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Fragmento:


—¿Algo nuevo en la sur?—pregunta Sara mientras recogen las provisiones.

Duración: 11:11

El Invierno de los Cuervos
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Texto de ajuste de pausa.

12 de diciembre de 2026

Madrugada helada en Sevilla. La ciudad ya no es el mosaico bullicioso de antaño, sino un archipiélago de barrios amurallados, conectados por rutas silenciosas y peligrosas, separando la vida y la esperanza del silencio pestilente de las calles ocupadas por la muerte. Ha pasado mucho desde que los primeros zombis cruzaron la Puerta de la Carne y deambularon bajo la Giralda, pero el recuerdo aún palpita en cada sombra.

En la antigua estación de tren de San Justa, transformada en fortaleza, Sara ajusta el visor nocturno que heredó de un soldado caído. Lleva horas sin dormir, sentada en la garita más cercana al acceso principal. Alrededor de ella, barriles oxidados y sacos de arena delimitan la línea que los infectados rara vez cruzan ya, pero el riesgo, como le enseñaron tantas veces, nunca desaparece del todo.

Desde la azotea, se divisa parte del barrio de Nervión, fragmentado entre ruinas y barricadas improvisadas. Banderas blancas ondean en tejados estratégicos: señal de que hay aliados en la distancia, comunidades con las que intercambian mensajes por radio o señales luminosas. El frío ha vuelto crujiente el aire, y cada respiración se convierte en una nube breve, una prueba de que sigue allí, viva y al acecho.

Sara baja con sigilo las escaleras mal iluminadas. En el vestíbulo, el calor de una hoguera alimentada a base de mobiliario de oficina da algo de vida a la estancia. Un par de jóvenes juegan a las cartas sobre una maleta dada vuelta. Detrás de ellos, una mujer mayor, Carmen, reza en voz baja frente a una virgen de cartón pegada sobre la pared estucada, talismán improvisado. Hay algo ritual y tranquilizador en sus rezos, aunque ya no sean mayoría los que creen en el milagro.

—¿Algún movimiento?—pregunta Mario, uno de los guardias, al verla llegar.

—Nada—responde ella, descolgándose el fusil de asalto improvisado—. Algunos ruidos al otro lado del puente, pero allí ya no quedan humanos.

—¿Crees que pasen esta noche?

—Si quedan zombis frescos, puede. Los antiguos ya apenas pueden caminar. Pero hay grupos de saqueadores cerca del barrio de la Macarena. Hace dos noches intentaron entrar a la Cartuja—. Sara sabe que los humanos desplazados son, ahora, incluso más peligrosos que los infectados.

Mario asiente y enciende un cigarrillo. Está delgado, ojeroso, con el uniforme militar tan gastado que apenas se distingue el escudo cosido. No tiene más de veinticinco años y, aun así, en su mirada pesa una guerra que para ellos empezó en la adolescencia.

***

Al amanecer, llegan los corredores de Triana. Siempre aparecen por el puente viejo, portando alforjas de cuero, mantas y botas de agua, sudados y cubiertos de polvo. Los reciben con cautela; solo los corredores experimentados pueden moverse entre los restos de Sevilla sin ser devorados u objeto de asalto.

Ismael, el jefe de los corredores, entrega dos bidones de aceite y una caja con semillas de habas y tomates. A cambio, exige balas y una docena de pastillas de antibiótico. El truqueo es rápido, sin tiempo para sentimentalismos.

—¿Algo nuevo en la sur?—pregunta Sara mientras recogen las provisiones.

—La orilla del Guadalquivir está despejada. Pero hay rumores de una horda en el Parque de María Luisa—responde Ismael, bajando la voz—. Dicen que se mueve por las noches y se pierde hacia los pabellones abandonados.

—¿Cuántos? —decide preguntar Mario, inquieto.

—Ochenta, quizá más. En su mayoría, viejos. Pero basta uno solo en buen estado para romper una defensa— comenta Ismael, con los ojos grises fijos en el resplandor rojizo del Alba.

Sara siente el peso de la noticia. Sabe que la esperanza de purgar Sevilla, los proyectos nacientes de reabrir mercados y hasta una pequeña escuela, dependen de contener esas hordas rezagadas.

—¿Viste a los de San Bernardo?—insiste Sara.

—Uno de sus líderes murió. Unos saqueadores que bajaban de la A-92. Ayer fui testigo de un combate, bastante feo. Quedan pocos, pero aguantan. Igual les vendría bien una visita armada—termina y se despide, lanzando un guiño flojo, antes de cruzar de nuevo al lado oeste.

***

La vida en San Justa es una rutina forzada. El día se divide en turnos de vigilancia, patrullas y rápida agricultura entre los patios baldíos. Cada metro cuadrado se aprovecha. En lo que fuera la cafetería Zennit ahora hay sacos de patatas, algunas coliflores, una fila de gallinas y, milagrosamente, dos cabras sobrevivientes.

Carmen, la mujer mayor, es la responsable de enseñar a los niños. Hay nueve, huérfanos casi todos, algunos traídos desde pueblos del Aljarafe. Pasan la mañana aprendiendo a leer con páginas recuperadas de manuales y libros de texto conquistados en bibliotecas saqueadas. El libro favorito de los pequeños es un tomo de leyendas sevillanas, y cada tarde, una vez se cierran los portones de la estación, se recitan en círculo los cuentos de don Juan Tenorio, de la Dama de la Fama, de Murillo y su virgen gitana.

Fuera, Sevilla se ha convertido en un tablero de riesgos. El centro histórico cayó hace años bajo la presión de una horda. Los monumentos son ahora cúmulos de escombros y osamentas, refugio de algunos zombis inactivos. Sólo en los mapas de cartografía reciente figuran las "zonas limpias": el arco barrio de San Julián, la zona de San Justa y parte del Porvenir. El resto es tierra de nadie.

Cada semana, una misión cruza por los pasillos del metro, en busca de medicinas en farmacias que aún contienen stock, o vituallas en supermercados medio quemados. Son salidas peligrosas. El grupo más experimentado lo lidera Sara. Van cubiertos, armados y veloces, sin pararse ni para rezar. Nadie olvida la emboscada en El Corte Inglés, tres meses atrás, cuando casi no regresan.

***

En la tarde fría del 12 de diciembre de 2026, una noticia inquietante recorre el asentamiento. La radio de onda corta, conectada a un generador de pedales, capta una señal procedente del sur, una voz recortada por la estática que repite:

—Ayuda... San Bernardo... hordas —luego, el ruido blanco se lo traga todo.

Sara decide convocar al consejo. Se sientan alrededor de una mesa improvisada, junto a viejas máquinas de billetes y restos de paneles publicitarios. Tres líderes de grupos –Sara, Mario y Carmen– exponen sus puntos de vista.

—Si no ayudamos, perderemos aliados y la amenaza nos alcanzará más rápido—argumenta Sara.

—San Bernardo tiene grano—recuerda Carmen—, y saben arreglar generadores. No podemos perderlos.

—Pero si caemos en una trampa...—responde Mario—. Los saqueadores no son menos peligrosos. Es posible que esa llamada ni siquiera provenga de nuestros aliados.

El consejo decide formar una patrulla nocturna. Sara, Mario, dos jóvenes y un tercer adulto se ofrecen. Saldrán cuando el reloj marque la una, tras el toque de queda. Combinan armas de fuego con lanzas y cuchillos improvisados a partir de herramientas del tren. Carmen les bendice antes de partir con el gesto de la cruz, aunque Sara no cree en los milagros desde hace años.

***

La patrulla avanza en la penumbra, tomando la avenida de Kansas City, tan vacía que el eco de sus pasos parece un estrépito. Las farolas caídas forman un paisaje de sombras torturadas. Sevilla, envuelta en el vaho gélido, es un cementerio de espectros. A la altura del puente de San Bernardo, encuentran los primeros rastros: manchas frescas de sangre oscura y pedazos de ropa. Sara indica silencio absoluto; sacan las pistolas, avanzan en cuclillas.

A lo lejos, el antiguo hospital militar es ahora una mole sin ventanas, pero hay movimiento en una de sus alas laterales: la linterna de un superviviente o la visión errática de un infectado.

El grupo rodea unas tapias resquebrajadas y al asomarse a la plaza de San Bernardo, la escena es dantesca. Cuatro humanos, sucios y armados, combaten una pequeña horda de zombis que, aunque deteriorados, siguen teniendo una fuerza brutal. Sara da la orden de disparar solo si es estrictamente necesario; el ruido atraería más.

Mario lanza una bengala –verde, señal de auxilio entre supervivientes– y los del hospital la reconocen. Colaboran en el combate, usan lanzas, clavan cuchillos, y sólo cuando los muertos descienden en número, prenden fuego a los cadáveres. El hedor es atroz, pero el alivio, casi celestial.

Los asediados resultan ser los últimos del grupo original de San Bernardo, incluida una médica que, entre lágrimas, agradece la intervención. Revelan que parte de la horda se dispersó hacia la zona del Prado, y temen que más infectados sigan activos. Sin embargo, han recuperado la moral, y la alianza entre los dos barrios sale reforzada de esta madrugada infernal.

***

El regreso es lento y cargado de tensión. Se abren paso entre ruinas y pequeños grupos de saqueadores, que huyen al ver la patrulla regresar armada. Al llegar a San Justa, la comunidad los recibe con alegría sombría; todos saben que cada noche sobrevivida es un milagro menor dentro de la normalidad rota.

***

Con el despuntar del sol, las alarmas suenan. ¡Alguien viene por el este! Pero se trata de las caravanas comerciales que llegan desde Alcalá y Dos Hermanas, protegidas por hombres montados en burros y caballos robustos. Traen harina, fardos de lana, algunas piezas de metal que serán oro puro para los herreros de la estación.

Ese día se reúne el pequeño mercado en los andenes, protegido, vigilado y aireado. La vida, aunque precaria, sigue. Los rumores flotan, como la noticia de una comunidad que logró plantar naranjos sanos en La Rinconada, o el niño que en Dos Hermanas aprendió a tocar un piano.

Sara observa todo desde la torre de la vieja señalización. En la distancia, los rayos del sol descomponen la niebla sobre la Giralda. Piensa en el detalle surrealista de vivir su vida entera bajo amenaza, de recordar la infancia solo como un eco lejano, ajeno a los niños que ahora crecen aprendiendo a arar campos en el patio de una estación de tren.

Al anochecer, recorre la muralla exterior, como hace cada noche. Las luces tenues, alimentadas por las bicicletas generadoras, titilan como luciérnagas desesperadas. Escucha, en la lejanía, el débil repicar de unas campanas –quizá la iglesia de San Julián, quizá el viento entre las ruinas– y se permite, por un instante, una pizca de esperanza.

La ciudad vieja no volverá jamás, pero Sevilla, la nueva, aún resiste entre los muros, la memoria y los surcos verdes que pugnan por nacer.

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