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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato La Tumba de Gaudí
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Fragmento:


—¿Crees… que llegarán a cruzar desde el Raval hoy? —susurró Nuria, rompiendo el silencio con voz ronca.

Duración: 10:40

La Tumba de Gaudí
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Texto de ajuste de pausa.

21 de diciembre de 2020

La nieve caía con desgana en la plaza Catalunya, donde el silencio teñía el aire con un peso frío y oscuro. No era habitual ver nieve acumulándose en el suelo de Barcelona, menos aún con ese espesor que cubría los adoquines, los carteles de las manifestaciones pasadas y los cuerpos inertes esparcidos en las esquinas. La navidad no tendría luces este año; de hecho, ni la sombra amarilla de los faroles quedaba ya para combatir a las largas horas de oscuridad. El reloj del Corte Inglés, invisible entre los apagones y las nubes, marcaba las horas solo en la memoria de las pocas decenas de supervivientes que se arrastraban por los sótanos y las estaciones del metro convertidas en refugio.

Jordi se frotó las manos entumecidas, mirando con atención hacia los portales de la Rambla. Escuchaba los gemidos huecos que el viento traía desde el interior del Liceu. Le asignaron la vigilancia esa noche, con el encargo ineludible de alertar a los demás si alguna horda se veía atraída por el olor de comida o de carne viva. Lo acompañaba Nuria, que ajustaba la mascarilla improvisada con una manga de abrigo. Entre ellos había mucha tensión, no tanto por miedo a los zombis —aunque no faltaba— sino por el hambre, el frío y esa desconfianza que crece bajo la amenaza continua de la muerte.

—¿Crees… que llegarán a cruzar desde el Raval hoy? —susurró Nuria, rompiendo el silencio con voz ronca.

Jordi negó con la cabeza. Sabían que las hordas dominaban el Raval. Era un laberinto perfecto para los infectados, y ellos, sin armas decentes, habían decidido no cruzar más la Rambla. El día anterior, uno de los suyos intentó recuperar medicinas en una antigua farmacia y no regresó.

Las noches de diciembre se alargaban, y los cuerpos fríos en las aceras se convertían en trampas letales. Los muertos caminaban erráticos, más lentos que en verano, pero igual de incansables, y en ocasiones se atrincheraban en las entradas del Metro, atraídos por el olor humano que aún permanecía en aquellas profundidades.

A las cinco de la madrugada, una bengala rojiza surcó el cielo en dirección al Tibidabo. Las señales militares, esa noche, eran raras; semanas antes, los últimos soldados catalanes habían abandonado el Parc de la Ciutadella. El eco de la bengala sacudió la quietud, como un clamor de esperanza o de advertencia.

Nuria tragó saliva. —Gaspar dijo que hoy debían llegar los del Poble-sec. Llevan víveres.

—Si llegan —sentenció Jordi, mirando la bengala extinguirse en la distancia—. Si no se han congelado o los han cogido los de Sant Andreu.

El grupo al que pertenecían, unas cuarenta personas, se había instalado en el sótano de una escuela de música, donde intentaban sobrevivir intercambiando latas, arrojando mantas a los niños y manteniéndose alejados de los ventanales. Cada noche, hacían turnos de vigilancia y racionaban los alimentos. Había días en que no se comía nada sólido y las peleas por el té o el agua hervida eran ferozmente acalladas por el miedo a atraer a los zombis.

Tras la desaparición de los radios de emergencia y los cortes de Internet, la ciudad había descendido a un abismo primitivo. Los antiguos barrios se dividían ahora en territorios marcados a sangre y fuego. El Born era tierra de saqueadores, armados con barras de hierro y cuchillos, mientras que Gràcia se había convertido en un refugio de supervivientes que comerciaban por señales luminosas y tablillas de madera pintadas.

Jordi y Nuria escucharon un crujido en los restos de un kiosko postal. El frío hacía que el aire transportara sonidos insólitos, y ambos apretaron sus herramientas improvisadas: un bate de béisbol y un cuchillo de cocina. Unos pasos lentos y torpes surgieron desde el Pla de l’Os, arrastrando la sombra fangosa de lo que había sido una mujer de mediana edad, vestida aún con el uniforme gris de una camarera y una cinta de luto colgando del cuello. Jordi contuvo el aliento. Ya no sentía la compulsión de hace seis meses, cuando la visión de un muerto ambulante le helaba la sangre; ahora era más un incómodo recordatorio de que estaban perdiendo la ciudad, metro a metro.

La mujer-zombi se tambaleó hasta la esquina y, olfateando, se desvió por una callejuela rumbo al mar. Nuria apartó la mirada mientras Jordi susurraba una breve oración en catalán. El invierno los obligaba a encerrar emociones, pero aún conservaban —en algún resquicio— la humanidad que luchaba por sobrevivir.

Sobre las siete, la primera luz grisácea del amanecer perfiló las ruinas de la Boquería. El mercado se había convertido en un cementerio de fresas podridas y charcos de sangre. A esa hora, el grupo solía planear sus movimientos: una salida rápida para buscar algo aprovechable, quizás alguna conserva olvidada o utensilio. Se organizaban en parejas y siempre volvían, si eran afortunados, en menos de media hora.

Aquel día, Gaspar —un hombre robusto, de pelo canoso y manos encallecidas— volvió con un mensaje. Había conseguido contactar mediante códigos con un grupo del barrio Gòtic: decían haber encontrado una farmacia intacta y proponían intercambiar medicamentos por mantas y agua. La idea de negociar con desconocidos era motivo de debate.

—Es peligroso —objetó Alba, la ex maestra que cuidaba a los niños—. Pueden ser merodeadores, o peor, pueden atraernos en una emboscada y matarnos.

Gaspar alzó la voz con cansancio —O intercambiamos o morimos de fiebre. Sabes que dos niños tienen infección. Hoy las medicinas, mañana la esperanza.

Tras una breve discusión, Jordi se presentó voluntario. Sabía, como todos, que alejarse era volver caminando sobre el filo de la navaja. Nuria insistió en acompañarlo, y antes de partir repartieron las pocas mantas que quedaban entre los niños, se abrazaron con brevedad y emprendieron el camino hacia el Gòtic, descendiendo por la Via Laietana congelada.

Al girar la esquina, una barricada improvisada de coches y restos de mobiliario bloqueaba el acceso a la calle Ferran. Desde la otra parte, una voz masculina les gritó en castellano:

—¡Alto! ¡Decid quiénes sois!

Jordi alzó las manos, dejando ver que no había armas de fuego.

—Venimos del Eixample. Tenemos mantas y queremos medicinas. Traemos agua también.

Una mujer joven, morena, apareció junto al guardián. Les hicieron pasar uno a uno por un portillo en la barricada tras comprobar que no eran portadores de mordeduras.

Dentro, la tensión se disipaba con lentitud. Todos se miraban desconfiados, como si cada recién llegado trajera el germen de la muerte. Jordi intercambió las mantas y botellas por una bolsa de antibióticos y vendas. Antes de irse, la mujer del grupo local les advirtió:

—No volváis por la Rambla, hay movimiento. Mejor id por el Passeig Colom. Esta noche, los del Raval andan alterados.

Así continuaron, bordeando las sombras, esquivando restos de patrullas carbonizadas y escaparates saqueados. El mar, que en otro tiempo olía a sal y turistas, arrastraba ahora un aroma fétido, mezcla de algas y descomposición. Las estatuas del puerto parecían custodiar un sueño muerto.

De regreso al refugio, se cruzaron con un grupo de saqueadores que, al descubrir que Jordi y Nuria apenas llevaban lo puesto, los apartaron de un empellón. Uno de ellos, un chaval de rostro enjuto y mirada delirante, les gritó:

—¡Volveremos con los nuestros! ¡Esto será nuestro otra vez, lo juro!

Jordi no respondió. En ese mundo, las amenazas eran tan cotidianas como la desesperación. Cruzaron la plaza Sant Jaume, donde la estatua de Sant Jordi seguía en pie, aunque salpicada de sangre antigua. Caminaban presintiendo cada rincón, cada esquina fría donde podía aguardarlos la muerte.

Al llegar al refugio, entregaron las medicinas a Alba, que sonrió agradecida, y Gaspar los abrazó con efusión. La promesa de sobrevivir otro día era todo lo que podían sostener.

Esa noche, el grupo se reunió en una de las aulas del sótano. En la penumbra, compartieron historias de la Barcelona de antes: de las playas atestadas de niños, de los conciertos en el Palau de la Música, de los partidos en el Camp Nou. Los niños, acurrucados bajo mantas que olían a humo y polvo, escucharon sin comprender del todo, pues para algunos, la normalidad era solo un cuento distante.

—Cuando esto acabe, reconstruiremos la ciutat —decía Gaspar en voz baja—. La haremos más fuerte.

Pero ninguno se atrevía a preguntar cuándo acabará, ni si saldrían de ese invierno vivos.

Unos días después, el frío arreciaba aún más. El puerto helado reflejaba la luna llena, y los pocos pescadores que aún se atrevían a lanzar redes sabían que era mejor no atraer la atención con fogatas o voces. A veces, al calor de la noche, se veían fuegos lejanos en Montjuïc, donde según decían, grupos de paramilitares se habían hecho fuertes, saqueando a quien cruzaba el puerto por alimentos o medicinas.

Jordi, insomne, salía a veces a la terraza del edificio para otear el horizonte. Desde allí, la Sagrada Familia se alzaba fantasmagórica, casi sepultada por las sombras y por la nieve. Sus agujas se perdían entre las nubes, como fragmentos de un pasado intocable. Por las noches, incluso los zombis disminuían su actividad, congelados en estaciones y plazas.

Había aprendido a escuchar con atención cada crujido, cada rumor de pasos, cada lamento ahogado que el viento propagaba por las callejuelas vacías. Sabía que ahora, más que nunca, era fundamental distinguir entre los vivos y los muertos, entre la esperanza y la resignación.

Pese a todo, la vida se resistía a desaparecer. El grupo, mermado pero aún entero, celebró ese día el solsticio de invierno con una pequeña vela encendida en una botella vacía de vino. La luz temblorosa proyectó sombras en la pared, mientras Alba recitaba una canción infantil en catalán, la voz de los niños acompañando con timidez.

—Quan el fred viatja, l’esperança no mor —dijo Gaspar, alzando la vela—. Quedamos pocos, pero seguimos siendo Barcelona.

Y así, entre historias y canciones, entre el frío y el miedo, resistieron otro día más en la ciudad desierta, soñando con el regreso de la primavera y el renacimiento de una Barcelona que, bajo la nieve y los gritos distantes de los no-muertos, se negaba a morir.

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