Fragmento:
En el vestíbulo, Jordi, un joven de barba incipiente y mirada inquieta, revisaba una caja de munición casera y conversaba en voz baja con uno de los guardias del portal. “Todo en orden”, saludó Ariadna, intentando ocultar el cansancio en su voz.
Duración: 11:46
17 de noviembre de 2026
La brisa del Mediterráneo apenas llegaba al interior de Barcelona. Los vientos solían limpiar de humo los viejos bloques del Eixample, pero esa mañana de noviembre, el aire traía consigo un olor agrio y persistente: pólvora, madera quemada y, en los rincones, la siempre presente peste de la muerte. Aunque la epidemia hacía tiempo que había barrido con todo orden conocido, la destrucción no había desaparecido con el último brote, ni con el envejecimiento acelerado de la plaga zombie. Las huellas de los años de terror todavía eran visibles en la estructura ragáñada de la ciudad.
Desde hacía más de tres años, Barcelona era una amalgama de fortalezas improvisadas. Las avenidas se habían convertido en líneas de defensa y los parques, en improvisados campos de cultivo y áreas de cuarentena. Ahora, noviembre de 2026, las alianzas regionales se habían consolidado no muy lejos de la ciudad, y ejércitos propios patrullaban los accesos. Las hordas más peligrosas habían sido exterminadas o dispersadas hacia el extrarradio, en las masas de ruinas que una vez albergaron barrios prósperos. Pero el peligro continuaba acechando, tanto de los no-muertos como de los saqueadores y representantes de facciones rivales, desesperados por recursos.
Ariadna se despertó como lo hacía cada día desde que tenía memoria: sobresaltada, en cuanto la luz de la mañana asomaba entre las tablas que cubrían las ventanas del pequeño piso en el tercer piso de Gran Via con Passeig de Gràcia. El silencio era profundo. Años atrás ese tramo había sonado a tráfico, conversación, el traqueteo de los tranvías turísticos y la música de la avenida. Ahora, el sonido más frecuente era el murmullo de radios de baja frecuencia, las marchas de las patrullas de la milicia o, cuando el viento cambiaba, el gemido lejano de un zombi aislado.
Se puso los pantalones de cuero y una chaqueta que le quedaba grande. El frío no era tan intenso aún, pero el invierno ya se insinuaba en las corrientes heladas que bajaban del Tibidabo. A su izquierda, dormía Julia, su hija de diez años, arropada bajo varias mantas. Llevaba las trenzas deshechas y las mejillas rojas del calor; un lujo, pensó Ariadna, poder dormir tranquila no era común en muchos frentes del siglo XXI.
Avanzó con sigilo. No quería despertar a Julia todavía. Miles de personas vivían, resistían y sobrevivían como ellas en el nuevo orden urbano, pero la vida era precaria y la seguridad, frágil, incluso para los afortunados que habían conseguido un espacio dentro de los “cuadrantes”, como llamaban a los sectores fortificados de la ciudad vieja. Su responsabilidad era con el mercado. El intercambio de víveres, herramientas y pólvora era vital para la comunidad, y ella se había ganado un nombre como mediadora leal y justa. Hoy sería el tercer mercado del otoño y se esperaba la visita de comerciantes de fuera, protegidos por sus propias milicias.
Bajó las escaleras con pasos ligeros, mientras repasaba mentalmente la lista de cosas por comprobar antes de salir: la radio de manivela, dos barras de pan duro, un saco de almendras recogidas en los huertos de Montjuïc y, por supuesto, la pistola de percusión fabricada en uno de los talleres del barrio de Sants, cargada con pólvora gruesa.
En el vestíbulo, Jordi, un joven de barba incipiente y mirada inquieta, revisaba una caja de munición casera y conversaba en voz baja con uno de los guardias del portal. “Todo en orden”, saludó Ariadna, intentando ocultar el cansancio en su voz.
—Buenos días, Ariadna —le respondió el guardia, ajustándose el brazalete verde que identificaba a los miembros de la milicia del Quadrant Central—. Han reportado movimiento por el Paral·lel. No mucho, pero mantente alerta, por favor.
Ella asintió. Los movimientos siempre podían significar dos cosas: lobos solitarios intentando robar algún alijo de comida, o grupos de saqueadores más peligrosos, desesperados por lo que fuera. Los zombis, por suerte, habían disminuido en cantidad y apenas suponían una amenaza para un grupo bien pertrechado durante el día, salvo que alguien cometiera la imprudencia de salir a la calle sin atención o sin vigilancia. Sin embargo, la infección seguía presente y un descuido podía convertir a cualquier caído en un nuevo vector de drama.
Fuera, la mañana era gris azulada. Las tiendas de la Rambla presentaban las persianas cubiertas de grafitis, y en los escaparates se acumulaba polvo de años. Pequeños grupos de personas caminaban deprisa hacia el epicentro del mercado: la Plaza de Cataluña, ahora cercada con muros de neumáticos, rejas recuperadas y troncos ensamblados. Allí, bajo una bandera blanca con el símbolo del trigo, todo el mundo podía intercambiar productos bajo la protección de un acuerdo armado entre los cuadrantes.
De camino al mercado, Ariadna se cruzó con dos ancianos que arrastraban un carrito con frascos de medicina y garrafas con agua limpísima, probablemente recogida de las fuentes filtradas de Collserola. En otra época, sería impensable que las calles de Barcelona fueran dominadas por tal silencio, mientras la vida social dependía de pequeños gestos y miradas rápidas, sin tiempo para la contemplación. Sin embargo, la mirada desconfiada de los transeúntes era inconfundible: sobrevivir, no confiar más de lo estrictamente necesario.
Frente al antiguo corte inglés, un grupo de niños jugaba con una pelota de cuero remendada, vigilados de cerca por dos adultos armados. Los gritos infantiles sobre el asfalto desvaído eran una anomalía, pero también un testamento de la esperanza. La gente empezaba poco a poco a hablar de futuro, a pensar en cómo reconstruir algo más que rutinas de supervivencia diaria. Tal vez, pensó Ariadna, si lograban mantener la paz en las próximas semanas, el invierno no sería tan duro. No tan solo en términos de hielo y hambre, sino también de miedo.
En la plaza, la escena era casi medieval. Decenas de puestos de madera, cada uno señalizado con un emblema: el martillo para los herreros, el pez para quienes comerciaban productos de los criaderos, la cruz roja para el escaso stand de medicinas. Ariadna saludó a varias caras conocidas, cruzó un apretón de manos con Clara, líder de los agricultores del distrito de Gràcia, y con un viejo conocido de tiempos universitarios, Antonio, que ahora coordinaba parte del intercambio de semillas y bulbos recuperados del banco genético del antiguo Jardín Botánico.
Todo fluía, al menos hasta que llegaron los forasteros. Una decena de hombres y mujeres vestidos con ropas gruesas de segunda mano, armados con lanzas de metal, escopetas reparadas y un par de arcos. Un pequeño estandarte cosido con hilos de colores colgaba del extremo de uno de los carritos que empujaban. La milicia no tardó en rodearlos, aunque sin apuntar directamente, sólo en formación preventiva. Habían llegado desde Terrassa, decían, siguiendo la llanura del Llobregat, trayendo trigo de una nueva cosecha y algunos bidones de combustible obtenido a partir de aceites reciclados.
Ariadna se acercó para mediar en la recepción. Se había ganado la confianza de la comunidad durante meses, después de evitar peleas y negociar alianzas con otras cuadrillas de agricultores de las afueras. Intercambiar con forasteros siempre era un riesgo: podían ser comerciantes legítimos, o exploradores de bandas hostiles en busca de debilidades, pero también podían traer noticias, manuales, semillas y saberes críticos para la supervivencia colectiva.
—Venimos a cambiar trigo y aceite por pólvora y medicinas —informó el portavoz, un hombre pelirrojo con cicatrices en la mejilla y voz cansada—. No buscamos problemas, solo intercambio justo.
El diálogo, aunque tenso al principio, se desarrolló gracias a la presencia de Ariadna, que ofreció garantías y propuso que un grupo reducido se adentrara a la plaza mientras el resto permanecía en las afueras, supervisados por la milicia local. Cuando todo estuvo en marcha, la plaza adquirió ese murmullo vibrante, mezcla de regateo y esperanza, que recordaba a épocas más dulces. El trigo fue pesado y revisado. Los frascos con medicamentos, contabilizados. Ariadna intercambió sus almendras por una bolsa de polvo de pólvora y algunos pernos de metal. Suficiente, pensó, para recargar la pistola y aún guardar algo para emergencias.
Las conversaciones giraron, poco a poco, hacia el futuro. El portavoz de los forasteros preguntó por las rutas seguras para llegar a la costa, por la situación de otros cuadrantes, por si había habido enfrentamientos recientes con saqueadores de Vallvidrera o rumores sobre asentamientos más al norte, cerca de Granollers.
Los rumores, como siempre, volaban: que una nueva facción armada había tomado posiciones cerca del monasterio de Montserrat; que un laboratorio oculto en la UPC seguía funcionando en secreto; que habían vuelto a verse trenes transportando mercancías —o cadáveres— entre Sant Adrià y Hospitalet. Ariadna sólo asentía, recordando que las mentiras y verdades se tejían más rápido que nunca y que, en ese mundo roto, la información era al menos tan valiosa como cualquier alimento.
Cuando el sol alcanzó el cenit y el mercado empezó a dispersarse, Ariadna recogió sus pertenencias. Había conseguido tres pastillas de antibiótico —más valiosas que el oro— y un puñado de semillas de tomate. La tarde prometía lluvia, así que apuró el camino a casa.
De regreso, vio cómo la milicia retiraba a dos cadáveres del final de la Rambla, cubiertos con lonas para evitar atención no deseada. Alguien había sido sorprendido por una patrulla, probablemente en busca de alimentos. El destino de los que osaban desafiar la ley de los cuadrantes era invariablemente la muerte.
En el portal, Julia la esperaba. Había bajado con Jordi, y ambos la miraron con una mezcla de alivio y ansiedad.
—¿Todo bien? —preguntó el chico.
Ariadna asintió y sonrió a su hija, a quien le entregó uno de los libros de tapas duras que había conseguido en el puesto de trueque: un ejemplar desgastado de “La ciudad de los prodigios”.
—Esta noche tendremos pan y contaré una historia, ¿vale? —susurró a la niña.
El crepúsculo caía sobre la ciudad. De lejos, llegaban ecos de música: un acordeón sonaba en algún piso alto de la Via Laietana. Los nuevos ejércitos, las milicias y las alianzas estaban lejos de ser una garantía de paz, pero, por primera vez en años, Ariadna pensó que existía algo parecido a un futuro. Los muertos perdían terreno y los vivos, por pequeños que fueran sus días, reconstruían la esperanza no sólo sobre los muros de neumáticos y maderas, sino también sobre los recuerdos y las nuevas historias que empezaban a contarse al borde de las hogueras. La reconstrucción no era solo una cuestión de supervivencia; era la voluntad pertinaz de volver a llamar hogar a los lugares donde el miedo había sido el huésped principal.
En la noche, cuando Julia dormía acurrucada, Ariadna hojeó el libro bajo la luz tenue de una lámpara de aceite. Oyó crujir la madera vieja de la finca y, en la distancia, el rumor de disparos eventuales, indicios de que el orden aún tenía que pelear cada metro. Del otro lado de la ventana, las estrellas brillaban con una intensidad desconocida en un mundo donde ya no existía contaminación lumínica ni fiestas electrónicas ni coches que llenaran la ciudad de ruido. Habían aprendido a leer el peligro en el silencio y la belleza en la oscuridad.
Y esa noche, en Barcelona, acompañada tan solo por el sonido de su propia respiración y el roce de las páginas gastadas, Ariadna se permitió, por primera vez en mucho tiempo, soñar con el día en que la vida no fuera únicamente una lucha, sino una celebración por haber resistido allí donde tantos otros habían sucumbido.
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