Fragmento:
Despierto antes de la primera luz. En el búnker improvisado bajo la antigua estación de Passeig de Gràcia, muchos apenas dormimos: el viento que sopla desde la Diagonal trae ruidos extraños, ecos de gritos y, a veces, los gemidos de los muertos cuando la temperatura sube unos grados y alguno de ellos logra llegar cerca. Dormimos vestidos, con las mochilas como almohadas, la comida pegada al cuerpo y la navaja siempre cerca. Es diciembre, pero el frío en los túneles se siente más como el de una Europa ya extinta, como si el espíritu de todos los inviernos de guerra de la ciudad se uniese en este. Cuando abro los ojos, veo las sombras de los demás: quince somos en este refugio, descartados por la suerte, los lazos familiares o el coraje.
Duración: 11:42
12 de diciembre de 2020
Despierto antes de la primera luz. En el búnker improvisado bajo la antigua estación de Passeig de Gràcia, muchos apenas dormimos: el viento que sopla desde la Diagonal trae ruidos extraños, ecos de gritos y, a veces, los gemidos de los muertos cuando la temperatura sube unos grados y alguno de ellos logra llegar cerca. Dormimos vestidos, con las mochilas como almohadas, la comida pegada al cuerpo y la navaja siempre cerca. Es diciembre, pero el frío en los túneles se siente más como el de una Europa ya extinta, como si el espíritu de todos los inviernos de guerra de la ciudad se uniese en este. Cuando abro los ojos, veo las sombras de los demás: quince somos en este refugio, descartados por la suerte, los lazos familiares o el coraje.
Hoy, la tarea principal es la comida. Ya no queda nada en los supermercados ni en los viejos ultramarinos que resistían en las calles laterales del Born. El año pasado, hasta parecía posible, incluso con el ejército patrullando, encontrar algo en las estanterías olvidadas. Ahora, tras meses de saqueos, los estantes metálicos solo reflejan la desesperanza y las marcas de las botas apresuradas. Nos hemos adaptado, enrareciendo nuestras costumbres: hoy, cada uno lleva consigo una pequeña bolsa de tela, por si acaso encontramos castañas, pan duro o alguna rata. Los más jóvenes (Miguel, Nuria y yo) compartimos miradas conspirativas. Nos toca explorar.
Salimos cuando la luz gris del amanecer pinta los edificios de tonos mortecinos. El olor a putrefacción y humedad nos acompaña mientras subimos la escalera medio derruida que da a la calle Aragó. El asfalto resquebrajado, cubierto de nieve amarga y cenizas, convierte cada paso en un acto de fe. Del otro lado de la Sagrada Familia, aún se ven torres atascadas a medias, grúas abandonadas como esqueletos. A veces, por la noche, alguien sube a una de esas torres para vigilar —o quizás para saltar. Nunca volvemos a preguntar si alguien no regresa.
Callejeamos entre silencios y gestos mínimos. Las calles, una vez llenas de turistas y vida, son desiertos de basura apilada. Los cadáveres que no fueron quemados en los primeros días siguen ahí, momias frías, ocasionalmente saqueadas por familias igual de desesperadas que nosotros. Miguel señala hacia el Mercat de la Concepció. “¿Y si probamos suerte ahí de nuevo? Puede que los otros grupos hayan pasado de largo esta vez.” La intuición nos dice que, cuanto menos evidente y transitado el lugar, mayores las posibilidades de no toparnos con horrores ni humanos. La peor amenaza ya no son siempre los zombis, sino los saqueadores armados o las bandas que se organizan para robar —y matar si es necesario.
En la esquina, los cuerpos de dos zombis, congelados, parecen esculturas grotescas. Migas de sangre en sus labios, la misma furia reflejada en sus ojos sin brillo; pero en el frío, son tan inertes como el mármol. Los esquivamos sin mirarlos mucho. Los más pequeños del grupo son quienes, por regla, permanecen en el refugio, pero hoy Nuria se negó a quedarse: insistió con una determinación extraña, la de quien ya ha visto demasiado horror y necesita probar que aún puede cuidar de sí misma.
El mercado está igual de vacío que la última vez. Al fondo, entre sacos podridos de cebollas y frutas negras, el hedor es nauseabundo. Mientras revisamos entre los montones, encuentro una caja de sardinas en escabeche, aún cerrada, y un paquete de arroz partido. Nuria casi llora al ver una botellita de aceite olvidada en un rincón. Nos miramos en silencio: este pequeño botín es un tesoro, suficiente para una comida caliente. Hace dos semanas, en pleno frío, perdimos a Clara por una infección en la pierna, y el vacío que dejó resuena en cada logro y cada derrota. Decidimos salir rápido; el sol comienza a calentar y tememos que eso despierte a los más sensibles de los muertos andantes.
Regresamos cruzando la calle Girona, atentos a cualquier movimiento. De repente, un ruido a la derecha. Nos pegamos a una puerta pintarrajeada: dos figuras surgen de un comercio de libros arrasado, empuñando palancas y lo que parece ser un martillo oxidado. Son humanos, pero sus miradas no nos buscan para negociar, sino para evaluar nuestra debilidad o fortaleza. Miguel, rápido, alza la navaja. Yo me esfuerzo en aparentar frialdad; Nuria se coloca detrás de mí. Intercambiamos palabras tensas, sin levantar la voz. “Nada para vosotros”, dice uno de ellos. “Ni para ti”, respondo con rabia contenida. Tras unos segundos que parecen eternos, se largan. Solo después, siento temblar mis piernas.
El regreso al refugio es tenso. En cuanto entramos, todos se arremolinan a nuestro alrededor. Marta nos abraza, el pequeño Pau pregunta cuándo comeremos sardinas. Los mayores discuten sobre cómo racionar la comida; algunos proponen guardar algo “para mañana, si acaso”, pero las caras flacas y los gestos ansiosos no se resignan a más ayuno. Nos sentamos en círculo, compartimos la comida como un ritual de supervivencia: la cucharada de arroz caliente en el paladar parece festín de reyes.
A media tarde, por turnos, cuidamos la entrada: la verja oxidada da a un pasillo oscuro. En estos días, todo se mide en vigilancia, paciencia y silencio. La luz de las linternas, cada vez más débil, nos obliga a ahorrar pilas. Los relatos de esperanza desaparecen; ahora la conversación gira alrededor de lo esencial: supervivencia, frío, muerte. Solo los más jóvenes, y los que conservan algo de fe, hablan del futuro alguna vez, de plantar algo en la terraza de un edificio, “si llega la primavera”, dicen. Yo ya no confío en ninguna estación que no pueda oler o tocar con mis propias manos.
Por la tarde, salimos dos a buscar agua en una fuente comunitaria en Passeig Sant Joan. Durante el verano, era imposible, la zona plagada de infectados, pero ahora el frío nos da una ventaja efímera. El trayecto es una mezcla de ruinas y grafitis: “No moriremos”, “Resistiremos”, “Viva la Barcelona Libre”. En el agua, flotan hojas secas y fragmentos de huesos. Puede que aún esté potable; herviremos antes de dejar que beban los más pequeños. Marta recuerda cuando esa fuente era solo un adorno para turistas, un lujo innecesario. Todo ha cambiado.
Regresando, vemos humo a lo lejos. Alguien ha prendido fuego en la plaza que fue centro de manifestaciones antes de todo esto. Tememos acercarnos —el fuego siempre llama la atención, tanto de los vivos como de los muertos. Sin embargo, cuando llegamos al búnker y narramos lo visto, algunos se animan: “Quizás haya otra comunidad, podríamos aliarnos o intercambiar.” Otros, en cambio, insisten: “No podemos confiar en nadie, aquí la única ley es sobrevivir”. El grupo se divide entre los que aún sueñan y los que solo ansían aguantar un día más.
La noche cae rápido. El frío se cuela por cada grieta. Nos arropamos con mantas raídas, unos contra otros, aprovechando el calor humano. Antes de dormir, escribo en este diario: la costumbre de plasmar la realidad para no olvidar, para que algún día, si esto pasa, quede constancia. Pienso en la familia que tuve, en la ciudad resplandeciente, en las Ramblas llenas de vida y música, en los amigos con los que jamás podré reencontrarme. Ahora, solo queda este refugio, este espacio diminuto y oscuro donde la esperanza es un acto de resistencia.
Escucho a Pau murmurar, quizás soñando con días mejores. Los demás respiran en sincronía, como un solo cuerpo agotado. Cierro los ojos y deseo que mañana, los zombis aún duerman helados y los humanos se mantengan lejos. Ojalá la vida nos conceda un día más para seguir luchando: por la memoria de quienes fuimos, por los que aún vivimos y por aquellos que, en la penumbra, aún sueñan con un futuro que ni siquiera podemos imaginar.
[13 de diciembre de 2020]
El amanecer es aún más frío que ayer. Mis huesos duelen, la humedad se siente en las juntas, y la tos de Marta parece haber empeorado. El invierno, pensamos, será nuestro peor enemigo; muchos ya han caído, no por mordidas, sino por neumonía, hambre y desesperanza. Nadie llora, no porque no queramos: el dolor es tan cotidiano que resulta inútil demostrarlo. Nos hablamos con la mirada, con gestos sencillos, con las pocas palabras de ánimo que aún parecemos recordar.
Hoy, toca intentar buscar leña. La luz es escasa y para calentar el refugio necesitamos cualquier cosa que arda, aunque sea papel mojado o fragmentos de sillas viejas. Salimos en grupos pequeños, sin alejarnos más allá de unas manzanas. En la calle Valencia, veo una bicicleta antigua tirada bajo la nieve; por un momento, imagino cómo sería recorrer la ciudad vacío, sin miedo, solo por el placer de viajar. Un suspiro basta para recordar que nada es igual: todo lo que no sirve para sobrevivir es simplemente ignorado o destruido. La belleza se ha convertido en debilidad.
Mientras arrastramos un par de muebles rotos, escuchamos disparos a lo lejos: puede ser una pelea entre bandas o alguien desesperado que eligió hacer ruido. Nadie va en auxilio de nadie; la solidaridad espontánea murió hace meses. Lo poco que tenemos solo puede compartirse con quienes duermen cerca y vigilan nuestra espalda.
De vuelta, contamos con lo hallado: algo de madera, cajas de cartón, trozos de tela. Marta agradece y se sienta cerca del fuego improvisado. Los niños se arremolinan, de espaldas al frío, mirando las llamas pequeñas como si en ellas pudieran leer historias. Yo pienso en la pira funeraria de Clara, en cómo la muerte aquí no se llora, sino que se reduce a cenizas lo antes posible, antes de que la infección haga su trabajo y debamos matarla de nuevo.
El día pasa despacio, midiendo cada sorbo de agua hervida, inventando juegos simples para mantener a los niños ocupados. Los adultos discuten en susurros: si deberíamos intentar llegar a los búnkeres del Carmel, si sería mejor buscar una salida por las vías del tren, si queda alguna esperanza de que resurja un orden más allá de estas calles congeladas. Yo no confío en los milagros, pero tampoco tengo fuerzas para ser el portador de malas noticias.
Cuando cae la noche, una bruma helada cubre el refugio. Rezo, aunque ya no sé si a un dios, al destino o a una ciudad convertida en tumba. Barcelona sigue siendo hermosa, incluso rota. Recorro mentalmente todos sus rincones y me convenzo de que, si sobrevivimos a este invierno, tal vez aprendamos de nuevo a amar lo que queda. Guardo este diario junto a mi pecho, más valioso que cualquier lata de sardinas.
Mañana, lo único seguro es el frío, el hambre y los muertos. Pero aquí, en este mundo reducido a túneles y vigilias, el coraje de unos pocos nos recuerda que seguimos vivos, aunque sea solo en la delgada línea entre la esperanza y la resignación.
Puede que nunca salgamos de este refugio. Puede que el futuro no llegue. Pero si alguien encuentra estas páginas, que sepa: Barcelona resistió. Nosotros resistimos. Y mientras existan quienes aún escriben, sueñan y comparten una comida junto al fuego, el mundo no ha terminado.
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