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Fragmento:


El sonido de un motor lejano interrumpió la rutina matinal. El rumor se propagó como chispa entre los presentes. Desde hacía meses, las caravanas motorizadas solo llegaban de vez en cuando, casi siempre bajo precauciones extremas, pero eran la única conexión regular entre distintos núcleos del nuevo mundo andaluz. Todos sabían que aquel rugido era sinónimo de noticias, y no siempre buenas.

Duración: 10:36

El ocaso de la Giralda
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Texto de ajuste de pausa.

21 de septiembre de 2026.

La mañana rompió en Sevilla con el aroma amargo de los naranjos, tan distinto al de hace una década. El aire seguía impregnado del polvo que las llamas y los vientos habían traído desde la periferia, una neblina parduzca que se filtraba entre las rendijas de las tapias reconstruidas, posándose en los tejados de tejas reusadas y en las ropas de los sentinelas. Hoy la ciudad estaba oficialmente “limpia”, al menos comparada con los abismos pestilentes que habían sido las urbes mayores hasta hacía poco, pero nadie bajaba la guardia. La Giralda seguía en pie, más oscura, más silenciosa, pero aún desafiante bajo el cielo andaluz.

En el barrio de Triana, donde los tablones reforzaban las ventanas y las puertas, y las callejuelas serpenteaban entre muros de ladrillo gastado, Sergio recorría cada mañana la calle Pureza hasta la Plaza del Altozano. Su misión era sencilla: llevar un barril de aceite al puesto de intercambio, una de las nuevas ferias estacionales que congregaban a los sobrevivientes de toda la comarca. Había dejado de ser panadero para convertirse en algo parecido a un intendente, encargado de que los bienes más preciados de la comunidad estuvieran siempre en movimiento. El aceite se extraía con sudor y esfuerzo de los escasos olivos a las afueras, en una tierra que ahora reclamaba doblemente el trabajo humano.

Sergio empujaba el barril en una carretilla, acompañado de su hija Lucía, una niña que había crecido en la época de las primeras hordas, cuando aún quedaban zombis arrastrándose por las laderas del Guadalquivir y los vivos se aventuraban por los puentes solo si era absolutamente necesario. Lucía, con su cabello tan sucio que el color original se había perdido, caminaba con paso firme, los ojos atentos, la navaja oxidada colgando de su cinturón. La gente de Sevilla había aprendido a no mirar nunca hacia atrás, pero a Lucía le habían enseñado también a no confiar en el silencio.

El Altozano rebosaba actividad ese día. Los nuevos mercaderes, hombres y mujeres curtidos, exhibían sus productos: legumbres, restos de ropa, herramientas melladas recicladas en las forjas improvisadas tras la caída del Polígono Sur, mulas de ojos tristes, incluso algún libro rescatado de las ruinas. El trueque era rey, y el rifle, su guardaespaldas. Unas radios crepitaban con la señal de algún asentamiento al norte, y los recién llegados murmuraban historias de saqueadores que aún rondaban por los caminos a Utrera y Osuna.

“¿Crees que este año podremos cambiar algo de grano?”, preguntó Lucía mientras ayudaba a descargar el barril.

Sergio contempló los otros puestos, donde la carestía era palpable. “No lo sé, hija. El año pasado casi nos quedamos cortos y los caciques del otro lado del río ya han reclamado el trigo antes de que lo cosechen. Pero el aceite todavía vale su peso.”

La transacción fue rápida: una familia de Castilleja de la Cuesta necesitaba aceite para freír los escasos pescados del río, y a cambio ofrecieron judías secas y una bolsa de higos. El intercambio sellado, Sergio saludó con el gesto aprendido, la mano derecha en el corazón, y se dispuso a buscar a su hermano, Pedro, que se encargaba de la vigilancia en el frente de la Maestranza.

Hace solo dos años esas calles eran impracticables, infestadas de cuerpos tambaleantes. Cada casa era una tumba en potencia, y cada ventana, una apuesta contra la muerte. Ahora la estrategia era diferente: zafarrancho y limpieza con grupos armados coordinados, jornadas enteras, fuego controlado, y finalmente el precario saneamiento con cal y agua del río. Había semanas en que el hedor seguía impregnando el empedrado, pero la esperanza, como el sol sevillano, no se iba.

El sonido de un motor lejano interrumpió la rutina matinal. El rumor se propagó como chispa entre los presentes. Desde hacía meses, las caravanas motorizadas solo llegaban de vez en cuando, casi siempre bajo precauciones extremas, pero eran la única conexión regular entre distintos núcleos del nuevo mundo andaluz. Todos sabían que aquel rugido era sinónimo de noticias, y no siempre buenas.

Pedro se acercó con paso urgente, su escopeta colgando a la espalda. “Han visto una humareda enorme en la Cartuja”, anunció, sudando bajo el chaleco de cuero, “y dicen que la caravana del norte ha tenido problemas. Alguien o algo les ha emboscado antes de cruzar el puente viejo. Hay muertos. Y los saqueadores no son lo peor; han dicho que algunos cuerpos… vuelven a moverse.”

El fantasma de la plaga, aunque disperso y apagado en comparación a los primeros años, seguía siendo una amenaza. Los “retornos”, como los llamaban ahora, eran menos numerosos, casi folclóricos a estas alturas, pero cada brote recordaba que la victoria era siempre provisional.

Sergio y Pedro fueron convocados por la asamblea improvisada en la antigua iglesia de San Jacinto, uno de los pocos edificios grandes que aún servía de centro neurálgico. Las bóvedas ennegrecidas por el humo y la humedad albergaban a los líderes de las cuadrillas, los comerciantes y algunos sabios improvisados—antiguos profesores, curas, amas de casa con experiencia y memoria. Allí llegaron, junto con dos representantes del asentamiento de Camas y una mujer bajita, Valeria, que se presentaba como ingeniera agrícola y era la mayor esperanza de mejorar las cosechas gracias a semillas encontradas en un banco genético olvidado.

Las noticias eran confusas. Alguien en la caravana había muerto por heridas infectadas y, siguiendo el protocolo, debían incinerar los restos, pero en el tumulto, nadie respetó los tiempos de espera; uno de los muertos volvió a levantarse. Hubo tres atacados, dos hombres y una mujer, que estaban siendo evaluados en una caseta fortificada camino al Alamillo. El miedo era tangible.

Un anciano pidió la palabra, la voz temblorosa: “No debemos caer otra vez en la paranoia. Hace seis meses que controlamos las entradas, que limpiamos los barrios, que no hay brotes aquí. Encendamos las barricadas, redoblemos los turnos, pero pensemos. No arriesguemos todo por un pánico sin pruebas.”

Valeria insistió en la urgencia de la vigilancia: “La experiencia del último brote en Córdoba lo dejó claro, no basta con quemar: necesitamos aislamiento, cuarentena y, si hace falta, abandonar las posiciones expuestas. Pero también está en juego la siembra. Si paramos todo ahora, la próxima cosecha peligra y ya sabéis el hambre que hemos pasado.”

La discusión se alargó hasta pasado el mediodía. Finalmente, se acordó organizar dos grupos: uno para investigar la caravana y contener posibles riesgos; otro para custodiar los canales de agua y evitar que nadie fugado pudiera propagar la plaga. Sergio se unió al primero, convencido de que debía proteger a su hija y de que la valentía era la clave para que la comunidad sobreviviera.

Al regresar a casa, Sergio miró la foto vieja en la repisa, junto a la vela de aceite que jamás apagaban por la noche. Era la imagen de Sevilla antes del derrumbe: la catedral iluminada, la feria de abril con la portada refulgente, niños corriendo por la plaza de España riendo. Lucía se sentó a su lado, viendo cómo su padre repasaba el mapa improvisado que usaban para las incursiones.

“Papá, ¿tú crees que algún día podremos volver a la feria?” preguntó la niña, su voz más frágil de lo habitual.

Sergio la miró, cansado, pero sonrió. “No como antes. Pero la alegría, si la sabemos cuidar como cuidamos el aceite y el pan, volverá. Tenemos que sembrarla también, Lucía.”

Cuando el grupo partió esa tarde hacia la Cartuja, cruzando el puente de Triana, el sol caía y la silueta de la Giralda se recortaba entre las nubes naranjas. La expedición iba armada, algunos con rifles antiguos de la Guardia Civil, otros con lanzas fabricadas con tubos de fontanería. Se movían en formación, atentos a cualquier sombra. Pasaron junto a la Torre del Oro, donde hacía años alguien había intentado hacer una barricada flotante en el río, hoy carcomida y cubierta de maleza.

Los alrededores de la Cartuja, antes llenos de estudiantes y turistas, eran un desierto de edificios saqueados y fábricas silentes, convertidas en madrigueras, refugios para forajidos o cementerios improvisados. El aire olía a tierra removida y a vegetación húmeda: la vida, disimulada, iba reclamando lo que la ciudad había perdido.

Avanzaron hasta un viejo almacén donde, según los indicios, la caravana había parado antes del ataque. Encontraron la puerta reforzada con tablones y, al asomarse, la escena fue clara: dos cuerpos, uno claramente humano, el otro encadenado a una viga, aún agitado de forma antinatural. Era uno de los “retornos”. Un temblor recorrió el grupo, pero el protocolo era claro: rociaron todo con gasolina y prendieron fuego. El humo se alzó, negro y espeso. Había dolor y culpa, pero no alternativa.

Uno de los asaltantes humanos, sobreviviente, les habló antes de morir horas después: habían sido emboscados por un grupo rival, que había tenido la mala suerte de perder a uno de los suyos en pleno robo. Fue ese cadáver el que trajo la desgracia, un recordatorio de que la amenaza, aunque menor, se resistía a desaparecer del todo.

La noche encontró a los expedicionarios de vuelta en Triana, donde los sentinelas encendían pequeñas hogueras, y los niños se sentaban muy juntos, escuchando historias de valentía y de horror. Valeria prometió que, con la llegada de nuevas semillas, los campos en el Aljarafe pronto cambiarían. El trueque siguió; la vida, en todo su precario equilibrio, se abría paso.

Sergio y Lucía, exhaustos, caminaron por la orilla del río, el olor a humo aún colándose entre los resquicios de la ciudad. La Giralda seguía alzándose en la distancia, y por un instante, el padre y la hija creyeron escuchar los acordes lejanos de una sevillana, fantasma de un mundo perdido pero no olvidado.

Aquel 21 de septiembre de 2026, Sevilla demostró que la vida y la muerte, en este nuevo tiempo, compartían el mismo territorio, la misma resistencia. Los naranjos florecerían otra vez, pensó Sergio, y él estaría allí, aún luchando, para verlo.

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