12 de enero de 2026
El aire en Barcelona era más frío de lo habitual ese invierno, y Carles sentía cada bocanada como una advertencia. Había aprendido a escuchar los matices del viento durante aquellos largos años en que el mundo que había conocido se erosionó, primero en semanas frenéticas y después bajo un goteo de muerte que se demoraba y no dejaba nada intacto. En esta orilla del año 2026, la ciudad ya no se consideraba un refugio sino apenas un obstáculo, un esqueleto de piedras y recuerdos que aún se resistía a ser devorado por la maleza y los caminantes errantes.
Carles, a sus treinta y nueve años, era uno de los suyos. No era líder de nada ni nadie, no como aquellos que patrullaban las fronteras de la Zona Segura en Gràcia con escopetas caseras y brazaletes rojos, ni de los grupos nómadas que descendían de Montjuïc, hilera de sombras armadas con machetes y hambre. Su trabajo era menos vistoso, y quizás más vital: mantenía el mapa de los pasadizos útiles bajo la ciudad, una constelación de sótanos, antiguos bunkers de la guerra civil, estaciones de metro clausuradas donde un grupo de cincuenta supervivientes resistían día tras día a la espera de un mañana que parecía nunca afianzar del todo.
Atrás habían quedado los días en que la huida era precipitada, aquellos primeros meses en los que la enfermedad no era más que un rumor, hasta que las sirenas comenzaron a separar el sueño de la vigilia y la ciudad empezó a oler no solo a miedo, sino también a pólvora, a basura sin recoger y a sangre. Desde entonces, los años se habían encargado de fundir la urbe en una sucesión de barreras improvisadas y calles impracticables.
El sonido metálico de los raíles, en lo profundo de la línea verde, le servía de guía. Sabía que ese eco pertenecía a Felip, que llegaría con novedades desde el mercado de intercambio en lo que antes fuera el Eixample. Carles se aproximó con la linterna entornada, enfocada al suelo para evitar dar señales innecesarias a los no invitados. Dos destellos cortos, uno largo, y luego silencio: su código con Felip, sencillo pero efectivo.
—¿Alguna novedad? —preguntó Carles en cuanto divisó el perfil del hombre tras los sacos apilados y las viejas señales de evacuación.
—Han limpiado el Passeig de Sant Joan —dijo Felip con voz ronca por el frío—. Ayer lograron acabar con un grupo de seis. Eran lentos; se les caían las piernas. Nos costó más terminar con los carroñeros humanos. Alguien intentó robar medicinas. Lo atraparon y… bueno, sabes cómo acaban esas cosas.
Carles asintió. Si algo se mantenía igual en la Barcelona post-plaga era la ley de la supervivencia. El hambre de años había torcido a los hombres, casi tanto como la enfermedad lo había hecho ya con los cadáveres.
—¿Y los rumores del puerto? —preguntó Carles, con una chispa de esperanza.
Felip soltó una risa agria.
—Olvídalo. Nadie va a salir navegando. Y los de la Vila Olímpica se han ido casi todos, no queda nada útil ni nadie cuerdo.
Se encaminaron juntos hacia el cuartelillo improvisado de la comunidad: la antigua estación Diagonal, ahora parcialmente tapiada, con un corredor estrecho que solo los del grupo sabían sortear sin quedar atrapados en las barricadas de rejas de bicicleta. Allí los esperaba el grupo, una amalgama de rostros marcados por la privación: Montse, la anciana que aún recitaba historias del barrio Gòtic bajo la cúpula de la estación; Laila y sus hijos, emigrados de Marruecos a finales de 2019 para descubrir, apenas instalados, que el futuro sería aún más incierto en Europa; Pol, ingeniero que aún revisaba las baterías solares acopiadas en la azotea de un edificio cercano.
Cada tarde, bajaban un parte de situación: ¿cuántos infectados al este de la Plaça Catalunya?, ¿quedaba pan en las despensas colectivas?, ¿había visto alguien señales de vida humana al otro lado del Born?
Carles repasaba su mapa mental mientras participaba del consejo de emergencia. Tenía la autoridad no porque la reclamara, sino porque era quien menos hablaba y más escuchaba, quien avanzaba por los túneles antes que otros y traía de vuelta información que evitaba muertes innecesarias.
—Tenemos que decidir si intentamos reparar la línea de agua —dijo Pol, siempre directo—. Los últimos bidones de la Font Màgica apenas nos duran una semana. Si podemos llegar hasta la estación de bombeo, podríamos conseguir algo más de presión. Pero…
—Pasarás cerca de la Plaça d’Espanya —interrumpió Laila—. Hay demasiados cadáveres bloqueando la vía principal desde hace semanas. Va a ser muy arriesgado.
Montse alzó la voz, su tono sosegado imponiendo una pausa.
—Antes, cuando era niña, aprendimos a buscar agua de los aljibes en la ciudad vieja. Podría guiar a alguien si quisieran intentarlo.
Ninguna idea era descartable ya, todos lo sabían.
Después de un debate rápido e intenso, se formó un grupo: Carles, Laila y Pol. Se prepararían al día siguiente, justo antes de que el sol declinara, cuando la mayoría de los errantes se parapetaban entre sombras aletargadas, sus cuerpos cada vez más descompuestos pero mortales aún si te descuidabas.
La noche era relativa en la Barcelona subterránea. Si no fuera por los relojes y las rutinas fijadas, sería fácil perder la noción del tiempo. Carles permaneció largo rato sin dormir, la espalda apoyada en una columna que tantas veces había servido de refugio durante bombardeos, asaltos y ahora esta guerra silenciosa, tan densa como la humedad que pegaba a los huesos.
A primera hora, el grupo marchó en silencio. Carles encabezaba, la linterna enfocando solo lo justo, Pol cargando un pequeño panel solar y una radio de manivela, Laila portando una mochila con vendas, cuchillos y algo de pan seco. Al salir a superficie, respiraron el aire irreal y metálico del nuevo día sobre la Gran Vía, donde la niebla ocultaba los edificios desplomados y la vegetación salvaje que ya había invadido la calzada, aferrándose a los raíles del tranvía como si reclamara la ciudad sólo para sí.
Avanzaron junto a esqueletos metálicos de coches calcinados, los cristales reventados y las puertas arrancadas. Había huellas más frescas en la acera: probablemente otro grupo de saqueadores o un convoy de la milicia de Sants, cuyos colores se distinguían por un trapo amarillo atado al brazo. Pol comprobó el mapa de la red de alcantarillado; debían evitar el cruce próximo al mercado de Sant Antoni, se había hablado de un nido allí, varios zombis inactivos a la espera de ruidos más fuertes.
Al doblar por la calle Llançà, Carles alzó la mano. Un sonido sordo, un gorgoteo en la distancia. El hedor a descomposición era tan punzante que todos se taparon la boca con trapos mojados en vinagre. Dos figuras tambaleantes avanzaban hacia un portal abierto, detenidas por la maraña de muebles y basura. Carles señaló el desvío, y el trío se coló por el acceso lateral de una ferretería, bajando la persiana con extrema lentitud, esperando no llamar la atención del resto.
En el sótano oscuro, se tomaron unos minutos para recuperar el aliento. Laila, que nunca era la más fuerte pero sí la más tenaz, miró a Carles en busca de indicios de pánico. No encontró ninguno, sintió que estaba segura a su lado.
—Recuerdo cuando venía aquí, antes, por clavos y pintura —dijo Pol, intentando aliviar la tensión—. Ahora, lo que daría por un poco de luz eléctrica.
—¿Alguna vez pensaste que viviríamos esto? —preguntó Laila, la voz apenas un susurro.
Carles negó con la cabeza.
—No. Pero tampoco pensé que resistiría tanto tiempo así.
Reemprendieron la marcha tan pronto como el riesgo pareció pasar. En los días previos, algunos habían notado que los zombis ya no corrían con la desesperación suicida de los primeros años; sus cuerpos se habían desgastado, huesos asomando bajo carne deshaciéndose, pero su peligrosidad no desaparecía: bastaba con un rasguño o una mordida mal atendida para condenarse a la muerte lenta y, eventualmente, al hambre ciega de los no-muertos.
Llegaron a las inmediaciones de Plaça d’Espanya, saltando barricadas y cruzando espacios abiertos solo cuando el silencio era garantía. El edificio de la torre veneciana se alzaba como una ruina neoclásica, vigilando la plaza infestada de restos que ni el viento podía arrastrar. Tres zombis, incapacitados por el frío matinal, reptaban junto al monumento de piedra; los evitaron cruzando por una oficina incendiada.
Llegar a la estación de bombeo fue un triunfo menor, pero aquel día los triunfos se medían en sobrevivir. Revisaron las válvulas, limpiaron filtros, y Pol logró lo imposible: aumentó la presión del agua. Nada épico, apenas un hilo más caudaloso para llenar los bidones.
—Alguien ha estado aquí antes —dijo Carles, al notar una caja vacía de botellas y un dibujo de tiza en la pared: un círculo rodeado de triángulos. Era la marca de un grupo rival, los conocidos como “Los Diestros”.
—¿Y si vuelven? —preguntó Laila.
—Si vuelven, encontraremos otro camino —contestó Carles, en voz más baja de lo que habría querido.
Regresaron con sigilo, cargando lo que pudieron. La ciudad parecía aún más vacía al volver a la red subterránea, como si las huellas que habían dejado se disolvieran rápidamente bajo la amenaza constante, invisible pero presente. Al llegar, los recibieron con sonrisas, algún abrazo y la tímida fe de que una semana más se había ganado ante la adversidad.
Aquella noche, Carles salió al andén, donde la luz de una fogata pequeña apenas bailoteaba sobre los rostros del grupo. Escuchaban una vieja canción en la radio, y Montse contaba a los niños una historia sobre dragones que dormían bajo el Tibidabo. Carles se permitió un momento de paz, descubriendo que la supervivencia, en ese mundo roto, era algo que se lograba juntos, día a día, con cada pequeño logro.
No era alegría, era algo diferente. Resistencia, tal vez. Un anhelo, quizás, de que algún día, cuando los libros se reescribieran y la gente hablara de los viejos tiempos, se recordaran las noches bajo la ciudad, los ojos atentos en la penumbra, y los corazones unidos por el simple deseo de seguir avanzando, incluso en la Barcelona que ya no existía, pero no terminaba de morir.
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