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Portada del relato El crepúsculo de la Torre del Oro
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Fragmento:


Entre los tenderetes, Lucas, un muchacho que aún conserva el acento de la Macarena y una cicatriz reciente en el mentón, hace trueque con un gallego recién llegado que porta una bolsa de cuero llena de anzuelos forjados a mano. De vez en cuando, Lucas mira de reojo a Francisca: sabe que su hijo, Javi, fue uno de los últimos en caer defendiéndose en la cornisa del Puente de Triana, dos invernales atrás.

Duración: 09:22

El crepúsculo de la Torre del Oro
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Texto de ajuste de pausa.

15 de julio de 2027

El olor a azahar y muerte todavía se mezclan al amanecer en Sevilla. Hace años que no florece la ciudad como antes, cuando los turistas llenaban las plazas y los naranjos adornaban cada esquina con vida. Hoy la ciudad es otra: una fortaleza fragmentada, marcada por capas de miedo y esperanza. Caminando junto al muro improvisado del barrio de Triana, Francisca contempla el reflejo pálido del sol andaluz clavándose sobre los escombros y los grafitis de advertencia en muros desconchados: “Atención. No abrir puertas tras caer la noche. Resistencia, zona segura.”

Francisca, que ronda los cincuenta pero siente veinte más en los huesos, nunca pensó que la vida la forzaría a empuñar un viejo fusil junto al río Guadalquivir, desde una azotea reconvertida en puesto de vigilancia. Sevilla fue tomada y liberada al menos dos veces durante los primeros años de la crisis, pero desde que los internacionales y los zombis se retiraron al epicentro de la ciudad, la resistencia local logró hacerse fuerte en los barrios periféricos. Este semestre, tras tantas muertes y tanta costumbre a sobrevivir, parte de la ciudad está relativamente “limpia”. Pero nadie puede bajar la guardia.

Al mediodía, la ciudad resuena con la algarabía de una pequeña feria de intercambio: la primera desde el colapso. Bajo protección de las milicias, decenas de personas se agolpan en la plaza alfombrada de toldos improvisados. Francisca camina entre los tenderetes, intercambiando semillas de tomate por un paquete de vendajes esterilizados—un bien más preciado ahora que el oro que antes cubría las cúpulas. Los comerciantes se reconocen por un pañuelo rojo anudado al antebrazo: señal de que aceptan el trueque y forman parte de los acuerdos entre los siete pueblos fortificados de los alrededores sevillanos.

Entre los tenderetes, Lucas, un muchacho que aún conserva el acento de la Macarena y una cicatriz reciente en el mentón, hace trueque con un gallego recién llegado que porta una bolsa de cuero llena de anzuelos forjados a mano. De vez en cuando, Lucas mira de reojo a Francisca: sabe que su hijo, Javi, fue uno de los últimos en caer defendiéndose en la cornisa del Puente de Triana, dos invernales atrás.

—Nadie debería morir otra vez en ese puente, tía Francisca —le confesó Lucas el día anterior, echando un nudo al viejo cable del generador de reserva—. Lo defendimos tanto tiempo para quedarnos aquí, debes saberlo.

—Era nuestro sitio —musitó ella sin levantar la vista—. Pero ahora el sitio es aquí, y es mañana.

Los años trajeron consigo nuevas reglas. A cada hora, una campana improvisada, vieja como la iglesia saqueada de San Luis, suena en la torre más alta todavía en pie. La señal no marca solo el final del mercado local, sino los turnos de guardia, la apertura y cierre de las ventanas fortificadas, el cambio en la vigilancia de las puertas, y la recolección diaria de agua del aljibe común. Pero también es un símbolo de que la comunidad sigue viva y, sobre todo, alerta.

A última hora de la tarde, cuando la feria está apagándose y el Guadalquivir refleja el presagio de un cielo encendido, empieza a correr el rumor: al menos media docena de viajeros refugiados trae la noticia de una horda de zombis desplazándose por la antigua autovía A-49, en dirección a Sevilla. No son tantos como en los peores tiempos, pero a medida que la infección vieja cede y los cuerpos se pudren, los zombis que aún deambulan reúnen el suficiente peligro para acabar con semanas de calma.

Francisca se reúne con el Consejo del Alba —un nombre grandilocuente para un grupo de supervivientes que toman decisiones colectivas en torno a una mesa en la vieja biblioteca de la Alameda. Allí está Alicia, la ingeniera que consiguió recuperar un generador y alguna luz artificial para la exposición de los huertos, Miguelito el panadero, que nunca soltó su uniforme blanco, y Tomás, quien todavía lleva el brazalete verde de una milicia rural, símbolo de los pactos de no agresión con otras aldeas.

—La información es fiable —dice Tomás, rascándose la barba entrecana—. Han cruzado Pilas antes de noche. Deben ser entre treinta y cincuenta. Muchos son apenas huesos, pero otros van renovados.

Cuando Tomás dice “renovados” todos entienden que habla de zombis recientes, quizás de algún enfrentamiento al sur. Esos siguen siendo rápidos y mortales.

—¿La gente de El Viso y Carmona? —pregunta Miguelito.

—Mandaron aviso al amanecer. Han hecho batidas, pero no pueden asegurar que no cambien de rumbo —responde Alicia.

El plan se traza con esa eficiencia de los que ya no pueden permitirse titubear. Equipos de vigilancia en la muralla sur, refuerzos en la puerta del Puente de San Telmo, y emisarios en bicicleta para avisar a los puestos más alejados. Francisca se ofrece voluntaria para hacer la primera guardia; lleva meses deseando encontrarle un sentido menos doloroso a sus días, y si puede evitar ver el horror otra vez en las murallas, prefiere estar despierta.

La noche cae sobre Sevilla como una acechanza. El alumbrado público es solo un recuerdo, y la ciudad se sumerge en una oscuridad tan densa que ni las estrellas parecen querer asomarse. Desde su garita elevada, Francisca observa en silencio los campos que preceden a la ciudad, entre el susurro de los grillos y los ecos amortiguados de la feria disuelta.

Le acompañan Julio y Fatima, ambos veinteañeros nacidos en los días del caos, que aprendieron a disparar antes que a bailar sevillanas. Uno de ellos se entretiene en pasar entre las manos una pistola artesanal: hierro envejecido, cañón ancho, fabricada meses atrás en los talleres comunes. A sus pies, una botella vieja de fino se usa ahora como linterna, rellena con aceite y mecha empapada.

Las horas pasan lentas y agudas. El aire nocturno trae recuerdos de muertos y de las viejas fiestas patronales, cuando la ciudad era luz y música. Francisca casi puede imaginar aquellos días de primavera con las calles vestidas de mantón y bullicio, pero se obliga a no bajar la guardia. Mira de vez en cuando la radio de pilas, acoplada a las defensas, esperando cualquier señal de los vigías apostados en San Jerónimo y el Charco de la Pava.

A las dos de la madrugada, llega el primer aviso: luces y gritos lejanos, no humanos, en la zona de Palmete. Uno de los emisarios aparece jadeando por el pasillo sombrío, la voz fracturada por el miedo y el esfuerzo: han visto formas erráticas aproximándose por La Palmera, cruzando el antiguo campo de fútbol hacia los límites del centro.

Se avisa con tres campanadas, la señal acordada de peligro inesperado. No tardan en oírse disparos aislados desde la periferia. Un incendio accidental alumbra brevemente el torreón de una antigua fábrica, tiñendo de rojo las fachadas castigadas.

Los habitantes de la fortaleza de Triana se movilizan. Las ventanas se cierran con tablones, las hogueras se apagan para no atraer a los hambrientos hacia el interior. Desde la posición de Francisca se puede divisar, a lo lejos, una figura tambaleante, luego otra, y otra más: siluetas de pesadilla recortadas contra el fulgor anaranjado del incendio, atacando todo lo que encuentran en su errático camino. Los zombis más antiguos avanzan torpemente, arrastrándose con miembros descompuestos, pero los más recientes corren y se lanzan contra los improvisados obstáculos de las avenidas.

Pasan minutos o años. Julio dispara certero, Fatima grita una alarma de repuesto. Cuando los primeros cuerpos caen bajo la línea de fuego, el hedor a putrefacción y pólvora se mezcla en el aire con el aroma persistente de las flores nocturnas, recordando al mismo tiempo la muerte y la vida.

Al amanecer, cuando el Consejo se reúne de nuevo, no hay bajas entre los suyos. Los zombis caídos se queman lejos de la muralla, bajo estricta vigilancia: los viejos protocolos siguen vigentes, saben que la infección aún vive en cualquier carne fresca. El primer brote de girasoles en los cultivos comunes refulge bajo la claridad del sol. Ocho niños, los más pequeños de la comunidad, se entretienen recogiendo agua en viejas latas de aceitunas. Cada gesto se siente sagrado.

En el mercado temporal, la vida parece regresar con obstinación. Las ferias surgen en los solares limpios, y los grupos de trueque intercambian nuevas semillas, flechas y herramientas —prueba de que, pese a los terrores nocturnos y los horrores de la infección, la humanidad sigue luchando por su lugar.

De vez en cuando, los ancianos cuentan historias a los más pequeños sobre la Sevilla que fue y no volverá: las procesiones de la Macarena, la Feria de Abril, el olor a incienso y vino, las noches de verano con velas flotando sobre el río. Los niños escuchan y luego corren, sin miedo, a jugar entre los naranjos supervivientes.

Y Francisca, que ha aprendido a mirar el presente sin perderse en la nostalgia, contempla el sol alzarse sobre la Torre del Oro. Como siempre, Sevilla se tiñe de oro y fuego. A lo lejos, el eco de la campana resuena. Un nuevo día comienza en la resistencia: la misma ciudad, pero un mundo nuevo, forjado en la prueba, la memoria, y las ganas de no dejarse morir.

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