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Portada del relato El eco de la Sagrada Familia
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Fragmento:


—¿Cómo estuvo la noche? —pregunta Marie, apoyando el fusil tan cerca de la mano como la cuchara.

Duración: 11:51

El eco de la Sagrada Familia
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Texto de ajuste de pausa.

17 de julio de 2027

Llueve sobre Barcelona. No una lluvia torrencial, sino esa llovizna pegajosa que cubre las ruinas grises de la ciudad, tan persistente como el recuerdo del mundo anterior. En lo alto de Montjuic, donde antaño las fiestas y verbenas iluminaban la noche, ahora solo queda el crepitar de pequeñas fogatas y el murmullo de los centinelas. La fortaleza improvisada que los supervivientes levantaron aprovechando antiguas murallas es uno de los puntos neurálgicos de esta reconstruida Barcelona, una ciudad medio muerta, medio renacida, donde el peligro y la esperanza conviven a cada paso.

Amanecer. Raúl se despereza envuelto en una manta mugrienta, el rostro surcado de cicatrices recientes y viejas. Respira hondo, intentando llenar sus pulmones de ese aire húmedo que arrastra los olores del mar y también, a veces, el hedor agrio de la muerte. El campamento de Montjuic se despereza junto a él, aletargado por la niebla y la rutina. Los supervivientes han aprendido a moverse callados, racionar las palabras y dosificar el ruido. La ciudad aún guarda secretos, y no todos los peligros llevan la piel blanda y podrida de los zombis.

Marie, su compañera en la guardia nocturna, aparece entre las sombras. Su francés arrastra las erres, pero ya mezcla el catalán y el castellano con una naturalidad que desconcierta a los nuevos. Ella sonríe mientras le ofrece un cuenco de sopa acuosa —por llamarla de alguna manera— y se sientan juntos bajo la lona raída que protege la hoguera común.

—¿Cómo estuvo la noche? —pregunta Marie, apoyando el fusil tan cerca de la mano como la cuchara.

—Un par de tiros en el Poble Sec. Nada importante. La manada sigue atrapada entre las vallas, no parecen querer moverse —responde Raúl. Vuelve la vista al horizonte, donde la silueta incompleta de la Sagrada Familia se recorta como un monstruo petrificado. Por momentos parece un símbolo de esperanza; otras veces, es solo el recordatorio de una grandeza perdida.

La conversación se interrumpe. Desde abajo, del camino que sube desde Plaza España, llega un grito ronco. Es uno de los exploradores de la colonia, un chaval del Raval llamado Dani. En el brillo tenue de la mañana, sus ropas parecen demasiado grandes para su cuerpo famélico. Corre como si tuviera el diablo en los talones.

—¡Caravana! ¡Vienen de L’Hospitalet y traen trueque, traen pólvora!

La noticia produce un revuelo inmediato. Se arman protocolos, se colocan vigías y en cuestión de minutos los líderes se reúnen en el mirador del castillo, desde donde, en tiempos mejores, se divisaban fuegos artificiales y turistas. Ahora, se ve poco: las calles destrozadas, árboles creciendo entre el asfalto y barricadas semipermanentes hechas de coches, vallas y los vestigios de un mobiliario público que perdura solo como protección improvisada.

La llegada de una caravana ya no es solo cuestión de comercio: significa información, intercambio, el pulso de un mundo que quiere tejer una red a partir de los jirones dejados por la catástrofe. Últimamente hay noticias de que en Girona, y más allá, hasta Zaragoza, el comercio de alimentos secos y municiones ha empezado a regularizarse. Los zombis, aunque aún presentes en las zonas más devastadas, no son las amenazas imparables que dominaban todo hacía apenas dos años; su número y vitalidad mengua, pero el verdadero peligro ahora son las bandas humanas, saqueadores que merodean al acecho de botines fáciles.

Raúl se une al grupo de bienvenida—aunque eso de bienvenida aún suene raro, porque nadie baja la guardia. Cruzando la avenida del Paral·lel ven la caravana abrirse paso: cinco mulas de carga, escoltadas por seis hombres y dos mujeres armados hasta los dientes. Sus banderas muestran la marca blanca de Castelldefels, símbolo de paz en las rutas comerciales y de fuerza en los enfrentamientos.

Al mando de la caravana va una figura conocida: Jorge, un antiguo guardia urbano de Barcelona, ahora convertido en líder comerciante. Su sonrisa es franca, y levanta las manos en señal de tregua cuando se aproxima.

—¡Montjuic! —grita— Traemos pólvora, linternas, aceite y, con un poco de suerte, semillas que pueden haceros ricos.

En la explanada, el intercambio comienza de inmediato. El sistema de trueque ha evolucionado rápido: la pólvora y las balas, sí, pero ahora hay demanda realista de herramientas, mampostería, recambios eléctricos rudimentarios. Algún loco incluso cambia pequeñas imprentas, rescatadas de talleres antiguos, por sacos de lentejas y tabletas de sal.

Marie y Raúl se acercan a Jorge con una mezcla de desconfianza y esperanza. La última vez que vino, dejó a cambio de comida unos libros de textos de física, y en el asentamiento aún discuten si eso fue una buena negociación o una estafa. Pero la noticia que desata el murmullo entre la gente es la de las semillas.

—Dicen que en la Universitat Autònoma rescataron cámaras frigoríficas. Que hay semillas imprescindibles, no solo trigo y maíz, sino tomates de antes, acelgas, berenjenas raras... —explica Jorge, tomándose un respiro mientras mastica un trozo de cecina seca—. Si el intercambio prospera, este año la comida podría ser variada otra vez.

Eso, en un mundo donde el 90% de las comidas han sido gachas insípidas de legumbres, es una promesa casi absurda.

Algunos niños, los más pequeños, miran hacia la caravana como si esperaran que, en algún momento, los mercaderes sacaran de sus mochilas juguetes envueltos en papel brillante. No recuerdan el mar, la Rambla llena de turistas, ni los chiringuitos de la Barceloneta. Nacieron entre barricadas, sus primeros juegos aprendidos entre escondites y carreras por sótanos húmedos, allí donde los zombis no bajaban.

La tarde transcurre entre tensiones y alegrías discretas. El olor a pólvora se mezcla con el del serrín, y las voces suben y bajan, negociaciones a veces rudas y otras casi ceremoniales. Se firma un acuerdo: un cargamento de hortalizas a cambio de munición y yesca. Las semillas —depositadas con más veneración que la mayoría de las reliquias— quedan guardadas bajo vigilancia estricta.

Más tarde, Raúl sube hasta el improvisado puesto de observación en el cableado teleférico. Desde allí, una panorámica de Barcelona se despliega: el Eixample cortado en pedazos, avenidas bloqueadas, la sombra de los grandes edificios aún en pie sobre el caos de vegetación dispersa. Los zombis, dispersos por el calor del verano, apenas se mueven. En el Camp Nou, cuentan, sobrevive una horda; la mayoría son solo sombras que se deshacen bajo el sol.

La amenaza humana, sin embargo, nunca descansa. Hace dos noches, una partida de saqueadores intentó asaltar el Born. Como castigo y advertencia, los pocos que capturaron fueron atados a la verja del Palau de la Música y dejados allí. Nadie dice nada sobre qué les ocurrió, pero todos, incluso los niños, entienden el mensaje.

María, la líder de la colonia —antigua profesora de historia, ahora comandante de facto— convoca a Raúl y los demás jefes de grupo para discutir la viabilidad de una nueva expedición. Hablan largo rato bajo la luz de lámparas alimentadas por generadores, vigilando que las llamas de las velas no atraigan atención indeseada. La propuesta: organizar un convoy hacia la zona de Poblenou, donde según la caravana de Castelldefels todavía quedan paneles solares y, quién sabe, algún equipo intacto.

—No podemos seguir viviendo de lo poco que nos llega —dice María, con voz grave—. Si queremos crecer, hay que arriesgar y recuperar lo que fue nuestro.

Hay una cierta euforia callada en el ambiente. El hambre, en el último año, ha sido menos cruel, y aunque han perdido tanta gente como han logrado salvar, por primera vez sienten que la curva de la extinción podría frenarse. El verdadero renacimiento es lento, doloroso, pero tangible.

Deciden el plan de ataque: un pequeño grupo, encabezado por Raúl y Marie, partirá al alba. Deciden el trazado: evitarán la Diagonal (demasiado expuesta), atravesarán la Vila Olímpica, escalarán los viejos andamios del litoral si hace falta. Un antiguo mapa, manoseado hasta la extenuación, pasa de mano en mano mientras discuten rutas y alternativas. El miedo a los zombies es casi superstición ancestral, viva pero amortiguada por la rutina; el temor a cruzarse con humanos peor armados pero más desesperados, ese permanece y condiciona cada decisión.

La noche antes de la partida, los supervivientes se reúnen en torno a la hoguera principal, bajo una lona donde aún se distinguen los colores desvaídos de una bandera catalana. Cantan canciones viejas, algunas rescatadas de la tradición popular, otras traducidas y adaptadas de otros campamentos. Un niño pequeño, Pau, pide que le cuenten cómo era la Barcelona de antes: relatos de metro llenos y de dragones de cartón en el Born; de libros y de lluvia que no daba miedo.

Marie toma la palabra con torpeza y cariño, mezclando palabras de todas las lenguas que ha aprendido. Habla de mercados repletos de frutas en la Boquería, de plazas llenas de manifestantes y de amores que nacieron y murieron en bancos anónimos en la playa. Los niños escuchan con asombro y los adultos con una mezcla de envidia y tristeza.

Al salir el sol, una bruma gris envuelve la ciudad. El grupo expedicionario desciende desde Montjuic atravesando la pendiente, esquivando vehículos calcinados y trozos del teleférico que cuelgan como esqueletos de hierro. Al pasar frente a una plaza ajardinada por la naturaleza, roban algunos higos de una higuera silvestre.

Pronto dejan atrás el refugio conocido y se deslizan por pasajes sombríos, atentos a cualquier sombra errática. Marie avanza en primer lugar, con el machete en mano; Raúl la sigue, ocultando su temor bajo la coraza de la costumbre. Al adentrarse en Poblenou, el silencio se vuelve absoluto, apenas roto por el zumbido lejano de algún cable eléctrico todavía “vivo”. La primera entrada a un edificio de oficinas es laboriosa, pero la planta baja está despejada. Suben con cautela, tanteando cada puerta, cada rincón.

Encuentran los paneles solares en la azotea, polvorientos pero intactos. Marie, que vio cómo funcionaban en Lyon, los examina y asiente con satisfacción. Extraerlos y transportarlos será otra odisea, pero posible.

Cuando emprenden el regreso, oyen tiros lejanos. Una señal táctil de Raúl detiene a todos. Esperan en silencio. Una sombra cruza la calle, demasiado rápida para ser un zombi, demasiado errática para ser un humano en control. Aprietan el paso y desaparecen, bajando por el subterráneo del tranvía. La ciudad, aunque parece dormida, sigue llena de vida —y muerte— en cada esquina.

Al alcanzar de nuevo Montjuic, la luz de la tarde baña la colina y revela, por primera vez en meses, una sonrisa de triunfo colectivo. No todas las expediciones tendrán este desenlace; la mayoría fracasarán o terminarán en sangre. Pero por hoy, por este verano de 2027, los supervivientes de Barcelona respiran un poco menos con miedo, un poco más con esperanza. Arrullan a los niños bajo el rumor sordo de la montaña. Y en la distancia, la Sagrada Familia observa, paciente y mutilada, el lento y doloroso renacimiento de la humanidad.

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