Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato La última noche sobre la bahía
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Fragmento:


—Nada en tierra, sólo vimos dos sombras cerca de la playa, humanos —respondió Jaume, ajustando el rifle en bandolera—, probablemente saqueadores o algún grupo nómada.

Duración: 11:21

La última noche sobre la bahía
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Noviembre de 2026

El crepúsculo caía sobre Palma de Mallorca, pintando en tonos anaranjados el cielo bajo las nubes bajas, mientras el antiguo puerto – ahora plagado de barricadas, botes calcinados y oxidada chatarra – susurraba historias de un mundo perdido. Desde la azotea reforzada del edificio Gesa, Ricard contemplaba con un catalejo el horizonte hostil más allá del mar, donde antes solían arribar los ferris turísticos de la península cargados de sonrisas, equipaje colorido y promesas de vacaciones interminables.

Ahora, lo único que llegaba eran rumores de radioaficionados y el ocasional bote improvisado de refugiados, quienes sobrevivían, no tanto por querer vivir sino por no saber aún cómo resignarse ante el hambre y la amenaza de los zombis. Palma, en el otoño avanzado de 2026, era una ciudad que respiraba entre el miedo y la esperanza, sus murallas medievales resucitadas por una nueva razón: resistir no a ejércitos musulmanes o corsarios, sino a sus propios muertos y a quienes huían del horror que había devorado la Europa continental.

Desde hacía años, las estructuras portuarias estaban cerradas con bloques de hormigón, ya no como una frontera logística sino como primera línea de contención. Detrás, un campamento de milicianos improvisados controlaba los accesos, intercambiando palabra clave y muestras de identificación con nerviosismo. Nadie de fuera podía entrar sin el visto bueno del Consell de la Muralla, el consejo que gobernaba este reducido feudo de supervivientes.

Ricard era uno de los líderes de la cuadrilla de vigilancia. Había visto caer vecinos y familiares, perderse barrios enteros ante las hordas, reinventarse a sí mismo en otro hombre, menos dado a la esperanza, más fiel a la necesidad. Aun así, cada noche, se permitía by soñar con el mar limpio, libre de restos, y con el bullicio de las terrazas de la Lonja, cuando la vida no dependía de la suerte en una ronda de patrullas o de un cargamento de comida lograda en el interior de la isla.

Vi a Marga descender la escalera mecánica cubierta de escombros, seguida de Jaume. Eran de los nuevos patrulleros, apenas en la veintena. Sus rostros mostraban la fatiga, pero también algo de fuego en los ojos; la generación que no recordaba la Palma lujosa, sino la de la lucha diaria. Marga le entregó el parte: habían detectado señales luminosas cerca de Molinar, hacia Can Pastilla.

—¿Alguna señal de movimiento entre los zombis? —preguntó Ricard, sin dejar de mirar el horizonte.

—Nada en tierra, sólo vimos dos sombras cerca de la playa, humanos —respondió Jaume, ajustando el rifle en bandolera—, probablemente saqueadores o algún grupo nómada.

Ricard asintió. La amenaza de las hordas era más difusa ahora, los zombis antiguos debilitados por los años y la intemperie; pero los desperdigados eran todavía mortales, y los recién infectados, criaturas de hambre y furia. La otra amenaza, la de los humanos desesperados, era quizás más temida: en el último año habían sufrido tres ataques de saqueadores nómadas venidos en lanchas robadas, persiguiendo los rumores de víveres bajo custodia armada.

Barcelona, Marsella, Génova... antiguas metrópolis ahora tan inalcanzables como legendarias. Algunos barcos de refugiados intentaban la travesía, atraídos por los rumores de que Palma era una de las pocas ‘ciudades limpias’ del Mediterráneo occidental, con sus comunidades fortificadas, sus molinos de viento restaurados y pequeñas huertas urbanas sobre los campos abandonados de golf y los parques antes cuidando para turistas.

A lo lejos, el repique de una campana improvisada —una vieja bombona de butano golpeada con una barra de hierro en el Passeig Marítim— anunció la llegada del convoy agrícola procedente de Santa María del Camí, una de las comunidades rurales aliadas de la ciudad. Ricard bajó apresurado, cruzando entre vigías y gente ocupada en las faenas del ocaso.

La plaza Mayor, antes un hervidero de cafeterías y turistas, se había convertido en un mercado fortificado part-time, donde los intercambios se hacían bajo la sombra rota de toldos multicolor y el escrutinio de las milicias. La llegada de caravanas agrícolas era todo un acontecimiento; aseguraba otra semana de vida. Ricard saludó al jefe del convoy, un hombre de barba crespa y voz ronca llamado Biel, quien traía bolsas de cebada, patatas, algunas botellas de vino casero y, lo más apreciado, unas cajas de antibióticos rescatados de una vieja farmacia rural.

—¿Sin percances en el camino? —preguntó Ricard, aceptando la cálida palma de Biel.

—Ninguno, aunque cerca de Marratxí vimos señales de un grupo forastero. Dejamos a dos de los nuestros a vigilar —respondió Biel, guiando a su pequeña tropa hacia donde un grupo de mujeres organizaba el reparto.

La resistencia mallorquina se mantenía gracias a una rutina forzosa: relevo constante en las murallas, rotaciones en los campos, cazadores armados eliminando zombis errantes aquí y allá, y expediciones regulares al interior para intercambiar suministros o buscar sobrevivientes aislados. Aislar la isla al principio —tirando aviones al mar y hundiendo los ferris colapsados— había sido una medida drástica, pero probablemente la única razón por la que seguían existiendo.

Por la noche, la ciudad dormía poco y mal. El miedo al ataque sorpresa —por mar o por tierra— era el último visitante antes del sueño. A pocos metros de la catedral gótica, un viejo refugio antiaéreo se usaba ahora como escuela de niños y lugar de asambleas. Allí, Ricard, junto a otros jefes de patrulla y representantes de los gremios, se reunía. No había apenas luz, solo lámparas de aceite, pero la voz de la gente era fuerte.

Esa noche, el Consell de la Muralla trataba un asunto urgente: la escasez de municiones. La pequeña fábrica improvisada en Cala Major apenas lograba producir a tiempo, y las existencias disminuían tras cada enfrentamiento con nómadas o brotes de zombis. La reciente alianza con las comunidades de Inca y Sóller proporcionaba algo de respiro, pero la sombra de la escasez acechaba por todas partes.

—Debemos pensar en fabricar más trampas y fortalecer las defensas pasivas —propuso Toni, herrero venido a líder miliciano.

—O en buscar un acuerdo de paz con los nómadas del oeste —sugirió Esperança, agricultora y representante del mercado.

—No hay paz posible con quienes sólo entienden la fuerza —bufó otro, el antiguo capitán pescador de Porto Pi.

Los debates terminaban casi siempre igual, y Ricard intervenía, buscando el equilibrio:

—Mientras tanto, necesitamos organizar una expedición hacia los almacenes de Son Fuster —dijo, señalando el mapa cubierto de manchas y anotaciones—. Allí había depósitos industriales y quizá encontremos pólvora o herramientas útiles. Lo haremos con un grupo pequeño, sin arriesgar a los agricultores.

La decisión quedó tomada. Ricard formaría parte. Antes del amanecer, saldrían tres en total: él, Jaume y una mujer llamada Nura, experta en cerrajería. Rizgaron equipos, armas caseras, conservas, y salieron hacia el linde de la ciudad vieja, por calles en las que la maleza competía con los adoquines y el murmullo del viento era tapizado de advertencias en los muros: “No entres solo”, “Ojo con los infectados”, dibujos de calaveras pintadas a toda prisa.

El paisaje nocturno de Palma era siniestro. La luz de luna plateaba los tejados rotos y los zombies dispersos —ocasionales y lentos— se desplazaban en zigzag, guiados más por la costumbre fantasmal del movimiento que por hambre real. La infección seguía activa en los recién muertos, pero los antiguos se deterioraban, se arrastraban como retazos de una pesadilla que se niega a morir del todo.

El trío de expedicionarios se movía bajo el amparo de los callejones, silenciando pasos, evitando cualquier sonido que pudiera atraer atención indeseada. Cerca de la Estación Intermodal, descubrieron un puesto improvisado: tres cadáveres recientes, armas desenfundadas, señales evidentes de enfrentamiento. Un saqueador moribundo les tendió la mano, suplicando en catalán entre gárgaras de sangre.

—No nos mates... vienen más...sur... —musitó antes de perecer, los ojos barnizados de terror e ira.

El hallazgo aceleró los preparativos. Nura forzó la entrada a un almacén, mientras Jaume vigilaba con la linterna. Lo que encontraron en el interior les devolvió algo de esperanza: botellas de gas propano, herramientas eléctricas antiguas y, camufladas bajo lonas, tres cajas de munición y algunos rollos de cable de cobre.

—Esto vale más que oro —susurró Nura, mientras Ricard ajustaba el peso de la caja en su mochila.

Lograron regresar antes del amanecer, cruzándose solo con un par de zombis que despacharon en silencio. Palma despertaba al ritmo impuesto por la rutina del peligro: un toque de campana, la apertura del mercado fortificado, las charlas urgentes en el Consell, los niños correteando en la plaza con vestidos hechos de ropa vieja convertidos en harapos multicolores, y las clases improvisadas con pizarras pintadas en los muros.

Había momentos de tregua: cuando la gente se reunía en la sombra de la catedral, cantando viejas canciones populares, o cuando un viejo marinero sacaba su acordeón y algunos bailaban, ignorantes por un rato de la amenaza exterior.

Esa noche, mientras repartían los hallazgos del almacén con cautela, un destello naranja iluminó el horizonte sur, hacia Llucmajor. Explosiones lejanas, sonidos amortiguados por la distancia. Ricard y los suyos entendieron: la guerra entre asentamientos por recursos seguía extendiéndose. Los humanos, sobrevivientes, todavía peleaban por lo poco que les quedaba.

Ricard, cansado pero satisfecho, subió una vez más a la azotea del Gesa. La bahía de Palma estaba casi en calma. Vio las improvisadas luces de las hogueras, las sombras de la muralla ahora reforzada, y a lo lejos, algunas embarcaciones pequeñas que centelleaban bajo la luna —mercaderes, refugiados, acaso saqueadores— navegando un mar más antiguo que la epidemia y los hombres.

Ayer, soñaba con el pasado. Hoy, miraba hacia adelante. Sabía que el verdadero peligro no era ya la plaga que había asolado el mundo, sino la feroz voluntad de los nuevos hombres de sobrevivir, sin rendirse, aunque el costo fuera olvidar lo que una vez fue el paraíso de Mallorca.

Quizás, pensó, en algún futuro —cuando las historias del pasado sean sólo mito—, aquellos que caminaban por la bahía recordarían que resistieron, y que bajo los muros restaurados, conservaban el fuego del antiguo mundo, no solo como supervivientes, sino como los primeros fundadores de una nueva era bajo el sol de la isla.

La ciudad seguía en pie. Y mientras la luna se alzaba sobre la catedral silenciosa, Ricard supo, por primera vez en mucho tiempo, que aún había esperanza.

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