Fragmento:
El núcleo de Palma se había convertido en una ciudadela improvisada, defendida no tanto por murallas como por los propios riesgos de salir: saqueadores, bandas nómadas, animales salvajes —y, ocasional, la silenciosa amenaza de la infección renaciendo en un cadáver fresco.
Duración: 11:09
5 de enero de 2026
El frío de enero había llegado tarde ese año a Mallorca, pero ahora apretaba con fuerza, cortando la respiración como cuchillas diminutas que viajaban con cada ráfaga de viento. Sobre la plaza Mayor, entre los restos de toldos desvencijados y carritos de mercado volcados, las primeras luces del amanecer apenas alcanzaban a disipar la bruma húmeda. Las calles estaban silenciosas, salvo por el crepitar lejano de una hoguera improvisada cerca de la Catedral y el golpeteo de botas sobre los adoquines. Era la víspera de Reyes, aunque ya nadie celebraba nada.
Roque ajustó la correa de cuero de su mochila y se asomó desde el umbral de la cafetería Can Joan de S’Aigo, donde pasaba las noches desde hacía dos semanas junto con un pequeño grupo de supervivientes. La persiana, bajada a medias, permitía ver escasamente hacia la calle de Sant Miquel, controlando la transición entre la precaria seguridad del interior y el mundo incierto de afuera. La ciudad, alguna vez bulliciosa, tenía ahora un aura de reino olvidado, devorado por el invierno y el miedo.
Habían pasado seis años desde que la pandemia zombi —infección, peste, plaga, según quién lo nombrara— había desgarrado el mundo al otro lado del mar. Y tres desde la última transmisión que Roque recordaba haber escuchado en una radio oxidada: América, Asia, África, todas sumidas en la misma pesadilla interminable. Pero Palma había cambiado más rápido que su memoria. Donde antes había turistas, terrazas abarrotadas, barcos de crucero balanceándose en la bahía, ahora sólo quedaban ruinas y silencio.
Celia, la más joven del grupo, se acercó por detrás, envuelta en una manta de lana ajada. “¿Ves algo?” susurró.
Roque negó con la cabeza. Nadie hablaba fuerte en la ciudad, no desde hacía dos años, cuando una horda había asolado el barrio de Pere Garau y aullidos entrecortados habían rodado como piedras sueltas por toda la isla.
“Han debido de cazar esta noche.” Celia señaló hacia el horizonte, donde pequeñas columnas de humo se distinguían cerca de Sa Gerreria. “O están quemando cuerpos.”
Desde hacía unos meses, los cuerpos de los zombis que quedaban comenzaban a deshacerse más rápido, bajo el efecto del sol y el salitre. Pero en los inviernos, el frío los conservaba y de vez en cuando los movimientos torpes de algún infectado rezagado asustaban a quienes salían en busca de leña o comida. La distancia entre vivos y muertos se había vuelto un espacio gris, incierto.
El núcleo de Palma se había convertido en una ciudadela improvisada, defendida no tanto por murallas como por los propios riesgos de salir: saqueadores, bandas nómadas, animales salvajes —y, ocasional, la silenciosa amenaza de la infección renaciendo en un cadáver fresco.
Grupo Rojo, como se hacían llamar, eran sólo ocho personas: Roque, Celia, el doctor Ordinas, Berta y su nieto Ivan, Tomaset el mecánico, Mamadou el pescador senegalés, y Margalida, que nadie sabía bien de dónde venía antes del fin. Tenían un refugio principal —el café, elegido por sus pequeñas ventanas atrincheradas y la cámara frigorífica, ahora llena de munición, libros y herramientas— y dos rutas más o menos seguras: una hacia la Llotja, otra por la avenida Antoni Maura que llegaba, tras un rodeo complicado, hasta un antiguo almacén de bicicletas donde guardaban combustible y un viejo generador.
Ese 5 de enero la preocupación era doble. Por un lado, la aparición de un grupo forastero al oeste, avistado días antes desde el campanario de la iglesia de Santa Eulàlia. Por otro, la inminente escasez de sal y aceite, esenciales tanto para cocinar como para preservar alimentos y evitar infecciones. Los colaboradores habían logrado algunas conservas saqueando supermercados en ruinas de Es Fortí, pero las reservas se agotaban rápido. Y esa mañana, Mamadou había insistido en salir a pescar a la bahía pese a la incertidumbre del clima y la amenaza de zombis errantes.
Mientras los demás discutían el plan, Roque revisaba su cuchillo dentado, uno de los pocos recuerdos útiles de su antiguo oficio de cocinero. La vida anterior aún le parecía cercana en sueños, pero cada jornada en Palma era una batalla de improvisación y desconfianza.
“Hoy toca ir al Puerto,” anunció Tomaset con su voz áspera. “Si no encontramos más cuerda o clavos, la puerta trasera no va a aguantar si esos forasteros deciden probar suerte.”
Celia se alistó para acompañarle. El plan era llegar en media hora al viejo almacén y buscar entre los talleres abandonados lo que quedara de material útil. Roque y Margalida cuidarían el refugio junto con Berta e Ivan.
Afuera, el día crecía despacio. Bajaron por la escalera de la cafetería, pasaron frente a un espejo roto cubierto de polvo, y salieron. El aire tenía un olor ácido a mar podrido, mezclado con una tristeza quieta, como si la ciudad se negara a olvidar sus fiestas aunque la muerte se hubiese instalado como inquilino fijo.
Palma no estaba completamente muerta. En algunos edificios altos, el humo de hogueras revelaba la presencia de otros grupos. Había habido encuentros, algunos amistosos, otros trágicos. Pero la mayoría se evitaban unos a otros; la desconfianza era ley. Había aprendido —a fuego— que con frecuencia, el peligro vestía cara humana.
Celia y Tomaset avanzaron en silencio por la Porta de Sant Antoni. Una bandada de gaviotas gruesas chilló sobre los tejados, buscando comida entre los restos. Atravesaron el parque de Ses Estacions, ahora un matorral salvaje atravesado por carritos de supermercado volcados y colchones mojados.
Al llegar al puerto, la devastación era más visible aún: barcas volcadas, redes putrefactas, los viejos ferris embarrancados y mansos como monstruos dormidos. Era un cementerio de barcos.
“¿Qué buscas exactamente?” preguntó Celia.
“Cuerda, ganchos, algo con lo que asegurar la puerta principal. Ayer vi huellas; no son de zombi, los pies arrastran distinto. Y hay botas claveteadas. O son saqueadores o, peor, uno de esos grupos nuevos del interior.”
Se refería a Los Cuervos, una banda de forajidos que meses atrás habían llegado desde Inca y Sineu saqueando aldeas y capturando prisioneros: “esclavos”, los llamaban, aunque en susurros.
Celia rebuscó entre los restos de una tienda de deportes. Encontró un rollo de hilo de pescar y un par de garfios de escalada. Tomaset, con el puño envuelto en tela, forzó una cerradura oxidada y sacó un par de cajas de tornillos y clavos, casi milagro.
El regreso fue lento. Se movían entre callejones, deteniéndose al menor ruido. Pasaron junto a la lonja, que en otros tiempos había sido mercado nocturno, y ahora era un monstruoso eco de sí misma, ocupada parcialmente por otro grupo: La Brigada, una comunidad hostil que ocasionalmente comerciaba a cambio de información o pilas, pero más a menudo expulsaba a balazos a quienes se acercaban.
Antes de cruzar la Plaça de la Reina, Celia se detuvo: “¿Oyes?”, murmuró.
Tomaset se agachó. Era un quejido bajo, seguido de arrastrar torpe: un zombi, viejo, envuelto en harapos, manaba sangre negra por las uñas. Estaba casi bloqueando su ruta, pero apenas pataleaba. Celia, con asco resignado, desvió el paso, pisando los restos secos de hojas de palma.
“No vale la pena gastar una bala”, murmuró Tomaset, y regresaron atajando por la calle Apuntadores.
***
Mientras tanto, en el refugio, Roque espiaba los tejados desde una claraboya. Cruzó palabras a media voz con Margalida.
“No podemos quedarnos aquí mucho más. Si nos rodean, nos cortarán la fuga por la plaza. Berta e Ivan son lentos; y Mamadou, si no regresa, nos deja con poca comida…”
Margalida enfocó la mirada: dura, precisa. “Van a volver. El puerto aún es zona medio limpia. Y tú sabes qué espera fuera, Roque: los vivos. Son peores que los zombis, cuando tienen hambre”.
Por la tarde, la brigada de Tomaset regresó, fatigados pero con todo lo que buscaban. Hablaron de la figura solitaria que vieron cerca de la Llotja, alguien con un abrigo largo y un perro flaco. Un espía, puede, o sólo otro alma perdida en busca de refugio.
El día fue cayendo y el frío se hizo corte en las manos. Encendieron una hoguera de emergencia con ramas, vigilando que el humo no los delatara.
Mamadou regresó poco antes de la medianoche, mojado y exhausto, pero con dos lubinas pequeñas y una red de mejillones que recogió en las rocas. La comida supo a milagro y a memoria: las brasas, el pescado asado en hojas, el pan ácimo cocido sobre piedra. Berta improvisó una canción infantil, apenas un eco de la vida de antes.
Cerca de la una, cuando el viento se calmó un poco, el rumor de pasos llegó desde la calle. Era el grupo de forasteros. Cuatro hombres y una mujer, ropa raída, armas improvisadas. Se acercaron con cautela, exhibiendo las manos vacías.
“Buscamos cobijo,” dijo uno, en castellano. “Sólo queremos pasar la noche.”
Roque miró a los suyos. Se consultaron en silencio. La respuesta, acordaron, sería diplomática y firme: podrían quedarse en el soportal, bajo vigilancia, a cambio de información sobre la situación al norte.
La noche pasó con sobresaltos. La tensión se rebajó cuando los forasteros ofrecieron contar lo que sabían: pueblos vacíos entre Llucmajor y Sencelles, caminos destruidos por carrozas fortificadas de bandas nómadas, rumores de que en Valldemossa un grupo había logrado limpiar el pueblo y sobrevivía gracias a una especie de pacto con otro clan.
Por la mañana, mientras los forasteros se marchaban agradecidos, Celia recogió el último puñado de brasas y Roque salió, cuchillo en la mano, a comprobar las trampas colocadas cerca del antiguo Teatro Principal.
En la Plaza Mayor, unas viejas figuras de Reyes Magos de cartón y pintura descolorida se mantenían aún de pie entre los escombros, tambaleándose con el viento.
El sol, tímido, asomó sobre la bahía. La ciudad dormida parecía, por un instante, menos amenazante.
A la distancia, en lo alto de la Seu, alguien encendió una antorcha, señal de que al menos otro grupo sobrevivía.
—¿Crees que alguna vez volverán los Reyes? —preguntó Ivan, la voz más llena de esperanza que todos los adultos juntos.
Roque no respondió. Pero mientras despertaba el día en esa Palma helada y cautelosa, supo que resistir —cada jornada, cada noche, cada centímetro ganado a la muerte— era el único regalo posible. Y que allí, bajo las gárgolas de piedra y la memoria de la ciudad, los vivos aún podían celebrar su propia y obstinada cabalgata.
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