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Portada del relato Ecos entre las ruinas: arcos en la ciudad eterna
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Fragmento:


—No lo sé. —Brandán movió la vista hacia el mar, la línea turbia de horizontes invisibles—. Prefiero estar preparado. Dicen que una de las rutas principales está siendo acosada de nuevo por saqueadores con lanzas y piezas robadas de coches. Esta vez, si disparan a distancia, responderemos desde arriba.

Duración: 10:13

Ecos entre las ruinas: arcos en la ciudad eterna
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Texto de ajuste de pausa.

14 de septiembre de 2028

Brandán nunca habría imaginado que casi una década después de la caída, lo único que sabría tan profundamente como el castellano fuera el susurro de una cuerda de arco tensándose bajo sus dedos. El otoño ese año amaneció frío y atípicamente seco. Desde la terraza del viejo conservatorio en el Raval, podía ver fragmentos de la ciudad reconstruida: parques convertidos en campos de cultivo, azoteas colonizadas por cabras pequeñas, y la gran muralla de madera y metal oxidado que ceñía el perímetro del refugio.

A lo lejos, el inconfundible perfil de la Sagrada Familia asomaba entre techos de uralita y bloques ennegrecidos. Nadie vivía ya en los pisos superiores; el miedo a que algún zombi retenido en un hueco olvidado se descolgara, o a una incursión nocturna de bandidos, sólo era inferior al terror de los incendios. Diez años en ruinas no bastaban para apagar la tensión, aunque los verdaderos peligros parecían haberse transformado. Ahora, el principal enemigo era el hombre.

Brandán se situó junto al parapeto, acariciando las plumas de su flecha favorita. Había caído un cuervo esa mañana; no por hambre, sino por necesidad de práctica. Los arcos eran la nueva nobleza bélica de las murallas barcelonesas. Las armas de fuego, licor de los dioses en tiempos de guerra, eran artefactos caros y peligrosos: requerían pólvora rara, tallados laboriosos y un mantenimiento casi de religión. Pero el arco… el arco era artesanía y voluntad.

Detrás de él, Rosa terminaba de limpiar la cuerda de cáñamo con un trapo empapado en grasa de oveja. Tenía quince años y dominaba el tiro más que casi cualquier adulto. Había nacido al comienzo del desastre y el recuerdo del mundo antiguo le llegaba apenas en cuentos.

—Esta noche toca guardia en el muro sur —murmuró Brandán, sabiendo que ella lo escucharía incluso entre el tañido distante de campanas improvisadas—. No sabemos si la caravana del Maresme llegará a tiempo.

Rosa levantó el arco recién encerado y lo midió con ojo clínico.

—¿Crees que será necesario usar las flechas de punta de metal? Las últimas veces solo hemos visto perros y algún demente.

—No lo sé. —Brandán movió la vista hacia el mar, la línea turbia de horizontes invisibles—. Prefiero estar preparado. Dicen que una de las rutas principales está siendo acosada de nuevo por saqueadores con lanzas y piezas robadas de coches. Esta vez, si disparan a distancia, responderemos desde arriba.

Hablaron poco durante el resto de la tarde. Ambos entendían que en las horas previas a la guardia, el silencio era como una oración. Prepararon el carcaj cuidadosamente: flechas con puntas endurecidas al fuego, otras con cuchillas recicladas de tenedores viejos, algunas recubiertas de tela para incendiarse al contacto. Los arcos de olmo, tallados por el propio Brandán y elancados con tendones de animales, eran un símbolo casi espiritual para la pequeña comunidad resistiendo entre los bloques de hormigón y las callejuelas góticas.

Al caer el sol, el grupo de guardia se reunió en la torre de la plaza Universitat: siete arqueros, un niño con hondas, y la anciana Mercedes, la única que todavía se atrevía a dormir junto a la radio, por si la señal de algún aliado perdido cruzaba el aire. El plan era claro: vigilar desde las almenas los movimientos en torno al Portal de Sant Antoni, hacia Montjuïc y Paral·lel, la antigua arteria ahora marcada por barricadas de vehículos herrumbrosos.

Las calles de Barcelona, lavadas por lluvias y años de abandono, olían a tierra y desinfectante. Por la noche, la humedad subía embalando las piedras, cubriéndolas de musgo y silbidos. Desde las alturas, el silencio sólo era roto por el chillido de las palomas y el crujido ocasional de las propias maderas de la muralla.

A las once, cuando la luna apenas asomaba, Brandán notó el destello de algo moviéndose entre los solares desolados del Raval Sur. Alzó la mano y todos en la muralla se tensaron. Rosa, a su derecha, giró el cuerpo insectilmente y encastró una flecha, ya lista.

—¿Cuántos? —susurró la anciana Mercedes desde la radio.

—Tres sombras —respondió Brandán—. Podrían ser perros. O algo peor.

Los binoculares reciclados pasaron de mano en mano. Efectivamente, tres figuras se deslizaban de sombra en sombra, bordeando edificios calcinados. No caminaban como zombis: iban agachados, armados con lanzas largas y mochilas que chasqueaban al andar.

Saqueadores.

Rosa no preguntó permiso. El arco ya estaba tensado. Mercedes musitó una vieja oración que se mezcló con el ruido seco del disparo. La flecha cruzó el aire con un zumbido imposible en el silencio, clavándose contra el suelo justo delante del primero de los merodeadores.

—¡Marchaos o la próxima irá al corazón! —gritó Brandán, su catalán endurecido por el miedo.

Los saqueadores se detuvieron. Uno, el más alto, se inclinó sobre la flecha encajada entre las baldosas. Rió, o eso pareció, y levantó la lanza en gesto amenazante.

El segundo disparo, más rápido, fue obra de Rosa. Bastaba con ver el destello en sus ojos para saber que no vacilaría: aún no había matado a un humano, pero todos sabían que ese día llegaría.

El saqueador levantó sus brazos y gritó algo ininteligible mientras la flecha le rozaba la oreja. Siguió corriendo, pero más hacia los lados, buscando cobertura.

Entonces, vino la respuesta. Dos lanzas improvisadas, proyectiles toscos con pinchos de bicicleta, volaron hacia la muralla. No tenían precisión ni potencia, pero el mensaje era claro: sería una noche larga.

Brandán miró a los otros cinco arqueros; asintieron en silenciosa camaradería. Todos sabían lo que estaba en juego: la caravana del Maresme debía atravesar Barcelona sin ser diezmada. Traía sal, herramientas, pilas solares, semillas. Si era necesario defenderla a flechazos, lo harían.

El combate nocturno en Barcelona no tenía nada de grandioso. Era esperar, acechar, confiar en que la oscuridad era tan temible para el enemigo como para el amigo. Mercedes, con su radio, intentaba captar mensajes del convoy. Las horas se arrastraron, entre disparos secos, amenazas y uno que otro proyectil improvisado que caía inútilmente bajo la muralla.

A las dos de la mañana, un silbato corto y agudo se escuchó desde el puente improvisado sobre Gran Via. Era la señal: la caravana se acercaba. Bajo el abrigo de sombras, avanzaban mulas con ojos desorbitados, hombres y mujeres fatigados, niños escondidos bajo mantas de loneta. Los arqueros de la muralla no parpadeaban: el enemigo acechaba en la distancia, aguardando el descuido.

En el último instante, uno de los saqueadores rompió la cobertura y lanzó un cóctel incendiario. La botella se rompió contra los adoquines y una lengua de fuego reptó hacia la entrada principal, iluminando rostros, sombras y terrores.

Rosa fue la primera en responder. Una flecha, envuelta en trozos de trapo ya encendidos, voló hacia el lugar de donde había salido el ataque. Por un instante, la luz reveló al agresor: era joven, con barba irregular y ojos vacíos. Cuando el fuego rodeó su escondite, se oyó un grito, luego el crepitar de ropa.

Brandán disparó contra una silueta que intentaba avanzar hacia la caravana. Su flecha hizo blanco en el pómulo y el asaltante cayó cuan largo era. Las mulas, asustadas, comenzaron a trotar. Hombres y mujeres corrieron tras ellas, pero un niño tropezó, quedando a merced de las lanzas enemigas.

Era entonces, en esos segundos súbitos, donde el arte del arco se convertía en diferencia entre vida y muerte. Rosa, con la serenidad de quien sólo ha conocido el caos, apuntó desde el parapeto y disparó. La flecha atravesó el aire, chocó justo en la pantorrilla del enemigo que se abalanzaba sobre el niño y lo derribó como a un animal herido. El chico se puso en pie y corrió hacia la seguridad de la muralla.

—¡Subidlos todos! —ordenó Mercedes, con voz de capataz y madre a la vez.

Los defensores montaron cuerdas, bajaron escaleras. Tres arqueros cubrieron el perímetro, disparando hacia las sombras. Los saqueadores, viéndose rechazados, lanzaron gritos furiosos y se perdieron entre los setos de lo que antaño fue la avenida del Paral·lel.

Para el amanecer, la muralla entera olía a sudor, madera, sangre y cenizas. Se hacía balance en susurros: una herida superficial, dos mulas desaparecidas, el botín a salvo. La caravana había sobrevivido. Y, a costa de unas docenas de flechas, el asentamiento también.

Brandán y Rosa descansaron sentados en la azotea, mirando el puerto dorarse en la primera luz del día. Los edificios hacían capas de memoria: bajo cada piedra y grafiti, había recuerdos de una ciudad festiva y bulliciosa, ahora refugio y trinchera. Rosa, pese a su juventud, tensó el arco al vacío una vez más, quizás para aferrar el hábito.

—¿Crees que algún día volveremos a bajar la guardia? —preguntó, acomodando el carcaj en la espalda.

—Quizá nunca —replicó Brandán—. Pero mientras tengamos flechas, tendremos esperanza.

El niño rescatado jugaba ahora cerca del campamento, armado con un palo que empuñaba como si fuera una lanza. Mercedes se acercó y depositó en sus manos una flecha rota, sin punta, el primer trofeo de una vida donde el arco era ley y escudo.

Así, al despuntar otro día incierto en Barcelona, quedó grabada una lección simple: mientras la civilización alzase muros y arcos en defensa de lo que amaba, aún no estaba perdida. Por las calles de El Born, la Rambla y Gràcia, donde antes corría la sangre de turistas y vendedores ambulantes, ahora la esperanza viajaba en silencio, oculta en las sombras de cada nueva flecha, resonando entre los ecos de una ciudad que, aún herida, no se rendía.

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