Fragmento:
La noche cortaba la ciudad como un cuchillo helado. Carla siguió los muros del MACBA, donde su silueta se difuminó entre las esculturas. No podía dejar de pensar en la alianza. ¿Cuántos asentamientos habían caído aquel año, en apenas unas semanas? El Hospital del Mar había sido uno de los últimos, tras resistir durante casi doce meses antes de que una rencilla interna y la falta de víveres les condenaran. Por eso, la noticia de alianzas nuevas parecía un milagro. Aníbal confiaba, pero Carla se debatía entre la esperanza y el miedo.
Duración: 11:38
21 de noviembre de 2023
El frío había llegado a Barcelona ese mes mucho antes de lo esperado. Las tardes, aun bajo el cielo gris y el peso de un mundo roto, se tragaban deprisa los últimos rayos de sol que apenas lograban colarse entre nubes bajas. Hacía semanas que un rumor recorría las bóvedas desiertas de la Sagrada Família: en el Born, en Poblenou, tal vez en Gràcia, se estaban formando alianzas. Algunos decían que grupos de supervivientes de los barrios fortificados se habían reunido con emisarios del Maresme y que, por primera vez en años, diferentes comunidades podían unir fuerzas. Pero nada era seguro. Allí, el miedo y el hambre seguían siendo los verdaderos líderes, y la muerte bailaba cada noche en las calles por donde bramaban las hordas.
Carla descendió la escalera forrada de mantas, cuidando de no pisar una de las botellas vacías con las que protegían el acceso. Entre las sombras, el eco de sus pasos se mezcló con el jadeo familiar de los otros refugiados que despertaban para iniciar el turno nocturno.
Desde hacía más de un año, la antigua biblioteca del Raval era su hogar y baluarte. Se había convertido en una fortaleza improvisada: barricadas de muebles, libros encuadernados en cuero colocados en los vanos de las ventanas, trampas oxidadas en los pasillos y un monótono protocolo que repetían cada día para sobrevivir. Si cerraba los ojos, Carla aún podía imaginar el bullicio de la ciudad pre-plaga, los turistas danzando con mapas en la mano, los gritos de los vendedores de flores al pie de la Rambla, las sirenas lejanas. Ahora sólo quedaba el silencio roto a veces por los disparos o por los estremecedores lamentos de los zombis.
Se ató el abrigo, lleno de parches y remendado hasta el cansancio. Cogió la lanza improvisada con la pata de una mesa y una hoja de cuchillo soldada toscamente. Su hermano menor, Martí, dormía aún con la cabeza apoyada en un viejo tomo de Don Quijote, ese texto ancestral que Carla a veces le leía para tranquilizarlo. Le dejó una mano sobre la coronilla y luego bajó al zaguán, donde los responsables de la guardia nocturna ya repartían las máscaras de tela y los brazaletes de hilo morado: la señal para los suyos, la marca de la alianza reciente entre la Biblioteca y el Mercado de Sant Antoni.
—Vas hacia Drassanes —le dijo Aníbal, el jefe de la guardia—. Quieren reunirse. Dicen que anoche vieron llamas en Montjuïc. Podría ser una caravana... o una trampa.
Carla asintió, tensa. Montjuïc era un signo desde hacía ya tiempo: quien lograba encender una hoguera sobre la montaña, lo hacía para señalar una petición de ayuda, un descubrimiento o, en el peor de los casos, la presencia de una nueva horda.
Salió por una puerta lateral, agachándose bajo un arco medio derruido. Barcelona era ahora un mosaico de zonas muertas y pequeños enclaves. Las zonas muertas, donde nadie debía internarse salvo por extrema necesidad, estaban llenas de zombis que vagaban sin rumbo pero siempre hambrientos. Bastaba con un gemido, un grito accidental, un disparo sordo; y la masa de cuerpos en descomposición despertaba haciendo temblar los cimientos de cualquier muro.
La noche cortaba la ciudad como un cuchillo helado. Carla siguió los muros del MACBA, donde su silueta se difuminó entre las esculturas. No podía dejar de pensar en la alianza. ¿Cuántos asentamientos habían caído aquel año, en apenas unas semanas? El Hospital del Mar había sido uno de los últimos, tras resistir durante casi doce meses antes de que una rencilla interna y la falta de víveres les condenaran. Por eso, la noticia de alianzas nuevas parecía un milagro. Aníbal confiaba, pero Carla se debatía entre la esperanza y el miedo.
Al llegar al Paral·lel, se detuvo a escuchar. El viento traía consigo un olor a leña, pero también a podredumbre. Reprimió el impulso de vomitar: se sabía que, alrededor del barrio Gòtic, las hordas volvían a concentrarse cada vez que los vivos bajaban la guardia. Habían aprendido a usar pequeñas campanas de latas y alambres, instaladas cada cien metros para avisar si una trampa era activada, un truco que funcionaba casi siempre. Casi.
Bajo la tenue luz de la luna, vio cuatro figuras cerca de Poble-sec. Se movían coordinadas y sin titubear, con armas blancas. Notó el distintivo brazalete verde fluorescente: mensajeros del Somorrostro. Uno le hizo una señal y se aproximó con la lanza en alto.
—¿De la Biblioteca?
—Sí. ¿Qué habéis visto?
—Fuego. En Montjuïc, dos noches seguidas. Anoche atacaron una caravana que bajó de la ZAL —el puerto logístico ahora en ruinas, guardado por almenaras de bidones y fuego—. Los supervivientes aguantaron, piden refuerzos, dicen que llevan medicinas, y que hay heridos.
Carla asintió, midiendo sus posibilidades: el sendero hasta allí era peligroso, especialmente cruzando la plaza de Espanya, normalmente repleta de zombis por las noches. Sacó una pequeña radio de dinamo.
—¿La tuya funciona?
El joven mensajero negó con la cabeza y le mostró un walkie-talkie hecho trizas.
—Las nuestras murieron hace cinco días. Las baterías han dejado de aguantar el frío.
En ese preciso momento, una serie de chillidos desgarraron la quietud. Eran los sonidos guturales y desarticulados que los muertos hacían al oler la carne viva. Carla no dudó: los cuatro se apretaron contra los muros, con las armas preparadas. Vislumbraron los bultos arrastrándose por la avenida – unos seis zombis, aunque podían ser más. Tendrían que cruzar rápido.
Esperaron a que las criaturas se desviaran, probablemente atraídas por alguna rata, y con una señal silenciosa comenzaron a serpentear junto al asfalto hundido, cruzando la avenida por su zona más sombría.
Por el camino encontraron restos de viejos carteles: “QUÉDATE EN CASA”, “BARCELONA S’HA D’UNIR”, palabras que ahora solo servían como trofeos para ser quemados en las hogueras de las comunidades. Pintadas más recientes tapaban los mensajes: “ALIANÇA O MORT”, “EL MERCAT ENS DÓNA VIDA”.
Una vez cerca de la base de Montjuïc, Carla oyó lamentos humanos. Pensó que tal vez habría heridos en la caravana. Avanzó con cautela. Un movimiento, un error, y los zombis podían arremolinarse como agua en un desagüe.
—Buenas noches, compañera —susurró una voz áspera desde entre los pinos—. Venid, rápido.
El grupo fue conducido bajo los restos del antiguo funicular, donde una docena de figuras tiritaban en torno a una hoguera diminuta. Reconoció a un médico —el inolvidable doctor Ricard, ex de urgencias del Clínic, el hombre que en otro tiempo había salvado a cientos y ahora curaba amputaciones toscas, vendaba con sábanas rasgadas y apenas conservaba morfina—.
—Doctora, agradezco que hayas venido —bromeó Ricard sin rastro de humor—. Lo nuestro no tiene nombre. Conseguimos antibióticos en un hospital de Esplugues, pero nos han emboscado y arrastrado a tres niños.
El tipo torció el gesto.
—He perdido a mi hermano.
Carla apretó la lanza, sintiendo en el pecho el remordimiento de todas las veces que no pudo ayudar. Pero debía asumir que nadie podía hacerlo solo.
—La alianza sigue en pie —dijo en voz alta, reuniendo el valor que no sentía—. Mañana mismo habrá una reunión en Sant Antoni. Llevad a vuestros heridos, os cubriremos hasta la rambla del Poble-sec.
Un murmullo de alivio recorrió el grupo. A su alrededor, otros repetían los mismos gestos: revisar armas, apartar vendas manchadas, mirar de reojo la oscuridad. El miedo era como un ácido que nunca terminaba de disolverse.
Esa noche, Carla durmió sólo unos minutos bajo la protección de Ricard y los suyos. Apenas cerró los ojos, la pesadilla de gritos y caos volvió: el recuerdo del ataque que sufrió su familia dos años atrás, cuando su madre fue devorada cerca de la plaza Catalunya y ella y Martí apenas lograron escapar. Despertó temblando, pero al menos letargo y frío la hicieron olvidar por un instante el hambre.
En cuanto el primer rayo aclaró el horizonte, el grupo partió. Bajaron a la carretera custodiados por centinelas. Tuvieron suerte: sólo un infectado les cruzó el paso, y cayó rápidamente bajo una lluvia de palos y cuchillos. De vez en cuando, divisaban señales de humo en la lejanía —quizá de otras comunidades, quizá simplemente restos de incendios—.
Al llegar al Mercado de Sant Antoni, la escena era apocalíptica y milagrosa a la vez. El mercado, desalojado y fortificado con vallas, era ahora la plaza central de una coalición incipiente: cuarenta supervivientes se reunían junto a bolsas de arroz, sacos de sal, cajas de fruta podrida. Un grupo de niños se refugiaba sobre los techos bajos, vigilados por ancianos armados con lanzas.
Allí, la alianza prosperaba. Los representantes del Born, del Raval, de la Barceloneta y de pueblos del Vallés, estaban reunidos sobre una mesa recubierta de mapas hechos a mano. Usaban chapas de botellas para marcar las rutas seguras, imperdibles de plástico para las zonas ocupadas, y trozos de metal como señal de miembros caídos.
Carla se sentó con Ricard y con dos líderes más. Entre todos discutieron la posibilidad de una gran alianza: compartir alimentos, patrullas, información sobre movimientos de las hordas. Casi por accidente, entre la desconfianza y el miedo, había nacido un germen de esperanza. Se trataba de una alianza de supervivencia, pero también de un pacto tácito para intentar recuperar un poco de humanidad.
—La próxima luna llena, seguiremos disparando bengalas desde Montjuïc —dijo una mujer del Poblenou—. Será nuestra señal a todo aquel que aún quede vivo.
Esa tarde, antes de regresar a la Biblioteca, Carla vio a Martí jugando con los otros niños en un rincón del mercado, persiguiéndose entre sacos de harina como si todo el horror no existiera. Le temblaron las manos, no supo si de frío o de alivio. Por primera vez desde el inicio de la plaga, le pareció que vivir un día más no era solo una condena, sino un logro.
Al anochecer, se despidió de Ricard y los suyos. Les dejó la radio, apenas funcional, con la promesa de que estarían atentos a la señal: tres sonidos breves, uno largo. Sabía que los patrones de los mensajes eran secretos celosamente protegidos, pues de ellos dependía la vida de decenas.
Al cruzar la ciudad de regreso, con la luna recortando las siluetas rotas de las viejas calles góticas, Carla sintió en el pecho el eco obstinado de algo parecido a la esperanza. Barcelona podía sangrar, podía quebrarse, podía estar infestada de muertos y saqueadores… pero mientras quedara al menos un puñado de vivos que se reunieran, que compartieran pan duro y guardias nocturnas, la ciudad nunca caería del todo.
La última imagen de la noche fue la más extraña: la Sagrada Família, todavía en pie, sus torres llenas de grietas y parapetos improvisados. Una bandada de pájaros cruzó los vitrales rotos y, entre el repiqueteo lejano de campanas de alerta, Carla se preguntó si algún día alguien escribiría crónicas sobre ellos, sobre la resistencia anónima, sobre la vida entre las ruinas.
Por ahora, ella solo debía regresar a casa, proteger a Martí y confiar, una noche más, en el fuego vigilante de Montjuïc.
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