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Portada del relato La Larga Noche en la Ciudad Condal
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Fragmento:


Dentro, un pequeño grupo se apiñaba. Allí estaba Josep, vendándose la pantorrilla con tiras de camiseta.

Duración: 11:19

La Larga Noche en la Ciudad Condal
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Texto de ajuste de pausa.

15 de julio de 2027

La humedad de la mañana envolvía Barcelona, como si la bruma costera no quisiera dejar libre a una ciudad que aprendía a sobrevivir con cada amanecer. Aunque para muchos, aquello ya no era Barcelona: las ramblas cubiertas de escombros, las venas de la ciudad en que los plátanos crecían a su antojo, las avenidas flanqueadas por barricadas de vigas y sacos harinosos, los balcones descolgados como sonrisas rotas. Pero para otros, los nacidos después del colapso, los niños cuyos ojos no conocieron el mar sin el miedo, ese caos tenía un nombre: hogar.

El sol apenas trepaba tras la silueta cansada de la Sagrada Familia cuando Marta dejó el refugio de su callejón, cubriendo su pelo corto bajo un pañuelo de lino remendado. Llevaba una mochila colmada de latas, una navaja y un puñado de semillas de judía que guardaba como joyas. Su paso era rápido pero medido. A los veintitrés años, era veterana en esa guerra sin frente, y el más mínimo descuido la podía condenar.

En la ciudad mutilada por los años de asedio, la esperanza era un rumor que circulaba como moneda de trueque. Ladrillos manchados de sangre, coches oxidados convertidos en barricadas, tramas inverosímiles que tejían los supervivientes: alguien había redescubierto una imprenta, otros cultivaban tomates en techos convertidos en huertos, un médico trasplantaba piel en una clínica escondida en Gràcia. Pero sobre todo, la historia de la muralla.

Cruzando uno de los pasajes entre los Altos del Raval, Marta se encontró con Nando, su amigo de fatigas, camuflado entre carteles llamando al trueque y la protección colectiva. Él devolvía el saludo con el gesto mudo que compartían: tres dedos al corazón.

—¿Todo tranquilo? —preguntó en voz baja, por respeto a los fantasmas.

—Hoy sí, anoche no. Nos atacaron otra vez.

Era lo habitual. Desde que los talleres de armas en Poblenou producían de nuevo rudimentarias pistolas y recortadas, las bandas nómadas merodeaban con creciente osadía. No tenían interés por la ciudad, pero querían sus pertenencias y, sobre todo, la cosecha de los techos.

—¿Sabes si Josep sigue vivo? —Insistió Marta.

Nando dudó, tragó saliva.

—No bajó esta mañana. Igual está en la plaza, con los que limpian zombis. Se está complicando, dicen que otra horda apareció en el Eixample y viene empujada por los saqueadores hacia aquí.

Marta asintió. Era un juego cruel: si los zombis diezmados obligaban a los saqueadores a retroceder, era el barrio quien los recibía, y la línea defensiva pasaba a ser nuevamente el borde de las Ramblas.

Caminaron juntos hacia el Mercado de la Boqueria. Donde una vez habrían olido mariscos y frutas frescas, ahora el hedor era de sudor y pólvora, y el color lo ponían las telas parches con las que los supervivientes intentaban recordar que seguían siendo humanos. El pulso de la ciudad era aquí, rodeado de tablas y vigías armados en las alturas.

Dentro, un pequeño grupo se apiñaba. Allí estaba Josep, vendándose la pantorrilla con tiras de camiseta.

—Lo de siempre —murmuró con un gesto de disculpa—. Creí que ya nos quedábamos sin balas, pero Pablo y los de la Imprenta trajeron cartuchos nuevos de la otra vez.

Era la gran novedad: después de mucho ensayo y error, los viejos obreros del metal en Sant Martí habían logrado fabricar cartuchos decentes. No eran muchos, pero suficientes para las defensas del distrito.

La “plaza” de la Boqueria era también el lugar de las noticias. Una muchacha con brazalete de tela verde, la señal de los corredores, llegó jadeante.

—El Gòtic está despejado —anunció—. El grupo de recolección volvió con semillas y algo de comida. Sin zombis, pero cruzaron con una patrulla de los de la cruz roja falsa. Hay que vigilar la frontera con el Born.

La cruz roja falsa: una cuadrilla paramilitar que había comenzado como sanadores y se había degenerado en extorsionadores durante los últimos dos años. A cambio de protección, exigían tributo, y si no pagabas... la sangre manchaba los mosaicos centenarios de la ciudad vieja.

Marta se dejó caer sobre una caja y repasó de memoria la lista de cosas que tenía que hacer: buscar a su hermana menor, Vera, que dormía esta semana en el refugio del Liceu; comprobar si les quedaba tierra suficiente para el segundo huerto en la azotea; tratar de intercambiar una radio estropeada por aguja e hilo en el mercado negro de la calle Ferran. Todo eso sin caer en emboscadas de humanos y sin atraer a los zombis de la Ronda, que durante el calor del mediodía la buscaban la sombra.

Afuera, el sonido de una bengala rasgó el aire como un latigazo. Era el código rojo: movimiento inesperado en las avenidas. Salieron todos corriendo, preparados con fardos de palos prensados y las armas de siempre. Los más jóvenes subieron a los tejados, donde las mirillas improvisadas permitían avistar el enemigo desde lejos.

Desde arriba, la ciudad parecía un tablero de ajedrez devastado. Las zonas seguras, con tiendas de campaña y pequeños huertos en terrazas, se alternaban con cuadrantes de escombros y coches quemados. Parte del Barceloneta era ahora una ciénaga plagada de huesos; Glòries, un vacío sin ley. Nadie cruzaba la Diagonal entera si no era en caravana armada.

La horda venía del Passeig de Gràcia, empujada por disparos lejanos. Unos cincuenta zombis recorrían la calzada, lentos, más esqueletos que monstruos, pero aún mortales. A sus espaldas, cinco saqueadores encapuchados azuzaban a los muertos para que avanzasen. Era una táctica común: usar a los zombis deteriorados como perros guardianes, abrir huecos para saquear mientras los vecinos tenían que defenderse de los infectados.

En la barricada de la Plaça Catalunya, los defensores soltaron una lluvia de piedras y botellas incendiarias. Los primeros zombis ardieron y la horda se dispersó torpemente en las Ramblas. Fue entonces cuando Marta vio a Vera: su figura menuda, corriendo hacia un portal semiabierto, arrastrando de la mano a una niña más pequeña.

El corazón de Marta se detuvo un momento. Empujó a Nando y descendió del tejado a trompicones. La batalla era confusión: gritos, silbidos para coordinar los tiradores, el chisporroteo del fuego cruzando los cadáveres amontonados en la acera.

La alcanzó junto al mosaico de Miró en la rambla. Vera y la niña jadeaban, temblorosas. Los ojos de la pequeña sobresalían, fijos en el espectáculo del horror.

—¿Por qué estáis aquí? —bufó Marta, arrastrándolas hacia una calleja lateral.

—Nos habíamos quedado sin agua en el refugio del Liceu. Sara vino a avisar a su hermano. Se perdió. No sabíamos que venía la horda...

El rugido de la batalla subió de tono. Un grito inhumano brotó de la boca de un zombi atrapado en el incendio. La propia Marta podía oler el pelo quemado y la podredumbre por encima de todo.

Intentaron volver a la Boqueria, pero una explosión en la esquina de la calle Cardenal Casañas los obligó a retroceder. Subieron una escalera de servicio, y encontraron refugio en la terraza de un edificio desvencijado, entre macetas vacías y sillas caídas. Desde ahí, vieron la pelea: los defensores recuperaban el control, los saqueadores intentaban huir llevándose lo que podían. Un zombi atrapó una pierna, allí donde los mosaicos de Gaudí se habían fundido con el polvo y la violencia. Debajo, la ciudad resistía, como cada día.

Horas después, un extraño silencio se cernía otra vez. En Barcelona nadie dormía de verdad. En aquel tejado, las niñas dormitaron abrazadas, mientras Marta y Nando miraban el horizonte. La luna asomaba tras la silueta recortada de la Sagrada Familia, como una vela superviviente.

—No aguantarán mucho más —murmuró Nando, refiriéndose a los zombis. Parecían menos eficientes, frágiles en sus movimientos torpes, pero aún capaces de diseminar el horror con una sola mordida.

—No —susurró Marta—. Pero nosotros tampoco… si la ciudad no encuentra de nuevo su forma.

Un leve rumor de música flotaba en la noche. Era imposible, pero la imaginación a veces les devolvía aquello que el mundo les había quitado. Eran las voces de la resistencia: los poetas de las imprentas recuperadas, el grupo de actores que representaban obras con títeres para los niños en alguna escuela fortificada del Eixample, la música de los refugiados que aún recordaban flamenco y jazz. Esperanza en retazos. Contra el hambre, el frío, el acero de los vivos y los dientes de los muertos, sólo se podía oponer ese milagro tenaz: el vínculo de los que luchaban juntos.

A la madrugada, bajaron. El barrio olía a humo, pero la Boqueria seguía en pie. Los vecinos compartían café aguado, migas, y noticias. Un hombre alto, con chaqueta de tablillas de metal remendadas y barba de semanas, se acercó a Marta.

—Esta noche limpian el Born. Dicen que mañana reabrirán la ruta hasta el Arc de Triomf. Si conseguimos aguantar, habrá feria el domingo, y puede que las caravanas nos traigan aceite y arroz de las nuevas huertas del Baix Llobregat.

Era casi un milagro hablar de ferias, pero existían. Al amparo precario de fusiles reconstruidos y acuerdos de tregua entre comunidades, surgían verdaderas fiestas: estandartes improvisados, pequeños mercados donde se intercambiaban libros restaurados, semillas de patata, objetos de valor inexplicable como un viejo radio, tal vez alguna medicina efectiva.

Vera, ya más entera, se colgó la mochila polvorienta.

—¿Vendrá mamá algún día? —preguntó, y la pregunta le cayó a Marta como una piedra. No había respuestas para los niños. Solo promesas.

—Hoy hemos pegado otro día más. Eso es lo que tienes que saber —dijo, sin alzar la voz.

Cuando salió el sol, la luz real sobre la ciudad herida devolvía a las cosas una dignidad improbable. La Sagrada Familia parecía protegerles bajo sus torres encendidas. Nadie hablaba del viejo mundo con demasiada nostalgia, ni de los días previos a la peste: era ya una leyenda que los viejos contaban a los niños. Pero en silencio, cada habitante de Barcelona guardaba un puñado de recuerdos —el mar que todavía brillaba al fondo, las campanas lejanas— y sobre todo la convicción, simple y firme, de que sobrevivir era ya en sí una victoria gloriosa.

En ese julio de 2027, la ciudad seguía viva. Guardaba su nombre como un talismán, incluso cuando zombis y humanos peleaban aún por las ruinas. Nadie sabía si algún día volvería la normalidad, ni si el mundo anterior merecía realmente ser resucitado. Pero Barcelona, con cada amanecer y cada noche de resistencia, se reinventaba entre cenizas. Allí donde había fuego, había también vida, y esperanza.

Y aquel día, como tantas veces, los supervivientes salieron al alba. Preparaban nuevos cultivos en terrazas, limpiaban las calles de cadáveres, creaban mapas del territorio, y tejían, con gestos sencillos, la red invisible que los mantenía humanos entre las ruinas.

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