Fragmento:
La entrada al edificio era un hueco entre dos coches quemados y la marquesina de un supermercado saqueado hasta el polvo. El olor a humedad, moho y restos humanos era persistente. Dentro, el oscuro vestíbulo lo recibió con un silencio enrarecido. Subió rápido: los ascensores no funcionaban desde hacía años, y las escaleras resonaban a cada paso. En el segundo rellano, se detuvo en seco: marcas recientes en la pared —rayones hechos con cuchillo, un anuncio rudimentario, pasos de lodo— alguien había pasado por allí no hacía mucho. Ajustó su escopeta, tragó saliva y prosiguió, alerta.
Duración: 13:00
22 de enero de 2025
La niebla del invierno barcelonés envolvía las ruinas de la ciudad con un manto casi piadoso, tapando las cicatrices, amortiguando los murmullos de ese mundo en suspensión. No había amaneceres, ya casi nunca —apenas claridad densa filtrándose, a duras penas, a través de los huecos en las fachadas destruidas, del polvo que nunca terminaba de posarse, de los recuerdos. Barcelona, alguna vez bulliciosa, sofisticada, se había convertido en un páramo de espacios violentamente callados.
Venía desde el barrio de Gràcia, por senderos que existían solo en la memoria de los supervivientes. El Passeig de Sant Joan era una línea que bordeaba peligros invisibles y peligros evidentes: a la izquierda, lo que quedaba del viejo mercado, puesto tras puesto, ahora tapiados o convertidos en fortalezas improvisadas; a la derecha, las sombras, huecos por donde podrían asomar los brazos helados y rotos de algún zombi rezagado. Pero eso era cada vez más raro. Ahora era enero de 2025, y la mayoría de los muertos vagaban aglutinados en lo que había sido el centro —Plaza Cataluña, la Rambla, las ruinas humeantes de la Catedral— y a veces, guiados por instintos ya apenas comprensibles, se internaban en la red de pasadizos subterráneos del metro, de donde salían tan solo cazados por el hambre, o tal vez por un vestigio absurdo de hábito humano.
Marc avanzaba con pasos silenciosos, asegurándose de examinar cada esquina antes de cruzarla, la escopeta al pecho, el abrigo reforzado con placas de cuero y metal. Aprendió a sobrevivir en Barcelona no confiando en que el peligro hubiera pasado: aunque las aldeas y asentamientos rurales se volvían cada vez más seguros, las ciudades —y Barcelona en particular— seguían siendo focos de muerte y promesas rotas. Solo gente desesperada o muy competente se arriesgaba a acercarse.
Cada tanto, desde los callejones tras las luces mortecinas, asomaban ojos. Sirenas humanas, tan peligrosas como las hordas de zombis, aunque sus motivos eran más simples: hambre, venganza, rapiña. Ahora, la sociedad apenas se sostenía sobre costuras frágiles. Desde hace casi un año, el rumor era claro: en las comarcas del interior, la vida era posible, pero la aldea no bastaba. Hacía falta comercio, recuperación de recursos, y muchos de esos recursos seguían bajo los escombros de la antigua ciudad.
Por eso, Marc entró en Barcelona. Y no era el único. Grupos, caravanas armadas, patrullas mercenarias recorrían las avenidas, compitiendo con bandas de saqueadores, con milicianos que habían olvidado todo un código moral, con supervivientes tan endurecidos que el acto de compartir un mendrugo era tan raro como el oro. Pero él no venía en busca de metal, ni de electrónica, ni de medicinas. Era un encargo más sentimental, casi ridículo: recuperar los diarios, las fotos, la historia de una familia, para una de las recién fundadas "Nuevas Ciudades" entre Vic y Manresa. A cambio, comida y la promesa de un refugio estable.
Atravesó las puertas derruidas de Passeig de Gràcia. Sobre la calzada resquebrajada, entre coches abandonados ya devorados por el óxido y las llamas, asomaban esqueletos de árboles congelados. La Sagrada Familia, ahora torreón improvisado de algún grupo de milicianos de buen corazón o de mala entraña —Marc aún no sabía cuál— se recortaba al fondo, perpetuando esa ironía: la obra interminable, ahora aún más eterna, habitada no por fieles sino por generaciones de supervivientes aislados. El silencio no era total. Crujían los desperdicios bajo sus botas, un vidrio rotaba al paso del viento, una puerta —más allá, en Provença— se mecían en un ritmo monótono. Desde algún lugar llegó el eco de un disparo, breve, lejano, y luego todo volvió a su letargo.
El plan era simple: entrar por Provença, bordear la Sagrada Familia evitando las rutas más obvias y rápido, buscar el apartamento de la familia Ribó, revisar los pisos, rescatar los objetos señalados en la lista que llevaba en un papel ya arrugado y sucio, volver al punto de encuentro cerca de Plaça Lesseps. Si lograba salir antes del anochecer, tendría suerte. Si encontraba compañía hostil o una horda rezagada, tendría que correr. Si le mataban, una posibilidad muy real, lo único que quedaría sería su cadáver, otra memoria perdida engullida por la ciudad.
La entrada al edificio era un hueco entre dos coches quemados y la marquesina de un supermercado saqueado hasta el polvo. El olor a humedad, moho y restos humanos era persistente. Dentro, el oscuro vestíbulo lo recibió con un silencio enrarecido. Subió rápido: los ascensores no funcionaban desde hacía años, y las escaleras resonaban a cada paso. En el segundo rellano, se detuvo en seco: marcas recientes en la pared —rayones hechos con cuchillo, un anuncio rudimentario, pasos de lodo— alguien había pasado por allí no hacía mucho. Ajustó su escopeta, tragó saliva y prosiguió, alerta.
En el tercer piso, la puerta a medio abrir. Entró despacio, método aprendido tras demasiados encuentros fatales: primero el cañón, luego el cuerpo, luego la voz baja — "¿Hay alguien ahí?" — nunca la respuesta, pero quizás el aviso era suficiente para evitar un disparo a ciegas, harina de otro costal en estos años. Consultó la lista: sala de estar, fotos, un baúl con cartas, ropa de bebé de hacía décadas, papeles del abuelo con letra apretada y fechas al margen. Todo seguía allí: polvo sobre los marcos de fotos, manchas oscuras en el papel de las paredes, el retrato de una Barcelona joven, congelada años antes del desastre. Juntó las cosas en la mochila, envuelto en la urgencia de quien no quiere mirar más de la cuenta, de quien teme a la nostalgia casi tanto como a la muerte.
Al abandonar el piso, la fortuna —o la desgracia— le puso un obstáculo: una sombra humana al fondo del pasillo, flaca, con una pistola temblorosa, el rostro tapado por una bufanda sucia, ojos abiertos al rojo de la paranoia. Los encuentros eran como duelos de miradas: un leve movimiento, una torpeza, bastaba para que todo terminara en disparos.
—Solo busco recuerdos —dijo Marc, la voz seca, mostrando la mochila—. No tengo comida. No quiero problemas.
El otro, al principio tenso, bajó el arma lentamente. Era una mujer —lo vio al fin— tan joven como envejecida, dos o tres años menor que Marc, pero con las manos de quien ha peleado y huido por meses. Levantó los brazos a medias. Parecía esperar una transacción, un trueque de palabras, o quizás solo piedad.
—No hay mucho que buscar aquí —dijo ella, voz partida entre el cansancio y la ausencia—. No queda casi nada.
—¿Cuánto tiempo llevas? —preguntó él, sabiendo que quizá era peligroso romper el hielo así, pero tratando de recuperar algo de la antigua cortesía.
—¿Hoy? ¿O desde el inicio? —respondió, con una sonrisa amarga—. La semana. Antes, Sants, luego aquí. Todo es igual. Solo quedan los recuerdos. O las balas…
Se quedaron unos segundos en silencio, sopesando el peligro, sintiendo la presencia desapacible de la muerte en el aire, intangible pero habitual, como un miembro antiguo.
—Me voy —anunció ella. Bajó las escaleras. Y Marc supo que aún existía, de cuando en cuando, la posibilidad del encuentro sin sangre, incluso bajo la sombra persistente del derrumbe.
Fuera del edificio, la tarde caía. El cielo era una maraña de nubes color plomo, y las calles resplandecían con la humedad de viejos líquidos congelados. Siguió bordeando hacia el oeste, camino de Lesseps. El rugido de un motor, a lo lejos, hizo que corriera a refugiarse en el hueco de una panadería destrozada, observando con ansiedad. Una caravana motorizada —camioncillos, motos, dos furgonetas con guardias armados— atravesó la calle en dirección a Hospital Clínic. Las banderas improvisadas y la escolta sugerían que se trataba de una expedición organizada: probablemente una misión de recuperación de medicinas o recursos valiosos, el tipo de operación que había obligado a la cooperación a los señores de la guerra en los últimos meses. Era el rumor: en las rutas rurales la vida era posible pero frágil, y lo que podía salvar a diez, a cien, aún yacía oculto bajo el acero y los cadáveres de la metrópoli.
Con la mochila pesada en la espalda, Marc siguió su avance, mojado por una llovizna repentina y helada. Pensaba en nieve, en hambre, en aquellos que esperaban fuera de la ciudad, en los niños que no reconocían ya las palabras “metro” o “tibidabo” y para quienes Sagrada Familia solo era el nombre de una sombra lejana.
A mitad de camino, entre las calles adyacentes a Passeig Sant Joan, vio un espectáculo que le apretó el estómago: un pequeño improvisado mercado, ¡vivo! Apenas cinco o seis figuras intercambiando mantas, botellas de alcohol, alguna medicina rayada, piezas de metal. Una niña, con las mejillas casi congeladas y el cabello sucio, se reía mientras sostenía una lata de melocotón en almíbar. El padre —o quien hacía de padre— le sonreía con fatiga, vigilando los flancos. Había esperanza, pese a todo.
No se detuvo. Sabía que quien portaba recuerdos era tan rico como quien portaba oro. En el último año, la memoria se había vuelto una moneda, el pasado se intercambiaba por cuerpos de ayuda, por tranquilidad, por promesas de un futuro mejor. Y, sin embargo, pensar en el pasado era también una condena: la nostalgia, la conciencia de lo perdido, podía ser más letal que una mordedura.
Siguió avanzado. El último tramo, bordeando el monumento a Gaudí, pasó junto a los esqueletos de antiguos buses y un par de ruedas de bicicletas oxidadas. El parque que una vez bulló de turistas era ahora campo de pasto ralo, huellas recientes de zapatillas, probablemente de adolescentes criados ya en este infierno, convertidos en exploradores por necesidad, por deporte o por reto. Desde lejos, se escuchó un extraño canto: alguien entonaba versos en catalán, fragmentos de una canción pía, para conjurar el miedo o atraer compañía. Marc pensó en la familia Ribó, en las cartas viejas, en el poder de las historias para calmar a los niños. Miró hacia arriba; entre las nubes, una gaviota surcaba, señal de que en la costa todavía sobrevivía la pesca, de que la vida seguía encontrando rendijas para brotar.
Llegó al punto de encuentro sudado, nervioso. Un par de figuras aguardaban: Jaume, el líder de la expedición rural de la Nueva Ciudad de Collserola, y una compañera de pelo corto y manos gruesas, armada con una ballesta hecha con piezas de bicicleta. El saludo fue breve: comprobación de la carga, mirada fugaz de reconocimiento.
—¿Todo allí? —preguntó Jaume, con algo que era mitad respeto, mitad desafío.
—Todo —asintió Marc, mostrando las fotos, las cartas, la ropa antigua.
Intercambiaron mercancía: arroz precocido, analgésicos, pequeños sacos de semillas. El grupo se preparó para la retirada, siempre con un ojo a los tejados, a las sombras, escuchando el eco de los pasos, de los muertos y de los vivos, que a veces se confundían.
Mientras caminaban hacia la salida noreste de la ciudad, pasada la Plaza de Lesseps, Marc miró una última vez hacia atrás. De algún modo supo que estaba diciendo adiós no solo a la Barcelona que recordaba, sino también a la idea de que el pasado podía recuperarse del todo. Aquella ciudad caía, capa a capa, hacia otro ciclo; moría, sí, pero daba a luz historias, carencias, pactos inesperados.
El sol invernal se ahogaba tras el Tibidabo, y Marc pensó que quizás, algún día, la niebla se disiparía. Quizá las campanas de la Sagrada Familia sonarían otra vez. Pero, por ahora, la memoria era tanto un lastre como un salvavidas: lo único capaz de mantenerle humano, en un mundo que se obstinaba en olvidar lo que era la humanidad.
Por las calles de Barcelona, entre los huesos de la historia, un hombre cargaba recuerdos, como tantos otros, buscando sembrar una esperanza donde, hasta hace poco, solo crecía el miedo.
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