Fragmento:
Su plan era claro: subir hasta Gran Via por Sepúlveda, cruzar por una de las pasarelas de Sant Antoni, sortear los vehículos volcados cerca de Universitat y, si lograba evitar los núcleos de muertos congelados, avanzar hacia Eixample Dreta y bajar la mirada cuando divisara la cumbre rota de la Sagrada Família sobre el horizonte.
Duración: 11:38
1 de diciembre de 2020
La ciudad yacía bajo un cielo frío, gris plomizo, que apenas distinguía la línea del mar. El invierno se abría paso por las calles desiertas de Barcelona. Sobre las avenidas cubiertas de restos, lonas rotas y papeles esparcidos por el viento, los edificios observaban, pacientes y vacíos, el lento deterioro de la urbe.
Si uno tenía el valor de asomarse desde la altura de Montjuïc y aún poseía la fuerza para trepar hasta el Castillo, podía ver, a su alrededor, el desastre: grandes columnas de humo surgiendo de las plazas incineradas, el color rojizo de los atardeceres ensombrecido por el hollín de los neumáticos que ardían incesantemente desde hacía semanas. Las favelas que se expandían en la marisma del Besòs eran apenas manchas oscuras entre los contenedores volcados de La Mina. Por las noches, los reflejos de hogueras improvisadas temblaban en los cristales rotos de los rascacielos de Diagonal Mar.
De día, el frío limitaba la movilidad de los muertos en las calles. De noche, el hielo los convertía en sombras inertes, amontonadas, pero la amenaza siempre latía detrás de puertas atrancadas, de portales clausurados a la fuerza, de murallas improvisadas de escombros, chatarra y muebles forzados contra los accesos en la mayoría de los bloques.
Jorge, un exlibrero de Sant Antoni, se acurrucaba en lo más profundo del sótano de una antigua tienda de calle Parlament. Arriba, el letrero “Llibres i Records” seguía colgado, ya desprendido de un extremo, golpeando suavemente la persiana oxidada con cada ráfaga del viento. Jorge había vivido los últimos veinte días casi sin salir, racionando las latas de judías y parmesano que logró acopiar cuando el colapso se hizo evidente.
El grupo del barrio —quince personas que seguían manteniendo contacto a través de un pequeño walkie-talkie militar— había propuesto intentar la travesía hasta el antiguo Hospital de Sant Pau, al norte de la ciudad, donde un asentamiento relativamente estable comerciaba nocilla, medicinas recolectadas y mantas a cambio de cartuchos de escopeta y comida. Nadie confiaba ya demasiado en las monedas ni en los billetes; las transacciones se medían en calorías, balas, linternas, guantes térmicos y, sobre todo, en información.
El plan era arriesgado: cruzar Ronda Sant Antoni, luego Gran Via —donde, según los últimos rumores, varias decenas de infectados se habían quedado atrapados entre los coches quemados a la altura de Urgell— y avanzar hasta la Sagrada Familia. Allí, un equipo del asentamiento mantenía un punto de observación en la nave sur del templo abandonado. “Si lográis llegar hasta los pasillos del transepto, tocar el hierro negro de la reja y esperar. Siempre hay alguien de guardia”, les repetían una y otra vez por la radio.
Jorge metió la cabeza entre las manos y recordó la última tarde de vida normal. Era marzo, y en la plaza del Mercat de Sant Antoni aún se organizaba una ligera cola para comprar tomates asturianos y pescados traídos de Vilanova. Ya entonces se notaban rostros cubiertos, mascarillas improvisadas, miradas recelosas. Ahora, el mercado era apenas un espectro gélido donde rondaban los silencios. Lo que quedaba de la ciudad estaba dividido entre los que resistían en pisos fortificados y aquellos que se arriesgaban a buscar alimentos en las calles.
La noche anterior, el aire de la escalera del edificio había olido a muerte. Jorge se despertó sobresaltado por el eco de un disparo sordo y dos gritos ahogados. Era difícil distinguir si lo que deambulaba escaleras abajo era la agonía de un moribundo o el arrastrar lento de un cadáver nuevo contagiado, uno que pronto saldría a buscar, tambaleante, a los aún vivos.
Decidió no retrasar más la partida. Si no aprovechaba el hielo de la mañana, tendría que esperar otras veinticuatro horas y el estómago no aguantaría mucho más.
Su plan era claro: subir hasta Gran Via por Sepúlveda, cruzar por una de las pasarelas de Sant Antoni, sortear los vehículos volcados cerca de Universitat y, si lograba evitar los núcleos de muertos congelados, avanzar hacia Eixample Dreta y bajar la mirada cuando divisara la cumbre rota de la Sagrada Família sobre el horizonte.
El primer tramo fue agónico pero posible. Solo dos infectados, medio enterrados entre bolsas y mantas húmedas, le dificultaron el paso cerca de Urgell, pero Jorge sabía que el frío ralentizaba los reflejos de los zombis. Dolorosamente, pisó la cabeza de uno con una bota reforzada, sintiendo el crujido huesudo bajo su peso, hasta que la criatura quedó quieta.
Cruzando el cruce de Gran Via vio, por un instante, el atisbo de una figura humana entre los setos de Plaça Tetuan. Se irguió por reflejo y levantó la mano. La figura respondió con un toque de linterna ingrávido: la contraseña era un destello largo y dos cortos. Era Marta, enfermera que lideraba la ronda del Passeig de Sant Joan. Iban a encontrarse en Valencia con Girona, y desde allí llegarían juntos hasta Marina, bordeando las fábricas y residuos metálicos de la Meridiana, para no atraer ni a zombis ni a ladrones.
El encuentro fue torpe pero cálido. Marta estaba demacrada, con el pelo recogido tras una bufanda llena de mugre y unos guantes cuyos dedos apenas aguantaban una costura. Pero sus ojos, duros y claros, no habían perdido la chispa. Compartieron dos galletas y media botella de agua caliente.
—¿Has oído los disparos anoche? —le preguntó Jorge en voz baja.
—En el Gòtic han saqueado una farmacia. Han matado a la mitad del grupo tras las barricadas. La radio militar se apagó a medianoche. No hay socorro —respondió Marta, con la voz áspera por el frío—. Tenemos que llegar antes del anochecer. Los infectados se agrupan en el túnel del tren.
Al avanzar por calles flanqueadas por edificios con toldos arrancados y fachadas agujereadas, escondieron sus pasos entre coches abandonados y pilas de basura congelada. De vez en cuando se cruzaban con grupos pequeños, normalmente por parejas, arrastrando carros de supermercado llenos de botellas, linternas y mantas.
Al llegar a las inmediaciones de la Sagrada Familia, la visión del templo inacabado entre las ruinas de la avenida era sobrecogedora. Antaño, cientos de turistas formaban colas interminables por los laterales. Ahora, solo el viento reverberaba bajo los arcos góticos y, ocasionalmente, el eco de los gemidos guturales de algún grupo de zombis desperdigados.
Se adentraron por la nave sur, protegidos por capuchas y bufandas, y aguardaron junto a la reja de hierro negro. Pasaron casi treinta minutos hasta que una figura armada con un bate de madera se asomó.
—¿Tenéis cartuchos? —preguntó la figura, apenas iluminada por la luz anaranjada de una linterna de dínamo.
Marta respondió en código: —Dos cortos, uno largo. Y medicamentos.
El vigilante asintió y les abrió una hoja oxidada del portón. Cruzaron al interior, donde un grupo de seis personas se repartían alrededor de una hoguera en un bidón de gasolina. Había un ambiente eléctrico de miedo y desconfianza. Se intercambiaban cuchicheos rápidos sobre dónde estaban las bolsas de arroz, si quedaba jarabe para la tos, quién vigilaba la azotea.
Jorge sintió la vista cansada de todos los presentes clavándose sobre su mochila. De su parte, ofreció a cambio de comida varios botes de ibuprofeno y seis cartuchos oxidados de escopeta. Un anciano con el abrigo forrado de retazos de tela efectuó el intercambio: una lata de garbanzos, dos pastillas de desinfección de agua, una linterna de carga manual.
El asedio de la ciudad había enseñado nuevos valores: conversar en un susurro, moverse siempre en diagonal por las calles, no fiarse de ningún grupo por numeroso que fuera y no recibir nada sin dar algo a cambio.
Una mujer joven, con el pelo pelirrojo mal recogido y el abrigo raído, se sentó al lado de Jorge y le habló en catalán, luego en castellano al percibir que Jorge respondía con acento extranjero.
—Hay un grupo que intenta fortificar Sant Pau. Quieren aislar las calles aledañas —le contó con voz susurrada—. Dicen que la Guardia Urbana que queda se ha ido con los paramilitares a Gràcia. Aquí abajo nos salvamos por el frío, pero no va a durar. Los muertos se apelotonan en la zona de Marina, y si la temperatura sube… se nos viene encima una oleada.
Jorge la miró con gravedad. Sabía que el peligro no era solo el hambre o el frío. Muchos infectados se agrupaban en clusters inertes, inmóviles por la escarcha, pero bastaba que el clima cambiara para que las calles volvieran a ser un matadero.
La conversación giró en torno a los rumores. Algunos hablaban de barcos atracados en el puerto, que ofrecían pasaje a cambio de armas o medicinas. Otros, de la existencia de camiones ocultos en almacenes de la Zona Franca, llenos de harina, gasoil y herramientas. Bajo las bóvedas de la Sagrada Familia, ningún rumor parecía demasiado improbable.
A lo lejos, durante la vigilia, se oían esporádicos disparos apagados, algún grito aislado, y de cuando en cuando el terrible gemido de la horda: un arrastrar de pies, un traqueteo de cadenas, una vibración densa y gutural que ponía los pelos de punta. En noches tranquilas, se llegaba a oír el rumor del mar, cubierto de nubes plomizas, chocando contra el rompeolas de la Barceloneta.
Cuando el primer rayo de luz entró por las aberturas de la nave, Jorge comprobó de nuevo su mochila y decidió que esperaría una noche más. Los refugiados del templo debatían qué hacer. Unos querían salir hacia el hospital ahora, aprovechando el letargo de los zombis. Otros preferían esperar a que el grupo de guardias del puente de Marina confirmara que el camino estuviera despejado.
Aquel día nadie salió. Pasaron la jornada compartiendo historias: una anciana, Julia, relató cómo perdió a su hermano en el asalto al mercado de Hostafrancs; un joven, Isidre, explicó cómo sobrevivió diez días oculto entre los conductos de ventilación del metro de Sants. Marta, la enfermera, enseñó a los niños a entablillar un brazo roto con las persianas de madera halladas en la sacristía.
Fuera, el hielo daba tregua y los primeros copos caían a través de los ventanales rotos, apagando a los muertos en las calles. Desde lo alto de la torre inacabada, los vigilantes veían la ciudad cubierta de una bruma mortecina, el mar reluciendo a lo lejos, apenas vivo, mientras la vida humana persistía, goteando entre grietas y refugios.
Cuando el sol desapareció, todo empezó de nuevo: los gritos en la calle, el roce fantasmal de los muertos entre las sombras, y el temblor de la ciudad que aprendía poco a poco, noche a noche, el arte de resistir.
En la penumbra de aquella catedral de ruinas, Jorge supo que la vida entera se había reducido a sobrevivir un día más, aprender quién era amigo y quién enemigo, conservar la dignidad ante la amenaza del frío, del hambre y de aquellos que habían dejado de ser humanos. En lo alto de la estructura monumental, por un instante, solo fue posible mirar la ciudad y pensar en todo lo que se había perdido, lo que aún quedaba por salvar.
En Barcelona, bajo el invierno de la muerte, no había héroes, solo gente ordinaria haciendo lo necesario para vivir. La esperanza era modesta, pero respiraba, agazapada como un animal asustado, cada vez que alguien decidía no rendirse.
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