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Portada del relato El último eco en la Rambla
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Fragmento:


Sara ajustó la correa de la escopeta artesanal colgada al hombro y miró la torre de la catedral desde lo alto de la muralla improvisada en la plaza de la Mercè. Desde hacía semanas patrullaba el perímetro con su grupo, un puñado de supervivientes duros y hastiados procedentes de los barrios más dispares: Ivan de Horta, Nerea de Sant Andreu, Jaume de Gràcia, Lali el pescador del Somorrostro. Todos se habían encontrado refugio en la fortaleza de edificios viejos alrededor del Gòtic, donde se alzaban las improvisadas barricadas que debían resistir tanto a los últimos grupos de saqueadores humanos como a los zombis que aún deambulaban por los túneles del metro o los rincones oscuros de la Diagonal.

Duración: 12:26

El último eco en la Rambla
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Texto de ajuste de pausa.

5 de septiembre de 2026

La mañana había amanecido con el rumor de un mediterráneo cansado, tapado por una neblina cenicienta que se arrastraba desde el puerto hasta las plazas desnudas del casco antiguo. Las cicatrices de la ciudad todavía eran visibles bajo la pátina de los días, pero los adoquines ya no estaban regados de los huesos de antaño. El cartel oxidado de “Las Ramblas” colgaba torcido, avisando en vano a una multitud que no existía. Mirar Barcelona en septiembre de 2026 era contemplar un animal superviviente, encogido pero terco, buscando todavía su forma.

Sara ajustó la correa de la escopeta artesanal colgada al hombro y miró la torre de la catedral desde lo alto de la muralla improvisada en la plaza de la Mercè. Desde hacía semanas patrullaba el perímetro con su grupo, un puñado de supervivientes duros y hastiados procedentes de los barrios más dispares: Ivan de Horta, Nerea de Sant Andreu, Jaume de Gràcia, Lali el pescador del Somorrostro. Todos se habían encontrado refugio en la fortaleza de edificios viejos alrededor del Gòtic, donde se alzaban las improvisadas barricadas que debían resistir tanto a los últimos grupos de saqueadores humanos como a los zombis que aún deambulaban por los túneles del metro o los rincones oscuros de la Diagonal.

Era la hora del cambio de guardia y el aire tenía esa electricidad nerviosa de los días en que podía pasar cualquier cosa. Atrás quedaban los meses en que los zombis eran la única amenaza; ahora, cada cara nueva exigía parabienes, palabras y juramentos demasiado efímeros. Varias comunidades ya intercambiaban alimentos y munición en el Mercat de la Boqueria, convertida en plaza fuerte, y las ferias ocasionales a Sant Antoni eran vigiladas por una milicia naciente. Pero el peligro nunca era pequeño. Como gotas de sangre seca, aún quedaban bandas nómadas capaces de atacar de noche; de vez en cuando los caminantes, deteriorados, piel de papel y ojos vacíos, arrastraban sus restos hasta los muros y lanzaban su último aullido animal.

Sara recogió el cuaderno de inventario antes de bajar a la trastienda donde esperaban las tres figuras que intercambiarían arroz y jabón a cambio de remedios para quemaduras. En esos tiempos, cada trueque era una pequeña victoria de la civilización sobre el caos. En el aire flotaba la historia de la ciudad, pero en las miradas de los presentes estaba la sombra del hambre y la promesa de una tormenta nueva.

Tras intercambiar los bienes y acordar la próxima cita, Sara subió a la azotea del viejo hotel del Liceu y oteó la ciudad con los prismáticos. La Sagrada Familia, distante y a medio terminar, asomaba como un faro minúsculo, rodeado de maleza y techos vencidos. En las inmediaciones del barrio Gótico, la mayoría de los caminos estaban limpios de zombis, pero sabía de patrulleros que no habían vuelto tras explorar la Barceloneta. Las autopistas hacia el Maresme eran dominio de saqueadores, y aún era pronto para fiarse de los tratos con las comunas de Terrassa. Solo los corredores experimentados se atrevían a trayectos largos, protegidos por milicias cada vez mejor organizadas.

Una ráfaga de viento trajo olor a aceite viejo y pescado. Sara bajó de la azotea, calculando los turnos: esa tarde le tocaba salir en busca de baterías y combustible a la antigua estación de Sants, convertida en almacén y búnker. Iban a pie, en grupos pequeños, siguiendo rutas estudiadas y siempre vigilando los tejados y ventanas. Las calles estaban sembradas de trampas improvisadas, y la amenaza zombi, aunque débil, no era anecdótica. Aquellos que infectaban nuevos cadáveres seguían activos, y el miedo al contagio se sentía como un zumbido tras los dientes de todos los vivos.

Antes de salir, Sara pasó lista al grupo: Nerea, delgada y vivaz; Andreu, gigante paciente con una ballesta hecha a mano; y dos novatos, Ruth y Guillem, con la promesa de aprender lo que había que saber para no morir al primer grito en la noche. Cada uno revisó sus armas con una solemnidad improvisada, y caminaron en silencio, cuchicheando solo cuando oían pasos. Cruzaron la Ronda Litoral por túneles donde los grafitis reclamaban aún libertad o venganza contra fantasmas ya podridos, y rodearon los escombros de la Estació de França, donde años atrás, las primeras semanas del caos, la gente fue masacrada y devorada, y ni el sol ni la lluvia podían lavar la memoria.

En el cruce con Paral·lel, un retén de la milicia de Montjuïc les exigió contraseña y saqueó su bolsa a cambio de dejarles continuar. Andreu protestó, pero una mirada de Nerea bastó para que Sara negociara dos balas de escopeta y una barra de pan. Así era la nueva ley: nada de pasos gratuitos, todo tenía precio, y hasta la dignidad podía pagarse en aceite, gasolina o sal.

Sants estaba más calmado de lo normal, huérfano de vida salvo por algunas sombras rápidas y pájaros que anidaban sobre las señales rotas del metro. Encontraron las baterías en un sótano, donde el olor a polvo y orina compartía espacio con paredes pintadas de instrucciones y advertencias: “NO BAJES SOLO”, “NO TOQUES LOS CUERPOS”. Ruth, joven y ansiosa, admiró las marcas y preguntó por los días en que tantos bajaban huyendo y pocos volvían. Sara no respondió; perderse en esas historias era perder el filo de la supervivencia.

El regreso fue más accidentado. Cruzando Gran Via, una horda dispersa de zombis poco más que cuerpos en putrefacción, les obligó a desviar el trayecto. Con la munición justa, dejaron que el grupo pasara silencioso mientras Andreu los mantenía a raya con flechas. Ruth, después, vomitó en un rincón sin ser juzgada.

Al llegar a su bastión próximo al Palau de la Música, fueron recibidos por los gritos de aviso: una patrulla vecina reclamaba ayuda para apagar un incendio en la esquina de Via Laietana. Los incendios, aunque menos frecuentes que en años previos, seguían mordiendo las ruinas, a menudo provocados por bandas o accidentes. Sara y parte del grupo corrieron con cubos de agua –escasos, preciosos– y lograron sofocar el fuego antes de que se extendiera al taller donde producían herramientas y aceite de lámpara. Nerea, sin decir palabra, se santiguó frente a las llamas.

La noche cayó con lentitud. En el comedor improvisado bajo la cúpula de la catedral –espacio ganado a pulso, imponente y herido, decorado con estandartes de las micro-comunidades del Gòtic y El Born–, Sara repartió raciones: algo de pan duro, caldo de huesos, granos cocidos. Se permitieron, todos, un silencio agradecido y una breve oración, mezcla de religión y superstición, a mitad de camino entre la vieja fe y el miedo atávico al fin.

Aquella noche, Sara fue a relevar la guardia a las terrazas de Plaça Catalunya, donde había campo visual suficiente para advertir amenazas. Allí, bajo la luna que blanqueaba los cristales rotos de tiendas de lujo, compartió cigarrillos de contrabando con Ivan, quien le contó cómo su hermana había sido herida días atrás en un encontronazo con saqueadores que vestían como civiles. Sara escuchó, y luego dejó vagar la mirada por la ciudad que una vez fue brillante y abierta.

“¿Volverá a ser Barcelona alguna vez?” preguntó Ivan, la voz perdida, el cigarro en la comisura.

Sara contempló el perfil quebrado del Tibidabo. “Ninguno de nosotros sabe ya qué era Barcelona. Hemos cambiado, la ciudad también. Lo único que importa ahora es seguir aquí. Mantener vivo el pulso.”

Abajo, las rutas de intercambio aún daban vida a las calles, pero Sara sabía que la estabilidad era precaria, y que cualquier alboroto podía costar meses de trabajo y vidas. Los rumores de un grupo armado en Sant Martí, protegido por un señor de la guerra que aspiraba a controlar parte del comercio de alimentos, sacudían la calma de los más viejos y mantenían alerta a la milicia.

A la madrugada siguiente, tras dormir apenas un par de horas sobre una cama de sacos, Sara fue convocada a una asamblea. Las comunidades de Gràcia y El Raval proponían abrir un mercado semanal seguro en la Plaça del Rei, donde grupos de diferentes barrios pudieran comerciar con protección armada. Algunos líderes temían ataques: abrir la muralla era siempre un riesgo. Otros, sin embargo, alentaban el intercambio; el hambre seguía apretando y la diversificación de cultivos en Vil·la Olímpica aún no era suficiente.

Sara escuchó las intervenciones, sabiendo que la decisión marcaría las próximas semanas. Cuando se le dio turno de palabra, propuso una red de alarmas visuales y audibles –sábanas blancas agitadas desde los tejados, fuegos nocturnos en puntos designados–, codificadas para avisar de ataques de humanos o de caminantes. Su sugerencia fue aprobada tras breve debate; era un ejemplo de cómo, aun entre la barbarie, la razón podía abrirse camino.

El mercado finalmente se organizó. El primer día, los agricultores de la periferia trajeron zanahorias pequeñas y cebollas; otros, pilas recicladas, jabón, pescado seco y sal gruesa. La atmósfera, pese a la vigilancia armada, era de fiesta contenida, un eco nostálgico de las ferias del pasado. Los niños, algunos nacidos en la oscuridad del apocalipsis, trataron de imitar juegos antiguos con pelotas hechas de ropa vieja y neumáticos. A la caída de la tarde, un grupo de músicos improvisó una canción –una habanera antigua, reconstruida a cachos y retazos– y algunos olvidaron por un instante el miedo.

Sara, de pie junto a la entrada del mercado, vio llegar a un grupo de forasteros con cicatrices evidentes y las armas listas. Los observó negociar con pesados garrafones de agua y munición, vigilando cada gesto. Recordó las primeras noches del horror, cuando los zombis eran una marea imposible de frenar y los humanos la mayor amenaza. Ahora, las comunidades optaban, poco a poco, por la cooperación. El peligro aún era real, pero el simple hecho de que el intercambio fuera posible era una promesa, tenue pero tenaz, de futuro.

A finales de esa semana, la noticia de la muerte de un líder de los saqueadores en el Eixample recorrió la ciudad como una descarga. Algunos esperaban más violencia, pero el conflicto se limitó a la ejecución de dos cabecillas y la huida de una docena de pandilleros hacia el mar. Cada pequeño cambio era una batalla ganada para la idea de que la civilización podía resucitar desde la ceniza.

En medio de estos días de zozobra y esperanza, Sara llegó a conocer mejor a los “nuevos barceloneses”. Personas para quienes la palabra “hogar” significaba un muro firme, compañeros de guardia y un futuro siendo construido cada mañana con sudor, pavor y obstinación. Entre tareas y asambleas, aprendió a distinguir los cantos de los pájaros que volvieron a anidar en los balcones y a reírse, aunque fuera bajito, de los chistes que circulaban en el antiguo mercado de Sant Antoni.

Las noches seguían siendo frías, largas y peligrosas, pero ahora los fuegos fijos de las guardias se encendían a horas regulares, enviando mensajes claros a los vecinos. Un sistema de silbatos y golpeteo de metales servía para alertar de amenazas. Y, pese a las pérdidas semanales por ataques o accidentes, la lista de nacimientos había crecido ese mes.

A veces Sara aún soñaba con el sonido del tranvía y las fiestas de Gràcia, con los turistas llenando la playa de la Barceloneta y la música del Raval. A veces, en las primeras horas de la vigilia, dudaba de que ese mundo hubiera existido nunca. Pero al despertar, y sentir el calor de la ciudad herida pero insurrecta bajo sus pies, solo podía pensar en la necesidad de reconstruir, de persistir hasta que lo humano volviera a ser digno de su nombre.

Así fue septiembre en la Barcelona de 2026: un escenario de ruinas, pero también el germen de una esperanza que se negaba a morir. Bajo la neblina y el polvo, entre el crujir de las murallas improvisadas, se tejía cada día una obstinada, sufriente, pero luminosa red de vida nueva. Y a pesar de las amenazas, del hambre y los peligros, esa red –débil y terca– era la respuesta de una ciudad que, aun cuando el mundo parecía haber terminado, se negaba tercamente a desaparecer.

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