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Portada del relato El eco de un mundo roto
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Fragmento:


Subió silencioso la escalera caracol hasta el vestíbulo. Antes, aquel edificio rebosaba de vida: risas estudiantiles, viejos humeando en las escaleras, vecinos tocando la guitarra por la ventana. Ahora, solo un eco, un olor rancio, moscas revoloteando sobre charcos secos junto a la entrada. Adrià respiró hondo, empujó la puerta y se escurrió por la ranura, agradeciendo que la cortina de lluvia ocultara su silueta.

Duración: 11:02

El eco de un mundo roto
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Texto de ajuste de pausa.

16 de diciembre de 2020

Llovía en Barcelona, fina y constante, mezclando la húmeda neblina del invierno mediterráneo con el humo persistente que escapaba de montones de escombros humeantes. Hacía ya meses que el corazón de la ciudad no latía como antes; por la Rambla solo transitaba el viento, agitando papeles arrugados, botellas vacías y restos de prendas desgarradas, como fantasmas de un pasado demasiado cercano. Nadie cantaba en la Plaça Reial, ningún eco de guitarras ni risas flotaba entre los arcos. En el asfalto, manchas oscuras recordaban choques recientes, carreras, peleas, huidas. Pero bajo la lluvia, esos recuerdos casi parecían ser borrados, como si la ciudad, derrotada, suplicara por olvidar.

Adrià observaba desde la ventana entornada del tercer piso de un edificio en la calle Tallers, encogido bajo una manta hecha jirones, sintiendo el frío del mármol calar sus huesos, mientras buscaba movimiento en las ruinas del MACBA. Un pequeño grupo de zombis, inmóviles, se acurrucaban en la esquina opuesta de la plaza. El invierno había vuelto letárgicos a muchos de ellos, pero seguían allí, bloqueando rutas y acechando a los despistados. Había conocido ese lugar como refugio de skaters y turistas, y ahora era solo un cementerio abierto.

El estómago de Adrià rugió, demandando un desayuno que ya no existía. Solo le quedaban tres latas de garbanzos en la mochila y media barra de pan duro hallada el día anterior en una pastelería saqueada de la calle Petritxol. Relamió las migajas, intentando alargar el sabor, pero la ansiedad iba más allá del hambre: era la certeza de estar fallando. Se suponía que debía tener provisiones para varios, no solo para sí mismo; allá abajo, entre las sombras del sótano, lo esperaban Nuria, su hermana menor, y Cesc, el viejo electricista que los había acogido cuando huyeron del Poble-sec tras la caída del mercado de Sant Antoni.

Miró su reloj roto, inútil ya en una ciudad sin tiempo, y calculó: si salía antes del mediodía, podría llegar al almacén de Gran Via antes de que los zombis se activaran con el atardecer; regresar, sin embargo, era otra historia. Se puso la chaqueta, ajustó la bufanda (el regalo de la abuela, que aún olía a colonia), y comprobó la navaja atada al muslo con esparadrapo. Suspiró. Se acercó a la trampilla del sótano, golpeó dos veces suavemente.

“Voy a salir. No abráis por nada”, murmuró, sabiendo que tal vez no le oían, o que fingían no hacerlo para no aumentar la ansiedad.

Subió silencioso la escalera caracol hasta el vestíbulo. Antes, aquel edificio rebosaba de vida: risas estudiantiles, viejos humeando en las escaleras, vecinos tocando la guitarra por la ventana. Ahora, solo un eco, un olor rancio, moscas revoloteando sobre charcos secos junto a la entrada. Adrià respiró hondo, empujó la puerta y se escurrió por la ranura, agradeciendo que la cortina de lluvia ocultara su silueta.

Las calles estaban desiertas, los balcones caídos, los árboles de la Rambla congelados en una pose de muerte. Caminó pegado a la pared. A lo lejos, un gemido, un arrastre, la sombra de un ser encorvado que vagaba despistado a la altura del Liceu. Adrià se ocultó tras la marquesina de un quiosco destrozado; el zombi pasó de largo. Con los meses, había aprendido que el frío no solo ralentizaba a los muertos: también embotaba sus sentidos. Muchos caían dormidos o simplemente se quedaban quietos durante días. Otros deambulaban, carne congelada, hasta que encontraban algo fresco.

El trayecto hacia Gran Via fue un ejercicio de memoria y tensión. Saltó los charcos, evitó bares saqueados y droguerías que habían sido defendidas a tiro limpio. Recordó, bordando la plaza Universitat, las primeras semanas de la crisis, cuando aún creían que era COVID, cuando los hospitales se llenaban y los vivos aún intentaban rescatar a los caídos. Ahora, el hospital Clínic era solo un bloque de ventanas rotas, con ambulancias volcadas y manchas negras por doquier.

Al doblar en Diputació, divisó el almacén. Parecía intacto desde lejos, gracias a las verjas y sacos de arena que los supervivientes habían apilado cuando aún intentaban resistir en grupo. Sabía que dentro, los riesgos eran otros: ratas, perros, incluso otros humanos. La semana pasada, un grupo de saqueadores estuvo rondando la zona; Adrià temía cruzárselos, sabia que los humanos, hambrientos y armados, eran tan peligrosos como los muertos.

Bordeó el edificio hasta encontrar el postigo protegido por una plancha de madera. Escuchó, atento: solo lluvia, viento, un latido lejano que podía ser suyo o de la propia ciudad. Empujó, entró.

Oscuridad. El olor a moho y aceite rancio le golpeó. Encendió la linterna de mano por apenas dos segundos: vio estanterías medio vacías, cajas aplastadas y huellas humanas recientes en el polvo. Se acercó a la sección de conservas. Su corazón se disparó al hallar cinco latas de tomate, dos de atún y hasta media bolsa de arroz partido. “Esto puede alimentar a los tres por varios días”, pensó, aliviado. Metió las latas y el arroz en la mochila, y se agachó a mirar en busca de algo más. Un crujido atrás le dejó helado.

Contuvo el aliento; entre las sombras, una figura se alzó, delgada, encapuchada, sosteniendo un palo de escoba afilado. Adrià levantó las manos, mostrando que no era una amenaza.

—No quiero problemas, solo comida —susurró.

El otro no contestó inmediatamente, mantuvo el palo levantado unos segundos, luego bajó la guardia.

—Tampoco busco pelea —susurró una voz femenina, —pero la próxima vez, date a notar antes de entrar.

La desconocida avanzó. Era una muchacha joven, unos veintipocos, ojerosa, con las uñas negras de mugre y el abrigo raído. Miró la mochila de Adrià, hizo un gesto de resignación y murmuró:

—Si tienes niños, coge lo que necesites. Pero si no, compártelo.

—Mi hermana tiene doce, está enferma —mintió a medias, pues Nuria apenas tosía, pero ya nadie confiaba en la salud—. ¿Y tú?

La muchacha vaciló, contemplando la puerta con desconfianza.

—Estoy sola. Pero no voy a durar mucho si no como.

Hubo un silencio. Afuera, una ráfaga de viento golpeó la chapa y ambos se sobresaltaron. Adrià partió en dos la bolsa de arroz y le tendió la mitad.

—Toma. Lo que pueda ayudar.

Ella dudó. Finalmente aceptó, los ojos vidriosos. Bajó el palo y suspiró.

—Soy Paula. Antes de esto pintaba murales en Raval. Ahora pinto puertas cerradas.

—Adrià. Vivía en Les Corts, pero todo cayó hace meses.

No hubo tiempo para más; un golpe seco retumbó en la entrada, seguido de gemidos. Paula tragó saliva, le indicó a Adrià un escondite tras los barriles de aceite. Se agacharon, agazapados. A través de una grieta, vieron cómo dos zombis tambaleantes golpeaban la puerta, atraídos por el olfato o el eco de las voces. El primero, con bata de hospital, arrastraba una pierna. El otro, una señora mayor aún con la bufanda de un club de fútbol, miraba con ojos huecos. La madera resistió, y pronto el frío los hizo detenerse y quedarse quietos, como estatuas terroríficas. Paula se mordió la lengua, conteniendo el llanto.

—Antes de esto, la ciudad nunca dormía —susurró.

—Ahora solo duerme —respondió Adrià.

Esperaron una hora hasta que los zombis, exhaustos, se fueron arrastrando bajo la lluvia. Salieron del escondite flotando entre el miedo y la adrenalina. Paula se frotó los brazos.

—¿Hacia dónde vas? —preguntó ella.

—A la calle Tallers. Refugio. Hay sitio, pero debemos llegar antes de que caiga la noche.

Ella asintió. Juntos, se escabulleron, cruzando Gran Via en zigzag. Barcelona, desierta y desfigurada, era un laberinto de peligro y oportunidades: en cada callejón podía aguardarte una muerte rápida… o una segunda oportunidad.

Mientras avanzaban, Paula compartió su historia. Perdida su familia, no se atrevía a buscar a sus padres en Nou Barris, zona que, decían, era un infierno de hordas. Subsistía gracias a una red de mujeres que se ayudaban, pero muchas cayeron o huyeron. Adrià le propuso quedarse con ellos un tiempo. Al principio dudó, pero el frío y el hambre inclinaron su decisión.

Juntos bordearon el CCCB, saltaron sobre contenedores humeantes y se ocultaron en la esquina de Pelai. El tiempo parecía haberse detenido: allí donde Adrià había tomado cañas con sus compañeros de facultad, ahora sólo resonaban los graznidos de las gaviotas, atraídas por la carroña y la basura.

Llegaron al edificio justo antes de que anocheciera completamente. Entraron en silencio, Adrià dando el código de golpes en la trampilla: tres cortos, uno largo. Nuria abrió; sus ojos grandes se iluminaron al ver la comida, pero se encendieron de sorpresa al ver a Paula.

—Es amiga. Viene a ayudarnos —aclaró Adrià, nervioso.

En el pequeño refugio, bajo la luz mortecina de una lámpara a pilas, compartieron la cena más abundante en semanas: pan duro, arroz, un poco de atún y agua hervida. Hablaron poco; el miedo aún presidía la mesa, el recuerdo de otros conocidos, otros intentos de generosidad que terminaron mal.

Pero aquel 16 de diciembre fue distinto. Afuera, la lluvia golpeaba con furia, arrastrando el olor de los muertos. Adentro, cuatro vivos respiraban juntos, y por primera vez en mucho tiempo, Adrià sintió que Barcelona podría tener futuro, aunque reducida a cenizas y pesadillas. Paula prometió enseñarles a identificar plantas comestibles en los patios abandonados, Cesc habló de reparar un viejo generador que había hallado en los bajos de la universidad.

Mientras Nuria dormía acurrucada, Adrià salió al rellano y miró la ciudad: por la ventana sólo se intuía la Sagrada Familia, recortada contra el cielo plomizo, y más lejos, el mar, invisible detrás de la neblina. Se prometió resistir: un día más, otra noche, hasta que el invierno fuera vencido por la primavera, hasta que la humanidad —aunque rota, aunque hambrienta— se atreviera de nuevo a caminar por la Rambla sin miedo.

En la Barcelona destruida, donde los turistas y los sueños habían huido hace meses, brilló por unas horas ese refugio diminuto: el último fuego de la Rambla, encendido, aunque frágil, en un mundo devorado por la muerte y el frío.

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