Fragmento:
El debate se atascó en detalles y rutas. Sabían que cada alternativa tenía sus riesgos, y los zombis eran sólo uno de muchos. Los saqueadores tenían mejor oído que los muertos y manos más crueles. Acordaron, finalmente, intentar cruzar por el puente de la Barqueta al anochecer; la vigilancia allí caía tras la oración colectiva que cada grupo hacía al caer el sol.
Duración: 10:37
23 de diciembre de 2023
A las siete de la mañana, en uno de esos amaneceres gélidos y húmedos que sólo el invierno sevillano es capaz de regalar, la niebla arremolinada ocultaba la visión de la orilla del Guadalquivir. El reloj del viejo convento marcaba la hora con una solemnidad mudada en eco hueco, sin nadie en las calles, sin el bullicio de turistas, sin el canto de vendedores ambulantes, sin la prisa de la ciudad vieja. Sólo quedaba Román, con el abrigo raído y el corazón tan gastado como sus botas, observando la bruma ocultar la silueta de Triana desde el fragmento que quedaba del puente de Isabel II.
Vivía en la Estación de Plaza de Armas, ahora convertida en refugio improvisado, fortaleza y mercado. El edificio, antaño rebosante de viajeros, se había convertido en el núcleo de los pocos supervivientes que quedaban en la margen derecha del río. El puente, abierto sólo de día y sólo a los que traían alimentos o útiles imprescindibles, era la frontera. Más allá, Triana resistía por su cuenta, con sus propias normas, tan estrictas como el hambre y tan duras como las noches sin fuego.
Román llevaba semanas sin cruzar. El último intento fue a inicios de noviembre, cuando una caravana de trueque trató de intercambiar cajas de penicilina antigua –milagrosamente rescatadas de una droguería en la Macarena– por sacos de arroz y una vieja escopeta. Aquella jornada, los disparos de advertencia de la banda de los Hermanos Orellana, los dueños de la otra orilla, le dejaron claro que la tregua era frágil y sólo para quien supiera cumplir las reglas. Y las reglas eran sutiles, cambiantes, imposibles de fijar en la nieve que cubría los tejados de la ciudad.
Aquel 23 de diciembre la niebla tenía el color de las malas noticias. Román movió el tabique improvisado que hacía de puerta y salió al andén. El interior de la estación estaba plagado de literas (antiguos palés cubiertos de mantas y ropa vieja), puestos de trueque y un par de hornillos de gas que sólo se encendían para los enfermos, los muy ancianos o los niños pequeños. A la derecha, un altar improvisado de la Virgen del Rocío, encalada con tanto esmero como podía permitirse Dolores, la última viejita que recordaba rezar al modo de los abuelos. Al fondo, los murales de grafiti de los tiempos previos al derrumbe, ahora feos bajo la luz parpadeante de los generadores.
Román caminó directo a la mesa de reunión, cerca del ventanal con vistas al río. Esperaban ya allí tres figuras: Luis "El Mecánico", Andrés el panadero y Nadia, la ucraniana que había llegado en el último convoy desde Córdoba, cuando aún esa ruta era medianamente segura. Sobre la mesa, un trozo de mapa de Sevilla, cubierto de garabatos mal hechos, rutas y ubicaciones de grupos peligrosos.
─Esta noche saldrá la última caravana del año ─dijo Luis, revisando una lista de nombres y pesos.─ Es la única oportunidad de conseguir medicinas para Paco, el crío de los Jiménez. Anda con fiebre y tose sangre. Si no regresamos antes de la Nochebuena…
No terminaron la frase. Las tragedias se sobreentendían ya. Había aprendido a eludir los nombres del dolor; mejor dejar las frases en puntos suspensivos.
Nadia –cuyo acento recalcaba las "r" incluso en el silencio– apuntó:
─La carretera de Hytasa está bloqueada. Tienen a cuatro hombres armados y una mujer de centinela. Ayer vi humo en la antigua estación de tren. Esa ruta es imposible.
Andrés asintió.
─Propongo ir por la calle Torneo, llegar a la Cartuja y rodear por San Juan de Aznalfarache. Parece más largo, pero dicen que allí las hordas de zombis han menguado: el frío los ralentiza.
El debate se atascó en detalles y rutas. Sabían que cada alternativa tenía sus riesgos, y los zombis eran sólo uno de muchos. Los saqueadores tenían mejor oído que los muertos y manos más crueles. Acordaron, finalmente, intentar cruzar por el puente de la Barqueta al anochecer; la vigilancia allí caía tras la oración colectiva que cada grupo hacía al caer el sol.
Román se quedó solo unos minutos en el andén antes de preparar su mochila. Pensando en la Sevilla de los años felices, imaginaba la ciudad envuelta en luces de Navidad, en el bullicio de los villancicos, en el aroma a castañas asadas. Ahora, sólo el silencio: ni villancicos, ni luces, ni castañas, sólo el rumor sordo de los generadores y la respiración temblorosa de la ciudad.
Antes de salir, miró a su hija dormida en el palé, enredada en una manta estampada de princesas Disney. Era todo lo que le quedaba, rodeada de una infancia interrumpida, una niña que jamás vería la cabalgata de Reyes, ni el paso de la Macarena, ni olería el azahar de abril como él recordaba. Le besó la frente y ella, aún entre sueños, murmuró: "Papá, ¿volverás antes de la cena?". Era una pregunta trampa: la cena no existía como antes; era un trozo de pan seco y un poco de agua, y las horas ya no se medían en comidas sino en promesas.
Salió al atardecer; iban cinco en la caravana: Román, Nadia, Luis, un adolescente llamado Juanjo y Martín, un expolicía que llevaba el único arma de fuego. Todos sabían el protocolo: avanzar despacio, en silencio, con la linterna sólo lo justo, atentos al olor dulzón que anuncia la cercanía de un muerto viviente. Atravesaron los escombros de Torneo, evadiendo puestos de vigilancia de otros grupos humanos tanto como a los zombis, y llegaron al borde del parque de la Cartuja.
La luz morada del crepúsculo teñía la Expo ‘92 convertida en ruina y fortaleza. El Pabellón de la Navegación hacía de muralla natural. No había ni rastro humano: el último intento de limpiar el recinto había acabado en un baño de sangre meses atrás. Se internaron en los senderos, siguiendo la orilla del río, hasta que la luna apareció, redonda y fría.
Allí, en la penumbra, distinguieron siluetas moviéndose despacio junto al Muro de Triana. Román casi suspira de alivio al identificar ese andar arrastrado y carente de propósito: zombis, no humanos. Bastaba con evitarlos, rodear en silencio respetando el viento para no dejar rastros de olor.
Pero, al cruzar la rotonda junto al antiguo Estadio Olímpico, un disparo seco, lejano pero claramente humano, los hizo tirarse al suelo al instante.
─No corráis ─susurró Martín—. Esperad. Que sean ellos los que se impacienten.
Pasaron minutos. Más disparos, más cercanos. No eran para ellos. A lo lejos se veía una furgoneta encendiendo brevemente las luces: un grupo rival, saqueadores, tal vez, combatiendo a otros o a un grupo de zombis errante. Román tembló; no por el frío, sino por la sensación de que en cualquier momento la muerte podría aparecer de cualquier lado.
La suerte les sonrió: un buen rato después, los gritos y los disparos acabaron y el silencio reinó. El grupo bajó hasta la arboleda del parque siguiendo el murete que antes guiaba a las multitudes hacia el recinto de conciertos de la Maestranza. Allí, bajo el eucalipto de tronco retorcido, encontraron el acceso al refugio clandestino de los Hermanos Mendoza, los mejores contrabandistas de medicinas del lado trianero.
Román avanzó, alzando las manos:
─Venimos para el chico ─dijo, sin voz de ruego ni de amenaza─. Tenemos el oro, tenemos algo de penicilina que sobra. No queremos problemas.
En la penumbra, una mujer grande y coja los recibió, con una linterna sostenida por la boca y un machete en la mano.
─¿Quién es el enfermo?
─Paco Jiménez, cinco años, vive en Plaza de Armas.
─Sabemos quién es. Va a costar más de lo acordado. Tuvimos bajas. Los de la otra orilla casi nos queman el puesto la semana pasada.
Román miró a Nadia. Los recursos eran mínimos, pero no les quedaba elección. Sacó, temblando, la última cadena de oro, reliquia familiar, y la puso sobre la mesa.
─Es todo lo que tengo.
La mujer la miró y, tras un segundo, asintió.
─Tienes cinco minutos. Y nada de alboroto.
Mientras Luis negociaba, Román contempló un instante la Sevilla de la otra orilla, donde se adivinaban las cúpulas de la iglesia de Santa Ana. Más allá, el barrio de los Remedios, vacío, fantasmagórico. Esta era la frontera: Triana, sitiada por rencores y fronteras invisibles, el Guadalquivir convertido en muro y barrera, las orillas de la ciudad hermanada durante siglos hoy enfrentadas por el miedo y el hambre.
Al regreso, cargados con dos botellas de jarabe, una caja de antibióticos y un puñado de pastillas para la fiebre, avanzaron bajo la mirada sorda de los zombis, escurridizos entre las sombras como otras veces lo habían hecho los bandoleros, los maquis, los fugitivos de otras guerras. Sabían que la vuelta sería igual de peligrosa; pero entre el cansancio y la esperanza, esa noche, sentían al menos el pulso tibio de la posibilidad en el pecho.
Llegaron a Plaza de Armas cuando el reloj marcaba las once. El refugio olía a sopa aguada, a sudor y a gas. Román corrió hasta la litera donde los Jiménez sostenían al pequeño Paco, convulsionando de fiebre, la frente ardiendo. Doña Dolores –de edad indeterminada como las montañas viejas– preparó el jarabe muy despacio, con manos temblorosas y rezos oscuros. "Un día más", pensó Román. Un día más de supervivencia.
En ese instante, sonó la campana de la Giralda, un tono lejano, casi soñado. Y todos en la estación guardaron silencio, hasta los niños. La Navidad no tenía sentido ya, pero el sonido bastó para recordarles que seguían vivos.
Desde la ventana, Román miró el débil resplandor de la luna sobre el Guadalquivir. La orilla de Triana, ahora que todo dormía, brillaba igual que la suya, partida sólo por la línea invisible del olvido y la esperanza. Se preguntó cuánto tiempo más resistirían, cuántas veces más sacarían fuerzas para cruzar de una orilla a otra, apostando la vida por un puñado de pastillas o el último mendrugo de pan.
A lo lejos, los zombis se mecían, congelados, detenidos bajo el frío, como estatuas de una ciudad condenada. Pero esta noche, al menos, un niño dormía sin dolor, y un padre podía prometerle volver a casa para la cena.
Era la última promesa de aquel año, y quizás la única que merecía la pena intentar cumplir.
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