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Portada del relato Los jardines ardientes de Montjuïc
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Fragmento:


El Castillo vibraba bajo el sol y la amenaza. Días antes, Nora había escuchado a traves de una radio militar, casi sin batería ni voz, la noticia: “Barcelona serà atacada per la Banda del Misericordiós. Protegiu els refugis forts. Mercats i farmàcies sospitosos de col·laboració seran objectiu prioritari”. Sabía lo que eso significaba: asalto, muerte, destrucción... y fuego.

Duración: 09:49

Los jardines ardientes de Montjuïc
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Texto de ajuste de pausa.

20 de julio de 2022

El calor, pegajoso y cegador, resbalaba por las piedras milenarias de la ciudad, filtrándose entre las grietas agrietadas de los viejos muros. Había llegado pleno julio y Barcelona se encontraba en su verano más extraño desde que el mundo se desvaneció bajo oleadas de locura y muerte. En las alturas del Castell de Montjuïc, no tan lejos de donde las luces del puerto titilaban brevemente antes de desvanecerse bajo la costra de la oscuridad, Nora se mantenía vigilante. La ciudad, alguna vez radiante y cosmopolita, era ahora un campo de supervivencia, silencio y, a veces, crujidos de huesos en movimiento.

Barceloneta ardía. A lo lejos, las columnas de humo se extendían perezosas, grises y negras, difuminándose sobre el Mediterráneo ingrato. Nora tensó la mano sobre el cuello de su camiseta mugrienta, sudada y perforada en el hombro por un balazo que nunca curó del todo. La tela arrugada olía a gasolina y sal. Con la otra mano sostenía un viejo bote de refresco reutilizado —su inseparable botellín de combustible y tela—, el único Molotov que le quedaba. Observó por última vez el diminuto horizonte: la ciudad peleaba contra las hordas de zombis y contra sí misma.

El Castell de Montjuïc era uno de los últimos baluartes defensivos. Hacía meses, una banda había desalojado la fortaleza de infectados y la había amurallado con camiones volcados y los cuerpos de zombis momificados. Nora y otros quince supervivientes, en su mayoría barceloneses, se habían aferrado a este refugio como a una tabla de salvación. Pero la tranquilidad nunca fue parte del nuevo orden: un rumor, extendido desde la Boquería hasta Les Corts, anunciaba que una caravana armada de saqueadores cruzaba la ciudad en busca de medicinas y comida. Con la resistencia local diezmada, la ciudad era frágil como la pólvora seca. El miedo a las bandas humanas superaba incluso al de los zombis, cuyo avance lento y errático era fácil de controlar mientras no atrajera a toda una horda.

“Avui tornem a ser amos de la nostra ciutat”, susurró Nora, con el acento catalán raspado por la sed y el cansancio. Pero era mentira. Nadie gobernaba nada. La ciudad se había vuelvo un tablero de guerra, y ella solo era una pieza más.

***

El Castillo vibraba bajo el sol y la amenaza. Días antes, Nora había escuchado a traves de una radio militar, casi sin batería ni voz, la noticia: “Barcelona serà atacada per la Banda del Misericordiós. Protegiu els refugis forts. Mercats i farmàcies sospitosos de col·laboració seran objectiu prioritari”. Sabía lo que eso significaba: asalto, muerte, destrucción... y fuego.

Los supervivientes del Castell se preparaban sin descanso desde hacía dos días. La mayoría eran adultos endurecidos, pero también quedaba un niño rubio de nueve años, Pol, y una mujer embarazada en su octavo mes, Olga. El jefe en la práctica era Ahmed, un tunecino de cincuenta años que había sido herrero y único capaz de soldar restos de vallas a las puertas del Museo Nacional. Los demás cumplían órdenes y, si se atrevía alguno, discutían en voz baja las estrategias; aunque al final todos sabían que, en caso de ataque, la resistencia duraría lo que tardaran en quemarse los cócteles Molotov.

Durante la noche, la humedad marina se metía en los huesos. Acompañados del ulular esporádico de algún zombie despistado, fabricaban a escondidas bombas caseras con las escasas botellas de alcohol —en su mayoría anís o absenta polvorienta recapturada de un viejo almacén del Raval. Con cada vela encendida para fundir los tapones, una oración se perdía hacia el cielo: que la chispa no saltara antes de tiempo, que los combustibles no atrajeran narices muertas.

En las horas previas al amanecer, cuando la ciudad aún dormía un sueño cargado de pesadillas, algunos patrulleros descendían a buscar víveres en la zona del Poble-sec. Pero esa mañana, cuando Nora bajó por el viejo funicular oxidado para buscar mantas y aceite vegetal en los restos del hotel Miramar, vio una señal a lo lejos: bengalas verdes. Era la marca de la Banda del Misericordioso. Sabía lo que venía.

“Regresad, rápido… ¡van a atacar hoy!” gritó a los dos exploradores que rebuscaban en el vestíbulo, apenas iluminados por el reflejo del mar sombrío. Uno, Pau, vieja gloria del Barça en silla de ruedas tras el asalto de 2021, parpadeó con resignación. “No queda gasolina, Nora. Si bajan por la avenida, no aguantaremos ni media hora.” Y tenía razón: la defensa se basaba en las paredes y el fuego. Sin movilidad ni refuerzos, todo colapsaría a la primera brecha.

***

El asedio comenzó a medio día. Los primeros disparos retumbaron en la Plaça d’Espanya. Nora y Ahmed, desde la azotea, vieron los grupos armados ascender, abriendo fuego contra los pocos restos de barricadas que quedaban en las calles empinadas. Tras ellos, avanzaban aún algunas criaturas tambaleantes, zombis dispersos cazando los gritos y olores de la batalla. Por radios portátiles, la consigna era clara: “No fuego si el viento sopla al Castell… ¡no nos asfixiemos a nosotros mismos!”. Pero había poco margen.

Cuando la banda atacante intentó cruzar la última curva, Nora lanzó su cóctel Molotov. La botella salió girando y explotó sobre la cabina de un camión blindado, comprando minutos preciosos. Llamas naranjas devoraron la lona y los saqueadores retrocedieron. Desde la ciudad, la multitud rugía —una mezcla de disparos, insultos en mil lenguas y el lamento bajo de los no-muertos.

A los pies del Castillo, la banda asaltante se reagrupó. Jadeaban, lanzaban petardos y cohetes artesanales hechos con restos de la vieja pirotecnia de la Mercè, en busca de una reacción. Nora vio a una mujer de la banda, cara marcada con pintura roja como de guerra, arrojar su propia botella-bomba. Pero el viento cambió y el fuego apenas lamió la muralla; las llamas morían enseguida sobre la piedra vieja, dura, mil veces reparada.

“¡Atención! ¡Vienen por el lado de la antigua piscina olímpica!” chilló Ahmed, con la escopeta levantada y la voz ronca por el humo. Y de nuevo el infierno: disparos, gritos, fuego. El humo empezó a cubrir la ladera, y un pelotón de saqueadores rompió la línea, usando escudos improvisados con viejos letreros del metro.

Nora notó el pulso atrapado en la garganta. Sabía que, en el fondo, su combate era en vano. No había futuro en resistir cada semana, cada mes, cada año. Pero no era solo supervivencia: era dignidad, rabia, la obstinación de la memoria. Por eso, cuando le lanzaron una flecha envuelta en tela ardiendo, recogió la prenda medio chamuscada, la volvió a embadurnar en aceite y la metió en una nueva botella. Se lo devolvió con un grito feroz, tan animal como el de los zombis allá abajo.

El enfrentamiento duró el día entero. Los saqueadores perdieron a varios, arrastrados por zombis hambrientos que acudieron atraídos por la refriega. Los defensores del Castell quemaron todos sus recursos, los Molotov acabaron pronto, y la rabia dominó el crepúsculo. Cuando cayó la noche, el fuego seguía danzando entre los árboles de Montjuïc, iluminando cadáveres humanos y criaturas errantes, confundidos en un mismo infierno.

***

Esa noche fue incluso peor. Olga, la embarazada, entró en labor de parto entre el estruendo de la retirada. Pol lloraba mientras Ahmed, ensangrentado por una herida en el brazo, intentaba mantener el perímetro. Nora, aún conmocionada por el ruido y el olor acre a gasolina y carne quemada, se sentó por fin en un rincón; el niño se le acercó, le miró con ojos demasiado serios.

—“¿Aún quedan, Nora?”

—“Quedan. Pero menos.”

—“¿Vamos a morir?”

—“Puede… o puede que no. Pero hoy he visto a gente peor que los zombies. Y he visto que el mundo arde, pero tú tienes que aprender a encender fuego sin quemarte.”

Fuera del castillo la ciudad ardía, sí. La Boquería había sido saqueada, otra vez, los zombis devoraban la Avenida del Paral·lel y la Rambla se había convertido en un campo de cruces improvisadas. Pero, por primera vez desde que todo empezó, Nora notó que la costra de indiferencia que la cubría empezaba a resquebrajarse. Había defendido algo, aunque solo fueran las ruinas, y había plantado cara lanzando fuego, literalmente, sobre quienes venían a robar la poca esperanza que quedaba.

Antes de dormir, aunque temía cerrar los ojos por miedo al siguiente asalto, se acercó a la barandilla del Castillo. Desde allí, Barcelona se extendía como un monstruo dormido, heridas abiertas, barrios colapsados y viejas promesas destrozadas. Aspiró hondo: el aire olía a humo, pero también, muy tenuemente, a romero y mar.

“Molotov”, pensó. “Nunca fui de pelear. Pero en esta ciudad cada uno ha aprendido a arder de una manera nueva.” Y, en ese punto, entendió que en la guerra del día a día, los héroes nunca llevan uniforme: llevan gasolina en la sangre y rabia en el pecho.

El futuro sería incierto, más allá del fuego y sus cicatrices. Pero por esa noche, Barcelona quedaba, una vez más, defendida. Aunque solo fuera por una botella encendida en la mano de una superviviente. Y, al amanecer, las ruinas volverían a contar su historia: de humo, rabia y resistencia.

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