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Portada del relato El eco de la Rambla Vacía
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Fragmento:


Había pasado casi un año desde aquel marzo que dividió la historia de su generación. Clara había sido enfermera en el Hospital de Sant Pau. Había visto el hospital desbordarse de pacientes delirando, emergencias que no alcanzaban, el caos de las noches sin descanso y, al final, el momento en que la seguridad de los vivos descendió al nivel de las pesadillas. Cuando uno de los médicos fue mordido mientras intentaba contener a una paciente con convulsiones—y, poco después, esa paciente atacó a una doctora, y luego a una auxiliar—el hospital se quebró como una presa rota. Clara tuvo suerte al huir. Un amigo la arrastró entre pasillos, saltando cuerpos, hasta lograr salir por la puerta de urgencias, en medio del humo y los gritos. Desde entonces, sobrevivía buscando refugio donde podía, intercambiando favores por comida y, sobre todo, evitando los lugares altos, huecos o sin plan de fuga.

Duración: 12:29

El eco de la Rambla Vacía
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Texto de ajuste de pausa.

12 de Diciembre de 2020

La ciudad que alguna vez fue una fiesta interminable, un cruce de idiomas, aromas y gente mezclándose en sus calles, ahora parecía congelada por el miedo, el hambre y el frío. Barcelona, en ese largo diciembre de 2020, se extendía bajo un cielo de plomo y nubes bajas, apenas rota por los quejidos lejanos y los estruendos sin dueño de algún cristal cediendo bajo el peso de la ruina. Era el primer invierno completo desde la llegada de la plaga. La fiebre, la agresividad y el colapso nervioso que en primavera aún confundían con el virus mutado se habían desvelado como la peor amenaza conocida por la ciudad desde la guerra civil.

Clara ajustó la bufanda alrededor del cuello y miró el Passeig de Sant Joan desde su ventana, a cinco pisos sobre la calle. En la esquina de Aragó, los restos de un incendio marcaban la calzada y las fachadas, ennegrecidas, detenidas en el tiempo. La calle estaba vacía salvo por una figura que avanzaba con la lentitud de los muertos, tambaleante, arrastrando los pies. Un zombi, uno más. Ella se mantuvo agazapada, observando. Sabía que el frío cortante los hacía menos inquietos, menos ágiles, pero la amenaza seguía ahí. Llegó a ver a lo lejos a otro superviviente, una sombra rápida, que se escabulló por un portal, casi rozando el movimiento errático de la criatura. El viento helado barría la avenida y hacía crujir los cristales.

Había pasado casi un año desde aquel marzo que dividió la historia de su generación. Clara había sido enfermera en el Hospital de Sant Pau. Había visto el hospital desbordarse de pacientes delirando, emergencias que no alcanzaban, el caos de las noches sin descanso y, al final, el momento en que la seguridad de los vivos descendió al nivel de las pesadillas. Cuando uno de los médicos fue mordido mientras intentaba contener a una paciente con convulsiones—y, poco después, esa paciente atacó a una doctora, y luego a una auxiliar—el hospital se quebró como una presa rota. Clara tuvo suerte al huir. Un amigo la arrastró entre pasillos, saltando cuerpos, hasta lograr salir por la puerta de urgencias, en medio del humo y los gritos. Desde entonces, sobrevivía buscando refugio donde podía, intercambiando favores por comida y, sobre todo, evitando los lugares altos, huecos o sin plan de fuga.

Ahora, en diciembre, Clara compartía un piso tapiado con tres refugiados más: Marta, un profesor de literatura que había perdido a su esposa en los disturbios; Samuel, un exmozo de almacén del puerto, fuerte, silencioso y decidido; y Laia, una niña de apenas diez años, a la que encontraron sola en un supermercado de Sagrada Família. Reunían víveres descendiendo a diario, por turnos, a los supermercados saqueados y farmacias ya medio vacías. Habían fortificado la entrada al edificio y mantenían la esperanza de que los muertos, lentificados por el frío, no lograran penetrar la puerta acorazada de la portería.

Pero la comida escaseaba. El agua, aunque por ahora no faltaba, se volvía más sucia cada día. La electricidad había desaparecido semanas atrás; sólo usaban velas y alguna batería rescatada durante los registros nocturnos. No podían encender fuego sin delatarse por el humo o el olor. El frío, que adormecía a los zombis, hacía aún más insoportable la espera en el interior de la vivienda.

El 12 de diciembre amaneció con un descubrimiento temible: uno de los depósitos de comida había sido forzado durante la noche. No quedaban apenas latas, sólo legumbres secas y arroz. Esa mañana, Samuel salió con Clara a buscar suministros, confiando en que el frío mantendría a raya a los infectados. Prepararon mochilas, cuchillos y un viejo bate de baseball. Se envolvieron hasta los ojos y, tras una breve despedida de Marta y Laia, descendieron las escaleras bromeando en voz baja sobre el hambre y las pocas ganas de toparse con zombis "congelados".

No tuvieron que avanzar mucho antes de comprobar que la calle era una trampa tendida por él invierno: la nieve, insólita en Barcelona, cubría esquinas y aceras, dificultando la huida de cualquier peligro súbito. El crujir bajo las botas los delataba a cada paso. Bajaron, esquivando autos detenidos donde los habían abandonado, algún cuerpo rígido junto a una pared, y el olor agrio de la podredumbre reciente. Samuel se adelantó para peinar la entrada del supermercado del Passeig de Sant Joan. Allí, el lugar estaba casi vacío, sólo estanterías derribadas por las prisas y latas abolladas rodando en el suelo. Clara rellenó una bolsa con arroz, unas galletas olvidadas, una lata de garbanzos y dos de sardinas. El único lujo era un paquete de caramelos de menta. Samuel divisó al fondo una mochila nueva y, al acercarse, notó el olor del miedo: un zombi, casi inmóvil, aplastado entre la sección de lácteos, las uñas sangreñas y los ojos hundidos. Samuel lo evitó, pero Clara, sorda de hambre, tanteó uno de los refrigeradores entreabiertos. Dentro, lo imposible: dos yogures aún intactos. Los metió en su abrigo y, con un gesto, instó a Samuel a que salieran rápido.

De vuelta al edificio, una nueva sorpresa: una mujer, armada con un palo y varias bolsas a la espalda, intentaba forzar la cerradura de la portería. Samuel la encaró en silencio; ella, temblando, levantó las manos.

"No quiero problemas, sólo refugio. Hace tres noches que duermo a la intemperie", tartamudeó en catalán con acento de Zaragoza.

Clara analizó su rostro: el frío había empalidecido hasta la desesperación sus mejillas. Samuel no bajó el bate.

"Te puedes quedar una noche. Pero mañana tendrás que irte", dictaminó Marta desde arriba, tras abrir la puerta los segundos precisos para dejarla pasar.

Esa noche, durante la cena—arroz aguado y yogur compartido en cuatro partes—la recién llegada, que se presentó como Mercedes, contó noticias recogidas durante su viaje por la ciudad. Comentó que varias bandas ahora patrullaban la Diagonal, que en algunos mercados del Eixample sobrevivían mercados negros donde se comerciaba medicina, comida y protección a cambio de favores o trueques. Narró, casi en sollozos, cómo el fuego en la Barceloneta había destruido decenas de refugios. Y que, según un rumor, la zona de Montjuïc era casi inhabitable: las viejas oficinas olímpicas estaban infestadas de muertos y, algunos decían, también de caníbales.

"¿Y la Sagrada Família? La última vez escuché disparos", preguntó Marta.

"No lo sé. Pero dicen que hay grupos atrincherados en las criptas. Otros aseguran que los monjes y monjas ayudan a los niños, y que algunos curas organizan refugios en el interior", contestó Mercedes.

Clara sintió un vuelco en el estómago. Su hermano Lluís había sido voluntario en Cáritas, y tal vez estuviera vivo, escondido en uno de esos refugios de piedra y fe.

Esa madrugada, el pulso de la ciudad volvió a estremecerse con una oleada de frío. El viento subía desde el mar y embestía los ventanales. Alrededor de las seis, cuando ni siquiera el sol luchaba todavía con la noche, Laia se despertó temblorosa y corrió a la habitación de Clara.

"He oído pasos... y golpes en la portería", susurró.

Samuel y Mercedes ya estaban en pie, atentos a cualquier sonido. Por la mirilla de la puerta, vieron sombras moviéndose en el zaguán. Dos, tres zombis, atraídos tal vez por el olor débil de sopa o el sonido de las botas entrando el día anterior. Clara sintió la sangre helársele en las venas. Si la puerta cedía, nada los protegería de esa forma lenta y brutal de la muerte. Samuel calculó cuántos segundos resistirían si bloqueaban la puerta interior con los muebles y armarios.

"O nos atrincheramos y subimos al tejado, o tratamos de salir por la ventana trasera", sentenció.

Optaron por el tejado. El frío podía ser atroz, pero los muertos no subían escaleras con la misma avidez. A trompicones y medio vestidos, subieron piso por piso, cargando lo indispensable—la pequeña bolsa de comida, las mantas y las baterías. En lo alto, la vista era sobrecogedora: Barcelona, esa ciudad viva que Clara recordaba, quedaba ahora reducida a un color plomizo interrumpido por columnas de humo, tejados nevados y, en el horizonte, las torres de la Sagrada Família resplandeciendo a la luz del amanecer, como lanzas oxidadas apuntando al cielo.

El frío les adormeció el pensamiento y solo la urgencia de sobrevivir evitó que cayeran en la desesperación. Mercedes habló del refugio en la Plaça de les Glòries, Marta recordó un garaje en Gràcia donde decían que se almacenaba pan y armas; Samuel relató que algunos vecinos antes del colapso habían creado barricadas en el antiguo Fort Pienc. Pero todo era rumor. La única certeza era esa mañana brutal, el aire que se colaba entre sus costillas, la necedad de resistir.

No podían bajar durante horas; los zombis vagaban por la escalera, rascando madera y hierro. Clara, sentada junto a Laia, intentó reconfortarla contándole historias que su madre solía repetirle en el pueblo: cuentos de brujas y lobos, de valientes que cruzaban las montañas cuando la nieve lo tapaba todo. La niña, tiritando, pidió promesas que nadie podía cumplir: "¿Volveremos a ir al parque cuando haga calor?".

Durante el día, divisaron a lo lejos columnas de humo nuevas, como si una batalla se hubiera encendido en la Diagonal. Sonaron tiros aislados por la zona de Arc de Triomf y, de pronto, el grito de un hombre—indiscutiblemente humano—subió por el aire helado, quebrando la quietud. Después, silencio.

Al atardecer, los zombis parecían inactivos. No se movían ni respondían a los ruidos. Samuel bajó primero. Uno, trabado en un tramo medio de la escalera, parecía congelado; con una pala metálica improvisada, Samuel lo apartó entre dos, tres gestos, hasta quitarlo de en medio. Mercedes y Marta revisaron el piso casi en silencio: ni rastro de nuevos saqueadores. Bajaron de uno en uno, con el pulso acelerado y los sentidos alerta.

Decidieron esa misma noche abandonar el edificio. Clara propuso buscar el refugio en la cripta de la Sagrada Família; Samuel, ir hacia Lesseps, donde un conocido podía estar aún vivo. Mercedes habló del campamento junto al Hospital del Mar, pero todos sabían que el trayecto cruzaba demasiados barrios peligrosos.

Antes de dejar el piso, con bolsas atadas a la espalda, se abrazaron unos segundos. Clara agarró de la mano a Laia, incapaz de soltarla.

Afuera, la calle era una ruina espectral. Tuvieron que avanzar en silencio, esquivando zombis con miembros rígidos y el rostro comido por la escarcha. Pasaron puertas tapiadas, grafitis que pedían ayuda o alertaban de peligro en catalán, castellano, inglés. La Rambla, una vez atestada de turistas, era sólo un campo de cadáveres cubiertos con lonas y coches volcados. En Plaza Catalunya, apenas un par de sombras humanas, vigilando con armas improvisadas.

Descendieron por la Calle Mallorca, atisbando la silueta poderosa de la Sagrada Família, donde a cada paso aumentaba la promesa de refugio—o el peligro, según quién controlara el interior. Rodearon un par de barricadas, pasaron frente a un grupo de supervivientes que los observó sin decir palabra, y, al llegar por fin a la avenida que llevaba a las torres, Clara sintió una oleada de esperanza amarga. Sabía que entrarían sólo si los aceptaban; que el invierno sería largo, que el hambre los perseguiría y que, detrás de los muros, la ciudad seguiría luchando por no desaparecer.

Laia tiró de su abrigo y, temblando, preguntó: "¿Aquí estaremos a salvo, verdad?". Clara no respondió. Alzó la mirada hacia las agujas torturadas de piedra y, con un último esfuerzo, la apretó contra sí. La lucha por la supervivencia, como la Sagrada Família misma, seguía.

Y Barcelona, a pesar de todo, permanecía.

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