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Portada del relato Mallorca: Murallas en el Mar
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Fragmento:


Palma había cambiado más que ninguna otra ciudad de la isla. Desde los primeros días del brote —hace ya seis años, aunque nadie los contaba como antes—, el mar había sido la mejor defensa y el peor enemigo. Las hordas de zombis, surgidas entre las estrechas calles del casco antiguo o arrastradas por el tren desde Inca y Manacor, encontraban difícil atravesar los muros, las alambradas oxidadas y los canales de agua estancada. Pero el hambre, la traición y las luchas internas amenazaban la supervivencia mucho más que cualquier cadáver ambulante.

Duración: 11:09

Mallorca: Murallas en el Mar
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Texto de ajuste de pausa.

20 de noviembre de 2026

El sol se levantaba como una herida roja sobre las aguas quietas de la Bahía de Palma, tiñendo de sangre las fachadas de piedra y marés que todavía resistían en la línea de costa. Era uno de esos amaneceres fríos y transparentes del final de noviembre, cuando el viento trae desde la sierra Cerdanya ecos de un invierno que alguna vez significó festividades, reuniones y chimeneas, y que ahora era una amenaza constante para los huesos y el ánimo. En el corazón de la ciudad amurallada, donde años antes millones de turistas se apiñaban para contemplar la Catedral, hoy solo quedaba el sonido de los centinelas y el murmullo de un pequeño mercado protegido tras barricadas improvisadas con restos de veleros, piedras y vigas recicladas.

Palma había cambiado más que ninguna otra ciudad de la isla. Desde los primeros días del brote —hace ya seis años, aunque nadie los contaba como antes—, el mar había sido la mejor defensa y el peor enemigo. Las hordas de zombis, surgidas entre las estrechas calles del casco antiguo o arrastradas por el tren desde Inca y Manacor, encontraban difícil atravesar los muros, las alambradas oxidadas y los canales de agua estancada. Pero el hambre, la traición y las luchas internas amenazaban la supervivencia mucho más que cualquier cadáver ambulante.

En esos días, la vida se organizaba alrededor del Baluard del Príncep, donde los viejos cañones miraban ahora hacia tierra, vigilando no los barcos invasores del pasado, sino las sombras humanas que a veces cruzaban la Plaça Drassanes. En una de las atalayas, la joven Clara observaba el horizonte marino, acariciando instintivamente el mango de la hoz que colgaba de su cinturón de cuero. Para ella, como para otros jóvenes de Palma, la idea del mundo antes del brote era apenas una sucesión de frases recordadas por los más viejos: aviones, conciertos en Bellver, hamburguesas junto a la playa sentados en la arena, la cola de taxis amarillos y negros bajo la lluvia en S’Arenal.

Nunca había probado una pizza verdadera ni oído el rugido de las motos por la Vía de Cintura en hora punta. Su vida, desde que tenía memoria, era vigilancia, compartir turnos con amigos que eran familia, y el miedo perenne a la oscuridad.

Esa mañana, Clara estaba agitada. El día anterior, un grupo de comerciantes había regresado de la ruta hacia Calvià con noticias preocupantes: una pequeña banda armada, liderada por un hombre al que solo llamaban “El Capellà”, había asaltado varios convoyes y robado trigo, medicinas y hasta cartuchos recién fabricados en los talleres de s’Hort del Rei. Los rumores de ataque directo a Palma corrían por los muros, y todos sabían que, por dura que fuera, la defensa organizada de la ciudad era lastimada por cada baja, cada traición.

Los muros, de noche, se poblaban de centinelas, algunos armados con viejos fusiles de caza, otros con hoces, cuchillos, y hasta lanzas improvisadas con mástiles rotos de embarcaciones. Al interior, la vida se recuperaba con lentitud: el viejo claustro de Sant Francesc albergaba huertos donde antes paseaban los turistas; los sótanos del Gran Hotel eran ahora la sede del Consejo donde los líderes discutían cada decisión crucial; la plaza Mayor era foco de un pequeño mercado donde se comerciaba pan, pescado seco, aceite de oliva reciclado de latas y, con fortuna, alguna naranja tardía.

La jornada comenzaba con la llamada de campana. Desde la azotea de la Catedral, el viejo Pere —antiguo restaurador de cuadros, ahora maestro campanero— daba tres toques cortos y uno largo, señal de que aquella mañana parecía segura, sin ataques ni avistamientos de hordas. Clara descendió las escaleras internas del baluarte, cruzó el foso cubierto de zarzas y saludó a su hermano menor, Tomàs, que estaba distribuyendo los turnos de riego en el huerto vertical del convento.

—Hoy toca preparar la expedición —le susurró Tomàs, con voz baja y algo de miedo en la mirada—. Dicen que hay que llegar al Portixol: los pescadores han pedido ayuda, vieron fuego en las casas del Molinar.

Clara asintió, sintiendo por dentro una mezcla de miedo y responsabilidad. Las incursiones al Molinar eran cada vez más arriesgadas: no tanto por los zombis —que ya no abundaban en la costa—, sino por las bandas que se disputaban los almacenes y las redes de pesca. Antes de la pandemia, la zona era tranquila, de familias viejas, veleros, terrazas junto al mar. Ahora, los supervivientes ahí eran duros, recelosos, y algunos —decían las malas lenguas— colaboraban con saqueadores a cambio de protección.

Reunidos frente al viejo Teatro Principal, el Consejo decidió enviar una pequeña avanzadilla. Al frente iría Ramiro, antiguo capitán de la Guardia Civil, que había perdido un brazo en uno de los primeros asaltos hace años pero aún imponía respeto con su voz y su postura. A su lado, Ivette —una de las líderes del gremio de pescadores—, Clara y dos jóvenes más, Xisco y Guille. Las armas eran precarias: dos escopetas de caza, cinco cuchillos, una ballesta reconstruida por un artesano de Esporles y una lanza hecha de hierro oxidado.

Partieron al amanecer, bajando por la Rambla, cruzando la vía de los jardines desiertos y saliendo junto a las ruinas de la antigua central eléctrica del port. El sonido de sus pasos sobre las hojas muertas y las piedras resonaba a siglos de distancia. Por momentos, Clara pensaba en las leyendas que contaban los mayores: que bajo la Catedral dormía una red de túneles antiguos usados por piratas o templarios; que la Llotja, ahora fortificada, aún albergaba tesoros ocultos; que algún día la electricidad retornaría y Palma volvería a brillar como antes.

Al acercarse al Molinar, percibieron el cambio en el ambiente. Olor a leña quemada, humo, y la silueta errática de una figura humana corriendo entre las puertas rotas. Ramiro alzó el brazo sano y ordenó silencio. Avanzaron pegados a las paredes cuarteadas, evitando charcos de agua estancada y cadáveres descompuestos. Desde el portal de una panadería, una mujer los observaba con desconfianza, levantando una antorcha.

—¿Quién va? —gritó, con acento áspero de la Part Forana.

—Gente de Palma —respondió Ivette, mostrando la insignia de cuerda trenzada que usaban los pescadores aliados—. Buscamos a Bernat.

La mujer dudó, pero al final les permitió pasar. En el patio trasero, Bernat —el jefe de los pescadores del Molinar— palidecía, envuelto en una manta vieja. Les contó la verdad: una banda de asaltantes había desembarcado durante la madrugada, usando un bote a motor rescatado de la marina varada de Es Portixol. No eran zombis, eran humanos armados con pistolas y arcos. Robaron redes, bidones de combustible y secuestraron a dos jóvenes a cambio de “protección”.

Ramiro intercambió miradas con Clara e Ivette.

—No podemos dejar esto sin respuesta. Si ceden una vez, volverán cada luna —susurró Clara.

Regresaron a la ciudad al atardecer, el corazón punzando en sus gargantas, sabiendo que esa noche el Consejo tendría que decidir: atacar o negociar; fiarse de la palabra de saqueadores o arriesgar la vida por mantener la autonomía. En los años siguientes al brote, las islas Baleares habían retrocedido siglos: la seguridad era cuestión de alianzas precarias, la energía dependía de pequeños molinos o generadores y los mensajes se transmitían por señales de humo, espejos y radios de onda corta.

Durante la cena, en el refectorio común del antiguo convento de las Capuchinas, la tensión podía palparse. Los supervivientes más viejos abogaban por cautela: perdería más la ciudad si moría otro líder en una emboscada. Los más jóvenes preferían el combate, la defensa de lo propio. Clara escuchaba los argumentos, recordando la noche en que su madre fue arrastrada por una horda en la Plaza de Cort, años atrás, y cómo, sin embargo, la solidaridad vecinal había salvado a sus hermanos.

Bajo la luz trémula del candil, los rostros eran duros pero no derrotados. Con sus diferencias, la comunidad mantenía un código simple, transmitido de generación en generación desde el inicio de la plaga: “Ajuda als teus” —Ayuda a los tuyos—. Finalmente, Pere, el campanero anciano, levantó la mano y dijo:

—Habrá respuesta. Llevaremos un mensaje al Capellà: devuelvan a los secuestrados y nos devolveremos nosotros. Palma no paga tributo ni en trigo ni en sangre.

Temprano al día siguiente, Clara partió con la expedición. Cruzaron el Molinar en silencio, protegidos por vecinos que sabían que solo juntos sobrevivirían. Alcanzaron la playa, donde divisaron el bote encallado. Siguieron el rastro hacia el oratorio de Sant Francesc. Allí, tras intercambios tensos, lograron recuperar a los secuestrados a cambio de medicinas y promesas de acceso controlado a los huertos urbanos de Palma bajo estrictas condiciones.

Aquel pequeño acuerdo fortaleció la posición de la ciudad. Pronto, otras bandas y asentamientos se dieron cuenta de que la violencia sólo los llevaría a la ruina. Desde ese momento, florecieron alianzas: los pueblos del interior mandaban trigo y carne seca, Palma ofrecía sal, pescado y medicinas. Las señales establecidas entre las murallas —fuegos, tambores y espejos— tejieron una red rudimentaria de alerta que permitió sobrevivir a nuevas emboscadas de zombis y bandidos.

Con la llegada del invierno, Clara, Tomàs y el resto de sobrevivientes reforzaron los muros, repararon molinos e incluso cultivaron en antiguos jardines de la Almudaina. Entre los supervivientes nacía un sentimiento nuevo: no solo la lucha constante, sino también la posibilidad real de construir, poco a poco, un futuro. Los zombis, cada vez más escasos y deteriorados, eran vistos como un peligro menor comparado con la traición humana, pero ya nadie imaginaba que el mundo volviera a ser como antes. Sin embargo, la determinación de resistir y honrar la memoria de los caídos era más fuerte que el dolor.

Aquel noviembre, la gente de Palma escribió en sus crónicas:

“En el año sexto desde el brote, los muros son vida, el mar es escudo, y los supervivientes, portadores de una llama que ni la muerte ni el olvido han logrado extinguir”.

A veces, cuando el sol reunía su fuerza para traspasar la neblina, Clara se sentaba sobre el baluarte, mirando el mar. Imaginaba una isla que aún podía proteger a sus hijos, una ciudad que, sobre las ruinas y el desconsuelo, aprendía a ser, de nuevo, el corazón palpitante de Mallorca.

Con cada amanecer, la esperanza crecía silenciosa al compás de los recuerdos y del inquebrantable deseo de sobrevivir, reconstruir y abrazar la vida a la sombra de los viejos muros.

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