17 de Noviembre de 2025
Cerca del mediodía, el sol otoñal se filtraba intermitente entre copos de niebla marina y columnas de humo que ascendían por la bahía de Palma, marcando la silueta de lo que alguna vez fue la ciudad más próspera del Mediterráneo occidental. Antes de la caída, los turistas recorrían las calles adoquinadas del casco antiguo, compartiendo tapas en las terrazas y admirando la catedral reflejada en las aguas del puerto. Ahora, la ciudad estaba jalonada de barricadas, trincheras improvisadas y torres de vigilancia toscamente ensambladas, mientras en la distancia, donde alguna vez atracaron cruceros y yates de lujo, cientos de cuerpos descompuestos yacían amontonados entre viejas embarcaciones saqueadas.
El sonido de una campana rota resonó desde lo alto de la iglesia de Santa Cruz, señal inequívoca de que un convoy regresaba del llano. Apenas un puñado de supervivientes —cuarenta, según el último registro— vivían ahora en el sector fortificado que incluía los barrios de Sa Calatrava y parte del Paseo del Borne. Su actual "alcalde", Guillem Cortada, un antiguo maestro de secundaria, había tomado las riendas tras la muerte de dos de sus predecesores a manos de los saqueadores. Bajo su mando, los habitantes luchaban cada día para mantener vivas las normas de convivencia y el deseo de reconstruir.
Aquel día, Guillem recorría el parapeto occidental con Julia, una joven de rostro sucio y mirada alerta, nacida en los años del colapso y para quien ese mundo desolado era el único real. El viento traía el rumor de motores lejanos y chillidos inhumanos desde la Plaza Mayor, donde todavía se amontonaban zombis atrapados entre los muros y las trampas incendiarias. Las esperanzas de limpiar definitivamente el centro eran escasas.
—¿Has oído lo del incendio en el Mercado del Olivar? —preguntó Julia sin apartar el ojo de la escopeta clavada en el pretil.
Guillem asintió. Recordó el aviso, horas antes, codificado por el sistema de campanas y espejos: saqueadores venidos del interior, probablemente enviados por el grupo de los Puig de Lloseta, habían intentado forzar una de las entradas desde la calle General Riera. Lo que no sabían era que el mercado ya no tenía nada de valor. Los últimos alimentos enlatados habían sido trasladados por la guardia de la comunidad una semana atrás, cuando el oído experto de Marina, la antigua pescadera, detectó ruidos extraños en los ductos de ventilación.
—Siempre encuentran la manera de acercarse —murmuró Guillem—. El peligro ya no son tanto los muertos.
El estrépito de un motor y los gritos de aviso interrumpieron la conversación. Desde la esquina de la Plaça de Cort, un grupo de cinco, sucios y armados, corría bordeando los restos calcinados de un antiguo autobús. Dos de ellos cargaban mochilas llenas; los otros portaban garrotes y una pistola escasa de munición. Detuvieron su marcha al divisar la bandera blanca y negra —señal convenida de "amigos"— y uno se llevó las manos a la boca para lanzar un grito:
—¡Es Bernat! ¡Traemos algo bueno!
A la carrera, los supervivientes de la fortaleza enarbolaron sus armas y luego, relajados al identificar a Bernat, se acercaron. El hombre dejó caer sus mochilas con un golpe sordo.
—Sal —susurró Julia viéndole—, ¿qué habéis encontrado?
De una de las mochilas sobresalía media pierna de cabrito, cubierta de sal y sangre seca. Sonriendo de oreja a oreja, Bernat extendió el brazo y mostró varios botes de cristal repletos de alubias blancas y garbanzos. Todo había sido fruto del trueque con una caravana llegada de Sineu, escoltada en carro por habitantes de Llucmajor. Traían consigo también noticias, papel moneda local —un puñado de fichas de madera quemadas con sellos de las aldeas— y, lo más valioso, una carta escrita en papel de farmacia, indicando la existencia de una recogida planificada de semillas en el convento de Inca. La noticia se extendió como un relámpago por la comunidad: quizá, después de tanto dolor, podrían aún asegurar otra siembra para la primavera siguiente.
La llegada de la caravana estuvo acompañada de un pequeño intercambio de munición. Palma apenas producía su propia pólvora —falta de materias primas, falta de herreros— y habían recurrido a la fabricación casera de ballestas y lanzas de todo tipo. Las flechas, fabricadas con varillas del antiguo mobiliario urbano, eran una moneda común. Aun así, la aparición de cinco cartuchos calibre 12, traídos por los visitantes, fue recibida con júbilo reverente.
Durante la tarde, la plaza fortificada en la que vivían se transformó en un improvisado mercado. Sobre lo que quedaba de una antigua fuente, las mujeres extendieron mantas donde exhibieron frutos secos, botellas de aceite recalentado, diminutos frascos de desinfectante y algunas prendas cosidas a mano. Los niños intercambiaban piedras de colores que imitaban las antiguas canicas, y un par de adolescentes tocaban una vieja guitarra falta de una cuerda. Todos vigilaban a los forasteros y a los suyos, pues la experiencia reciente había demostrado que la traición venía tanto de dentro como de fuera.
Hacia el crepúsculo, Guillem recibió en la torre del Ajuntament a Toni Mir, líder de la docena de hombres y mujeres llegados desde la zona de Calvià. Después de intercambiar saludos formales, y con las armas siempre a mano, negociaron el paso seguro de sus futuras caravanas a cambio de semillas, herramientas y, sobre todo, noticias frescas de otras comunidades.
—La semana pasada, en Manacor, encontraron una furgoneta de panaderos de antes del desastre —contó Toni—. Harina dura, pero buena para tortas. A cambio, les pedimos sal. No tienen.
—Aquí sólo nos queda la del mar, y apenas damos abasto a hervirla —replicó Guillem, secándose el sudor y la grasa de las manos—. ¿Cuántos sois por allí?
—Cincuenta, tal vez menos. Los últimos ataques de los saqueadores de Son Ferriol fueron duros. De día controlamos el cementerio, de noche nos replegamos en una casa vieja y tapiada.
Ambos sabían que la conversación tendría que virar pronto hacia el tema que todos evitaban: los zombis. Desde hace meses, las rutas entre municipios estaban casi limpias, salvo por enjambres de no muertos que deambulaban por autopistas y rondas principales, cazando al azar y, a veces, quedando atrapados entre chatarra y paredes derruidas. Pero una nueva amenaza acechaba: algunos humanos habían empezado a criarlos, encerrándolos en sótanos y utilizándolos como armas biológicas contra comunidades rivales. No era raro que una caravana, al marchar de vuelta, encontrara en el camino a un "regalito" de dos o tres zombis atados a postes, cerca de un paso estrecho o de un pozo de agua, obligando a los viajeros a desviarse y exponerse a emboscadas.
Por eso, cuando un disparo solitario resonó cerca de la plaza de la Reina, todos se pusieron en máxima alerta. Un muchacho, Pascual, llegó corriendo desde el fuerte de Sa Llonja.
—Hay movimiento cerca del Museu d'Art Modern! ¡Tres zombis, y parecen más frescos que los otros!
Guillem maldijo. La posibilidad de que otra comunidad les enviara zombis como provocación era real. Organizó un escuadrón: Julia, Bernat y tres de los visitantes de Calvià. Armados con lanzas, palos de hierro y escopetas, salieron flanqueando los ruinosos soportales hacia el museo. Aquella tarea era peligrosa: los zombis más frescos podían correr y embestir, y la oscuridad de las galerías robadas de arte —el botín de los viejos tiempos— las volvía particularmente peligrosas.
El olor a carne podrida era menos intenso de lo común, una señal inequívoca de que los no muertos llevaban pocos días animados. Girando la esquina de la calle Apuntadors, descubrieron un amasijo de cuerpos: dos zombis, uno delgado, vestido con un mono de trabajador portuario, y otro, una mujer joven envuelta en el uniforme de un antiguo hotel, embestían torpemente una verja anticuada, atraídos por el ruido y la luz. El tercero estaba atado con cadenas a una farola, y al acercarse el grupo vieron, pegado al pecho, un mensaje garabateado con sangre seca: "Por cada zombi que matéis, caerán cinco de los vuestros".
Bernat dio un paso atrás, haciendo la señal convenida para retroceder. Pero Julia, inmóvil, estudió el gesto, la caligrafía. Reconocía la marca: era obra de los saqueadores de Son Ferriol. Durante años, la rivalidad entre ambas comunidades había oscilado entre treguas y guerras abiertas. La presión por los recursos los estaba empujando a la guerra otra vez.
Regresaron al núcleo fortificado, donde Guillem reunió a todos en la iglesia. No había tiempo para la democracia directa, esa reliquia casi romántica que, tras casi un lustro de vida bajo asedio, apenas podía sostenerse entre reclamos y susurros. La asamblea se celebró de pie, entre bancos llenos de polvo y el eco de antiguos cánticos.
—No tenemos otra opción —dictaminó Guillem, señalando el mensaje—. Han cruzado una línea. Si siguen enviando zombis a nuestros límites, no podremos mantener la cosecha y la zona segura.
Un anciano, Andrés, levantó la voz: —¿Y qué hacemos? ¿Marchamos a Son Ferriol y devolvemos el golpe? ¿Nos convertimos en ellos?
El silencio se alargó. Era un dilema conocido por todos: la línea entre la supervivencia y la barbarie era cada vez más delgada. La comunidad optó por una vía intermedia: mandarían vigías adicionales a los caminos y, discretamente, tratarían de enviar un emisario a Son Ferriol proponiendo un intercambio de rehenes y una tregua temporal. Toni de Calvià, testigo de la inquietud, ofreció servir de intermediario en las conversaciones, sabedor de que la estabilidad de Palma era crucial para las rutas marítimas de toda la isla.
Esa noche, bajo la luz mortecina de un brasero, Julia escribió el comunicado para Son Ferriol, dictado por Guillem y sellado con el viejo emblema de la ciudad: "Proponemos intercambio. Rehenes si es necesario. No más zombis. Somos pocos. Queremos sembrar". Afuera, el rumor de pies arrastrándose seguía resonando entre las calles vacías.
Con la carta lista, al día siguiente, la caravana de Toni partió hacia el este, llevando consigo no sólo alimentos, sino la esperanza frágil de que, incluso en ese mundo roto, el diálogo aún podía valer más que la guerra.
Las semanas siguientes pasaron con la inquietud de una tregua no escrita. Las defensas se intensificaron, los vigías duplicaron sus turnos y, con las semillas recién llegadas, las familias se repartieron lotes de tierra en los antiguos jardines del convento de Santa Magdalena. El trabajo manual, agotador pero ordenado, devolvía por momentos una apariencia de rutina civilizada. Por las noches, las historias de los mayores se mezclaban con oraciones, canciones antiguas y relatos de travesías a Cabrera, donde decían, aún sobrevivía una comunidad aislada, casi imposible de asaltar.
A finales de noviembre, llegó respuesta de Son Ferriol. Breve, escrita en papel de saco de patatas: "Tregua aceptada. Dos rehenes. Sin zombis. Intercambio en el puente de es Molinar". Puede que fuera sólo una pausa en la lucha, un respiro tenue, pero para los supervivientes de la antigua Palma fue suficiente para no perder la fe. La historia continuaría, entre saqueos, siembras y el sonido lejano del mar, mientras la esperanza se abría camino con la ligera promesa de una próxima primavera.
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