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Fragmento:


Vivo con mi madre, Carme, una enfermera jubilada incapaz de desprenderse del hábito de cuidar a medio barrio. Cuando despierto, me encuentro con el mismo ritual: una inspección obsesiva de nuestros bidones de agua y una revisión de la bolsa de medicina que compartimos con otros seis vecinos. Su insistencia y disciplina nos han mantenido con vida más veces de las que puedo contar. Desde hace meses, ella colabora en el improvisado hospital instalado en el edificio de la Universidad, donde cada camilla es ocupada por dos o tres pacientes a la vez. La figura de Carme inspiraba confianza incluso antes de la catástrofe; ahora es una de las columnas de nuestra resistencia.

Duración: 11:16

El ocaso tras la muralla
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Texto de ajuste de pausa.

23 de diciembre de 2026

Nadie duerme del todo cuando sopla el viento entre las murallas. La brisa arrastra consigo jirones de recuerdos: canciones de verano cantadas en la playa, el rumor de los turistas por el Passeig del Born, el bullicio de los mercados. Ahora, ese mismo viento solo arrastra mugre, papeles húmedos y ecos lejanos de los tambores de guardia. Palma de Mallorca, una de las joyas del Mediterráneo, es desde hace años una fortaleza cercenada, encogida sobre sí misma, resistiendo al derrumbe con las uñas y los dientes apretados.

En los últimos dos años, la ciudad ha cambiado más allá de todo reconocimiento. Las viejas avenidas bordeadas de palmeras y edificios art déco se han ido encogiendo mientras los supervivientes limpiaban, bloqueaban y fortificaban calles para crear “la Zona Segura”: un núcleo de barrio alrededor de la Catedral y del Ayuntamiento, protegido por muros hechos de coches volcados, vigas de hierro rescatadas de los derribos y sacos terreros llenos de un polvo gris que debía de haber sido arena en otro tiempo. Las zonas aledañas, como El Molinar o Son Armadans, todavía están infestadas; y del resto de la isla apenas llegan noticias, algún murmullo transmitido por los pastores de las rutas rurales o por las embarcaciones que todavía bordean la costa, buscando oportunidades de trueque o refugio.

Mi nombre es Lledó Oliver y nací en Palma en el 2002, veinticuatro años atrás, pero ahora tengo la impresión de haber envejecido siglos en apenas una década. Hoy he decidido escribir, no por nostalgia —ese lujo se perdió cuando vimos arder el puerto— sino porque la comunidad ha reabierto la vieja biblioteca del Corte Inglés, y alguno de nuestros líderes cree que merecemos dejar testimonio: que alguien debería registrar el lento renacer de las islas, aunque sea solo para que, si todo sale mal, algún forastero pueda saber cómo resistimos.

Hoy Palma comienza su tercer invierno desde la recuperación parcial de la ciudad. El frío se cuela por las rendijas de las casas encaladas, y hace que todos aprecien un poco más el calor de rebaños vivos en los patios o la chispa de una estufa improvisada. Las hordas de caminantes, según las patrullas que vigilan desde lo alto del Castillo de Bellver, parecen menguar. Ya no avanzan en estampidas —al menos eso creemos— y muchos de los cuerpos de los zombis atrapados en el barrio de Sa Gerreria simplemente yacen, podridos, bajo la última nevada.

Empecé el día del mismo modo que casi todos los supervivientes “de la ciudad amurallada”: revisando los tablones de la Plaza Major, ahora cubiertos de avisos y listas de recursos. Las raciones seguirían igual esta semana: legumbres, algo de pescado seco, pan moreno, un mísero tarro de aceite para cada cuatro vecinos. No había anuncios de mercado esta vez: la última caravana traída desde Inca había sido asaltada a medio camino por una de las bandas nómadas que aún pululan en el Pla de Mallorca, saqueadores desesperados que atacan lo mismo a humanos que a zombies, en busca de metal, ropa o cualquier tipo de medicina. Aun así, el ambiente es distinto. Por primera vez en años, un grupo de maestros ha anunciado la apertura de una escuela rudimentaria, y los niños —los que han sobrevivido o nacido durante la plaga— formaban una hilera ansiosa en la entrada del antiguo conservatorio, reconvertido en guardería.

Vivo con mi madre, Carme, una enfermera jubilada incapaz de desprenderse del hábito de cuidar a medio barrio. Cuando despierto, me encuentro con el mismo ritual: una inspección obsesiva de nuestros bidones de agua y una revisión de la bolsa de medicina que compartimos con otros seis vecinos. Su insistencia y disciplina nos han mantenido con vida más veces de las que puedo contar. Desde hace meses, ella colabora en el improvisado hospital instalado en el edificio de la Universidad, donde cada camilla es ocupada por dos o tres pacientes a la vez. La figura de Carme inspiraba confianza incluso antes de la catástrofe; ahora es una de las columnas de nuestra resistencia.

Tras la escasez de hace dos inviernos, aprendimos a almacenar y reciclarlo todo. Cada colilla, cada clavo, cada tornillo tiene su lugar. Había días en los que los zombis llegaban a rozar las murallas, atraídos por el ruido de los generadores en marcha, por el olor a comida o incluso por el propio calor —como bestias que aún reconocen rastros de humanidad—. Pero el frío invernal los vuelve más torpes y lentos. Grupos más valientes han aprovechado para limpiar los patios traseros de las casas solares, empujar a los muertos fuera de linde, quemarlos lejos de la Zona Segura.

A media mañana, me asignaron patrulla. Nuestro grupo —cinco adultos, dos adolescentes, y uno de los tres perros entrenados que quedaban en la ciudad— debía recorrer la franja entre el Borne y la Porta del Camp. Era una de las pocas zonas por donde los corredores aún podían salir de la ciudad amurallada y buscar leña, chatarra o noticias de los pueblos pequeños de la sierra. El grupo salió en una tensa formación, las lanzas improvisadas y los viejos subfusiles oxidados en las manos más firmes, los más jóvenes armados con garrotes o piedras lastradas en bolsas. El perro gruñía en cuanto olía algo raro.

Atravesamos el Passeig Sagrera reducidos a la mínima expresión. Aquí, en plena mañana azul y fría, la ruina lucía casi bella. Las palmas resistían aún, desgajando el cielo. Más allá del Parc de la Mar, sobre la carretera, se acumulaban restos de coches destrozados y montículos de ropa rota. Era fácil imaginar por qué los líderes ordenaron la destrucción de cualquier vehículo que pudiera servir para embestir la muralla: los registros escritos por las primeras tropas de la ley marcial relataban cómo las hordas, motivadas por ruido, luces, hasta el vaivén de un limpiaparabrisas, podían empujar los coches en masa contra cualquier obstáculo hasta derribarlo.

La patrulla discurrió sin incidentes, aunque a lo lejos, entre los chalés semiderruidos del Arenal, vimos un pequeño grupo de zombis atrapados en la maleza. Ya nadie podía explicar la mecánica precisa, pero los cadáveres más viejos —algunos con ropas desechas, sin casi rostro— mostraban una torpeza que nos permitía adelantarnos, limpiar un sendero, hacer planes. Cada muerto era quemado y los restos rematados para evitar una reinfección —no por miedo sino por costumbre.

Las verdaderas amenazas seguían siendo los vivos. Desde hacía casi un año, grupos errantes de saqueadores o exiliados del resto de Mallorca habían hecho incursiones periódicas. Algunos de ellos, desarraigados, se agrupaban en torno a líderes carismáticos o brutales, capaces de sembrar el terror en pequeñas comunidades que no podían permitirse grandes milicias. Por eso, la ciudad había revivido el antiguo código de señales: banderas, humo o ráfagas lumínicas para alertar de intrusos o emergencias. Ese día, por suerte, ninguna señal de humo se alzó en la distancia.

De regreso, vi un momento de esperanza asomando entre tanta ruina. En un patio, lo que fuera antes un hotel de lujo, esta semana convertido en refugio, dos docenas de vecinos recogían verduras de un invernadero improvisado. En medio del frío, el verde de las acelgas y el brillo opaco de los tomates protegidos bajo plásticos causaban más alegría que cualquier rescate militar del pasado. Hace siglos que el mar y la tierra de Mallorca alimentan a los vivos y los muertos. En la nueva Palma, la agricultura sirve como línea divisoria entre la vida y el abismo.

Por la tarde, llevamos las raciones de leña y comida descubiertas por el grupo al hospital, donde Carme recibía con gratitud y cansancio cada pequeña aportación. Allí, la rutina era la de todos los centros improvisados: pacientes con infecciones subcutáneas, fiebre mal curada, huesos rotos por accidentes y caídas, y, los peores, mordeduras sospechosas que deben ser aisladas y vigiladas durante días. El rumor entre el personal era constante: la vieja pesadilla de un brote en el interior de la muralla. Hasta ahora, la disciplina y el miedo lo habían impedido. Pero bastaba un error para condenar a toda la zona segura.

En la noche, el frío retumba en los muros. Los centinelas recorren la muralla, armados con linternas de dinamo y un par de réplicas oxidadas de trabucos, fabricados por el herrero local. En los tejados más altos, algún loco organiza reuniones para observar las estrellas. Han pasado años desde que Palma sufrió su primera oscuridad total, y casi nadie se atreve a recordar la vida antes de la plaga. Marcel, mi amigo y compañero de patrulla, dice que, quizás, deberíamos enseñar a los niños canciones antiguas, no solo normas de supervivencia y tácticas de defensa. “La memoria es lo único que nos separa de los monstruos”, suele repetir.

En la planta baja del hospital, se ha montado una pequeña imprenta. El papel es carísimo —se fabrica triturando viejos libros, etiquetas de latas y cajas de cartón—, pero los voluntarios escriben manuales con normas básicas: cómo purificar agua, cómo recomponer una puerta, cómo preparar emulsión de pólvora y defenderse de una horda. Mi madre trabaja en uno de ellos, describiendo los síntomas de infecciones típicas para que otros puedan detectarlas. En una esquina, alguien ha pegado con celo restos de viejas revistas turísticas: fotos de la playa de Es Trenc, de la Serra de Tramuntana, postales que parecen de otro planeta.

No todo es miedo o penuria. Hoy, Agustí —uno de los castellanos supervivientes de la pesadilla de Manacor— se ha casado con Simeón, un viejo pescador local. Han celebrado la boda en la catedral, improvisando una ceremonia al atardecer. Docenas de niños reían, y al irse la luz, un puñado de músicos se atrevió a sacar una guitarra y una flauta, arrancando de los adultos lágrimas y palmadas. Por un momento, Palma fue otra vez la isla de todas las postales: luz dorada, risas, promesas de futuro.

Sin embargo, la amenaza nunca está lejos. Dos veces por semana, el consejo municipal —un grupo de personas con experiencia, carisma y el respeto ganado a sangre— se reúne en el antiguo teatro municipal. Hoy han debatido sobre si permitir la llegada de una caravana extra que anuncia haber recorrido desde Alcúdia con aceite y sal. La paranoia nunca es suficiente: todos los visitantes pasan días en cuarentena antes de poder cruzar la muralla. Nadie puede arriesgarse a otro colapso.

La noche termina con la ciudad recogida. En cada portal hay lámparas precarias encendidas, y en las plazas menores los niños pequeños juegan al escondite, custodiados por adultos armados. Desde las almenas, el mar parece quieto, una promesa azul que aún nos une al mundo, y sobre los tejados, las antenas a medio reconstruir aguardan el crujido de alguna señal radiofónica, una noticia lejana de otras islas, de otros continentes.

Termino este testimonio con una mezcla de cansancio, nostalgia y un hilo de esperanza. Palma no ha muerto. La ciudad, golpeada y asustada, se aferra con fiereza a la vida. Empezamos a contar otra vez los nacimientos, a enseñar a leer y escribir, a celebrar bodas. Lo peor ha pasado, quizá. Los muertos caminan menos, los vivos alzan la voz, los niños ya miran el mar no con miedo sino con curiosidad y asombro. No volveremos a aquel mundo de turistas de crucero y atascos interminables, pero, bajo la nueva muralla, Palma sigue cantando en la noche. Quienquiera que lea esto, sepa que hubo resistencia, hubo memoria y, contra todo pronóstico, hubo amor.

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