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Portada del relato Susurros tras los muros de Palma
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Fragmento:


Antoni Rovira, antiguo enfermero del hospital de Son Espases, se encontraba patrullando el barrio de Santa Catalina junto a dos voluntarios armados con rifles caseros, cuando la alarma fue confirmada. Solo los líderes de cada grupo tenían radios, y las comunicaciones eran parcas: “Confirmado. Bote gris, tres personas vivas, una inconsciente. No hay señales de zombis a bordo”. Era suficiente para que todos abandonasen las tareas secundarias y se concentraran en los accesos a la ciudadela.

Duración: 12:33

Susurros tras los muros de Palma
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Texto de ajuste de pausa.

27 de noviembre de 2026

El aire era denso en Palma de Mallorca esa tarde, cuando los vigías del Port d’Alcúdia informaron sobre unas embarcaciones a la deriva, pequeñas siluetas oxidadas que, arrastradas por la corriente, se acercaban a la costa norte. La noticia recorrió la isla casi tan rápido como sus nuevos sistemas de señales: una columna de humo azul en la Punta de l’Avançada bastaba para que toda Palma entrara en estado de alerta. Para los habitantes, acostumbrados a años de toque de queda, asedios y miedo constante, la escena no traía ninguna sorpresa. Pero había algo distinto esa vez. El rumor era que a bordo venían supervivientes… y que traían consigo historias de un suero experimental que, al parecer, ya había sido utilizado en tierra firme.

Desde mediados de ese año, la ciudad se sentía más un bastión amurallado que un enclave isleño, en parte por los interminables esfuerzos para limpiar el casco histórico de los infectados rezagados que de tanto en tanto emergían de algún sótano inundado o nave portuaria olvidada. Y sin embargo, en medio de la rutina de precauciones extremas, fue la llegada de ese bote la que alteró notablemente el lento pulso de la vida mallorquina.

***

Antoni Rovira, antiguo enfermero del hospital de Son Espases, se encontraba patrullando el barrio de Santa Catalina junto a dos voluntarios armados con rifles caseros, cuando la alarma fue confirmada. Solo los líderes de cada grupo tenían radios, y las comunicaciones eran parcas: “Confirmado. Bote gris, tres personas vivas, una inconsciente. No hay señales de zombis a bordo”. Era suficiente para que todos abandonasen las tareas secundarias y se concentraran en los accesos a la ciudadela.

Lo primero que notaron cuando llevaron a los náufragos al improvisado centro de recepción en la lonja vieja, fue que una de las mujeres llevaba el brazo vendado con tela quirúrgica profesional. De su piel sobresalía la picadura hinchada de un mordisco. Alguien gritó. Dos soldados de la milicia local sacaron sus armas. Pero en vez de pánico, la mujer alzó la voz con una autoridad fría: “No disparéis. No voy a cambiar.” Su acento era continental, catalán mezclado de ruidos de otros idiomas. “Tengo, dentro, el suero. El Suero Blanco. Vinimos a cambiarlo por refugio.”

Eso bastó para paralizar a los presentes. Los rumores sobre el Suero Blanco, ese experimento casi mítico que prevenía la conversión si se inyectaba antes de las primeras doce horas del contagio, habían sido el tema central de toda conversación clandestina en la ciudad durante semanas. Nadie en Palma lo había visto con sus ojos. Nadie estaba seguro de que existiera.

Así comenzó el día más largo de Antoni desde el colapso de todo.

***

El consejo de líderes, reunido en la nave municipal de Cort, escuchaba a los forasteros entre recelos. Habían limpiado y desinfectado a los cuatro, atándoles las muñecas y registrando sus pertenencias: unos frascos, cuatro jeringuillas, un pequeño diario de cuero y un arma oxidada. Según explicaron, venían de la zona de Valencia, y habían pasado los últimos cinco meses cruzando los restos de la península, rodeando Madrid, escapando de bandas y zombis, hasta que oyeron por radio de la existencia de Palma como bastión. Algunos querían rechazarles; otros exigían que mostraran el efecto del suero, mientras que los más cautos, como Antoni, simplemente temían que todo fuera parte de una trampa.

El relato de los recién llegados resultaba conmovedor. La mujer herida, Mireia, era médica; el anciano, un farmacéutico de Castellón; la joven, su nieta; y el inconsciente un antiguo militar. Explicaron que el “Suero Blanco” había sido sintetizado en un laboratorio clandestino, a partir de material genético y sangre de los primeros recuperados, y que su efecto no era la cura, sino una suspensión del proceso de infección. Detenía la fiebre, el colapso nervioso, y la mutación del organismo hacia el estado zombi durante semanas—quizá, si la dosis era reforzada, durante meses.

Las autoridades de Palma, entre las que figuraban antiguos políticos, policías reciclados y comerciantes convertidos en milicianos, desconfiaban. ¿Cómo asegurarse de que el suero no era en cambio el portador de una variante aún más mortal? El dilema era terrible: ignorar el supuesto avance o asumir el riesgo, probar suerte y—si funcionaba—otorgar a la isla una ventaja decisiva frente a las hordas y los saqueadores.

***

La noche llegó sobre la bahía, y Antoni, encargado de la enfermería junto a otros tres antiguos sanitarios, asistía a la custodia de Mireia. Las ampollas del suero reposaban ahora bajo llave, y un oficial armado permanecía fuera de la habitación. Aún semiconsciente, la mujer respondió a su interrogatorio en voz baja:

—No es la salvación, ¿entiendes? Es solo una promesa de tiempo. Si muero antes de que fabriqueis más, nadie recordará la fórmula. Pero la reproducción es sencilla. Solo necesitáis la base…, y algunos reactivos.

Antoni la escuchó en silencio. Su instinto sanitario le decía que sería una locura ignorar esa oportunidad. Pero también intuía el peligro: Palma podría convertirse rápidamente en el objetivo de medio Mediterráneo si se corría la voz de que allí poseían el suero. Al día siguiente, el consejo decidía: reproducir una dosis más, administrarla a un prisionero infectado días antes, y observar si realmente se ralentizaba la conversión.

***

En los días que siguieron, la ciudad entró en un estado de vigilancia máxima. No se permitió a ningún forastero acercarse a menos de cinco kilómetros de la muralla. Las patrullas subieron a 24 horas. Cada embarcación recibía disparos de advertencia si se acercaba a la costa sin permiso. Y, en el corazón de la ciudad, los experimentos continuaban bajo el más estricto secreto.

Fue Joan, el antiguo panadero mordido hacía dos días, el primero en recibir el pinchazo de la segunda dosis. Antoni y Mireia, protegidos tras máscaras improvisadas, observaron durante horas. La fiebre del hombre bajó. Recuperó parte de la consciencia, dejó de balbucear. Sus ojos, antes inyectados en sangre, recuperaron el brillo de la razón. No pedía comida, pero tampoco intentaba morder ni gritaba. Parecía suspendido en una especie de trance lúcido, como si la enfermedad solo esperara el momento de brotar pero una barrera la mantuviera contenida.

Los líderes decidieron dar otro paso. Si podían, pedirían la fórmula completa a Mireia a cambio de refugio garantizado y la promesa de no difundirla sin consentimiento. Mireia lo aceptó, pero con una condición: nunca usar el suero como moneda ni herramienta de dominación.

Antoni aceptó ese trato, pero sabía, como todos, que era una promesa difícil de mantener.

***

Las semanas siguientes cambiaron la vida en Palma. Los boquetes en las murallas de piedra fueron tapados con losas de hormigón y tablones rescatados de la Playa de Palma. Los cultivos en los huertos urbanos proliferaron. El intercambio con otras comunidades de la isla se hizo más fluido. Por la tarde, sobre la azotea del antiguo convento de Las Capuchinas, sonaban nuevas transmisiones de radio que susurraban sobre el avance médico, los “milagros de Palma”—siempre con cautela, siempre en código.

Por primera vez en años, las historias de la maldición de la sangre cedían espacio a una esperanza tenue, casi infantil. Algunos lo llamaban el efecto del Suero Blanco; otros simplemente lo atribuían a esa obsesión humana por reconstruir la normalidad, aunque fuera durante unos días.

Pero todo avance tenía su sombra. Los rumores sobre el suero empezaron a superar los controles de información. Un pequeño grupo de saqueadores, comandado por un mercenario portugués conocido como Almeida, interceptó un suministro de hortalizas camino a Inca y dejó una nota: “Queremos el antídoto. No habrá más trato sin la fórmula.” Las autoridades supieron entonces que la ciudad no podía confiar en la muralla ni en la discreción; necesitaba una forma de defensa activa.

Antoni y Mireia—ahora plenamente integrada en la comunidad, though siempre vigilada—diseñaron, junto a otros científicos improvisados, un plan para producir el suero solo en dosis mínimas y esconder los ingredientes clave en diferentes localizaciones por toda la ciudad. Mientras tanto, cada inyección era anotada en un registro secreto y administrada solo a quienes sufrían mordidas recientes. Hubo quienes intentaron robarlo. Hubo quienes ofrecieron fortunas, reales o imaginarias, por una sola dosis.

Por las noches, cuando la ciudad descansaba, Antoni paseaba por las terrazas altas del Castell de Bellver. Miraba las luces titilando en los refugios lejanos: la montaña de Sóller, las casas dispersas de Valldemossa. Soñaba con un espacio donde Palma no fuera solo una ciudad sitiada, sino un lugar capaz de exportar algo de esperanza, en vez de miedo. A veces, recordaba el rostro de su hermana, desaparecida en los primeros meses del brote, y se preguntaba si aquel suero podría haber salvado a alguien tan cercano. O si solo era el nuevo opio, el último consuelo antes del eterno asedio.

***

A finales de diciembre, la ciudadista de Palma ya no era la misma. Para entonces, además del Consejo de Defensa y la Guardia Ciudadana, se había formado un pequeño Comité Científico al que todos escuchaban con respeto y temor. El suero se volvió una medida de emergencia obligatoria: cada mordida nueva, cada sospecha de contagio, era tratada en la antigua cámara acorazada del Banco de España, convertida en improvisado laboratorio bajo luz de velas.

Aumentó la tensión entre las facciones. Los comerciantes querían usar el suero como moneda para comercio exterior; los militantes argumentaban que debía guardarse solo para la defensa de Palma. Hubo debates acalorados por la distribución. Unas veces, la discusión terminó en duelo silencioso; otras, en golpes y expulsiones encubiertas.

Antoni, cansado pero imbuido de una determinación nueva, empezó un diario donde narraba el día a día de la ciudad y sus contradicciones, sus avances y miedos. “Vivimos en el filo”, escribió. “Entre la tentación del poder y el deber de sanar. Siempre habrá quien quiera usar el conocimiento para someter. Aquí solo podemos resistir, y decidir cada día si elegimos ser salvadores o carceleros.”

***

Una tarde, justo cuando los primeros vientos helados del invierno cruzaban la bahía, una niña llegó a las puertas de la muralla, arrastrando a su hermano menor, mordido en la pierna y pálido como un muerto. Nadie supo de dónde vino. Los vigías abrieron el portón solo cuando la escucharon gritar, “¡Suero! ¡Por favor, suero!”

Mireia acudió con Antoni. La dosis era escasa; quedaba apenas líquido suficiente para un par de inyecciones. Eligieron salvar al niño, sin promesas; ese mismo día, sobrevivió. Su piel adquirió un extraño color dorado, y durante días no durmió ni habló. Pero recuperó el juicio, y su hermana lo abrazó con una devoción que arrancó lágrimas hasta al miliciano más curtido.

A partir de entonces, la ciudad supo que, aunque el mundo siguiera ardiendo y los saqueadores rodearan las costas como tiburones, Palma tenía, al menos por ahora, algo que ofrecer no solo a su propia gente, sino a quienes fuesen lo bastante valientes o desesperados para cruzar el mar y apostar por la segunda oportunidad.

Y aunque no todo era esperanza—el miedo seguía presente como una sombra en cada esquina, y la certeza de que nunca podrían fabricar suficiente suero para curar el mundo entero seguía pesando sobre cada liderazgo, cada consejo, cada voluntario—aquella pequeña ciudadela de piedra, luz y esperanza empezó a imaginar un futuro más allá del puro sobrevivir. Más allá del miedo, justo donde la resistencia se encuentra con la esperanza naciente.

Era invierno en Palma, y por primera vez en mucho tiempo, la humanidad sentía que tal vez, solo tal vez, podría reescribir la historia en medio de las ruinas.

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