Fragmento:
La ciudad había cambiado más allá del reconocimiento. Las murallas improvisadas —al principio ridículamente frágiles, ahora auténticas fortificaciones de ladrillo, hormigón reciclado y chatarra— delimitaban los sectores habitables, sobre todo en Triana, Los Remedios y un trozo de la Macarena, al norte. El resto era territorio salvaje. Interior de la catedral de Sevilla, la Giralda, los grandes bulevares, las plazas: muchas zonas aún estaban pobladas de cadáveres podridos, los últimos zombis activos, yacentes en las tinieblas del pasado, peligrosos sólo en momentos de descuido o durante los raros rebrotes de infección. Sin embargo, Sevilla era un faro para los supervivientes: una de las “Nuevas Ciudades” del suroeste, célebre porque en ella, finalmente, las ferias de intercambio y los talleres eran estables, con acuerdos entre milicias y comerciantes.
Duración: 12:27
17 de noviembre de 2028
La niebla persistía como un sudario sobre los tejados de lo que una vez fue Sevilla. Eran las siete y media de la mañana y, a lo lejos, el sonido de una campana —probablemente la de la iglesia de San Lorenzo— marcaba el inicio de una nueva jornada, tan peligrosa y tensionada como cualquier otra desde que el viejo orden desapareció. Para quienes habitaban el área fortificada de Triana, cada día era una moneda lanzada al aire; en 2028, la seguridad absoluta era aún una ilusión, pero, por primera vez en ocho años, se abría la tímida esperanza de algo parecido a la normalidad.
La ciudad había cambiado más allá del reconocimiento. Las murallas improvisadas —al principio ridículamente frágiles, ahora auténticas fortificaciones de ladrillo, hormigón reciclado y chatarra— delimitaban los sectores habitables, sobre todo en Triana, Los Remedios y un trozo de la Macarena, al norte. El resto era territorio salvaje. Interior de la catedral de Sevilla, la Giralda, los grandes bulevares, las plazas: muchas zonas aún estaban pobladas de cadáveres podridos, los últimos zombis activos, yacentes en las tinieblas del pasado, peligrosos sólo en momentos de descuido o durante los raros rebrotes de infección. Sin embargo, Sevilla era un faro para los supervivientes: una de las “Nuevas Ciudades” del suroeste, célebre porque en ella, finalmente, las ferias de intercambio y los talleres eran estables, con acuerdos entre milicias y comerciantes.
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Francisco se había levantado antes del toque de la campana. Hacía semanas que dormía mal. A los 43 años, tenía la sensación de haber vivido toda una vida anterior y de estar, ahora, empezando otra. Caminó por el pasillo húmedo que conducía al comedor común de la antigua fábrica en la calle Castilla, donde todo el sector oeste de Triana se había ido refugiando desde hacía ya tres años. En las paredes aún colgaban carteles dibujados a mano: “Prohibido salir solo”, “Recuerda el código de señales”, “No desperdicies el agua ni la harina”.
La vida se organizaba en turnos estrictos. Un grupo marchaba cada día a los campos comunales a las afueras de Coria y Gelves, donde roturaban la tierra, cosechaban calabazas, trigo y algunas remesas de arroz. Otro grupo se turnaba patrullando las murallas, armados con viejas escopetas o lanzas rudimentarias de hierro forjado en los talleres del barrio León. Había maestros improvisados para enseñar a los niños —las primeras generaciones nacidas tras el colapso—, radio-operadores que mantenían contacto con otros asentamientos de Andalucía y Extremadura… y, por supuesto, todos temían el día en que los zombis ya no fueran el peor enemigo y los saqueadores regresaran con más hambre que nunca.
Esa mañana, Francisco tenía una misión. Lo esperaban en las nuevas puertas del puente de Triana: debía formar parte de la comitiva que saldría a “La Ciudad Vieja” —el centro, la zona todavía no liberada— para localizar en El Arenal lo que los talleres necesitaban: piezas metálicas, cobre y cables. Equipamiento para reactivar un pequeño generador, imprescindible ahora que intentaban poner en marcha una estación hidroeléctrica junto al viejo Guadalquivir.
El grupo de expedición salió poco antes de las ocho. La ciudad, más que silenciosa, parecía haber olvidado cómo sonar. Sólo el eco de sus propias pisadas, acompañadas por el crujido tenso del equipo. Además de Francisco iban Belén, una joven ingeniera que había aprendido a soldar y arreglar motores a base de supervivencia y puntería, dos exmilitares reconvertidos en guardianes, y Miquel, un chaval de apenas diecisiete años que hacía de “cuervo”, el que iba en cabeza con agilidad de gato, el primero en avisar si algo no cuadraba en la ruta.
Para llegar al Arenal cruzaron el puente. El agua del río brillaba sucia y vagamente verdosa bajo la niebla: recuerdo de las toneladas de cadáveres que al principio tiraban al Guadalquivir cuando no existían cementerios seguros. Al llegar al banco opuesto, una bandada de garzas levantó el vuelo entre los juncos, alarmadas por la presencia humana. Sevilla era ahora más de los animales salvajes que de las personas.
Recorrieron la calle Betis en relativo silencio, avanzando entre los escombros. El Arenal estaba repleto de cajones vacíos, chatarra y los restos de lo que un día fue un gran mercado. Detrás del Teatro de la Maestranza, en el sótano húmedo de una nave abandonada, Francisco y Belén encontraron trozos de cobre y bobinas aún aprovechables. A ratos, los fantasmas del hambre y las antiguas costumbres se cruzaban en sus gestos: revisaban restos de comida incluso donde, sabían con certeza, ya no quedaba nada.
Llegando la media mañana, detectaron movimiento más al oeste. El grupo, tenso, escuchó el arrastrarse de un cuerpo entre los cristales rotos. Uno de los zombis más viejos, apenas media sombra de lo que fueron los monstruos de años atrás, se tambaleaba bajo un soportal. A Francisco le impresionó lo gastados que estaban: tenía el cráneo medio abierto, los ojos velados como por cera, la ropa desintegrada. El zombi apenas se movía ya; el peligro, pensó Francisco, eran más las enfermedades de sus cuerpos podridos que sus actos.
“Ya no corren —dijo Belén en voz baja—. Pero uno solo es suficiente para meterte miedo.”
La expedición recogió su botín y, tras asegurarse de que no había saqueadores —mucho más peligrosos todavía—, emprendió el regreso.
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Ya de vuelta en Triana, el grupo fue recibido por Carmen, una de las “alcaldesas” —el consejo de mujeres que había acabado por dirigir la mayoría de los asentamientos grandes de la Nueva Sevilla—. Desde hacía un año, los milicianos de Triana, junto con agricultores y maestros, habían pactado con otras tres zonas fortificadas: parte de Los Remedios, Castilleja y Santiponce. Mantenían rutas de intercambio casi a diario: harina a cambio de aceite, armas por herramientas, medicinas a cambio de ganado. Era una red frágil pero viva, y dependía de que todos aceptaran sus normas.
El éxito de la expedición llenó al consejo de esperanzas para la hidroeléctrica. Encender la luz, aunque fuera apenas para unas horas al día en ciertas calles, tenía un valor simbólico tremendo. Los más jóvenes apenas recordaban Sevilla como una ciudad de farolas y bullicio; muchos la conocían sólo como el rumor de anécdotas contadas en voz baja.
Ese mismo día, al caer la tarde y mientras se repartía la cena —un guiso aguado de garbanzos y restos de chorizo con pan duro— se reunieron en torno a un antiguo tocadiscos, resucitado graias a las baterías de un coche eléctrico robado varios años antes. Sonó un fandango grabado en 2019 y hubo quien lloró abiertamente. Los supervivientes necesitaban esas pequeñas victorias para sostener el alma.
Mientras tanto, en la mismísima orilla del muro sur, unos niños se turnaban con un catalejo —un instrumento rudimentario, fabricado con lentes recicladas y tubos de PVC—. Observaban el Patio de Banderas al otro lado del río, preguntándose si alguna vez sería posible cruzar los muros, limpiar la catedral por completo y devolverle la vida al Alcázar.
Esa noche, Francisco se quedó largo rato sentado cerca del toldo que hacía de cuarto de vigilancia. Tenía anotadas en un cuaderno las primeras palabras de un manual: “Reglas para sobrevivir y reconstruir en el sur”. Lo pensaba imprimir, si realmente la imprenta de Castilleja volvía a funcionar aquel invierno. Quería que su hija —ya nacida en el mundo nuevo, y criada bajo la disciplina de la comunidad más que de un solo hogar— tuviera algo que leer y a lo que aspirar.
“Papá”, le preguntó la niña poco antes de dormirse, “¿es cierto que antes había cabalgatas de Reyes y luces en las calles todas las navidades?”
Francisco asintió, sin atreverse a describirle algo que la pequeña no conseguía imaginar.
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En Sevilla, las noches aún se llenaban de peligros. Los muros —rutinariamente reforzados con sacos de tierra, coches volcados, e incluso estatuas arrancadas de rotondas— servían de poco ante las bandas de saqueadores nómadas. Dos semanas antes, un grupo pequeño se había atrevido a trepar sobre las antiguas murallas de la Macarena, intentando robar harina y armas. Los milicianos lograron repelerlos, pero a costa de dos muertos entre los defensores.
Aquellos hombres y mujeres, cansados y endurecidos, recordaban la advertencia principal tallada en piedra junto al acceso principal de Triana: “Aquí se vive si se obedece. Nadie solo, nada sin juramento”.
La organización era estricta. Cada sector tenía su propio sistema de señales: hogueras sobre la Torre del Oro, bengalas verdes para pedir ayuda, silbidos y tambores durante la niebla densa. El lenguaje propio era también un escudo. Había juramentos de lealtad en los mercados, canciones de infancia recicladas en himnos de guerra, juegos nuevos para los niños que no sabían lo que era internet pero se guiaban por manuales escritos a mano.
Y, sin embargo, había esperanza. Francisco lo sentía cada vez que veía la cara de su hija tras la verja: el brillo ajeno de la infancia, no menos inocente que la suya propia antes del desastre. Por las calles estrechas, los grupos de reparadores iban y venían, moviendo piezas de un rincón a otro, mientras las primeras plantas brotaban en los maceteros restaurados de la calle San Jacinto y los muros seguían creciendo. Los puestos del mercado improvisado, bajo lonas de plástico y tablones, se llenaban de pequeños tesoros: melones que sabían a infancia, botellas recuperadas que guardaban agua limpia, trozos de papel impreso, embutidos secos, puntas de flecha y hasta algún libro de cuentos desvaído.
Una tarde de noviembre, cuando por fin lograron encender la primera luz pública —una vieja luminaria en la plaza del Altozano, alimentada por el generador recién reparado—, la ciudad entera pareció contener la respiración. Hombres, mujeres y niños salieron de sus refugios para mirar la farola encendida: un círculo de claridad en mitad de un futuro incierto. Alguien comenzó a cantar. Y, por un instante, Sevilla pareció de nuevo joven.
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No todos compartían la misma visión de la vida entre las ruinas. Había facciones más duras, especialmente al este, que veían la organización comunitaria como una trampa o una farsa. Los “Libres de la Vega” —un grupo de saqueadores que se negaba a aceptar cualquier autoridad, salvo la de la fuerza— asaltaban caravanas y, de vez en cuando, intentaban infiltrar espías en los mercados. Navajas escondidas, pólvora casera y trampas marcaban los lindes de sus dominios.
El consejo de mujeres, liderado por Carmen y otras cuatro veteranas, seguía apostando por la diplomacia: firmar tratados, organizar matrimonios simbólicos, compartir semillas raras y defender con uñas y dientes la tregua entre ciudades. Había incluso rumores, tal vez exagerados, de que pronto se celebrarían “juegos de invierno” en lo que quedaba de los jardines de Murillo, para que los niños aprendieran el valor de la cooperación y la competencia sana.
Por ahora, la prioridad era resistir el invierno, cuidar los cultivos de arroz y trigo, expandir los talleres y, sobre todo, mantener la esperanza viva.
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Aquella noche de noviembre, Francisco escribió en su cuaderno el último apunte del día:
“Hemos encendido la luz del Altozano. Los zombis son menos que nunca. Hay menos miedo. Mañana plantaremos garbanzos en los huertos del viejo hospital. Mi hija ha aprendido a leer y pregunta por los cuentos del mundo anterior. Sevilla está de pie, y no sólo sobre las ruinas. Resiste, canta y vuelve, sin olvido y con hambre de futuro.”
Quizá, pensó, cada luz nueva, cada palabra compartida, era un ladrillo crucial en los cimientos de lo que —con tiempo y paciencia— reconstruirían entre todos. Quizá el viejo mundo, algún día, dejaría de ser sólo un mito contado junto al fuego.
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