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Fragmento:


Pero esa mañana algo distinto surcaba el aire. Llevaban semanas esperando el aviso —ese destello específico de linterna, tres destellos rápidos y uno largo desde Montjuïc— que alertaba del paso de una horda cerca del puerto, un eco de alerta acordado entre asentamientos cuando las señales de humo ya no bastaban. Pero, al contrario, vio acercarse una figura a ras del suelo desde Passeig de Sant Joan, moviéndose a distintos ritmos.

Duración: 11:27

Las Columnas del Olvido
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Texto de ajuste de pausa.

28 de noviembre de 2025

La humedad del otoño barcelonés pesaba sobre los muros lavados de grafitis y el acero oxidado de los portones. Donde una vez sonaron cánticos, aplausos y protestas, apenas quedaban ecos arrastrados por el viento entre las avenidas vacías. La ciudad mantenía la carcasa de su antigua gloria, pero era un esqueleto de lo que fue, aferrándose a la nueva vida a base de clavos, barricadas y vigilias constantes. Susurros de supervivencia serpenteaban entre las sombras de la Plaça Catalunya, repleta ahora de bloqueos improvisados, montones de sacos terreros y miradores elevados. Era aquí donde Julia encaramaba su puesto cada madrugada para recibir con la escopeta a quien fuera lo bastante insensato como para atravesar el Passeig de Gràcia cuando caía la niebla y la amenaza del hambre acechaba más que la de los zombis.

En el último año, las cosas habían cambiado de forma irreversible. La expansión de asentamientos fortificados y los códigos de señales entre barrios habían generado una red de resistencia compacta, más eficaz contra las hordas que la antigua policía jamás podría haber soñado. Pero las grietas no sólo estaban en el asfalto, sino también en la comunidad de los vivos: como solía decir Óscar, su compañero en el turno del amanecer, "ahora el verdadero peligro viene de los que hablan, no de los que gruñen". Que lo dijera él, un mosso retirado de cuarenta y algo, curtido en disturbios y repliegues, tenía mucho peso.

El recuerdo de lo que fue Barcelona seguía latiendo en cada rincón, aunque distorsionado y trémulo. El somborno de la Diagonal, desierto y mojado por la llovizna, ofrecía una visión espectral de antaño: la silueta inútil de los tranvías inmóviles, y más allá, la visión distante de la Sagrada Família cubierta de andamios ennegrecidos por el fuego. Entre las torres, ahora vivían colonias de cuervos, más voraces que cualquier bandada de zombis. Julia los odiaba; le recordaban la primera vez que tuvo que quitar un nido de cadáveres de un campanario, por orden del comité de defensa del asentamiento.

Pero esa mañana algo distinto surcaba el aire. Llevaban semanas esperando el aviso —ese destello específico de linterna, tres destellos rápidos y uno largo desde Montjuïc— que alertaba del paso de una horda cerca del puerto, un eco de alerta acordado entre asentamientos cuando las señales de humo ya no bastaban. Pero, al contrario, vio acercarse una figura a ras del suelo desde Passeig de Sant Joan, moviéndose a distintos ritmos.

Julia sintió el reflejo nervioso de sus músculos; se tensó y miró a Óscar, quien examinaba el telescopio artesanal clavado en el techo del antiguo quiosco, modificado como nido de ametralladora. Él asintió con un gesto breve:

—Uno solo. Limpio —dijo, y Julia salió en cuclillas, escopeta en mano y linterna envuelta en tela negra, para evitar llamar a los saqueadores.

La figura resultó ser un joven, con ropas demasiado grandes y un palo afilado como lanza. Andrajoso, pero carente de las manchas inconfundibles de putrefacción. Al verlo, Julia entonces hizo la señal: dos silbidos cortos, para mostrar que había avistado a alguien “posiblemente vivo”.

—¿De dónde vienes? —preguntó, sin enfundar el arma.

El joven levantó las manos, temblando:

—Caravanas… del Llobregat… Busco la feria del Born. Me atacaron, me separé del grupo.

Óscar le lanzó una cuerda de soga desde su posición, obligándole a sujetarse a la barandilla y levantar bien las mangas: todo protocolo para ver si tenía mordidas o rasguños recientes. Solo una cicatriz por quemadura. Le dejaron pasar, escoltándole entre dos personas más; no era la primera vez que un grupo de saqueadores enviaba un cebo para después atacar la guarnición, pero la escasez extrema de alimentos y suministros había empujado a repensar cada encuentro.

Mientras guiaban al muchacho hasta el interior de la estación abandonada de Renfe, Julia olió a humedad rancia y desinfectante. Esas viejas salas habían sido convertidas en el núcleo del asentamiento: puestos de intercambio, enfermería, cocinas y algo parecido a una plaza mayor, todo bajo la luz mortecina de lámparas de aceite. El joven balbuceó que era hijo de comerciantes de la feria rodante del Born —un experimento posapocalíptico hecho mercado medieval, protegido por acuerdos armados— y que habían sido emboscados por nómadas en la meridiana.

—¿Has confirmado que los bandidos no venían con zombis? —le preguntó el jefe de guardia mientras lo registraban.

—Lo intentan poco últimamente, ahora que los muertos de ciudad apenas caminan… pero hace dos lunas usaron una manada como pantalla. Sacrificaron animales para atraerlos y avanzaron tras la horda, cubriéndose.

Julia sintió el escalofrío de siempre. La inteligencia humana, torcida por la necesidad, era peor que cualquier epidemia biológica: los zombis al menos respondían a patrones que podían vigilarse desde la torre de la UPC, donde un contingente de vigías mantenía los mapas actualizados. En cambio, un saqueador disfrazado de mendigo podía entrar en la seguridad del asentamiento, y una sola traición bastaba para que cayera una columna entera.

En ese contexto, el sistema de señales entre asentamientos —creado hacía solo unos meses— era tanto salvavidas como potencial fuente de paranoia. Los rumores de alianzas rotas o traicionadas eran moneda corriente. A dos días en caravana hacia el norte, Badalona había sufrido una masacre por confiar en una señal falsa, y los supervivientes habían huido nada más ver el patrón de luces equivocado. Por eso, cuando esa noche, desde la cúpula grieteada del Palau de la Música, vieron luces no registradas en el código, todo el asentamiento se replegó hacia el centro.

Julia, armada y ceñida a un abrigo viejo, tomó posición junto a Óscar. El consejo de barrio —formado por los pocos antiguos concejales, dos maestros, una ingeniera y un mercenario portugués— se reunió debajo de un cartel de “Metro Universitat”, apenas visible tras capas de mugre y polvo. El jefe de guardia explicó la situación:

—Una caravana comercial partió hace tres días del Born. No se ha reportado. El chaval de la Meridiana puede ser legítimo, pero las señales de anoche no son nuestras. Podría ser un cebo.

Un murmullo de temor recorrió la sala.

La comunicación era su mayor arma, y ambas partes lo sabían. Las viejas radios rescatadas de la policía servían para alertar a otros asentamientos, aunque no todos escuchaban la misma frecuencia. Cuando una señal no coincidía con los códigos, solo había dos opciones: huir o prepararse para la guerra.

Óscar movió los brazos, entumecido por la edad y las viejas cicatrices.

—Antes tenían miedo de la Rambla, ahora es solo línea de frente entre saboteadores y comerciantes. Esta vez no pintan zombis, pintan hambre... Y pueblo muerto de hambre hace más daño que cien infectados.

Esa noche, la tensión se palpaba como una niebla ácida. Los sentinelas redoblaron la vigilancia; se abrieron los escondites de las reservas, entregando a cada familia una única ración extra de lentejas y conservas. Los niños, a quienes la realidad les parecía más cuento que pesadilla, trepaban por las literas murmurando historias de las "Columnas del Olvido", esas calles donde ni los zombis ni los humanos se atrevían a entrar por miedo a las almas hambrientas.

El joven de la caravana, llamado Pol, no tardó en adaptarse al alboroto: servía comida, cargaba sacos y respondía a las preguntas con más memoria que emoción. Julia notó que apenas hablaba de sus padres, ni siquiera de su hermana menor. Fue durante una pausa en la ronda, cuando divisó las luces del hospital del Mar reflejadas sobre la lluvia, que Pol le confesó:

—Solía dibujar animales en la arena, allí donde ahora solo hay huesos.

Julia nunca supo qué responder a confesiones así. Sufría desde el día en que comprendió que sus recuerdos estaban desapareciendo, tragados por la necesidad diaria de sobrevivir. Aquella Barcelona de mosaicos de Gaudí, de gritos en el Camp Nou y verbenas de Sant Joan, parecía un mito inventado para templar el ánimo de los niños. Quizá, pensaba, no era tan diferente de aquella ciudad antigua sobre la que los historiadores escritos a mano hablaban: una urbe que se sabía condenada y aun así luchaba por dejar marcas en la piedra.

Dos madrugadas después, las señales volvieron a parpadear desde Montjuïc, esa vez siguiendo exactamente el protocolo acordado: cinco centelleos, pausa de diez segundos y uno más largo. Era la advertencia para preparar el pasaje rápido hacia los túneles de la Diagonal, refugio último en caso de ataque.

Pero cuando Julia y la guardia de avanzada se aproximaron a la plaza que antaño fue el corazón palpitante de Catalunya, no encontraron ni rastro de horda, ni de zombis lerdos ni de bandas desesperadas. Solo a una mujer mayor esperando en lo alto de un camión, que portaba un estandarte improvizado con el símbolo de la cooperativa de Sant Andreu: una mano abierta y un diente de león.

—Venimos por la asamblea —fue todo lo que dijo, y su voz, dura como el mármol, despertó la esperanza adormecida de Julia.

Tardaron horas en convencer a los más escépticos de que era segura la reunión. Vinieron de Horta, de Sants y del Poble-sec, cada uno trayendo sus propios miedos y miserias. El hospital militar improvisado en la antigua Estació de França envió un médico porque las epidemias de disentería eran más temidas que las mordeduras ya. Cuando Julia cruzó el umbral de la plaza fortificada y vio la amalgama de facciones —milicias campesinas, comerciantes del Born, escuadrones de antiguas bandas reconvertidas a protección de caravanas— supo que había llegado el momento de la verdad: establecer, por primera vez, un código de señales único y un sistema de socorro mutuo efectivo para todos los asentamientos de la región.

En una sesión interminable, ahogada por las linternas humeantes y los gritos de los delegados, se tejieron alianzas improbables. El consejo aprobó la creación de un cuerpo de vigías supracomunitario, con base en la vieja torre de Collserola, y la transmisión de señales codificadas mediante espejos por el día y fuegos controlados por la noche. Decidieron, también, castigar con el destierro a quienes propagaran señales falsas, y abrir nuevas rutas seguras entre ese invierno y la primavera.

Julia participó en las charlas, tomó nota y, sobre todo, escuchó. En un descanso, se topó con Pol arrodillado a la sombra de la boca de metro, garabateando en el polvo.

—¿Qué dibujas? —le preguntó.

Él levantó el polvo y mostró las líneas torpes de un edificio con torres puntiagudas y cuerpos minúsculos danzando sobre la plaza.

—La feria de Sant Joan. ¿Crees que, algún día, habrán fiestas otra vez?

Julia pensó en las nuevas generaciones, en los niños que nunca pisaron un parque sin barreras, en las viejas canciones que se negaban a olvidar. Sonrió con tristeza.

—Solo si logramos que nadie aquí olvide las señales —le respondió—. Incluso cuando los zombis sean historia, todavía nos hará falta saber cuándo es seguro caminar juntos.

Esa noche, cuando la reunión culminó, el estallido de fuegos artificiales sobre la Sagrada Família significó más que la simple advertencia. Fue un gesto de vida, un desafío contra el olvido. Por toda la ciudad, las “Columnas del Olvido” recuperaron su nombre: barrios donde los vivos volvieron a contactar, a intercambiar bienes y protegerse juntos. Julia, con las lágrimas casi secas y la escopeta apoyada, juró no olvidar nunca el código nacido esa noche, ni la promesa de reconstruir un lugar donde, algún día, las generaciones futuras pudieran volver a llamarse “barcelonesas”.

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