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Fragmento:


Aquel 21 de marzo, mi tarea era acompañar una caravana hasta los arrabales de Triana. No era una expedición común: este era el primer intento serio en meses de reconectar un sistema de señales entre el centro y los barrios periféricos. Habíamos restaurado, con piezas apropiadas y mucha improvisación, un viejo radiotelégrafo, y un grupo de siete personas —yo incluida por mis conocimientos de topografía y mapas— salíamos a instalar los primeros postes y equipos.

Duración: 11:49

Las campanas de la supervivencia
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Texto de ajuste de pausa.

21 de marzo de 2028

Dentro del bombardeo lejano de pájaros y el sordo eco de disparos ocasionales, Sevilla había cambiado para siempre. Sobre el Guadalquivir corría un brillo sucio y una lenta corriente de ramas quemadas, botellas vacías y, de vez en cuando, algo peor flotando entre las orillas. Desde Torres Macarena hasta los arrabales quemados de San Pablo, la ciudad era dos mundos: la fortaleza interior y los riscos desolados, plagados aún de sombras lentas y errantes.

En el centro, desde hace ocho meses, el casco amurallado alrededor de la Catedral, el Ayuntamiento y las viejas plazas era el hogar de la mayor comunidad de supervivientes del sur de España. Allí, bajo los campanarios sin liturgia, la vida se organizaba entre lo que quedaba del pasado y los rudimentos de un futuro apenas esbozado.

Me llamo Clara Bellido y tengo veintisiete años. Antes, era una estudiante de arquitectura y tenía una vida que soñaba espaciosa y sólida, como los grandes puentes sobre el río. Ahora, como todos, me he convertido en multifunción: celadora en el hospital improvisado del Alcázar, exploradora de ruinas en las zonas limítrofes, profesora ocasional de álgebra a niños huérfanos, y, sobre todo, cronista. Alguien debe dejar constancia, aunque solo quede mi cuaderno si acaso todo se desmorona de nuevo.

Era un año especialmente cálido ese marzo. Los higuerones y naranjos florecían, ignorantes o indomables, a salvo incluso del látigo de sequía. Éramos algo más de mil doscientos en el interior amurallado, un centenar de los cuales eran niños menores de quince años: algunos ya no recordaban nada anterior al asedio, apenas las historias vagas que sus mayores repetían en las noches largas, entre el crujido de las hogueras y el silbido de los vigilantes.

La vida se tejía entre sobresaltos. Las alarmas —campanas y matracas— quebraban el aire cada semana: alguna incursión menor de zombis, algún grupo rival que ya nos había tanteado antes (grupos de saqueadores del Aljarafe, o bandas nómadas procedentes del sur, expertos en escaramuzas). A veces, la amenaza era sólo el rumor; otras, la sangre llegaba a rozar los pies de los centinelas apostados en la Torre del Oro.

Pero a pesar de la omnipresente amenaza, Sevilla no había muerto. No era la ciudad de vida nocturna, ni de pasos solemnes por la Giralda, ni de ríos de turistas. Era otra cosa, más primitiva: un hervidero de supervivencia, de trueque y novedad, de dolor y destellos inesperados de esperanza. Agricultores venidos de Los Palacios y Lebrija cuidaban huertos improvisados en los patios de las antiguas universidades; mecánicos reformados mantenían a flote motores y bombas de agua; músicos sin instrumentos tarareaban tangos en los refugios; los niños pintaban con carbón en los muros de Santa Cruz.

Aquel 21 de marzo, mi tarea era acompañar una caravana hasta los arrabales de Triana. No era una expedición común: este era el primer intento serio en meses de reconectar un sistema de señales entre el centro y los barrios periféricos. Habíamos restaurado, con piezas apropiadas y mucha improvisación, un viejo radiotelégrafo, y un grupo de siete personas —yo incluida por mis conocimientos de topografía y mapas— salíamos a instalar los primeros postes y equipos.

Salimos con el alba, al paso sigiloso de dos caballos atados a una carreta instalada con paneles de madera y colchones para silenciar el ruido. Íbamos armados: dos fusiles antiguos, algunas pistolas y media docena de lanzas de hierro fabricadas por los herreros de la Plaza del Pan. En el camino, la ciudad parecía un enorme gigante dormido, cubierto de polvo y silencio. Allí donde antes había vida, ahora sólo quedaban esqueletos de coches, ventanas tapiadas y restos carbonizados de tiendas cuyos letreros aún se leían, como fantasmas de un idioma olvidado.

Al cruzar el puente de Isabel II, casi ninguno de nosotros pudo evitar mirar hacia el agua. Había un punto, en mitad del vano, donde las sombras parecían reunirse: a veces, desde la muralla, veíamos a los zombis caídos amontonarse en los viejos almacenes inundados, farfullando en su descomposición. Era un recordatorio: nadie debía ir solo, y nunca, nunca, salir después del crepúsculo.

Llegamos a Triana sin incidentes; los restos de la parroquia y de las casas bajas servían ahora de refugio improvisado para una treintena de supervivientes, muchos de ellos antiguos marineros de río y pescadores. Ellos dependían, como nosotros, del comercio de salazones, verduras en conserva y agua potable traída a cambio de provisiones o ungüentos fabricados a partir de plantas medicinales. Si Sevilla era una fortaleza, Triana era un bastión avanzado, casi siempre acechado por grupos de saqueadores y, no menos peligrosos, carroñeros de la propia ciudad.

Montamos el primer poste cerca del antiguo mercado, usando los cimientos de un quiosco de hierro forjado. El radiotelégrafo funcionó a medias, pero las primeras señales cruzaron el río. Nuestro trabajo tardaría días: había que establecer otros cuatro puntos antes de regresar, y cada incursión implicaba revisar túneles subterráneos, buscar zombis dormidos y limpiar las bocas de alcantarilla, donde a veces se ocultaban cadáveres frescos.

Aquella tarde, al regresar, una columna de humo al norte de la Cartuja nos sobresaltó. Uno a uno, los miembros de la caravana se miraron, valorando la posibilidad —o el peso de la paranoia, que aquí siempre es compañera— de un ataque inminente. Decidimos rodear el foco. La Cartuja no estaba bajo control de Sevilla; allí resistían, en precarias condiciones, otra comunidad de unos ochenta supervivientes, liderados por un antiguo sargento del ejército que había erigido sus propias normas. El canalario era zona de nadie, un terreno de riesgo.

La situación se resolvió como tantas otras: alerta máxima, pronta retirada y regreso lento al centro amurallado, donde los centinelas nos aguardaban tensos. Cada regreso era un renacimiento; cada salida, una incógnita.

Esa noche, mientras anotaba en mi cuaderno los acontecimientos, un bullicio en la plaza del Salvador me empujó afuera. Era la noche de los equinoccios, y desde hacía dos años, los supervivientes celebraban una pequeña fiesta improvisada: nada de milagros, poca música, mucha conversación y una sopa comunal hecha con lo mejor de las reservas. No había religión en este ritual, más allá de la reverencia callada hacia el hecho de seguir respirando, de habernos encontrado aún con ganas de convivir.

Los niños canturreaban viejas canciones, algún guitarrista tocaba una cuerda improvisada, y los mayores compartían relatos. Yo me senté junto a Lucio, un carpintero que había cruzado media Andalucía a pie. Él, como muchos, no hablaba del inicio —no del desmoronamiento, ni de las noches interminables de terror—, sólo del presente y de la posibilidad de plantar nuevos árboles “donde ya ni la sombra confía”.

Durante la noche, se propagó la noticia de que, por fin, el mercado de trueque abría el domingo siguiente tras semanas de cierre forzado por alerta zombi. Para nosotros, esto era motivo de júbilo: significaba que otros grupos, incluso de fuera de Sevilla, podrían venir. Cazadores de Carmona, agricultores de Écija, obreros de talleres de Utrera. Eso traía oro y veneno: noticias frescas y rumores, pero también peligro de peleas, robos y contagio.

Mientras el bullicio menguaba y volvía el miedo, tuve oportunidad de charlar con Almudena, una médica que se había hecho cargo del hospital del Alcázar desde la muerte de su predecesora. Me preguntó si había visto señales nuevas de infectados. “Pocos”, dije, “pero cada vez más viejos, torpes... los que resisten simplemente porque nadie los ha encontrado”. También recordó que aún quedaban cuerpos frescos en los arrabales; cada cadáver abandonado era un riesgo de reinicio, una moneda lanzada al caos.

Nuestra mayor victoria ese mes, sin embargo, fue la recuperación de la antigua imprenta situada detrás de la Plaza Nueva. Un grupo de ingenieros, entre los que se encontraba mi hermano Lucas, había logrado poner en marcha algunas de las viejas máquinas. Pronto circularían panfletos con normas sencillas de higiene, avisos sobre rutas seguras y carteles con mapas actualizados. Por primera vez desde el derrumbe, la ciudad tendría algo parecido a un periódico.

No todo era bendición, por supuesto. Los dirigentes que formaban el Consejo —tres mujeres y dos hombres, elegidos a mano alzada cuando Sevilla se unió bajo una sola bandera— discutían ya las tensiones latentes: el acceso a la energía solar; el reparto de los frutos de los huertos; el uso justo del agua de aljibes. Había quien temía que algún populista, con más carisma que verdad, supiera reavivar viejas heridas. Otros solo reclamaban mayor disciplina: los zombis, débiles o no, seguían allí, y con ellos la amenaza de una recaída.

A ello se sumaba el rumor, cada vez más recurrente, de que en la base militar de Morón aún subsistía un laboratorio secreto. Algunos afirmaban que allí se estaba investigando una vacuna; otros decían que sólo se fabricaban armas biológicas nuevas, o que todo era humo para disuadir ataques. Nadie tenía pruebas. Pero una noche, cuando el silencio apenas se rompía más que por el zumbido inquietante de insectos y el lloriqueo de algún crío asustado, un fogonazo lejano al sur puso de nuevo el miedo en los huesos de todos.

Y sin embargo, Sevilla persistía. Cada mañana, antes de distribuirnos por nuestras tareas, un pequeño grupo subía a la Giralda —la vieja torre que, pese a las grietas y el estruendo de la guerra, seguía en pie— para izar, como señal de otro día conquistado, una bandera con la figura de un sol naciente, pintada con pigmentos caseros.

La vida era dura, pero algo se había salvado. El amor, aunque raro y esquivo, brotaba en la mirada de los que compartían lecho improvisado; la amistad, en los lazos indelebles del que te salva la vida o comparte contigo la última barra de pan. En las noches de calma, los viejos aún recitaban fragmentos de la ‘Loba Parda’, y los niños soñaban con volver a bañar los pies en la fuente del Parque de María Luisa.

El 21 de marzo de 2028 quedará, como otros días, grabado en la memoria de los que quedaban. A la mañana siguiente, los jornaleros salieron a buscar semillas junto a mi hermano, los nietos de los antiguos dueños de la imprenta repartían panfletos a los mercaderes, y algunos exploradores planeaban recuperar el viejo Tranvía Verde, convencidos de que pronto volverían los días en que Sevilla sería, si no la de antes, al menos una ciudad viva y vigilante, con bullicio en sus plazas y esperanza asomada a los balcones.

El miedo pendía aún sobre nosotros. Pero por primera vez en años, Sevilla, resguardada tras sus muros y fortificada por su gente, no se sentía solo un refugio contra la muerte, sino un germen torpe de futuro, un lugar donde el pasado —en cenizas y campanarios— y el porvenir, aunque minúsculo, se daban la mano. Mientras las campanas repicaban al alba, recordé a mi madre: “Nadie puede quitarle al sol su derecho de salir.” Y nosotros, los que quedábamos, no se lo íbamos a negar.

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