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Portada del relato Islas en Llamas
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Fragmento:


El desayuno es magro: unas cáscaras de naranja, trozos de pan duro y lo que sobró de una cabra sacrificada días atrás. Cada bocado es una pequeña victoria, aunque haya que apartar el hambre con piedad. Javier, que fue pescador, propuso ir al muelle esa tarde para ver si entre los barcos varados había latas de conserva. Todos sabemos que están casi vacíos —los saqueos empezaron por ahí—, pero a veces la marea trae sorpresas. Y más importante aún: en la ciudad, buscar comida es una excusa tan buena como cualquier otra para no enloquecer encerrado.

Duración: 12:29

Islas en Llamas
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Texto de ajuste de pausa.

16 de diciembre de 2020

El invierno había llegado, y en Palma de Mallorca, el frío mordía con una insistencia desconocida en décadas recientes. Los viejos acostumbraban a decir que la Tramuntana traía vientos gélidos de la península, pero nadie recordaba una helada así desde los setenta. Ahora, la ciudad entera temblaba, no solo por la temperatura, sino por el horror constante de lo que acechaba tras cada esquina, tras cada puerta astillada, tras cada ventana cubierta con tablas o muebles improvisados.

Hay un silencio apabullante en la ciudad. Uno que se entrecorta solo cuando los aullidos de los infectados —los zombis, porque ya nadie disimulaba el término— retumbaban entre la Catedral y el puerto, o cuando el eco lejano de un disparo resquebrajaba el hielo en el aire. El resto del tiempo, si uno era paciente, podía escuchar el mar rompiendo contra los muelles abandonados, el único recordatorio de normalidad en un mundo desquiciado.

Yo me llamo Maribel. Fui recepcionista en un hotel de la Playa de Palma, aunque ese mundo quedó muy lejos después del mes de abril. Ahora sobrevivo en el convento de la Misericordia, entre sábanas viejas y bancos de piedra, junto a otros quince hombres y mujeres, la mayoría mayores que yo. Jamás imaginé que buscaría consuelo en un edificio tan vetusto, ni que llegaría a agradecer los muros gruesos y las rejas oxidadas, pero es lo que quedó cuando las casas del barrio fueron saqueadas y los supermercados, arrasados.

Mis días comienzan antes del amanecer, con los pies congelados dentro de unos calcetines remendados. Despliego los viejos mantones sobre mi colchón de mantas, me cuelgo el cuchillo —una reliquia de cocina italiana que ahora es amuleto y arma— y salgo al claustro, donde nos reunimos a contar los vivos. Es una tradición siniestra: quien no aparece, se da por perdido. Esa mañana éramos catorce. Mateo, el antiguo mecánico de Son Ferriol, faltaba. Nadie quiso preguntar; todos miramos el suelo.

El desayuno es magro: unas cáscaras de naranja, trozos de pan duro y lo que sobró de una cabra sacrificada días atrás. Cada bocado es una pequeña victoria, aunque haya que apartar el hambre con piedad. Javier, que fue pescador, propuso ir al muelle esa tarde para ver si entre los barcos varados había latas de conserva. Todos sabemos que están casi vacíos —los saqueos empezaron por ahí—, pero a veces la marea trae sorpresas. Y más importante aún: en la ciudad, buscar comida es una excusa tan buena como cualquier otra para no enloquecer encerrado.

Javi y yo salimos a mediodía. El mundo exterior huele a cenizas y sal. Las calles de la Rambla siguen llenas de coches abandonados, algunos volcados y vacíos, otros todavía protegiendo cadáveres putrefactos. Doblamos por la Plaça Major con paso rápido, atentos a cualquier ruido. Los primeros infectados acabaron con la vida nocturna de la ciudad en una sola semana; ahora, las criaturas apenas salen durante el día, por el frío, pero las noches... las noches son un infierno de chillidos y chasquidos, como si la ciudad se retorciera de dolor.

El puerto es un cementerio de barcas rotas y cruceros en ruinas. Sobre uno de ellos, el "Aurelia", cuelga una pancarta desteñida: "VIVOS AQUÍ". La pintaron en junio, cuando los ataques eran esporádicos y aún creíamos que vendría ayuda desde la península. Ahora sabemos que esos vivos hace tiempo se convirtieron en otro tipo de cadáveres.

Jamás supe nadar y, de todos modos, el mar parece más un enemigo que un aliado. La mayoría de lanchas están asaltadas y hundidas cerca del muelle, pero hay una zodiac encallada entre escombros, casi cubierta por algas. Javi se arriesga, registro la cubierta oxidada del "Marina Bella". Encuentro dos latas de atún, muy golpeadas pero todavía selladas, y una mochila rota con unos guantes de goma y un termo vacío. Javi no tiene tanta suerte. El agua está congelada, y al regresar resopla y jadea, refunfuñando sobre cabrones robalitos y demás peces que nunca llegaremos a ver.

Llegando a la altura del Passeig Marítim escuchamos el primer gruñido. Me congelo, literalmente y en todos los sentidos. Nuestra debilidad es la costumbre: pensamos que, con el frío, podemos despistar a los zombis con facilidad. Pero esta vez el sonido viene del túnel peatonal bajo la autopista. Lo veo salir, torpe, el uniforme de camarero despintado y la mandíbula desencajada. Javi sugiere rodear. Yo asiento. Pero el muerto parece olfatear, como si reconociera el movimiento por instinto, y acelera su paso tambaleante.

No es la primera vez, claro. La regla es no enfrentarse a menos que no haya opción. Retrocedemos y giramos hacia el Parc de la Mar, donde los cipreses y los arbustos ofrecen refugio temporal. Allí, resguardados bajo la sombra, comprobamos que la criatura no nos siguió: parecen más lentos, menos interesados en el frío, casi como si el invierno los anestesiara. Es Inés, la más anciana del convento, la que dice que en Navidad los zombis hibernan. Nos reímos de los mitos, pero me sorprende el alivio con que aceptamos cualquier explicación para la tregua.

Regresamos por la Porta des Camp, alertas, ya sin hablar. Pasamos junto a dos sombras humanas arracimadas en la entrada de un garaje: otros refugiados, quizás. La confianza se extinguió semanas atrás. Ahora, cualquier desconocido puede ser ladrón, asesino o mucho peor. Sonrío, casi por inercia; los dos nos miran con ojos vacíos y desaparecen escaleras abajo, llevándose una linterna y una pala. El trueque no escrito entre supervivientes: nadie reclama nada si es por sobrevivir, pero no tientes la suerte repitiendo el trayecto.

Volvemos antes del anochecer. El convento nos recibe con el olor a fogata y la amarga noticia de la desaparición de Mateo. Mari Carmen, su mujer, se acerca y pregunta por su marido. No hay respuesta, nunca la hay. Nos demoramos en el claustro; compartimos un poco de atún —algo inaudito en estos días de hambres compartidas— y el grupo cae en un mutismo tembloroso. Alguien cuenta un chiste grosero sobre los alemanes que venían a hacer brunch en Santa Catalina: se aplaude, tímidamente. Todavía hay espacio para la risa, aunque cada vez más breve.

Por la noche, los rezos resuenan entre las paredes. No soy creyente, pero escucho. Es Inés, otra vez, la que susurra que Dios nunca vacía sus manos por completo. Estos meses aprendí a no discutirlo. Salgo al patio y miro la Catedral. Antes, las luces iluminaban la Seu por las noches, dorando la piedra como una joya. Ahora, solo el reflejo de la luna recuerda que la ciudad fue hermosa una vez.

Los días siguientes se repiten. Algunos hombres recorren los huertos de Genova. Hay poco que rescatar: las heladas quemaron la mayoría de los cultivos, pero unas naranjas y acelgas sobreviven. Se intentó criar gallinas en la antigua comisaría, pero desaparecieron la semana anterior, probablemente devoradas por ratas o algo peor. Los reflejos de una vida que fue: un mendigo muerto abrazado a una caja de frutas, un perro famélico husmeando en una carnicería vacía, una anciana que murmura canciones de Navidad a un muñeco de trapo.

Es el día 21 cuando la tragedia se instala. A medianoche, los ladridos de los perros sueltos despiertan al convento. Un grupo de infectados, quizás arrastrados por el ruido, asaltan la verja secundaria del claustro. El frío no los frena por completo; uno de los chavales logra derribarlos con la pala de Mateo —un triste simbolismo— mientras otros empujan muebles contra las ventanas. Es un asedio breve y caótico. Mari Carmen desaparece en la refriega. Cuando amanece, encontramos rastros de sangre y su pañuelo de flores cerca del muro, pero nada más.

Esa mañana, decido escapar. La seguridad del convento se revela como ilusión. Propongo buscar refugio más allá de la ciudad, donde dicen que hay grupos en Son Sardina que levantaron barricadas y trabajan juntos los cultivos. Javier y dos más aceptan. Inés y los otros prefieren quedarse: creen que las iglesias viejas no caen tan fácil como las casas modernas.

Preparar la huida es un ejercicio de memoria y miedo. Empaquetamos lo poco que poseemos: algo de comida, agua, una linterna sin pilas (por si acaso), una piedra de afilar y mis mantones. Antes de salir, recorro la capilla una última vez. Rezo, aunque no sé a quién. Tomo un trozo de la cruz y lo escondo en la mochila, tal vez como promesa, tal vez como superstición.

La ciudad está silenciosa bajo el frío, trizada como un espejo roto: casas abiertas, porticones colgando, el asfalto resbaladizo bajo la escarcha. Cruzamos la avenida Alexandre Rosselló en dirección norte, pasando por la estación intermodal convertida en refugio de sombras. Veo una decena de figuras envueltas en mantas, algunos cadáveres, otros dormitando junto a fogatas diminutas. Nos movemos rápido, evitando contacto, desviando la mirada ante el dolor ajeno.

A la altura del Parc de Ses Estacions, Javier se detiene. Una olla cuelga improvisada sobre una hoguera, custodiada por tres hombres robustos. Nos miran; uno saca un cuchillo, el otro una barra de hierro. La regla no escrita: nadie se fía de nadie. Paso adelante, saludo con la voz más firme que puedo reunir. Hablo de intercambio: una lata de atún por un poco de leña y dirección segura hasta las afueras. Los hombres aceptan no por necesidad sino porque ven nuestra determinación: somos pocos, y el frío es el peor enemigo. Nos orientan hacia la carretera vieja de Sóller, advirtiendo sobre un grupo de infectados en la rotonda del Ocimax.

Seguimos avanzando, el mundo difuso en la neblina matutina. El grupo se reduce a susurros y pasos apurados. A mitad de camino hasta Son Sardina, escuchamos gritos. No son guturales ni feroces, sino voces humanas, voces vivas, pidiendo ayuda. Paramos: Javier sugiere ignorarlos. Yo me niego. Me acerco y vemos a una joven, apenas veinte años, aferrada a la rama baja de una encina. Hay dos infectados bajo ella, lentos pero persistentes. No lo pienso dos veces: arrojo una piedra para distraerlos y Javier los remata con torpeza y rabia. Levantamos a la chica, que apenas dice cómo se llama —Amaia— y que huía de un grupo de saqueadores.

Cuando por fin divisamos las primeras barreras improvisadas de Son Sardina, una mezcla de colchones, rejas y coches amontonados, sentimos el primer rayo verdadero de esperanza en meses. Desde adentro, una mujer con escopeta vieja nos examina. Pedimos acogida, mostramos las manos vacías y los temblorosos restos de comida. Nos dejan pasar con desconfianza, pero con una promesa: aquí, cada uno vale lo que trabaje. Nos presentamos y pronto estamos ayudando a recoger leña, a destilar agua de lluvia, a curar pequeñas heridas.

La comunidad de Son Sardina no es un paraíso. Hay hambre, miedo, y desconfianza. Por la noche, el silencio es aún más denso: las historias de los caídos se cuentan a la luz de una bombilla alimentada por bicicleta. Pero después de meses de claustro y miedo, el simple hecho de compartir un fuego y un trozo de pan con desconocidos se convierte en un lujo.

Mientras cierro los ojos al lado de mi nueva familia improvisada, escucho a Amaia tararear una canción infantil y, por primera vez desde marzo, siento algo parecido a la esperanza. Quizá el invierno, con su manto de muerte y quietud, sea también la promesa de un ciclo nuevo. Quizá la ciudad despierte, algún día, no como era, sino como podría ser. Un lugar donde el mar no sea solo espejo de ruinas sino horizonte de posibilidades.

La Tramuntana aúlla lejos, y en el convento de la Misericordia, otra noche pasa. Palma de Mallorca sigue viva, herida y temblorosa, pero aferrada a los jirones de humanidad que persisten aun en los inviernos más oscuros.

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