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Portada del relato Luz roja sobre la bahía: El invierno de los supervivientes
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Fragmento:


El hielo cubre las barandillas del Paseo Marítimo y la sal de la brisa mediterránea no basta para deshacer la escarcha en las calzadas de Palma. Hace casi nueve meses que la ciudad perdió el contacto regular con el resto de Europa y la radio militar sólo emite en horarios inciertos: mensajes grabados, advertencias de no salir tras la puesta del sol, repetidos toques de alarma por ataques de “agitados”, como llaman ya a los infectados que sobreviven el frío de la noche mallorquina.

Duración: 11:32

Luz roja sobre la bahía: El invierno de los supervivientes
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Texto de ajuste de pausa.

18 de diciembre de 2020.

El hielo cubre las barandillas del Paseo Marítimo y la sal de la brisa mediterránea no basta para deshacer la escarcha en las calzadas de Palma. Hace casi nueve meses que la ciudad perdió el contacto regular con el resto de Europa y la radio militar sólo emite en horarios inciertos: mensajes grabados, advertencias de no salir tras la puesta del sol, repetidos toques de alarma por ataques de “agitados”, como llaman ya a los infectados que sobreviven el frío de la noche mallorquina.

El invierno ha caído sobre la isla sin compasión. Las noches duran una eternidad en los edificios vacíos del centro, donde los supervivientes queman lo que pueden para calentarse: muebles viejos, sillas de cafeterías, trozos arrancados de vallas y ventanales rotos. El balear, el castellano, el alemán y el inglés se funden en susurros apagados entre las paredes desconchadas, bajo la luz vacilante de hogueras improvisadas. La electricidad desapareció hace semanas. Un generador burla la oscuridad en la antigua emisora del Parc de la mar, uno de los pocos puntos donde la comunidad de Palma mantiene cierta organización.

El invierno ha cambiado las reglas del juego. Si bien el frío no mata a los zombis —agitados es ya un eufemismo—, sí reduce enormemente su movilidad, congelando músculos y ralentizando sus espasmos. Entre los supervivientes hay una tensa sensación de oportunidad. Aprovechar el letargo de la plaga para recolectar, reorganizar, buscar familiares y limpiar tramos de ciudad antes del retorno de la primavera y del peligro de hordas más voraces. Pero el precio es elevado: la hambruna y el frío matan más humanos que zombis en estos días, y cada día sin comida significa una probabilidad más de no despertar al alba.

El último viandante de la Avenida Argentina fue Tony, antes del anochecer. Es un hombre de mediana edad, de manos ásperas, con un abrigo demasiado grande y una escopeta de caza inútil colgada a la espalda. Va con Lucia, una joven que apenas cumplió los diecisiete antes del desastre, y que aprendió antes que otros a desollar un conejo o derribar con una piedra a una gaviota. Caminan esquivando los coches, buscando la sombra, mirando de reojo los ventanales que aún guardan el reflejo de la muerte en los escaparates.

Se dirigen a Santa Catalina, barrio ahora forzado a convertirse en un mercado clandestino: allí los supervivientes se intercambian víveres, medicamentos, ropa, chatarra útil, armas improvisadas, a veces información, muchas veces mentiras. Saben que ir a Santa Catalina en diciembre es arriesgado: la zona está infestada de saqueadores y bandas formadas por antiguos camareros, pescadores y algún guardia retirado. Nadie recuerda ya la hospitalidad turística. Los nuevos dueños del barrio gobiernan a golpe de machete y miran con desconfianza a cada desconocido.

Tony y Lucía llevan en una bolsa dos cajas de amoxicilina robadas del Hospital Son Espases antes de que colapsara. La penicilina vale su peso en oro. Saben que esa medicina puede cambiarse por una manta decente o una lata de legumbres, quizá una radio. No saben si volverán con vida, pero quedarse en el refugio hambrientos es aún peor.

Las calles del Mercat de Santa Catalina huelen a fruta podrida y carne ahumada. En las terrazas cerradas se ven fogatas alrededor de las cuales se agrupan familias enteras, mirándose las manos y los zapatos, como mendigos del siglo XXI. En un puesto improvisado, una mujer con el rostro tapado por una bufanda y las manos cubiertas de guantes de jardinería les mira con atención. Tony le ofrece la medicina con un gesto escueto. Ella le muestra una cazuela donde nadan apenas unos huesos, una bolsa con galletas rancias, y dos baterías de linterna.

—¿Intercambio?

Lucía hace un gesto negativo. Sabe que las galletas están llenas de moho. Tony insiste:

—Necesitamos algo más. Una manta, al menos, un poco de arroz.

La mujer niega con la cabeza y señala al fondo, donde se adivina la silueta de un hombre corpulento con un perro delgado. Tony suspira y recoge la medicina. Nadie negocia mucho estos días: el tiempo es enemigo y la confianza ha muerto.

Siguen avanzando hasta el límite del mercado. Las voces crecen en tono y violencia. Un hombre acusa a otro de robarle un saco de harina. Las palas y los garrotes se levantan. Lucia toma la mano de Tony y apuran el paso. En uno de los portales, un muchacho de ojos claros y acento alemán les detiene:

—¿Medicinas? Ich habe dos mantas... auch Dosenfleisch.

La transacción es rápida, casi ritual: una caja de antibióticos por carne enlatada y dos mantas de avión, robadas quién sabe de qué bodega. Lucía no se detiene a oler la fecha de caducidad. Tony esconde las mantas entre sus ropas y ambos toman una callejuela hacia Es Jonquet. Detrás, el mercado sigue en su caos de gritos y humo.

Al llegar al refugio —una casa baja junto a la Catedral, fortificada con muebles y tablones—, son recibidos por Rosa, una mujer mayor que lleva semanas cuidando una decena de niños y tres ancianos. Les esperan con los ojos hundidos y la piel azulada por el frío. En el suelo hay una hoguera con tres palos cruzados, como un fuego de campamento en el salón barroco. Sobre las mantas reparte Lucía un poco de carne y media galleta, trozos que parecen lujos frente a la realidad de los estómagos vacíos.

Tiene lugar entonces uno de esos silencios densos solo rotos por el chisporroteo de la leña viva. Tony limpia su escopeta inútil. Rosa susurra una oración. Uno de los niños mira por la ventana, como si esperara a su madre caminando entre los zombis congelados. El invierno los une, pero también los condena al hambre paciente.

Cada noche en Palma, el mundo se acurruca más cerca de la muerte. Los supervivientes duermen vestidos, listos para huir si oyen golpes en los tablones, si escuchan los lamentos arrastrados de un infectado o, peor aún, las voces alteradas de los saqueadores, que se han convertido en el verdadero terror de la isla. Los muertos viven fuera, pero el monstruo está dentro de los vivos.

Entre ellos hay un secreto: guardan una radio de onda corta, traída por un pescador francés antes de que desapareciera buscando sardinas en las aguas gélidas. Cada dos noches, entre estática nerviosa, logran captar fragmentos de una señal militar desde el centro de Palma, a veces incluso de la base aérea de Son Sant Joan. Mensajes como ecos lejanos les llegan con el tono monocorde de una voz que no distingue si habla a soldados o a civiles.

“Refugio en la Plaça Major... Vía libre junto a Avenidas hasta las 19:00... No se recomienda acercarse a Paseo del Borne por concentración de agitados... Se busca personal sanitario... Eviten luces al exterior.”

Las palabras parecen mitades de instrucciones, jerga militar perdida tras un muro de nieve eléctrica. Algunos se preguntan si no estarán completamente solos en la isla, si la voz es sólo una grabación, si el resto del mundo sigue existiendo más allá del mar.

La comida se agota un día más, y Tony toma una decisión: buscar al “Viejo” Jaime, un antiguo farero que vive desde hace años cerca de Porto Pi, ahora convertido en mito urbano, como si el faro donde trabajaba fuera Arca de Noé. Se dice entre los barrios que Jaime, obsesionado con la radio antes de la plaga, ha erigido una antena en el tejado de su casa y escucha señales del continente… y quizás, sólo quizás, tenga velas, pescado salado o incluso un plano de rutas seguras donde los agitados casi no pasan en invierno.

Tony parte esa mañana. Francisca, la hija pequeña de Rosa, le sigue sin decir una palabra. Deambulan rodeando las playas del Molinar, donde las olas se congelan en la orilla y las barcas encalladas semejan monumentos a la catástrofe. De vez en cuando ven un rostro pegado a los cristales de un hotel vacío, un destello de ojos, pero nadie se atreve a saludar ni a pedir ayuda. El frío mata el altruismo tanto como la miseria.

Atraviesan el paseo y llegan al faro al atardecer, justo cuando la luz roja tiñe el mar de sangre. Jaime les recibe con su fusil viejo y los ojos más vivos que el resto de la ciudad. No quiere negociar: la supervivencia ha convertido la cortesía en una moneda demasiado cara. Pero Francisca, que lleva una muñeca rota y una sonrisa sin dientes, ablanda al anciano. Les ofrece vino del año pasado, queso seco, algo de atún en salmuera. Y les permite subir, por breves minutos, a la torre donde la antena recoge el rumor del continente.

Jaime enciende la radio junto a Tony. La estática llena el aire hasta que una voz, clara y frágil, cruza el canal:

“…aquí base naval de Toulon. Mallorca, respondan. Mallorca, respondan. Tenemos noticias de convoyes desde la costa sur de Francia. Mallorca, respondan. Condiciones peligrosas. Mallorca, respondan...”

Jaime asiente, resignado. Cada día, la misma súplica, la misma respuesta rota por el idioma y la distancia. No hay barcos, nadie navega en invierno. Mallorca es un islote sitiado por el hielo y la podredumbre. Pero la existencia de una señal al otro lado del mar devuelve un atisbo de esperanza: alguien escucha. Y tal vez, con el tiempo, alguien regrese.

La vuelta es más difícil. Francisca cojea: se ha torcido el tobillo sobre la escarcha. Tony la lleva a cuestas. Se cruzan con dos saqueadores armados de hierros, una mujer de pelo largo y un hombre con el rostro tatuado. Nadie dice nada. Los saqueadores les escudriñan buscando comida, armas, alguna razón para matarlos. Pero ven la niña, el cansancio, el hambre, y continúan su camino. Las guerras abiertas no han llegado aún a Palma, donde todos saben que sólo los números pueden asegurar una victoria, donde la muerte viaja en pequeñas dosis y el gesto de matar aún es un lujo de los desesperados.

Cuando alcanzan de nuevo la casa, el frío es más intenso pero la noche menos oscura: el rumor de una posible ayuda, la posibilidad fantasmal de que alguien más esté vivo en el continente, se cuela bajo las sábanas como un cobertor adicional.

Días después, se organiza una expedición. Los supervivientes que quedan en el refugio, apenas seis adultos y algunos niños, deciden intentar el cruce hasta las zonas altas de la Serra de Tramuntana, donde —cuentan rumores— hay pozos de agua no contaminados y pequeños grupos de agricultores que han fortificado aldeas. Preparan las mochilas con lo poco que tienen. El invierno es más cruel fuera de la ciudad, pero menos poblado de muertos y menos feroz en lo humano.

Por última vez, miran desde la plaza desierta hacia la Catedral gótica. Las gárgolas vigilan los fuegos de las hogueras, los vitrales rotos dejan pasar la luz mortecina de las lámparas de aceite. A lo lejos, los puertos apagan sus señales. Algún barco varado es devorado por la tormenta. La ciudad parece un animal dormido y herido, esperando una primavera que tal vez no llegue nunca.

Nadie sabe si regresarán. El invierno de los supervivientes en Palma no deja promesas, sólo decisiones aplazadas, silencios compartidos y la luz roja sobre la bahía: un faro inútil, un aviso mudo, un recuerdo de lo que fue la isla cuando sólo temían a las tormentas.

A la mañana siguiente, las calles se quedan aún más silenciosas. Los ecos de pasos resuenan como campanas de difuntos entre los escombros. Aquellos que permanecen en la ciudad —pocos, muy pocos— siguen buscando señales de vida en la radio, reparten entre sí lo poco que encuentran, se cuentan historias antiguas de turistas y marineros que llenaban los bares en otros inviernos. Saben que el frío pasará, que la primavera traerá nuevos peligros… pero sueñan, en la interminable noche de Mallorca, que la humanidad puede sobrevivir a la muerte. Quizá no todos lo logren, pero mientras un niño duerma abrigado bajo una manta vieja y una radio siga cantando al otro lado del mar, habrá vida: aunque sea en la penumbra.

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