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Portada del relato Luces rojas sobre la Rambla
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Fragmento:


Laura suspiró. Se apartó del parapeto y cerró la puerta de la terraza tras de sí. Dentro, el suelo estaba cubierto con mantas sucias. En una esquina, Marc jugaba con un tren de madera; Paula, su madre, concentraba la mirada en la radio portátil, que chisporroteaba un canto metálico de estática y palabras entrecortadas. Eran las nuevas noticias: alertas de bandas nómadas desplazándose desde Montcada, el aviso de una horda desplazándose hacia la Gran Via, el rumor de que el grupo de la calle Aragó había logrado intercambiar dos bidones de gasóleo por antibióticos.

Duración: 11:18

Luces rojas sobre la Rambla
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Texto de ajuste de pausa.

18 de noviembre de 2023

La Rambla, ese antiguo río de vida y turistas, era ahora un corredor desierto donde el miedo se pegaba a los muros de los viejos edificios. Desde la terraza del sexto piso de lo que un día fue un hotel, Laura divisaba el mar oscuro. Una lengua plateada y hostil bajo la tormenta de otoño. Abajo, solo quedaban charcos de lluvia y las sombras espectrales de los árboles desnudos.

Al fondo, una hilera de carretillas y dos formas humanas, una de ellas encorvada bajo el peso de un saco, cruzaban hacia el Mercat de Sant Antoni. A Laura le parecía milagroso que aún existiera cierto comercio, aunque fuera tan reducido. Los supervivientes lo llamaban, casi en broma, El Último Mercado, pero de risa quedaba poco; allí, uno podía encontrar desde zanahorias cosechadas a las afueras hasta baterías de linterna rescatadas de viejos talleres eléctricos. Aunque estar más de veinte minutos en la plaza era tentar a la suerte. Los zombis, si bien menos atentos en el frío y la lluvia, no desaparecían.

Laura suspiró. Se apartó del parapeto y cerró la puerta de la terraza tras de sí. Dentro, el suelo estaba cubierto con mantas sucias. En una esquina, Marc jugaba con un tren de madera; Paula, su madre, concentraba la mirada en la radio portátil, que chisporroteaba un canto metálico de estática y palabras entrecortadas. Eran las nuevas noticias: alertas de bandas nómadas desplazándose desde Montcada, el aviso de una horda desplazándose hacia la Gran Via, el rumor de que el grupo de la calle Aragó había logrado intercambiar dos bidones de gasóleo por antibióticos.

—Hay algo, —dijo Paula, levantando la mano—, escucha.

Por la radio, una voz cansada y ronca leía: “Las alianzas de la zona delta resisten. Se precisa ayuda. Se recomienda evitar el cruce por Maragall. Comercio abierto en Sant Antoni. No se respondan fuegos. Repito, no se respondan fuegos.”

Marc alzó la mirada, sus ojitos transparentes de niño curtido por el miedo.

—¿Iremos al mercado, mamá?

—No hoy, —respondió Laura, abrazándolo sin apartar la vista de la radio. De su memoria surgía la imagen de lo que fue Barcelona en otro noviembre. Los mercados llenos, la ciudad encendida de vida. Ahora, cada desplazamiento se medía en pasos y escondites; cada mercado un riesgo; cada día una cuenta atrás.

El amanecer del 19 de noviembre era azul, metálico, con volutas grises tras la cortina de lluvia. Las antiguas calles ya no tenían nombres, sino señales pintadas en las fachadas: dos líneas blancas para indicar tránsito más seguro; una “H” (horda) donde, según los exploradores, se concentraban infectados; una cruz llamando al trueque o la ayuda médica. La red de señales, acordada meses antes por acuerdo entre supervivientes, era más valiosa que cualquier documento oficial.

El bloque donde vivía Laura se había mantenido en pie principalmente por la determinación de seis familias. Se turnaban para vigilar azoteas y escalones. Cada semana tenían reunión en la vieja portería, donde una pizarra con restos de tiza blanca hacía de acta para repartir tareas: capturar agua de lluvia, buscar leña, recolectar, patrullar, hacer turnos de cocina. Alguien había pintado “Fortaleza Raval” en la subida al vestíbulo, como si de un relicario medieval se tratara.

Esa mañana, Laura bajó con Paula. Llevaban mochilas y un carrito de supermercado cada una. El trato era que irían juntas solo hasta la esquina de Pelai, por donde podrían vislumbrar la entrada principal del mercado. Si algo salía mal, se separarían: Laura cogería el camino de Sant Pau y Paula correría hasta Universitat.

El aire olía a humedad y metal. Calles que antaño se despertaban bajo los crujidos de persianas y el bullicio de tiendas, ahora solo respondían al siseo de las suelas sobre polvo y escombros.

Al llegar a la plaza, vislumbraron al grupo que siempre vigilaba desde el tejado del mercado. Uno de los centinelas, Samuel, un antiguo carnicero con mirada severa, alzó la mano. Todo seguía en relativa calma.

En una mesa improvisada cerca de la entrada, una mujer de cabello rapado ofrecía ráfagas de sopa en una olla de campaña. Otro hombre contaba balas y municiones en una estera. Los puestos más codiciados mostraban guantes, cuchillos, radios de mano, medicinas. Aquel no era el mercadillo de baratijas de antes, sino un zoco de supervivencia.

—¿Qué tienes hoy, Laura? —preguntó la mujer de la sopa.

—Algunos comprimidos de paracetamol, media bolsa de arroz, cables para baterías... —Laura mostró lo que tenía. La conversación era escueta, medida. Cada intercambio era un juego de nervios.

Paula logró cambiar un libro de cuentos—un ejemplar manoseado de “El Principito”—por dos manzanas y una pieza de jabón. En aquel mundo, la literatura había vuelto a ser un bien preciado, sobre todo para dormir a los niños.

Un disparo retumbó, breve y seco, hacia el Paral·lel. Todos los presentes se detuvieron, tensos. El centinela gritó algo que retumbó en la nave: “¡Bandas! ¡Vienen del Poble-sec!” Las familias rápidamente recogieron objetos, guardando lo que podían. Los que protegían la entrada formaron una improvisada barrera con maderas y láminas metálicas.

A través de la lluvia, tres figuras armadas aparecieron corriendo. La banda del Gato, conocidos por asaltar mercados pequeños y tomar rehenes. Pero este mercado estaba mejor defendido que otros. No hubo negociación, sólo el eco de dos disparos más. Paula tiró a Laura del brazo, agachándose detrás de un carrito.

—Ahora, —susurró, y ambas, con los corazones en la boca, gatearon por la parte trasera, buscando la embocadura de la calle Floridablanca.

Los saqueadores esquivaron la entrada y comenzaron a disparar a las ventanas del mercado. Alguno gritaba insultos. Un par de zombis, quizás atraídos por los estruendos, emergieron tras una columna y se lanzaron a por los recién llegados. Todo se volvió caos por unos minutos: disparos, gritos de alerta, el inconfundible hedor a carne putrefacta y sangre. Laura recordaría siempre la sensación de correr con las rodillas temblando, su mochila golpeando el costado, el eco de los disparos tras de sí.

A unas cuadras, en una travesía protegida por un antiguo portón de hierro, se detuvieron con otros tres supervivientes. Paula tenía la cara salpicada de trozos de barro y sangre. El carrito de la compra, roto. Laura estaba convencida de que nunca se acostumbraría al pánico. Pero lo peor era la sensación de pérdida: todo lo que no lograron intercambiar, la comida y la medicina desperdiciada, la confianza en la ruta al mercado cada vez más rota.

Esa noche, en la portería, las familias se sentaban de nuevo a discutir. Samuel se quejaba de las bandas, de la falta de cartuchos; una anciana murmuraba sobre cómo la ciudad, una vez refugio, era ahora una tumba en vida. Otros pedían mudarse, buscar la salida hacia L’Hospitalet o Sant Feliu, pero los rumores de hordas en las rondas cortaban cualquier esperanza.

—Debemos organizarnos mejor, —protestó Laura—. No podemos seguir haciendo intercambios abiertos. Necesitamos vigías, rutas seguras, señales de aviso. Transmitir por radio antes de movernos.

—¿Señales? —bufó Samuel—. No hay modo de cubrir ni la mitad de las entradas. Lo único que nos queda es resistir, y rezar para que el invierno acabe antes de que se agoten las reservas.

Esa noche, Laura subió a la azotea con Paula, desde donde contemplaron la ciudad ensombrecida. Las luces eran pequeñas brasas de aceite tras las ventanas tapiadas. A pesar del peligro, las familias celebraron en silencio la llegada de una veintena de manzanas frescas y una cajita con piezas de radio. Marc dormía, abrazando el contado tren de madera, cada vez más gastado pero inquebrantable.

Había aprendido que la supervivencia ya no era solo física. Era una cuestión de memoria y de fe. Fe en la comunidad, en que el ser humano contagiase, también, su voluntad de reconstruir. Ponía orden al miedo repitiéndose historias antiguas, relatos de la Barcelona que fue y que, en sueños, sigue viva. Paula recogía una manta y murmuraba aquel verso que su abuela le rogaba no olvidar: “Sobrevivir es recordar. Resistir es imaginar un mañana.”

Durante las siguientes semanas, la situación se tornó aún más tensa. El frío traía consigo cierta tregua dermatológica con los zombis, menos activos bajo la lluvia, pero los humanos se volvieron aún más peligrosos, presas del hambre y la desesperación. La escasez apretaba más cada día. Alguien robó el tanque de agua de la azotea, otros intentaron meterse en los almacenes del viejo teatro. Los gritos al otro lado de la calle no eran ya lamentos de muertos, sino peleas entre bandas por costales de grano.

Una noche, Laura fue elegida como emisaria para intentar enlazar con un grupo en Sants, con los que, según la radio, podía establecerse un corredor seguro. Salió de madrugada, pertrechada con la radio, un cuchillo oxidado y media barra de chocolate. La ciudad, deshabitada y húmeda de lluvia, crujía bajo las botas. El trayecto era una ruleta rusa: cada cruce un posible encuentro, cada sombra un peligro.

En Sant Pau, se topó con Karima, una joven argelina que había perdido a toda su familia semanas atrás y, a pesar de ello, recorría las calles avisando de peligros. Karima le habló de un grupo que intentaba restablecer señales en la estación de Sants para coordinar movimientos y trueques entre barrios limpios.

—Hay esperanza —dijo ella, con sus ojos grandes y oscuros—. Pero hace falta que confiemos y no nos dejemos vencer por el miedo.

Era difícil. Laura lo sabía. El miedo recorriendo la espina cada vez que una puerta crujía, cada vez que los disparos despertaban ríos de infectados. Pero también había aprendido que la esperanza era contagiosa, y que nada bueno podría florecer sin la voluntad de arriesgarse por los demás.

Mes a mes, con el trueque, la vigilancia y la sabiduría de quien ha perdido casi todo, la comunidad fue sobreviviendo. El Mercado de Sant Antoni, aunque golpeado y víctima de saqueos, continuó siendo un faro tenue en las tinieblas de la ciudad rota. Cada manzana intercambiada allí era un acto de rebeldía; cada noche sobrevivida, un pequeño triunfo. Y aunque la Rambla ya no era un festín de luces y turistas, aunque los zombis vagaban sin rumbo bajo la lluvia, en las terrazas y azoteas de los viejos hoteles aún latía una chispa de humanidad.

Esa era la esencia de la nueva Barcelona: no en el color de las fachadas, ni en la música de las calles vacías, sino en la obstinación de unas pocas familias, de unos pocos supervivientes, que, entre el miedo y la devastación, seguían inventando el futuro, paso a paso, manzana a manzana, palabra a palabra.

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