Fragmento:
La mañana era fresca, extrañamente apacible. El verano se retiraba por fin, dejando a su paso un aire húmedo que olía a tierra y promesas rotas. Yo nací antes del brote, cuando sólo temíamos el calor y las colas para los churros; tenía catorce años cuando los muertos alzaron la voz, y a los veinte ya sabía disparar, cultivar y negociar como cualquier adulto. Ahora, a mis veintiún años, soy responsable de uno de los puestos más valiosos: el mercado de intercambio a la sombra de la vieja Muralla de la Macarena.
Duración: 11:02
27 de Septiembre de 2026
Cuentan los supervivientes más viejos del asentamiento de Triana que hubo un tiempo en que Sevilla era solo bullicio, tapas y procesiones, la ciudad donde nadie tenía prisa y las noches eran eternas bajo la luna reflejada en el Guadalquivir. Ahora, cada noche es un cerrojo y cada luna parece querer advertirnos con su fulgor blanquecino: ahí fuera aún queda el horror, ese que llegó en 2020 y nunca se ha ido del todo. Es septiembre de 2026, y entre los muros improvisados, las huertas tímidas y las almenaras de vigilancia, Sevilla busca renacer cada día.
La mañana era fresca, extrañamente apacible. El verano se retiraba por fin, dejando a su paso un aire húmedo que olía a tierra y promesas rotas. Yo nací antes del brote, cuando sólo temíamos el calor y las colas para los churros; tenía catorce años cuando los muertos alzaron la voz, y a los veinte ya sabía disparar, cultivar y negociar como cualquier adulto. Ahora, a mis veintiún años, soy responsable de uno de los puestos más valiosos: el mercado de intercambio a la sombra de la vieja Muralla de la Macarena.
El mercado es el nuevo corazón de Sevilla. Ni la Catedral, ni la Plaza de España, ni los bares del centro resisten como lo han hecho estas pocas calles amuralladas y reforzadas, donde venían refugiados de Camas, Dos Hermanas, hasta de pueblos más lejanos, trayendo cebollas, naranjas, pólvora o noticias de más allá de las autopistas atestadas de cadáveres. Bajo la sombra de la muralla, entre toldos de lona raída y banderas hechas con sábanas y pintura roja, los sevillanos han aprendido a sobrevivir, a desconfiar y a confiar, todo al mismo tiempo.
Ese día era especial; se esperaba la llegada de una caravana desde el Aljarafe, una de las alianzas más recientes. Tres carretas tiradas por mulos, armadas hasta los dientes, cruzarían el puente de Triana y, si pasaban los controles y sus salvoconductos –cartillas de cuero con sellos cargados de historia, más vieja cada año– llegarían a cambiar grano por medicinas y herramientas. La noticia corrió por todas partes. En los refugios de la Alameda, en los patinillos de la Plaza del Salvador, en las prisiones reconvertidas en silos.
Me tocó supervisar el puesto de intercambio con Lucía, una muchacha morena y recia de San Jerónimo que parecía capaz de controlar a una turba de desesperados con solo el ceño. El día empezó con un ajetreo familiar: decenas de vecinos revisando mercancías, algunos niños demasiado pequeños como para recordar un mundo sin zombies. La muralla, antes un monumento turístico, ahora era la frontera con la muerte: al este, los cultivos y la acción de los vivos; al oeste, la ciudad muerta, aún infestada. Nadie salía de noche. Todos sabían qué significaba ver a un rezagado caminando cerca de las tapias, arrastrando los pies bajo las sombras rojizas del atardecer.
Mientras esperábamos la caravana, vigilábamos la entrada desde la vieja Puerta de la Macarena. El portón de hierro oxidado era ahora triple, reforzado con chatarra, vigas y parte de una vieja ambulancia. Uno de los vigías, Paco el tuerto, taponó con un rifle por uno de los huecos. Grapado a la puerta había un cartel: “Comercio sí, mordeduras no. Prohibido el paso a infectados.”
A las once, sonaron tres cuernos desde la ronda y las miradas se alzaron en todas direcciones. Lucía y yo nos miramos. “Es la caravana –susurró–. Ya sabes: nada de piedad si hay problemas. Esto es supervivencia.” Asentí. Aprendí rápido cuánto costaba la compasión en estos tiempos.
Los primeros en cruzar el portón fueron tres hombres armados, con una bandera blanca improvisada hecha de una camiseta vieja; detrás venían las mulas, flanqueadas por dos mujeres con escopetas y un chaval de unos catorce. Llevaban el polvo del camino pegado a la ropa y una expresión de cansancio acentuado en la comisura de los labios. Dejé que Lucía hablara; ella exigía los papeles y pedía que todos mostraran los antebrazos, buscando marcas de mordeduras, señales de infección o las recientes ratas humanas que estaban asolando pequeños asentamientos despoblados. No eran como los zombies: eran peores, capaces de mentir y apuñalar para robar apenas un saco de patatas.
Todo fue según lo esperado. Las mujeres entregaron medicinas –antibióticos y vendas, botines rescatados de algún hospital olvidado– y a cambio se les permitió descargar grano, sal y media docena de garrafas de agua limpia. La negociación fue dura. Desde hacía semanas, el río Guadalquivir arrastraba restos de algún enfrentamiento río arriba, y el miedo a que la plaga aún infectara el agua seguía arraigado. La higiene valía tanto como el pan.
—¿Qué noticias en el Aljarafe? —pregunté cuando la tensión bajó un poco.
El jefe, un hombre pelirrojo y barbudo llamado Esteban, me respondió con cautela:
—Tuvimos problemas con nómadas armados cerca de Gines. Se llevaron dos vacas. Hay rumores de que quieren unirse a los de la banda de Los Siete Puentes, los mismos que arrasaron Castilleja. Quedaos atentos en la noche.
Agradecí el aviso. La información era moneda de cambio esencial. Mientras se firmaba la transacción en el registro —un cuaderno grueso que guardábamos bajo llave—, llegaron más refugiados, trayendo consigo todo tipo de historias. Ni la radio ni los viejos teléfonos funcionaban, excepto el ocasional walkie-talkie militar con baterías fabricadas en las pequeñas fábricas que tímidamente reabrían en el Polígono Industrial.
Un mendigo viejísimo, Manolo el de la Campana, se coló entre las carretas con una bolsa de naranjas y una mella de queso de cabra. Sabía que no podría cambiarlos por casi nada, pero Lucía, menos dura de lo que aparentaba, le dejó sentarse al sol junto al muro. Cuando le preguntaba a los niños de dónde venía, siempre contestaba que del otro lado del río, “donde la muerte aún baila por las noches”.
Justo después del mediodía ocurrió el primer percance. Dos hombres apeados de una carreta comenzaron a discutir con uno de los nuestros, Paco, el hijo del herrero; el tema, como casi siempre, era una supuesta estafa en la entrega de clavos y munición. El griterío crecía y más gente empezaba a agolparse. Alcé la voz — nunca pensé cuánto podía imponerse tu voz si aprendías a usarla— “¡Aquí solo se cambia y se vive, o se marcha uno!” grité. Funcionó, quizás por mi reputación, quizás porque todos estaban hartos del miedo. Nadie quería atraer a los muertos con disputas.
A media tarde el mercado estaba casi desierto, aguardando a que llegara el grupo de “Los del Cerro”, agricultores experimentados que trabajaban parcelas cerca del río, en lo que antes eran parques y solares vacíos. De ellos dependía parte de la variedad de la dieta local: cultivaban remolacha, girasoles y hasta batatas, experimentando con semillas recuperadas de viejos bancos genéticos. Cuando aparecieron, cansados y cubiertos de polvo, una ovación discreta salió de los labios de varias madres; traían verduras frescas, un lujo, y promesas de una cosecha aún mejor para octubre, si es que todo seguía en paz y el tiempo ayudaba.
De repente, sonó el toque de alarma desde el sur, una corneta vieja y ronca. Los centinelas corrieron hacia la muralla entre gritos. Lucía me miró. “¿Zombis? ¿Banda armada?” preguntó en voz baja. Nadie lo sabía.
Subimos a las almenas extinguidas de la Macarena. Desde ahí se divisaban los tejados del casco antiguo, ahora mayormente desiertos, y más allá, el río y las azoteas infestadas de maleza. Cerca, un grupo de cuerpos torcidos tambaleaba hacia la muralla. No eran muchos, pero suficientes para inquietar. Alguien había abierto algún portón, o quizás una horda dirigida por el simple azar de un ruido lejano.
Las órdenes eran claras: no disparar salvo último recurso, para no atraer a más carroñeros. Las primeras filas arrojaron piedras y dejaron caer aceite viejo desde lo alto de los muros; los pocos muertos que consiguieron escalar las barricadas improvisadas pronto fueron golpeados por los guardianes del muro. Era un ballet cruel, pero coreografiado de memoria: la defensa era cuestión de disciplina y de no ceder ni un centímetro a la histeria.
Al final, no entraron zombie alguno al mercado. Pero el susto hizo que los comerciantes apresuraran la recogida de sus productos y los refugiados del día se apostaran junto a la puerta, mirando nerviosos a los centinelas.
—Otra vez no —murmuró Lucía, ajustándose el pañuelo manchado de sudor—. ¿Qué será de nosotros?
—Lo de siempre —contesté—, resistir y esperar la mañana siguiente.
Al caer la tarde, cruzó el cielo una cigüeña, quizá la última que quedaba en la ciudad. Hubo silencio unos segundos, y luego el bullicio normal reanudó, pero la tensión nunca desaparecía del todo. El crepúsculo amenazó con pintar de rojo las losas de la calle Feria, y por un segundo recordé las tardes de cuando era niño: no había nada que temer salvo las travesuras.
Me despedí de Lucía. Cada uno regresó a su refugio antes del toque de queda, sellando puertas y ventanas, revisando cuchillos y linternas de dinamo. Al otro lado del muro, bajo las sombras de la vieja Sevilla, sabían que los muertos aún patrullaban las calles, buscando calor, ruido, olor a vida. Pero aquí, donde la muralla resistía y el comercio renacía, Sevilla latía bajo tierra y sobre ella, en el coraje de los vivos.
Al llegar a mi dormitorio en la antigua biblioteca convertida en barracón, contemplé el muro cubierto de recortes de periódicos: aquel mundo antiguo parecía una quimera. Ahora, la historia la escribíamos día tras día, resistiendo, comerciando, luchando, amando con una urgencia febril. Mi hermano menor, dormido en su colchón de paja, abrazaba una vieja camiseta del Betis. “¿Mañana habrá mercado otra vez?”, preguntó, medio soñando.
—Sí —le respondí con ternura, besando su frente polvorienta—. Mientras sigamos vivos, habrá mercado.
El futuro, en Sevilla, tenía el sabor del pan duro y la esperanza. Porque aunque la ciudad era otra, bajo la muralla seguía germinando la vida silenciosa. Entre el hambre, el rumor de los muertos y el miedo a los vivos, las semillas de un mañana mejor seguían sembrándose con cada trueque, cada guardia nocturna y cada historia contada al abrigo de una hoguera. Así, la ciudad se mantenía, indefinida, suspendida entre un ayer de leyenda y un mañana aún por conquistar. Y así, bajo el azul roto del cielo andaluz, la resistencia seguía escribiendo su propia crónica, capítulo a capítulo, trueque a trueque.
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