Fragmento:
Para entonces, la gran horda zombi apenas era una sombra. Los no-muertos, mayoría absoluta solo años antes, se movían lentos y dispersos, incapaces de montar un ataque coordinado; sus cuerpos, destrozados por el tiempo, la intemperie y nuestras defensas, rara vez suponían un verdadero peligro salvo cuando alguien se dejaba llevar por la imprudencia. Pero la infección seguía ahí, latente, esperando a los caídos, lista para devorar incluso a los confiados. Las historias transmitidas en la radio y los manuales aconsejaban no confiarse. “La plaga es paciente”, decían los veteranos. “Nosotros no podemos serlo”.
Duración: 12:02
15 de septiembre de 2027
Recordaré siempre esa mañana, porque olía a pan. Incluso en un mundo donde cualquier civilización parecía enterrada bajo capas de miedo y sangre, ese simple aroma –grano dorado tostado al fuego, apenas salino, un eco de lo que fuimos– podía hacerme detener el paso en mitad de la ronda de vigilancia. Aquella mañana, a mediados de septiembre de 2027, la brisa movía el olor desde el obrador improvisado de la plaza Catalunya hasta donde me asomaba, escopeta colgando a la espalda, sobre unas ruinas de hormigón que habían sido, antes, un Zara y un quiosco de flores.
Recuerdo todo. El miedo, la alerta, la tensión constante de no saber si entre los pocos vivos que quedábamos habría un traidor o, peor aún, un desesperado. Pero ese día era distinto. Por primera vez en meses, la ciudad amurallada de Barcelona, nuestra Nueva Barcelona, se preparaba para las ferias.
Fuimos muchos los que marchamos a las primeras luces del día, saliendo en grupos compactos y pesados, cada uno comandado por un responsable de milicia, armados con lo que quedaba de la fundición: rifles a cerrojo, pistolas viejas remendadas, y un arsenal artesanal de cuchillos, hachas, palos con puntas soldadas. Caminábamos bien vestidos para impresionar: ropas limpias, retales de colores llamativos, una mezcla imposible entre lo festivo y lo pragmático. El acto de vestirnos representaba, por sí solo, una rebelión frente al caos y la muerte. Nos convertía en algo nuevo, aunque no supiéramos todavía qué.
La ciudad se extendía bajo un cielo sin pájaros. Desde el mar, por la Barceloneta, llegaba la humedad, y un temblor de niebla cubría los edificios hasta mitad de altura. Allí donde la vida había sido bulliciosa –Plaça Reial, Ramblas, Passeig de Gràcia– ahora reinaba una calma vigilada, cargada de miradas y secretos. Quien me acompañaba, compañías de la resistencia y viejos compañeros del distrito de Sants, compartíamos esa extraña mezcla de nostalgia y miedo.
Para entonces, la gran horda zombi apenas era una sombra. Los no-muertos, mayoría absoluta solo años antes, se movían lentos y dispersos, incapaces de montar un ataque coordinado; sus cuerpos, destrozados por el tiempo, la intemperie y nuestras defensas, rara vez suponían un verdadero peligro salvo cuando alguien se dejaba llevar por la imprudencia. Pero la infección seguía ahí, latente, esperando a los caídos, lista para devorar incluso a los confiados. Las historias transmitidas en la radio y los manuales aconsejaban no confiarse. “La plaga es paciente”, decían los veteranos. “Nosotros no podemos serlo”.
La feria era, técnicamente, ilegal. La alianza regional tenía reglas sobre armar grandes aglomeraciones, temiendo ataques de los aún abundantes grupos saqueadores. Pero la necesidad de intercambiar bienes era más fuerte que el miedo. Los asentamientos de las afueras esperaban este día como una promesa, y los habitantes de la ciudad fortificada, tras años de miedo y encierro, lo asumían como un ritual colectivo.
En mi grupo iban Marta, exenfermera del Hospital Clínic que ahora destilaba alcohol (trago y desinfectante, igual de importantes), Julián, herrero y armero improvisado desde que las fundiciones volvieron a funcionar en Collblanc, e Isa, la mejor francotiradora del distrito de Gràcia pues ninguna bala se desperdiciaba en esos días. Las dos docenas restantes eran comerciantes, agricultores, recolectores, y algún “vigilante de las murallas”: todos, supervivientes.
Las calles hacían eco de nuestras pisadas. Bajamos por Balmes, aún con la polvareda de los trabajos de limpieza, cruzando barreras hechas de chatarra, malla metálica y barricadas donde se intercambiaban contraseñas en catalán o castellano. Nadie se movía sin verificar primero las marcas pintadas: un círculo blanco para zona segura, tres líneas para advertencia de zombis, la figura de un cuchillo si había saqueadores. Todo el lenguaje de una civilización forjada en la urgencia del fin.
Llegamos a la plaza de la Catedral. Allí se levantaban las paradas. Unas habían sido buses turísticos, ahora convertidos en mercados rodantes, otros puestos improvisados de mesa y tablón bajo techos de lona cosida con parches de banderas que alguna vez declararon naciones, o clubes de fútbol. En el centro, la estatua de Colón había desaparecido años antes –derribada para usar su bronce como fundición para herramientas y, cuenta la leyenda, porque hacía falta un símbolo que no señalara hacia ningún sitio, apenas la promesa de calles abiertas para comerciar.
La escena, para quien la viera con ojos de otro tiempo, parecería carnaval, un ecosistema de trueque y desconfianza: gente con baratijas, armas, pieles de conejo curtidas, medicinas, semillas; una pareja ofrecía cebada a cambio de munición, una anciana vendía oraciones y talismanes, porque la nueva religiosidad era tan poderosa como las balas. Todo el perímetro estaba fuertemente vigilado por las milicias conjuntas de Eixample y Sant Andreu, exmilitares y deportistas armados con escopetas recortadas y lanzas caseras. No había ley, pero sí orden, y bastaba un gesto torcido para acabar en el foso, sumando cadáveres a la empalizada de advertencia.
Mi tarea, ese día, era doble: ayudar a negociar con los representantes de los refugios rurales, y tomar nota de los encuentros con los otros dos enclaves grandes que habían renacido en la provincia, cercanos a Sabadell y Terrassa. Como portavoz de Nueva Barcelona –así nos hacíamos llamar ahora, porque “Barcelona” parecía una palabra demasiado grande para lo que quedaba– tenía que garantizar dos cosas: que nadie robara durante la feria, y que la lista de necesidades más urgentes (antibióticos, baterías, lámparas de alcohol) circulase entre los puestos “de confianza”.
La política de la ciudad era engañosamente simple: quien traía enemigos, moría. Quien traía zombis, era abandonado como cebo. Todos los demás tenían derecho a protección… al menos durante el día.
Los representantes de las aldeas rurales llegaron a pie y a caballo, algunos en camionetas, la mayoría armados, otros con carros tirados por burros. Trajeron cosechas escasas, piezas mecánicas, gallinas y cerdos negros. Los de Montcada presentaron barriles de vino avinagrado y bolsas de cebolla. Los de Olesa, costales de maíz y una docena de conejos vivos. Gente callada, mirada baja, curtidos del campo y la pérdida. La cortesía era gruesa, sincera. La vida dependía de tratos francos.
Escaneábamos caras, buscábamos amenazas. Un disparo podría provocar una matanza. El hambre, peor aun, la desconfianza, la muerte. Pero ese día, dentro del perímetro, reinaba un curioso sosiego: el peligro estaba fuera, tras los muros levantados con contenedores, en las avenidas barridas regularmente de zombis para que la vida pudiera, al menos unas horas, parecer normal.
Durante la tarde, recibí la visita de una delegación de Gràcia. Llevaban buena nueva: habían recuperado una pequeña imprenta y estaban produciendo manuales de agricultura, primeros auxilios y, lo último, un folleto de cuentos para niños. Me emocioné sin querer. Hacía años que no leía una historia en voz alta.
“Esto también es reconstrucción”, me dijo el impresor, un chico de veinte años, coleta y cicatriz tras la oreja. “O los niños solo crecerán entre balas”.
En ese momento pensé en mi hermana, muerta en la caída del Poblenou. Y en los niños de la ciudad, mucho más viejos en sus ojos que en su piel. Pensé si alguna vez tendrían algo más que elegir entre armas y palas.
Alrededor de la iglesia, la tarde avanzaba envuelta en densas nubes, el sol apenas un retazo pálido detrás del campanario. El olor a pan persistía: el puesto de la familia Ramírez lo repartía a cambio de semillas raras. Los niños corrían entre los puestos, protegidos por los francotiradores del tejado del Ayuntamiento.
Alguien empezó a improvisar música: unos golpes de tambor, una melodía en un acordeón tan astillado que sonaba como un llanto. Y la gente sonrió. Hasta las mujeres de la milicia, de brazos cruzados y miradas duras, se permitieron relajarse.
Pero nada bueno dura demasiado en nuestro mundo.
Al caer la tarde, un vigía descendió corriendo la calle de la Princesa. Venía con la cara cortada y la ropa ensangrentada. “¡Grupo de saqueadores!” gritó, y en segundos, el ambiente festivo se tensó como un cable a punto de romperse.
Los comerciantes comenzaron a recoger sus cosas, los responsables de seguridad ordenaron a los niños y ancianos resguardarse tras los muros interiores de la plaza. El líder de la milicia, un exboxeador de Matadepera de casi dos metros, se subió a una mesa y rugió: “No desperdiciéis la pólvora. Preparad las lanzas, defendemos el mercado”.
Me deslicé entre los puestos, buscando a mi grupo. Marta ya tenía el botiquín abierto, Julián repartía cuchillos, Isa cargaba los últimos cartuchos. Mi corazón bombeaba más furia que miedo: después de tanto, la posibilidad de perder el progreso ganado era insufrible.
En menos de diez minutos, los atacantes estaban a tiro. Eran unos quince, cruzando el Portal del Ángel con una mezcla de armas improvisadas y rifles de caza. Tenían hambre en los ojos, demasiada desesperación. Pero cometieron el error de subestimar la voluntad de la ciudad.
Nos parapetamos tras barricadas improvisadas; los francotiradores aguardaban. El primer disparo –cuyo eco rebotó hasta la Sagrada Família, aún en ruinas– marcó el inicio de una escaramuza breve, brutal y decidida. Hubo intercambio de tiros, gritos, carreras entre puestos volcados, y el olor amargo de la pólvora artesanal se sumó al del pan. Julián cayó, por una bala perdida; una ráfaga de gritos se precipitó hasta nuestra posición. Pero resistimos.
El tiroteo apenas duró quince minutos. Luego, los atacantes huyeron, dejando dos cuerpos atrás, y las milicias no persiguieron. “Demasiado cerca del anochecer”, susurró Isa. “Las puertas deben cerrarse. Los muertos aún andan ahí fuera”.
Contamos las bajas. Un muerto, tres heridos graves entre los nuestros. Algunas gallinas, un carro de hortalizas asolado. Nada irrecuperable. El mercado podía continuar, aunque la sombra de la violencia nos envolviera de nuevo.
Cuando el sol finalmente se ocultó tras las torres medio derruidas del Tibidabo, se acabó la feria. Todos, voluntarios y mercaderes, comerciantes y soldados, ayudaron a recoger. Cada bien, cada vida, era crucial. Salimos de la plaza en orden, mientras la luna se alzaba, silenciosa, y los centinelas volvieron a cargar sus armas. El peligro no se había ido. Existir era, todavía, un acto de resistencia.
Esa noche, escribí el registro en los libros que empezábamos a llevar. “15 de septiembre de 2027: Barcelona resiste, negocia, compone, sobrevive. El peligro es constante, pero la voluntad, más fuerte. Hubo trueque de conocimiento, bienes y palabras. Cayó uno de los nuestros. Los niños rieron, hubo pan. Mañana, regresaremos”.
Pienso entonces que sobrevivir es más que huir de los muertos. Es mirar a los vivos y decidir, con cada nuevo amanecer y cada feria improvisada, que existe algo digno de conservar, de proteger, de imaginar. Barcelona, entre las ruinas y cenizas, encarna esa esperanza.
Tal vez, en cien años, alguien lea estas líneas y sonría. O tal vez no. Pero mientras quede alguien para recordar, y para luchar, la ciudad todavía será nuestra. Aunque tengamos que inventarla, cada día de nuevo, entre las piedras y el polvo y las sombras de los que fuimos.
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