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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Septiembre zombie
Portada del relato Ecos en la Bahía
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Fragmento:


—¿Han visto algo raro hoy? —preguntó Diana.

Duración: 12:41

Ecos en la Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

21 de Noviembre de 2026

El viento soplaba fuerte desde el puerto, levantando remolinos de polvo sobre las antiguas callejuelas de Palma de Mallorca. Las campanas mudas de la Catedral parecían vigilar la ciudad, erguida pero vulnerable. Eran tiempos extraños: la amenaza de los zombis iba menguando, pero las cicatrices que habían dejado en la isla aún escocían como viejas heridas, y la paranoia latía bajo la piel de cada habitante.

Me llamo Arnau Mir, y, parado en el terraplén sobre el Parc de la Mar, observaba cómo la bahía se extendía azul, salpicada de los esqueletos oxidados de viejos ferris y yates que nunca hallaron puerto seguro. El mar había sido un escudo y una cárcel. Quizá por eso había sobrevivido la isla. La peste se propagó por el continente en cuestión de meses, pero aquí, entre la vigilancia y el aislamiento, aprendimos a resistir. Aunque nadie está a salvo para siempre.

—¿Arnau? ¡Tenemos que movernos! —La voz era de Diana, mi compañera en las patrullas nocturnas. Llevaba la radio pegada a la oreja y el pelo recogido en una trenza desordenada. En su cinturón, un revólver y un machete, los símbolos de la ley y el caos en tiempos modernos.

Nos apresuramos hacia la Plaza Mayor. Era el final del otoño, uno de esos días claros en que el sol engaña y hace creer que el peligro no acecha. Pero lo cierto era que las noches traían recuerdos. Sobre todo, desde que la radio militar había interceptado señales de saqueadores moviéndose cerca de los barrios exteriores, en el Polígono de Levante y Son Gotleu.

En Palma, las cosas habían cambiado. Tras los primeros meses de puro caos, un consejo de supervivientes, mayormente exmilitares, pescadores y médicos, había instalado su sede en el antiguo Ayuntamiento. La ciudad, antes abierta, era ahora un conjunto de sectores aislados y murallas improvisadas, construidas con vehículos volcados, contenedores de hierro y losas arrancadas a la ciudad muerta.

—Hoy patrullamos la muralla sur —anunció Diana—. El consejo teme un ataque, aunque no sabemos si humano o de los otros.

Era difícil diferenciar ya las amenazas. Los zombis, hambrientos y demacrados, se movían con lentitud, pero su ferocidad seguía presente. Eran menos, sí, pero aún suficientes para infundir respeto. Alrededor de Son Moix, en los solares vacíos, sus gemidos retumbaban como lamentos en las madrugadas. Pero, últimamente, el mayor peligro eran los humanos desesperados.

Descendimos por los callejones. Era fácil olvidar, entre las piedras antiguas, cómo durante meses la isla había sido una trampa mortal. Inmigrantes atrapados en barcos, turistas convertidos en sombras, la muerte vestida con chanclas y camisetas de Mallorca. Yo, al menos, había tenido suerte: mi familia poseía una casa en el barrio de Santa Catalina. Allí, con barricadas y turnos de guardia, mantuvimos el refugio cuando la peste llegó a Mallorca.

La muralla sur estaba a la altura del barrio Pere Garau, a medio camino entre los huertos urbanos y la autopista vacía. Los agricultores habían regresado a los olivares y almendros, cultivando a mano lo que pudieran. Algunos campos, los más alejados de la ciudad, lucían verdes pese a la amenaza constante. Había aprendido a distinguir por los surcos recientes en la tierra dónde pasaban los patrulleros y dónde cazaban las bandas. Todo se leía en el suelo.

Llegamos a la entrada vigilada, donde dos adolescentes jugaban a las cartas encima de un bidón. Uno de ellos, con acento sudamericano, nos saludó con respeto mezcla de temor y admiración.

—¿Han visto algo raro hoy? —preguntó Diana.

—Esta mañana, una caravana pasó a lo lejos, hacia Inca —respondió el chico—, y vimos humo, quizá de una quema de zombis.

—¿Alarma de saqueadores?

—No en nuestro turno —respondió el otro, encogiéndose de hombros.

El mundo estaba forjado de rumores. Desde hacía semanas, los radios caseros reportaban noticias de alianzas entre pueblos, pequeños ejércitos protegiendo sus rutas, y ferias itinerantes bajo la férrea vigilancia de mercenarios. En Mallorca, todo esto llegaba amplificado por el insomnio y la memoria de cuando la isla fue el paraíso del turismo, y la vida vibraba hasta las tantas de la madrugada.

Caminamos por la muralla. A cada paso, los recuerdos nos asaltaban: el pánico de la primavera de 2020, cuando los vuelos se cancelaron y los turistas exigieron salida y refugio. En aquella locura inicial, la ciudad vaciló entre el caos y la resistencia. Nadie olvida aún los días en que la plaza estaba colmada de cadáveres no enterrados, ni los meses en que la comida escaseaba y cada uno debía elegir entre la compasión y la supervivencia.

Diana y yo paramos junto a una torreta. Desde ahí se veía el cementerio de Palma, donde las tumbas se desbordaban en hileras interminables, y las cruces surgían como dientes podridos.

—¿Tienes familia aquí, Diana? —le pregunté en voz baja.

Ella negó con un suspiro triste.

—No, todos murieron durante el primer invierno. Solo quedo yo, y la ciudad.

Llevábamos catorce horas sin dormir, organizando turnos, asegurando puntos débiles y registrando los depósitos de agua. Palma sobrevivía gracias a la disciplina y una red de comercio aún precaria: sal, aceite, legumbres, algo de carne seca. Las caravanas llegaban de pueblos pequeños: Andratx, Sineu, Llucmajor. Cada viaje era una odisea, siempre bajo el riesgo de caer en manos ajenas.

Antes de la caída, nunca pensé que un día la Catedral serviría de almacén para cereales y refugio para enfermos. Ahora, por sus criptas, deambulaban médicos y aprendices, organizando hospitales de emergencia. Y, sobre las terrazas de la Almudaina, ancianos sentados tejían mantas con trozos de ropa recuperada de las casas saqueadas.

Palma era una ciudad viva y muerta al mismo tiempo, y cada jornada podía ser la última.

Pasadas las once, la alerta llegó por radio.

—Águila Uno a Patrulla Sur. Movimiento sospechoso en el Camino de Jesús. Posible grupo no identificado, dirección sur.

Diana y yo corrimos, flanqueados por otros tres voluntarios armados de escopetas recortadas y palancas. Desde la cima del pequeño montículo, vimos un grupo de figuras avanzando con cautela, tapadas con prendas oscuras. No eran zombis: sus pasos eran demasiado organizados, su formación demasiado cerrada.

—Esperamos a que crucen el canal —ordenó Diana—, y los interceptamos.

El aire estaba tenso. En el silencio solo se oía el repiqueteo de las persianas, lejanas, y el rumor del mar. Cuando el grupo estuvo a escasos metros de la luz de nuestras linternas, Diana gritó la señal:

—¡Deteneos! ¡Esta es una zona segura bajo protección de Palma! ¡Armas en el suelo!

El grupo se detuvo. Uno de ellos, un hombre de barba rubia, levantó las manos.

—No queremos problemas. —Su castellano era torpe, extranjero—. Venimos de Sóller. Buscamos refugio, intercambiamos semillas y medicinas.

Los observé con atención. Eran seis, desarmados a la vista, cargados con mochilas y bolsas de tela. No parecían ni mercenarios ni saqueadores; mucho menos infectados.

—¿Pruebas de lo que decís? —demandé, el dedo sobre el gatillo.

El hombre levantó una bolsa y de su interior extrajo un frasco de medicinas y una pequeña caja llena de semillas etiquetadas. Había incluso papeles, facturas escritas a mano y cartas de intercambio selladas con una especie de símbolo rudimentario: la vieja rosa de los vientos de Mallorca.

Diana asintió y bajó el arma muy despacio. El procedimiento era el mismo con cada grupo de forasteros: cuarentena estricta durante 72 horas en el depósito del Estadio Balear, revisión médica y, si eran de fiar, se les permitía entrar en el circuito interno y comerciar en el mercado sureño, donde antaño los turistas se fotografiaban frente a la Lonja.

—Os acompañaremos al campamento de cuarentena —dijo Diana—. Pero una advertencia: aquí, lo que importa es la palabra. Si traicionáis, no saldréis de Palma.

El hombre asintió, comprendiendo la dureza y la franqueza de quienes llevan años sobreviviendo entre ruinas.

Esa noche, en la Catedral, durante la distribución de víveres, el consejo decidió aceptar el posible intercambio. Los forasteros de Sóller mostraron un mapa: rutas rurales entre pueblos ahora protegidas por alianzas regionales, lugares donde los bosques ofrecían sombra y los campos de naranjo sobrevivían bajo estrictos acuerdos de protección. Era la promesa de una Mallorca menos aislada, de unir fuerzas ante las amenazas tanto vivas como muertas.

Viendo ese mapa, el viejo doctor Ramis —sobreviviente de dos pandemias— dijo algo que aún recuerdo: “No hay otro modo de vencer a la muerte más que confiando, aunque solo sea un poco, en los otros”.

Horas después, ya solos en mi refugio, Diana me confesó sus miedos.

—No temo a los zombis, Arnau. Ni siquiera a los saqueadores. Me aterra que, después de todo, seamos incapaces de volver a confiar. De vivir como humanos.

Y supe que tenía razón. Porque la peor muerte era la del alma de la ciudad.

En los días siguientes, los viveros de Palma y Sóller intercambiaron semillas, el primer paso para reactivar los campos. El médico forastero enseñó a dos aprendices nuestros cómo destilar penicilina casera, y una niña mallorquina recibió las primeras vacunas rudimentarias de su vida. A cambio, los recién llegados recibieron sal, aceite y refugio, y, quizás más importante, palabras amables en varios idiomas.

El mercado de la Plaça Major recuperó entonces algo de su antiguo bullicio. Bajo las carpas improvisadas, el trueque prosperó: cuchillos artesanales, botellas de vino, caldo deshidratado, mantas tejidas, agujas forjadas por el herrero de Calvià. Ese día, las risas volvieron a sonar, breves y tímidas, pero reales.

Sin embargo, ninguna alegría duraba mucho. Los centinelas reportaron cada noche movimientos en los túneles bajo la ciudad —aquellos pasadizos que cruzaban bajo la Almudaina y comunicaban con el puerto— y más de una vez se escucharon disparos lejanos cuando algún zombi, desorientado, caía en una trampa.

Hubo también noticias de Campos: una pequeña horda se había desplazado desde el vacío pueblo de Llucmajor, atraída por ruidos de un generador eléctrico. Se organizaron partidas de auxilio, armados con lanzas, ballestas y bidones de gasolina, y lograron contener la amenaza. De vuelta, los supervivientes portaban más carne y hasta algún animal doméstico recuperado de entre las ruinas rurales.

A finales de noviembre, las primeras lluvias del invierno llegaron con fuerza. El agua se coló entre las piedras, dificultando la vigilancia pero ayudando a limpiar los restos de sangre y podredumbre. Los niños, acostumbrados a la supervivencia, jugaban bajo los soportales de la Rambla, ajenos al peligro constante, viviendo en un mundo donde las leyendas y el miedo eran la base del aprendizaje.

A pesar de las dificultades, las alianzas regionales se fueron consolidando. Cada semana, las señales de humo y los códigos con espejos advertían de nuevas caravanas en ruta o de posibles amenazas. Se tejía una red de solidaridad inesperada, donde la hospitalidad se convertía en la mejor arma contra el horror.

Palma seguía en pie. Con su mar, sus murallas y su esperanza indómita. La ciudad no olvidaba: los muros aún tenían manchas de sangre y las campanas permanecían silenciosas. Pero el mercado bullía, la plaza volvía a ser punto de encuentro, y la vida, aunque frágil, se abría paso entre las ruinas.

Personalmente, creo que volveremos a confiar. Algún día, tal vez incluso volverá la música al Passeig del Born y el bullicio a las terrazas del puerto. Mientras tanto, por cada amanecer en que Palma resiste, somos un poco menos fantasmas y un poco más humanos.

Porque, en este nuevo mundo, sobrevivir no es sólo esquivar a los muertos. Es mirar a los vivos, darles un nombre y un refugio, y atreverse a creer que, tras la catástrofe, aún cabe la esperanza.

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