uno de los recién llegados traía en un saco una cabeza putrefacta, todavía balbuceando. Alguien la incineró en silencio.

Pasado el susto, el mercado retomó su vida. Toni, con el ceño fruncido, reunió a los vecinos del Cabanyal en la plaza improvisada frente al antiguo teatro.

—No debemos confiarnos. La ciudad sigue siendo un lugar peligroso, aunque los zombis que quedan apenas se arrastran. Aún estamos en guerra. —Su discurso corto, sin adornos, acabó con una consigna ya vieja: “Mut, companys, que la nit és fosca però el dia, llum”.

El día siguió su curso. Los ingenieros autodidactas del barrio presentaban el nuevo proyecto: un molino de viento construido con piezas de bicicletas y aspas metálicas, destinado a bombear agua de las profundidades de la red pluvial. Los niños, que nunca conocieron otra cosa que la guerra y las barricadas, aplaudían ante la idea de una ducha decente. Las mujeres mayores cosían, en corro, ropas remendadas con retales rescatados de pisos abandonados. Los adolescentes ejercían de aprendices en los talleres, aprendiendo herrería, mecánica y otras artes esenciales. La antigua biblioteca del mar, junto al Paseo Neptuno, había resucitado como escuela de oficios y refugio para el saber escrito.

Marta pasó la tarde ayudando a su madre con el pan, mientras discutían sobre cómo repartir el saldo de trueques. La abuela, sentada junto a la ventana, preparaba tisanas olorosas y les contaba historias del mundo viejo: la plaza del Ayuntamiento rebosante de gente, la mascletà sacudiendo los cristales, los cañones de confeti tras la cremà. Los nietos escuchaban en silencio reverente; para ellos, aquello ya pertenecía a la mitología.

Por la noche, los fuegos se desplegaban en la Muralla Azul: antorchas y pequeños hornos donde hervía agua para los corredores nocturnos, patrullas y mensajeros que conectaban el Cabanyal con otros asentamientos en la Horta, los puertos y la ciudad amurallada de Torrent. El viejo cementerio marítimo continuaba siendo territorio vedado. Nadie osaba entrar allí desde la gran masacre de 2023, cuando una horda emergió del subsuelo y arrasó tres manzanas. Hoy era el corazón negro, donde aún era peligroso acercarse.

Pero había esperanza en el aire. Ese mismo mes, la reconquista de algunos barrios había avanzado con éxito. Los trabajos de limpieza de infectados se organizaban en cuadrillas, equipadas con lanzas de hierro y redes; los “limpiadores” eran los héroes silenciosos de la resistencia. En la playa, algunos barcos recuperados ayudaban al trueque costero, aunque las incursiones de piratas costeros eran una amenaza creciente. Se hablaba de la posible reactivación del tranvía entre la Eden y Ruzafa, iniciativa que dependía del hallazgo de cableado sano y del buen funcionamiento de los generadores eólicos.

Aquella madrugada, tras la tormenta de entusiasmo del mercado, una asamblea convocada de urgencia discutía los planes de futuro. Se hablaba de abrir nuevos caminos hacia la Huerta Norte, consolidar los puestos de guardia en la ronda sur y enviar exploradores hacia el litoral de la Patacona, donde decían que aún se veían luces por las noches. El Cabanyal había aprendido a confiar en sus propios recursos, pero la amenaza del exterior nunca desaparecía del todo.

A la reunión acudió también el anciano Francesc, antiguo maestro del instituto. Había sido uno de los primeros en organizar las clases rudimentarias y, ahora, presidía los esfuerzos por recuperar manuales de supervivencia y reconstruir la memoria colectiva. Su discurso, lleno de energía aún a los ochenta años, era un ejercicio de resistencia intelectual:

—No basta con sobrevivir a la plaga y al miedo. Si solo sobrevivimos, perderemos el alma. Debemos enseñar a los niños no solo a luchar, sino a recordar quienes fuimos y soñar lo que aún podemos ser.

La asamblea votó a mano alzada mantener los talleres de impresión artesanal, dedicar recursos a los huertos escolares y poner en marcha una pequeña escuela de oficios junto al Pont de Fusta. La memoria de la ciudad, herida pero persistente, guiaba toda decisión.

Cuando cayó la noche y el toque de queda fue anunciado, Marta subió al terrado con sus hermanos. Desde allí, entre cicatrices y muros, veía la ciudad herida. La cúpula azul de la catedral asomaba, desafiante, sobre los tejados, y la luna, llena y anaranjada, parecía vigilar los antiguos cauces como un ojo milenario. El silencio era intenso y monumental, interrumpido solo por el canto de un gallo fugitivo o el ladrido lejano de un perro.

Marta pensó, mirando las estrellas, que tal vez su generación sería la de los constructores, los que transformarían miedo y ruinas en una nueva ciudad. Que aquello que una vez fue solo ceniza y sangre podría ser, con el tiempo, hogar y esperanza. Que aún había vida tras la muralla, y que de las cenizas del mundo viejo empezaban a florecer, entre las huertas improvisadas y las plazas enmudecidas, los primeros brotes de futuro.

Porque aunque Valencia ya no ardía en Fallas, seguía resistiendo, luchando; y como cada julio, bajo el inclemente sol, la vida se abría camino, obstinada y brillante, en su nueva edad de fuego y resistencia.

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