Fragmento:
Desperté junto al rumor de conversaciones en la planta baja del viejo edificio que ocupábamos: éramos nueve en total, aún juntos después de los asaltos del invierno y la peste en la primavera. La vida se colaba por la persiana descuajeringada y baña de luz anaranjada los relieves desconchados de la sala. Desde que la comuna nos asignó esa vivienda, habíamos compartido más silencios que palabras: el miedo a las patrullas rebeldes era un tabú omnipresente. Pero hoy, 19 de julio, la sensación era diferente. Era el aniversario de la gran limpieza del barrio; los mayores de la comunidad lo llamaban el Día de la Reconquista.
Duración: 11:38
19 de julio de 2027
Las torres de Serranos emergían entre brumas matutinas, encaramadas sobre un mar de tejados cubiertos de polvo. Allí, detrás de esos muros reconstruidos a base de ladrillo, placas de acero, vehículos volcados y paneles solares rescatados de urbanizaciones saqueadas, la nueva Valencia latía. Desde hacía un mes, cada amanecer era una promesa: una esperanza de que esta vez la limpieza del barrio de Ruzafa seguiría en pie, de que el convoy con trigo de la Ribera llegarían a salvo, de que las sirenas no ulularían en medio de la medianoche. Aquí, en el verano de 2027, vivir era resistir.
Desperté junto al rumor de conversaciones en la planta baja del viejo edificio que ocupábamos: éramos nueve en total, aún juntos después de los asaltos del invierno y la peste en la primavera. La vida se colaba por la persiana descuajeringada y baña de luz anaranjada los relieves desconchados de la sala. Desde que la comuna nos asignó esa vivienda, habíamos compartido más silencios que palabras: el miedo a las patrullas rebeldes era un tabú omnipresente. Pero hoy, 19 de julio, la sensación era diferente. Era el aniversario de la gran limpieza del barrio; los mayores de la comunidad lo llamaban el Día de la Reconquista.
Corría una ligera brisa del mar, cargada de salitre y esencias de hinojo y pólvora quemada. Afuera, la ciudad había cambiado; ahora estaba repleta de mercados improvisados, de pequeños huertos de tomates y cebollas entre las ruinas de lo que antes fue el Ensanche. Hacía casi una semana que no veíamos a un zombi a la luz del día –las patrullas de limpieza afirmaban que desde el último incendio, la mayor parte de los restos ambulantes preferían las sombras de El Carmen o los escombros perpetuos de la antigua estación del Grao.
Bajé las escaleras con paso silencioso, el garrote colgando de mi cinturón, y saludé con un gesto a Laura, la líder provisional de nuestro grupo. Tenía los ojos hundidos y el cabello cortado a navaja; una cicatriz plateada le recorría la mejilla. Ella había visto más muertos caminar que la mayoría, y la vehemencia de su voz bastaba para que cualquiera la obedeciese. La encontré apoyada sobre el mapa de la ciudad, señalando el viejo cauce del Turia, convertido ahora en foso defensivo, marcado por alambradas y, en algunos tramos, una franja de tierra cenicienta donde nada sobrevivía.
—¿Malas noticias? —pregunté bajando la voz.
Laura negó despacio, con la mirada fija en las avenidas garabateadas sobre el papel. —Las ferias en Benimaclet irán hoy bajo doble escolta —explicó—. Ayer un grupo de forasteros intentó abrir una brecha por el puente de la Trinidad. Creímos que iban a por provisiones, pero buscaban armas. Nicolás no volvió.
Nicolás era nuestro herrero, el único capaz de sacar filo a los tubos de hierro viejo y fabricar cuchillos mediocres, pero efectivos. Era fundamental para mantener a raya a las bandas de saqueadores que merodeaban desde el sur, llegados tal vez de Xirivella o Torrent. Sentí una punzada de angustia; cada vez que alguien desaparecía, era un hueco imposible de rellenar.
—¿Alguna señal de los convoyes de la Horta? —pregunté, tratando de mantener la voz firme.
—Murcia dice que llegarán antes del mediodía. Pero han pedido un precio más alto; su cosecha ha ido mal. —La voz de Laura sonaba amarga—. Necesitamos que te acerques a las naves industriales al oeste. Hay ruido de movimiento allí. Ninguno de los nuestros se atreve.
—Iré. —No era una oferta, era una obligación. En la Valencia de 2027, el coraje era moneda tan válida como el aceite, la pólvora o el pan.
Salí a la calle infectada de escombros, paredes agujereadas y grafitis polvorientos que gritaban palabras incomprensibles: “Resistir”, “Nunca Más”, “Turia Línea Roja”. Pasé junto al mercado, protegido por barricadas de puertas de coches y alambre oxidado. Allí, docenas de hombres y mujeres de todas las edades hurgaban entre cajas de conservas, montones de ropa usada y calderos de migas mientras unos niños pequeños intercambiaban naranjas por clavos y cuerda.
Me detuve ante el puesto de Zaira, una vieja que vendía herramientas restauradas a cambio de tarros de mermelada. Le pregunté por posibles rutas seguras al oeste y luego me encaminé hacia Campanar. A un lado, la cúpula azul de San Pedro se alzaba intacta, como un guiño del pasado entre las ruinas. Escuché el eco de un disparo a lo lejos, seguido de gritos ahogados y varias carreras. El miedo se mezclaba con la rutina en cada rincón.
Mi destino era un complejo abandonado de almacenes cerca de la antigua avenida Maestro Rodrigo. Tiempo atrás, allí llegaban camiones llenos de fruta y pescado, pero ahora sólo frecuentaban esos parajes los carroñeros, los muertos rezagados y, a veces, las bandas de forasteros. El calor apretaba mientras avanzaba entre las sombras de las paredes sin techo y montones de chatarra. De vez en cuando distinguía manchas recientes en el asfalto: sangre, o algo peor.
Me movía despacio, atento a cualquier sonido, hasta que vi lo que venía buscando. Dos hombres y una mujer en ropa sucia revisaban una carretilla entre los escombros. No llevaban insignias de ninguna facción, pero sus movimientos eran decididos; conversaban entre murmullos, lanzando miradas a su alrededor. No parecían querer pelea, pero en estos tiempos, nadie se arriesgaba a confiar.
Me acerqué con las manos levantadas, dejando que el garrote colgara visible pero inofensivo.
—¿Murcia, la Alquería? —dije en voz baja, midiendo mis palabras.
Uno de los hombres, enjuto y de ojos oscuros, me observó con atención.
—Venimos de Albuixech. Buscamos cobre. Pagamos.
Reconocí el acento, y noté que llevaban sacos medio llenos: buscapolvos, como los llamábamos. De haber traído armas, habría visto alguna señal evidente.
—No es seguro hoy —advertí—. La gente está recelosa. Las bandas del sur han matado a dos patrullas y se llevaron a un herrero de la comuna.
La mujer, de pelo trenzado y piel morena, suspiró. —También nosotros tenemos problemas. Nadie duerme ya tranquilo. ¿Sabes de sitio libre?
Sacudí la cabeza. —Nadie quiere más bocas. Pero el Mercado de Benimaclet deja a los forasteros pasar, si ayudan en la limpieza del río.
Negocié con ellos durante unos minutos: a cambio de un par de herramientas, les señalé un sendero entre huertos hasta Benimaclet y les advertí sobre las patrullas. Me dejaron una pequeña bolsita de munición de escopeta, “por si un día nos vemos en apuros”, dijeron. Negociar en estos tiempos era un arte de tripas, instinto y algo de fe.
El regreso fue más rápido, aunque a la distancia oía el rumor inquietante de disparos y, a veces, los gritos que no se corresponden con nada humano. Al cruzar las vías del tranvía —convertidas en trampa mortal de reluciente metal— me topé con un cadáver fresco: ropa de patrulla, insignia aún visible, dos mordeduras profundas en el cuello. Confirmé una vez más lo que ya sabíamos: la infección seguía activa en los cuerpos frescos. Murmuré una oración breve y continué.
Llegué a casa con el sol pesado sobre los hombros. Laura escuchó mi informe y envió a dos chicos a limpiar el cadáver del patrullero. Tomé mi turno de vigilancia sobre el muro, desde donde se divisaba el cauce reseco del Turia y, a lo lejos, las torres deformadas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, convertidas en fortaleza de una de las facciones que rehusaban cualquier alianza.
A media tarde, un convoy de mulas llegó desde el sur, custodiado por media docena de jinetes y dos jóvenes armados con arcos. Traían sacos de trigo, cebada y unas calabazas deslumbrantes. Los niños corrieron entre los carros, mientras la plaza se llenaba de algarabía y promesas de trueque. El sonido de una guitarra improvisada emergía, roto por la risa de un viejo borracho. Por un momento, volvía a sentirse la vida.
Pero también era el momento más peligroso. Alertados por el bullicio, algunos curiosos se asomaron desde terrazas. Sabíamos que no solo los vivos escuchaban: la atracción podía traer a los rezagados de la plaga o, peor aún, provocar la codicia de bandas ocultas.
Aún con la luz dorada del atardecer, llegó la noticia: los de la estación del Norte ofrecían hierro y leña a cambio de aceite y algo de medicinas. Laura envió a una partida de intercambio y me pidió que la acompañara —la distancia no era mucha, pero el peligro acechaba en cada esquina.
Cruzamos silenciosos las calles desiertas, atentos a cualquier anomalía: una persiana que crujía, una sombra demasiado inmóvil. Al llegar a la antigua estación, nos recibió la visión de lo que quedaba de una ciudad: los paneles de trenes convertidos en muros, las taquillas transformadas en graneros y dormitorios colectivos, una pequeña enfermería improvisada sobre el vestíbulo principal.
Allí, entre sacos y bidones, un grupo diverso nos saludó. Hombres y mujeres de piel agrietada y mirada alerta vigilaban cada movimiento. Nos sentamos a negociar, cada grupo calculando cuánto podía ceder. Había recursos, pero todo era escaso y las necesidades eran siempre mayores que el botín acumulado. Intercambiamos frases rápidas, miradas largas, entre el eco de vagones vacíos donde alguna vez llegó el AVE con turistas despreocupados.
Laura consiguió dos cuchillas chapuceras y un bidón de aceite por una caja de vendas y media bolsa de grano. Era lo máximo posible; todos sabíamos que mañana, la balanza podía cambiar abruptamente.
Regresamos al refugio justo cuando la noche descendía, rápida y asfixiante. Los focos solares se encendieron solo un par de horas, lo suficiente para permitir a los guardias colocar señales visuales sobre las torres. Estaba previsto el paso de una horda menor por la zona de Avenida del Puerto; no queríamos que se sintiesen atraídos por nuestra escasa energía.
A la hora de la cena, la comunidad se reunió en la azotea más segura. Repartimos sopa de garbanzos y unas rebanadas de pan duro. Alguien sacó una botella de vino, milagrosamente rescatada, y compartimos un brindis por los caídos, por los que aún marchaban, por los ausentes.
—Hoy, al menos, no ha muerto nadie nuestro —dijo Laura, alzando el vaso—. No estamos reconstruyendo solo una ciudad, sino una manera de vivir.
Le rodeaba el murmullo de aprobación y, por un instante, la esperanza parecía algo palpable, como un reflejo dorado sobre el agua detenida del Turia.
Esa noche, mientras dormía acurrucado cerca de una ventana con mi garrote a mano, soñé con una Valencia en paz. En mi sueño, los naranjos volvían a florecer, las campanas de la catedral repicaban y los niños corrían sin miedo por la Marina. El rugido de una horda a lo lejos me despertó: era un recordatorio de que aquí, la paz se ganaba cada día.
Pero también comprendí, por primera vez en años, que luchábamos ya no solo por sobrevivir, sino por recordar. Por no olvidar quiénes fuimos y qué podíamos volver a ser, incluso entre las ruinas y la amenaza inacabable. Y en ese intento, cada día contado era una victoria silente sobre la desesperanza.
La nueva Valencia aprendía a existir bajo muros, entre alianzas precarias y las promesas de una comunidad que, pese a todo, seguía jugándose la vida por un porvenir.
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