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Fragmento:


El viento invernal se cuela entre los restos de lo que alguna vez fue una de las ciudades más codiciadas por turistas en el Mediterráneo. Palma de Mallorca se ha transformado: ya no es ni sombra de los paraísos de postal. Bajo las grises nubes de diciembre de 2023, años después de la hecatombe, la ciudad respira el silencio propio de los cementerios, cortado ocasionalmente por el repicar metálico de herramientas o los gritos de alarma.

Duración: 12:24

El invierno tras los muros
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Texto de ajuste de pausa.

17 de diciembre de 2023

El viento invernal se cuela entre los restos de lo que alguna vez fue una de las ciudades más codiciadas por turistas en el Mediterráneo. Palma de Mallorca se ha transformado: ya no es ni sombra de los paraísos de postal. Bajo las grises nubes de diciembre de 2023, años después de la hecatombe, la ciudad respira el silencio propio de los cementerios, cortado ocasionalmente por el repicar metálico de herramientas o los gritos de alarma.

Desde la azotea de un antiguo hotel en el Passeig Marítim, por donde antaño transitaban turistas ebrios y familias alegres, Mateo vigila la línea difusa del horizonte. Siete años sobreviviendo le han enseñado a leer las señales más sutiles del mundo muerto: los rebaños de zombis que deambulan distraídamente por la avenida, los botes encallados con las velas podridas y, más allá, las chimeneas de humo que delatan la presencia de otros humanos.

Mateo es uno de los responsables de la seguridad en la comunidad del “Moll Vell”. En los últimos meses, las cosas han cambiado en los muelles: la escasez de comida ha llevado a algunos internos al límite; la disciplina y el miedo son, a veces, los únicos argumentos para evitar la violencia.

Baja cuidadosamente, sorteando los obstáculos que taponan la escalera interior: colchones, puertas viejas, barriles de agua. Son barreras improvisadas contra la amenaza constante de los muertos, pero también de los vivos. Al llegar al lobby, siente el ambiente tenso: varios de los supervivientes más jóvenes discuten con los adultos mayores.

—¡No podemos seguir racionando así! —protesta Julia, su voz desbordada de rabia—. La pesca ya casi no da nada y la última cosecha de patatas fue un chiste.

—Hay que resistir estos dos meses hasta que el mar se calme —responde Blanca, la veterana del grupo, antigua maestra de historia—. Y mantenernos juntos. Si nos separamos o peleamos, somos presas.

En sus rostros se lee la mezcla de hambre, miedo y rencor. Han pasado casi una década desde la Caída, y Palma no es la excepción en la desgarrada geografía de la humanidad flotante: islas de “vivos” cercados por mares de muerte.

La fortaleza del Moll Vell abarca los dos últimos hoteles y varios almacenes. Una muralla de contenedores oxidados cerrando la calle, barricadas sobre los viejos barcos turísticos y el yate de lujo convertido en centro de mando. Bajo la atenta mirada de los vigías, la vida discurre en turnos y rutinas obsesivas. No hay sitio para la debilidad.

Mateo recoge su rifle. No es ningún soldado experto; antes era electricista, y solo aprendió a matar con la práctica y el espanto. Hoy tiene ronda junto a Pau, un chaval rubio que roza los diecisiete años y va siempre con un bate. Caminan por la muralla, ajustando las cuerdas que sujetan latas colgantes: la primitiva alarma antisorpresas.

—Hoy han sonado disparos desde las galerías de Jaime III —comenta Pau, rompiendo el hielo—. Igual es otro grupo, o una de esas bandas que bajan del norte.

—No dispares primero. Escucha. Recuerda —le replica Mateo. Cada bala cuenta, cada error puede costarles el refugio entero.

Al doblar la esquina, ven el mar encabritado golpeando los flancos de la Catedral, cuyas puertas han sido tapiadas con escombros y vigas. Silencio espeso, solo roto por el rugido intermitente del viento. Los muertos se han ido, o se han congelado. Saben que el frío los vuelve lentos, casi inútiles, pero también obliga a los hambrientos a moverse. Los vivos siguen siendo el mayor peligro después del hambre.

Bajan juntos hacia el mercado de la Lonja, convertido en almacén principal. Gérard, un francés de barba espesa, revisa inventario: las últimas cajas de arroz, algunas botellas de aceite, herramientas viejas y un saco de naranjas marchitas robadas de una finca cercana.

—El grupo que fue al centro solo encontró ruinas y rastros de sangre —dice, sin levantar la mirada—. Algunos ruidos en “El Borne”. Demasiada actividad.

Mateo anota mentalmente: sitios inseguros, rutas descartadas. El centro sigue siendo una trampa. El ayuntamiento, la plaza Mayor, la avenida Antonio Maura, antaño orgullo, son ya zona vedada, dominadas por las hordas o los cazadores más despiadados…

Aun así, la comunidad se mantiene. No por consenso, sino por instinto y supervivencia forzada. Las reglas del Moll Vell son simples: nadie abandona la muralla sin turnos, nadie come fuera de su ración, nadie roba. Si alguien rompe estas leyes, la condena es el exilio. Y fuera de los muros, la muerte es casi segura.

La radio es su único vínculo con el exterior. En el tejado del yate “Ezra” tienen una antena truncada, lo justo para captar señales y, a veces, enviar mensajes en clave Morse. Cada noche, algunos escuchan en silencio las noticias que llegan de la Península, o de otras islas: conflictos en Menorca y Eivissa, rumores de barcos pirata frente a la costa de África, invitaciones ambiguas a unirse a sectas o caravanas comerciales.

Aquella noche, mientras el frío hace crujir los cristales del hotel, Blanca recibe una transmisión desesperada: una voz ronca implora ayuda, repite números, luego silencio. El Morse revela un nombre: “Pueyo”, una mujer que asegura tener medicinas y conocimientos. Afirma estar atrapada con su hija en un edificio frente al Parc de sa Feixina.

—¿De verdad arriesgarnos por desconocidos? —pregunta Julia, la líder de los jóvenes.

—Si fuera una trampa, ya nos habrían emboscado —dice Blanca—. Pero si ella es doctora, podríamos salvar a los heridos.

Mateo observa los rostros alrededor de la mesa. Sabe que la propuesta está cargada de miedo y esperanza: arriesgar vidas por dos extraños. Aun así, asiente; la comunidad necesita sangre nueva, ideas, incluso fe.

Al amanecer, preparan la expedición. Cuatro voluntarios: Mateo, Pau, la infatigable Julia y Lito, un hombre de voz grave y cuerpo escurrido. Todos armados y con chalecos improvisados hechos con libros del hotel y cinta americana. Reparten cuchillos y una bengala, “por si todo sale mal”.

Avanzan cautos por la Avinguda Antoni Maura, zigzagueando entre coches oxidados y las sombras de los colapsos antiguos. Las fachadas muestran quemaduras, grafitis obscenos, el polvo de años sin limpieza. En la esquina del Teatro Principal, un grupo de zombis permanece inmóvil, como si se congelaran en una pesadilla interminable. Los ignoran, saben que la velocidad les favorece.

El edificio de la llamada es una antigua residencia, las ventanas rotas y carpintería sellada. Toquen la puerta con el código convenido; primero silencio, luego un golpeteo en respuesta. En el rellano, una mujer de unos cincuenta, enjuta y ojerosa, sostiene a su hija, una adolescente aún más delgada.

—¿Son del Moll Vell? —pregunta temblorosa—. Soy Isabel Pueyo. Tengo medicinas, sé tratar a heridos. Ayúdame y os recompensaré.

Desconfían, pero el protocolo es claro: no gritar, primero revisar. Lito permanece en la puerta debajo, atento a los ruidos. Julia examina la mochila de la mujer y encuentra vendas, varios frascos diminutos, extracto de hierbas, incluso dos jeringas selladas.

—Eres médica de verdad —afirma Julia, medio sorprendida.

—Era enfermera, trabajé en Son Espases. Sé cómo hacer penicilina con pan mohoso —responde la mujer. La hija, Lucía, apenas murmura un “gracias”.

La vuelta es rápida y castigada por el miedo. Más zombis han aparecido del lado de la Estación Marítima, atraídos por los disparos que meses atrás hubo cerca de Porto Pi. Pero la mañana está de su parte: el frío, la luz, la urgencia.

Al llegar al Moll Vell, Isabel y Lucía son examinadas, despojadas de armas y puestas en cuarentena. Blanca fija una estricta vigilancia, pero acepta que todos los nuevos deben trabajar para comer. Isabel es puesta a cargo de las clínicas de fortuna; Lucía ayuda con los niños, los pocos que han nacido o sobrevivido tras la catástrofe.

Días después, un incidente sacude la comunidad: dos jóvenes desaparecen en la noche. Alarmados, vigilan los alrededores, pero encuentran solo rastros de lucha y sangre seca en el puerto viejo. El temor de que una banda rival esté rondando (quizá los “Sa Capella”, un grupo famoso por el saqueo y la brutalidad) crece. Blanca convoca una asamblea. Se discute la posibilidad de abandonar la ciudad y mudarse al interior de la isla. Pero hay riesgos: el campo aún está infestado, las fincas aisladas pueden ser blanco fácil de bandas o manadas. Y, además, no todos saben cultivar o resistir la soledad. Palma, a pesar de todo, sigue siendo el último vestigio de comunidad estructurada en la comarca; la iglesia, la antigua Lonja y los hoteles ofrecen refugio y visibilidad frente al mar.

Por las noches, Isabel instruye a la comunidad en primeros auxilios y curas. Descubren que con los pocos antibióticos que quedan y prácticas de higiene estricta pueden salvar a los heridos. Pronto, niños y adultos asisten a sus clases, donde las historias del pasado —cómo era un hospital, cómo funcionaba una ambulancia, qué era una televisión— adquieren visos de mitología.

Un día, Lucía se acerca a Mateo y Pau en la muralla:

—Sé que todos desconfiáis de nosotras. Pero llevo casi dos años huyendo. No quiero ver morir a nadie más. Por favor, dejadme ayudar en los cultivos.

Mateo acepta. Lleva a Lucía frente a los bancales improvisados en los jardines del hotel y en las terrazas: tomates en macetas de plástico, patatas plantadas en sacos de basura, algunas plantas aromáticas rescatadas de las ruinas de un restaurante vegano.

Es una labor lenta y a veces ingrata, pero el acto mismo —sembrar, cuidar, esperar— les devuelve una idea de esperanza. Cultivar en diciembre es difícil; el frío y la humedad tapan la promesa de la primavera, pero cada hoja verde es un triunfo.

El invierno se asienta y la comunidad resiste. Editan pequeños manuales de supervivencia, copiados a mano por los niños: instrucciones para filtrar agua, para fabricar vinagre y jabón, para reconocer plantas útiles. El saber es su riqueza.

Un día, mientras revisan la radio, detectan una señal lejana. Es una transmisión desde Inca, el interior de la isla: un grupo dice haber limpiado parte del pueblo y ofrece intercambios de semillas y herramientas. Sopesan la posibilidad de enviar una caravana; el riesgo es grande, pero la necesidad impera.

La votación es tensa. Finalmente deciden hacerlo, con una condición: la radio permanecerá siempre encendida, lista para alertar de emboscadas o ataques.

Los días pasan monótonos, marcados por la disciplina férrea y el agotamiento, pero también por signos de reconstrucción. Alguien encuentra una guitarra y se atreve a tararear viejas canciones. Los niños dejan de temer la noche, confiando en las antorchas y los adultos.

Cuando, en la última noche del año, Blanca llama a la comunidad al vestíbulo del hotel, todos piensan en la misma pregunta: ¿cuánto tiempo más podrán resistir? Sin embargo, la líder no teme hablar del futuro:

—No sabemos si algún día podremos recuperar la isla entera. Pero si conseguimos salvar a uno más cada mes, si enseñamos a los pequeños cómo sobrevivir sin miedo, Palma seguirá viva. No como ciudad, sino como refugio de quienes no se rinden.

Por la ventana, la luna se refleja en el mar oscuro. Más allá de la muralla, los muertos esperan. Pero esa noche, dentro de los muros, Palma es una chispa: efímera, resistente, abrazada al silencio de un mundo que aún no se ha rendido.

El invierno tras los muros es largo, pero ahora saben que pueden plantar una semilla incluso en la más dura de las tierras.

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