Fragmento:
Joaquim, el más veterano, dirigía al grupo. Su barba oscurecida y su mirada dura le hacían parecer el doble de sus treinta largos. “Vamos hacia Plaça Catalunya, pero no bajéis la guardia. Hace dos días los del grupo de la Estació de França vieron una horda desplazándose desde Urquinaona”, murmuró en voz baja al grupo. Sofía asintió, apretando la lanza improvisada—un tubo de acero acabado en un filo de chatarra. Desde hacía meses, las armas de fuego eran tan valiosas como imposibles de conseguir: cada disparo era un lujo y un riesgo de atraer más amenazas.
Duración: 11:08
25 de noviembre de 2024
La ciudad parecía dormir bajo una constante amenaza, mientras el invierno barcelonés teñía el aire con su humedad y dejaba escapar, a veces, nubarrones que empeoraban la sensación de encierro. Hacía ya más de cuatro años que la urbe había dejado atrás el ritmo apresurado de los turistas, el bullicio de la Rambla y el flujo espeso de bicicletas y skaters por la Diagonal. Barcelona ahora era otra cosa, una sombra impresionada sobre su propio cadáver. Desde las azoteas del Raval y los refugios de los supervivientes, la silueta de la Sagrada Familia, inacabada para siempre, vigilaba la ciudad como un monumento funerario más.
Sofía se despertó antes del amanecer, en el almacén olvidado detrás del Mercado de la Boquería, donde ella y otros cincuenta supervivientes habían conseguido levantar una fortificación en los últimos meses. La mayoría llegados de barrios periféricos, se habían unido poco a poco a este núcleo protegido gracias a la reputación del grupo de Joan, un ex guardia urbano convertido en líder para los tiempos de la ruina y el caos. Afuera, la amenaza era doble: las hordas de zombis se habían vuelto menos frecuentes—deterioradas por los inviernos, el hambre y los años transitando las mismas avenidas—pero seguían letalmente peligrosas. Por si fuera poco, grupos armados humanos, saqueadores y bandas de cazadores de recursos, acechaban por la ciudad vacía.
En ese noviembre de 2024, el éxito de cualquier comunidad no dependía tanto ya de evitar a los zombis, sino de mantener a raya a otros grupos de humanos. El clan de la Boquería no era el único, pero sí uno de los mejor organizados; habían reforzado con viejos furgones y carritos de fruta las entradas del mercado, levantado torretas de vigilancia usando postes de alumbrado abandonados y convertían cada espacio cubierto en almacén de víveres, armas caseras, ropa y, sobre todo, leña.
El hambre era la peor de las amenazas, y ese día Sofía se sumó a la cuadrilla de exploradores que salía temprano en busca de alimentos, medicinas y combustible. Recorrieron la Rambla, convertida ahora en una trampa mortal donde los cafés fantasma y las tiendas saqueadas ocultaban cuerpos... y, a veces, algo peor. Algunos caminantes—restos de turistas, indigentes, o vecinos de pisos desaparecidos del Gòtic—vagaban todavía como animales de hábitos repetitivos, sin sentido, atacando al menor sonido, lentos, pero letales en grupo.
Joaquim, el más veterano, dirigía al grupo. Su barba oscurecida y su mirada dura le hacían parecer el doble de sus treinta largos. “Vamos hacia Plaça Catalunya, pero no bajéis la guardia. Hace dos días los del grupo de la Estació de França vieron una horda desplazándose desde Urquinaona”, murmuró en voz baja al grupo. Sofía asintió, apretando la lanza improvisada—un tubo de acero acabado en un filo de chatarra. Desde hacía meses, las armas de fuego eran tan valiosas como imposibles de conseguir: cada disparo era un lujo y un riesgo de atraer más amenazas.
Cruzaron sigilosamente los puestos derruidos del mercado, apiñados en sus abrigos y bufandas. Mientras se deslizaban por una calle secundaria, Sofía le lanzó una mirada al rostro pétreo de Alicia, la menor del grupo, que llevaba consigo la radio—una caja militar alemana, heredada hace tres saqueos, y que a veces todavía conseguía captar señales de otras bandas, generalmente alarmas, advertencias, o resúmenes de intercambios. Nadie había oído música en más de un año.
Plaça Catalunya era un cráter, rodeado por vehículos carbonizados y lo que antes habían sido tiendas de moda y cafeterías de lujo. Luego de asegurar el perímetro, el grupo entró al Corte Inglés, convertido en ruina y refugio de toda clase de sombras indeseables. Joaquim y dos más subieron sigilosamente buscando una farmacia improvisada en el tercer piso. Sofía y Alicia bajaron al área de supermercados, todavía forrados de carteles de antiguas ofertas, como reliquias de otro mundo.
Se agacharon junto a lo que antes fue la sección de latas. Buscaban con linternas de dinamo, ahorrando pilas. Algunas latas, chamuscadas pero íntegras, aparecieron apenas cubiertas de polvo. Sofía sabía lo que significaba un día de suerte: al menos alguna comida, especialmente para los niños del refugio. Alicia, de pronto, le tocó el hombro. “¡Escucha!”, susurró. Un gruñido sordo venía de las escaleras mecánicas. Dos figuras tambaleantes, probablemente empleados atrapados cuando llegó el desastre, avanzaban—ciegos de odio y muerte, arrastrando los pies con rítmica monotonía. Sin hacer ruido, retrocedieron, pero en ese preciso instante uno de los zombis tropezó con una caja y emitió un chillido gutural. El sonido se amplificó entre los cristales rotos y los techos derrumbados.
El resto del grupo reaccionó rápido. Joaquim salió disparado, ya con la hoja preparada, y Sofía sujetó con fuerza su lanza. Alicia corrió al fondo, buscando una vía de escape. El combate duró minutos, pero el riesgo fue inesperadamente grande: de entre unos antiguos ascensores surgió una tercera figura—un hombre, esta vez, no muerto, sino vivo. Bajito, delgado y sucio, los apuntó con una pistola oxidada. “Quietos, por favor”, pidió. Su acento delataba un origen de la periferia.
El hombre, apellidado Padilla según terminó por confesar, explicó que era parte de un grupo rival, asentado en las oficinas de Paseo de Gracia. No buscaba pelea, sino información, y sobre todo comida. Los intercambios improvisados y las alianzas frágiles eran lo común en ese mundo hecho trizas. A regañadientes aceptaron negociar y, después de una tensa charla, Joaquim le entregó un paquete de galletas y tres vendas a cambio de datos sobre rutas despejadas hacia Sants y los accesos bloqueados junto al Poble-sec. Sofía, entre tanto, se dedicó a rebuscar entre los residuos, extrayendo con suerte tres pequeñas bolsas de arroz y una pastilla de jabón casi intacta.
El regreso fue igual de tenso. El día había anunciado lluvias débiles y, entre los burbujeos de la radio, captaron una transmisión lejana: “Atención, atención, fortificación en Sagrada Familia bajo ataque, repito, fortificación en Sagrada...”, antes de que el mensaje se disolviera en interferencia electrónica. Alicia anotó la frecuencia mientras Joaquim juraba por lo bajo, sabiendo que cada nuevo ataque podía significar la caída de comunidades enteras.
Ya de vuelta en la Boquería, el recibimiento fue silencioso. Marta, la encargada de la enfermería, recibió las medicinas con gratitud muda. Los niños, ocultos tras barricadas de carritos y palés, miraban con ojos enormes cada nueva bolsa de comida, como si temieran que el milagro nunca se repitiera. Joan, siempre vigilante, revisaba mapas y esquemas sobre la mesa central: era evidente que la vida dependía ahora de una red de información bien tejida y de la habilidad de cada célula para resistir ataques tanto de humanos como de zombis.
Esa misma tarde, se celebró la habitual reunión del consejo. Alrededor de las luces opacas de unas lámparas de aceite, quince supervivientes se agruparon. Joan puso sobre la mesa el tema principal: la llegada del invierno, la escasez y los crecientes rumores de que la banda de los Barrios Altos planeaba tomar la Boquería. Nadie negaba el peligro. Había escasez de leña y las fortificaciones necesitaban refuerzos. El antiguo toldo del mercado, roto y remendado mil veces, apenas servía ya de techo.
Sofía propuso que buscasen materiales para levantar nuevas barricadas y, sobre todo, intentar una expedición más allá del Ensanche para buscar generadores viejos o piezas: varias zonas de la ciudad, decían, albergaban aún motores pesados que podían servir para proveer algo de energía, o al menos liberar al grupo de la total dependencia de la leña y las velas. Pero forzar esas áreas era exponerse a los clanes de saqueadores y a las hordas rezagadas que infectaban las inmediaciones del Camp Nou y Les Corts.
“El grupo de Gràcia dice que han levantado una muralla de contenedores blindada”, intervino Edu, el encargado de logística. “Podrían aceptar un intercambio de armas por algo de grano: tienen contacto con los agricultores de la zona de Vallès que subsisten entre cultivos a pequeña escala. Si nos aliamos, quizá podamos asegurar el invierno...” La idea quedó flotando, y Joan se comprometió a enviar mensajeros la mañana siguiente: eso implicaba una marcha peligrosa, pero el riesgo era preferible al hambre y el frío.
Esa noche, mientras la ciudad caía en una neblina plomiza, Sofía salió a la terraza del mercado. Desde arriba, Barcelona era un tapiz oscuro, interrumpido apenas por los fuegos fatuos de otros asentamientos o del humo de hogueras lejanas. Alguna explosión a lo lejos, gritos aislados y, siempre, ese runrún lúgubre de la muerte, arrastrándose entre las ruinas. La luna, velada por las nubes, apenas iluminaba la placa de la plaza de la Gardunya.
Pensó en los días anteriores a todo: cuando asistía a la universidad, los paseos por el Born con amigas, las noches junto al mar, la sensación de seguridad, de que el mañana existiría siempre. Ahora solo quedaba la sombra del miedo y la urgencia de vivir un día más. La nostalgia era un lujo que no se podían permitir, pero esa noche, Sofía se lo permitió un instante. Sólo cuando escuchó el crujir de la madera a su espalda se sobresaltó: era Alicia.
“No puedo dormir”, confesó. “¿Crees que algún día volveremos a ver luces en la ciudad? ¿El mar, las torres, todo… como antes?” Sofía la miró durante largo rato. No supo decirle que no, pero tampoco se atrevió a mentirle. “No lo sé. Pero mañana, quizá, sigamos aquí.”
El resto de la noche transcurrió en vigilia, alternando vigilias en los puestos de guardia y conversaciones breves en torno a las pequeñas hogueras. La vida se medía en días, en latas halladas, en amigos que volvían de las misiones, y en la esperanza frágil de conservar el refugio. Barcelona resistía, como una vieja guerrera, hermosa en su decadencia, herida pero no derrotada. En el corazón de la ciudad, los supervivientes seguían escribiendo, a golpe de miedo, coraje y solidaridad, la historia oscura de un mundo nuevo, esperando que algún día las campanas del ayuntamiento suenen de nuevo, no para anunciar peligro, sino para celebrar que la humanidad, en su forma más básica y humilde, había conseguido resistir.
Y mientras un tímido haz de luz atravesaba las nubes sobre el Tibidabo, Sofía y su gente, abrazados a una ciudad que no quería morir, se preparaban para otro día más en la Barcelona sitiada.
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