Fragmento:
Aquel septiembre celebraba una fecha distinta: era la primera vez, en más de ocho años, que un grupo de supervivientes iba a cruzar el Puente de Triana —el Puente de Isabel II— para comerciar legalmente con la comunidad del Arenal. Las dos orillas llevaban meses colaborando por radio y con señales acordadas, pero este era un paso más allá, un intento de construir algo duradero. El nombre de “feria de intercambio” flotaba en el aire, arrancando sonrisas nerviosas a los que aún recordaban lo que era una fiesta.
Duración: 11:13
19 de septiembre de 2028
El calor caía como una losa de plomo sobre el Guadalquivir, y el aire olía a tierra seca, sudor y pólvora. Sevilla había cambiado. La ciudad del color y el bullicio era ahora una fortaleza de vivos entre espectros. En la orilla de Triana, allí donde antes había mercadillos y turistas, el río separaba dos mundos: un lado, limpio, lleno de huertos y vida, y el otro, aún cubierto de ruinas y acechado por muertos lentos y peligrosos, aunque cada vez menos abundantes.
Aquel septiembre celebraba una fecha distinta: era la primera vez, en más de ocho años, que un grupo de supervivientes iba a cruzar el Puente de Triana —el Puente de Isabel II— para comerciar legalmente con la comunidad del Arenal. Las dos orillas llevaban meses colaborando por radio y con señales acordadas, pero este era un paso más allá, un intento de construir algo duradero. El nombre de “feria de intercambio” flotaba en el aire, arrancando sonrisas nerviosas a los que aún recordaban lo que era una fiesta.
María tenía 24 años y no conocía realmente el mundo de antes. De niña sólo guardaba vagos recuerdos: el olor del azahar, la música de fondo en Semana Santa, la algarabía de la Feria de Abril. Su padre solía evocar con amargura la “terrible primavera de 2020”, pero a ella le resultaba incomprensible cómo habían vivido tiempo sin miedo ni hambre. Ella nunca había visto un avión, ni entendido qué era exactamente una discoteca. Para ella, la vida eran las normas de la comunidad de Triana: dormir tras los muros de la Parroquia de Santa Ana, turnarse vigilando en los tejados, trabajar jornadas interminables en el huerto de la Cartuja y no bajar nunca la guardia en los callejones cuando el sol caía.
Aquel día, María recorría el pequeño mercado fortificado de Triana. Puestos improvisados exhibían productos que antaño no habrían llamado la atención: cebollas, harina de habas, herramientas reparadas y munición casera. Había aprendido que la pólvora negra era tan preciada como el pan, y que los viejos cuchillos valencianos restaurados valían más que el oro. Su madre la había puesto al frente de la delegación que cruzaría el puente porque María era valiente, y porque era una excelente negociadora.
A media mañana, los responsables del consejo comunal se reunieron en el atrio de Santa Ana. El sol caía fuerte ya sobre la Giralda, que asomaba entre tejados lejanos, y sobre el agua reluciente donde bocas de muertos emergían de vez en cuando, arrastrados por la corriente. “Recuerda, María”, le advirtió su madre, “las señales de humo azul quieren decir problemas en el Arenal. Y jamás aceptes trato con desconocidos de fuera de la alianza. Hay bandas de saqueadores que merodean incluso por aquí”.
María asintió. El consejo aprobó la expedición: ocho personas irían, cinco hombres y tres mujeres, todos armados. Llevaban carretillas cargadas de harina seca, miel y algunas calabazas, más seis botellas de aguardiente casero, fabricado en un sótano cerca del Altozano, donde alguien había montado una destilería artesanal. No era mucho, pero era más de lo que la mayoría había soñado ofrecer en años de encierro.
Antes de partir, María fue a despedirse brevemente de su abuela. La mujer estaba postrada en una vieja cama, tapiada en un cuarto sin ventanas. Era una de las primeras que había llegado huyendo desde el centro, ocho años antes. “Te ruego que vuelvas antes de la puesta de sol”, le susurró, con los labios lívidos, “todas las grandes desgracias de estos tiempos ocurren cuando cae el sol”.
María besó a la anciana con ternura, le prometió que lo haría y partió al encuentro de su grupo.
El paso del Puente de Triana era un acto solemne, casi ritual. Dos centinelas armados con viejos rifles custodiaban la entrada y hacían señales a la otra orilla. Los días previos, grupos de limpieza habían recorrido la calzada, empujando cadáveres esqueléticos y asegurando que ningún infectado se ocultase entre los pilares. María vio con cierto alivio cómo uno de los suyos, un chico apodado “Calabaza” desde niño, revisaba una última vez el suelo, buscando manchas frescas o rastros de sangre.
La ciudad era mucho más silenciosa de lo que cualquiera habría imaginado en siglos pasados. Aquellos que vivían aislados solían decir que Sevilla nunca dejaría de ser bulliciosa, pero ahora sólo se oían los pasos, el roce de las ruedas de madera de las carretillas y, de vez en cuando, el rumor lejano de algún disparo, seco y apagado por la distancia.
Al cruzar se encontraron con la delegación de El Arenal. Entre ellos destacaba Don Francisco, mulato gigantesco, antiguo cabo del ejército, que se encargaba de la seguridad al otro lado. Vestía un uniforme raído y sombrero de ala ancha, y saludó a María con una mezcla de respeto y suspicacia: “Nada de juegos”, dijo en voz baja, “si hay problemas, cada quien a lo suyo y nos vemos al amanecer siguiente”.
Ambos grupos se estrecharon las manos con vigilancia, deseosos de confianza pero pesados aún por el recuerdo de años de traiciones. Se instalaron en la Plaza Nueva, ahora despejada y protegida por barricadas férreas y hombres armados. Los portones de la vieja Capitanía General habían sido reforzados con láminas de acero arrancadas de automóviles, y de su campanario colgaban señales de alerta: banderas blancas para indicar corredores limpios, negras para peligro.
El mercado improvisado era una mezcolanza de riqueza y angustia. Varios supervivientes de El Arenal ofrecían sal extraída en rudimentarias salinas montadas cerca de Coria del Río, tarros de aceite recolectados en almazaras recuperadas y herramientas forjadas en el antiguo polígono industrial de La Negrilla. Lo que más llamaba la atención eran cajas de medicinas, algunas etiquetadas en francés o alemán, botines de farmacias olvidadas o, quizás, de algún expoliador profesional con buen ojo y mucha suerte.
María negoció duramente. El aguardiente fue la estrella de la partida: una botella valía medio saco de harina. Se hizo también con dos garrafas de aceite y, contra todo pronóstico, con un único tarro de miel pura, tan valioso y escaso como cualquier trofeo pre-apocalíptico.
Entonces surgió el peligro.
Un disparo seco, procedente de las calles cercanas al Teatro de la Maestranza, hizo que todos se tirasen al suelo. Un breve silencio. Alguien gritó: “¡No son zombis! ¡Es gente, gente armada!”. Una veintena de hombres apareció en la lejanía, con ropas remendadas y caras cubiertas, disparando a todo el que corría. Eran saqueadores, posiblemente procedentes de algún asentamiento marginal del Aljarafe. Habían esperado el intercambio para atacar a ambas comunidades.
María giró sobre sí misma y, sin pensarlo, agarró a Calabaza por la muñeca, tirando de él hacia unas cajas apiladas. “¡Por aquí!”, gritó. El rugido de armas, el pánico, la confusión… todo explotaba en una anarquía que sólo rompía susurros y ruido de pasos. Don Francisco, gran figura, vociferó órdenes a sus hombres. Dos de los comerciantes de Triana cayeron al primer fuego; uno, herido, fue arrastrado hacia la seguridad improvisada de una taquilla antigua de la Maestranza.
María, agazapada, vio que en el lado del Arenal traían una carretilla con fusiles de caza y entregaban armas a toda mano capaz de sostener un arma. Un chico delgado, de no más de 16, les arrojó una caja de cartuchos; la mitad cayó a la alcantarilla. Los saqueadores no buscaban muertos, sino pánico y botín. Avanzaron rápido, hasta la Plaza Nueva, pero los defensores, armados y cubiertos, empezaron a devolver el fuego desde la portada de la Capitanía y tras los quioscos de la Avenida de la Constitución.
Entonces los gritos cambiaron: “¡Zombis! ¡Zombis en los callejones!”. En el caos del tiroteo, varios muertos vivientes, atraídos por el ruido y el olor de sangre reciente, llegaron tambaleándose desde los túneles del metro inutilizados. Los saqueadores, sorprendidos, se replegaron lo justo para dispararles. Fue un momento de incertidumbre en el que todos los presentes, supervivientes y atacantes, compartieron la misma pesadilla: que la amenaza zombie, por mucho que disminuyera año tras año, nunca desaparecía del todo.
En la confusión, María vio como Don Francisco reunía a un grupo e intentaba formar una línea unificada. Ella, junto con dos supervivientes de Triana y Calabaza, cruzaron agachados hacia la calle Alemanes, buscando una salida hacia la catedral. La Giralda, alzándose milagrosamente intacta entre las ruinas, parecía una promesa de salvación y un recordatorio de todo lo que podía perderse en minutos.
Las campanas de la catedral sonaron, primero una, luego varias, como un aviso improvisado. Era la señal para retirada masiva: el campanero manual era un chico mudo, pero astuto, que tocaba distintos ritmos según la emergencia. María y los suyos recogieron lo que pudieron y corrieron hacia el oeste, perseguidos por gritos, disparos aislados y ese inconfundible jadeo animal de los muertos que aún caminaban.
Finalmente llegaron de nuevo al inicio del puente, jadeando, habiendo dejado atrás la mayor parte del trueque, pero conservando dos garrafas de aceite y la miel. El sol ya bajaba, tiñendo el agua de rojo. Por un instante, María contempló la Giralda recortada en llamas y polvo, y pensó que, si sobrevivían unos años más, quizás Sevilla podría sobrevivir para renacer de otros fuegos.
Los centinelas gritaron nombres, pidieron contraseñas. Sólo cinco de los ocho de Triana volvieron ese día. Uno murió en el tiroteo, otro fue arrastrado por los zombis en la retirada. La abuela de María apenas asintió cuando supo que había regresado, pero le apretó la mano y murmuró, casi sin voz: “Otra vez, Sevilla resiste”.
Al anochecer, los consejos comunales de ambos barrios encendieron señales blancas, indicando que, pese a las pérdidas, la comunicación seguía vigente. Desde otra orilla, Don Francisco alzó un trapo teñido de rojo como promesa de venganza, pero también de tregua. El respeto entre las comunidades fue más fuerte que la derrota de una jornada sangrienta.
Esa noche, María se sentó en el tejado de Santa Ana y contempló la ciudad dormida, escuchando a su alrededor el murmullo de las viejas historias mezclarse con la realidad dramática de los nuevos tiempos. Por primera vez, tuvo la sensación de que no solo sobrevivían: estaba comenzando a recordar qué era vivir.
Y aun con el miedo palpitando junto al rumor de zombis lejanos, supo que la batalla de Sevilla aún no estaba decidida, pero que el alma de la ciudad seguía, inquebrantable, bajo el mismo sol —y tal vez, algún día, volvería a bailar por las calles, libre.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.