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Portada del relato La luz entre los naranjos
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Fragmento:


Ayer por la tarde, un calor denso flotaba sobre la ciudad y, como cada día, me asomé al balcón del piso en el que me he refugiado –un tercero con vistas al Museo de Bellas Artes. Allí es donde nos hemos asentado Pilar, Jacobo, Martín, la abuela Melchorita y yo. Es un buen lugar: paredes gruesas, ventanas con barrotes, reservas de comida en la planta baja saqueadas tiempo atrás, y la suerte de que los zombis suelen evitar las calles menos anchas por la dificultad de circular en tropel por los rincones de ese laberinto que son las calles del casco histórico.

Duración: 10:39

La luz entre los naranjos
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Texto de ajuste de pausa.

25 de julio de 2021

Querido diario:

Me cuesta empezar a escribir, pero quiero que si alguien encuentra estas páginas, sepa cómo era Sevilla cuando el mundo cambió y a qué huele el miedo cuando los zombis pasan debajo de tu ventana en pleno julio. He elegido el día de hoy porque, aunque llevo muchos meses sobreviviendo, esta mañana me he despertado sintiendo alguna clase de esperanza, quizás porque anoche la luna llena bañaba la ciudad y hasta los aullidos parecían un poco más lejanos.

Las campanas de la Catedral no han sonado desde hace meses. El silencio, salpicado a veces por disparos, gritos, o el crujido sordo de pasos arrastrando pies inertes sobre el adoquinado de la Plaza Nueva, es ahora una constante. Ya no hay turistas con helados, ni niñas corriendo detrás de las palomas en la Alameda. Solo quedamos nosotros, los que seguimos aquí por decisión, locura o imposibilidad de irnos.

Ayer por la tarde, un calor denso flotaba sobre la ciudad y, como cada día, me asomé al balcón del piso en el que me he refugiado –un tercero con vistas al Museo de Bellas Artes. Allí es donde nos hemos asentado Pilar, Jacobo, Martín, la abuela Melchorita y yo. Es un buen lugar: paredes gruesas, ventanas con barrotes, reservas de comida en la planta baja saqueadas tiempo atrás, y la suerte de que los zombis suelen evitar las calles menos anchas por la dificultad de circular en tropel por los rincones de ese laberinto que son las calles del casco histórico.

Antes, cuando esto empezó, todos soñábamos con un regreso rápido a la normalidad. Ahora, tras catorce meses escuchando los lamentos de aquellos que quedan atrapados en las antiguas rutas de salida –hordas que llenan desde la Ronda de Triana hasta la Macarena–, nadie piensa en eso. Lo importante ya no es cómo era la vida antes, sino cómo sobrevivir al presente y, sobre todo, cómo sobreponerse al recuerdo de aquellos que dejamos atrás.

Martín, el menor del grupo, de trece años, me preguntó esta mañana por el río. Quiere saber si algún día verá de nuevo el Guadalquivir sin cadáveres flotando entre los restos de barcas. Decir la verdad es a veces lo más cruel que se puede hacer a un niño, así que echo mano de historias de mi infancia antes del apocalipsis: la Feria de Abril, las noches de verano en los banquitos del Paseo Cristóbal Colón, el olor de los churros en los puestos de la Macarena. Veo en sus ojos ese destello que la realidad le intenta arrebatar. Se lo prometo: “Volverás a mojarte en el río, Martín, y no sólo para huir, como ahora.”

Hoy, por primera vez en semanas, nadie de nuestro grupo ha visto ni un solo zombi en la Calle Sierpes. Eso nos anima. Incluso Pilar se atreve a subir a la azotea para buscar señales de los otros asentamientos hacia el sur. La última vez que recibimos noticias de la comunidad fortificada en los antiguos pabellones de la Expo fue hace más de veinte días, y el miedo a que hayan caído es real. En la distancia se ve la cúpula del Casino de la Exposición y el perfil del puente de Calatrava. Donde hace años bailaron grupos y se celebraban inocentes ferias científicas ahora solo queda siluetas espectrales a plena luz del día y el retumbar lejano de cristales rotos.

A mediodía, Jacobo y yo hemos bajado al mercado del Mercado de la Encarnación, ahora convertido en un refugio improvisado para cultivos. Allí unas docenas de supervivientes se esconden tras tablas y sacos, cultivando humildes tomates y pimientos en antiguos tenderetes. Un hombre llamado Vicente lleva la voz cantante. Cuentan que antes era profesor de biología, y su idea de crear plantaciones verticales en las setas se ha convertido en una salvación para varios grupos. Vicente nos cambia algo de comida por dos cajas de mantas que encontramos en una farmacia vacía, una de las pocas que aún no estaba saqueada. Nos intercambiamos miradas de alivio, promesas de ayuda. Cualquier intercambio, por mínimo que sea, otorga una pequeña chispa de humanidad en este desierto de desesperanza.

Uno de los peores momentos de cada día es por la tarde, cuando el sol cae sobre las callejuelas y los zombis se vuelven erráticos. La mayoría, por fortuna, ya no es tan veloz como hace un año. Algunos se han ido pudriendo hasta quedar casi inmóviles, y se convierten en obstáculos más que en cazadores. Sin embargo, todavía surgen criaturas rápidas, los “nuevos”, y esos son mortales. Ayer el grupo del convento de Santa Paula perdió a dos miembros: los mordieron intentando subir a la torre para buscar agua (nadie sabe cómo esos malditos aún logran colarse en sitios cerrados). Los disparos nos mantuvieron en vela durante horas hasta que al final la radio local –una vieja transistorradio del 44, operada por Manolo, el gastrónomo reconvertido a técnico improvisado– informó que el grupo del convento seguía parcialmente operativo, aunque piden ayuda urgente con medicamentos y vendas.

La medicina se ha convertido en el tesoro más preciado. La abuela Melchorita sigue siendo nuestro ángel de la guarda: fue enfermera en el Hospital Virgen del Rocío y conoce remedios caseros con plantas del parque María Luisa. Me ha enseñado a distinguir las especies comestibles de las tóxicas, aunque la cosecha es cada vez más difícil: la mayor parte de los parques ha sido saqueada hasta la última rama.

Querido diario, han pasado horas desde que empecé a escribir. Afuera suena la lluvia de julio, caliente, trayendo consigo el olor a tierra mojada, mezclada con la sangre seca de tantas luchas. Pienso en la Sevilla antigua, la de los patios llenos de geranios, la de los bares abarrotados de risas por la noche, y me parece un cuento de hadas. Sin embargo, en las noches tranquilas, cuando podemos prender una vieja lámpara de queroseno y leer a la luz temblorosa, Sevilla aún murmura en las ruinas: el crepitar de las ramas, la sombra de la Giralda recortada contra el cielo, el eco lejano de un cante.

Esta noche la pasaremos en la azotea. Es la noche de Santiago, y Pilar, cabezota como es, insiste en que celebremos una pequeña vigilia. “Si vamos a sobrevivir, debe ser por algo más que por no morir hoy”, nos dice. Jacobo trae una guitarra sin cuerdas que malamente afina y, mientras la luna se asoma, compartimos un puñado de tomates y una garrafa de vino envejecido. Martín nos cuenta cómo imagina que era la ciudad antes: “¿Habéis visto Los Caños de Carmona? Dicen que el agua salía limpia, que los gatos eran gordos y dormían al sol.” El relato se parece a una fábula, pero hay algo de verdad en su voz: los niños de la plaga poseen un talento natural para la esperanza.

Nos turnamos para vigilar. Las patrullas de la recién creada "Milicia de la Cornisa", que opera desde San Julián hasta Los Remedios, deambulan sin rumbo fijo esta noche. La radio capta estática y, de vez en cuando, la voz rota de Lola, líder de los Milicianos. Advierte algo sobre una horda desplazándose desde el puente del Alamillo, así que nos mantenemos alertas, con las armas preparadas —una escopeta oxidada y algunas lanzas hechas con palos de fregona y puntas de metal.

No hay electricidad. Usamos alternadamente una dinamo de bici para cargar una linterna. Los generadores que hay en la estación de tren de Santa Justa pertenecen a un grupo rival, así que procuramos no acercarnos. Los mercados han sabido crear pequeñas rutas para el trueque, y ahora, en estos días extraños de relativo respiro, algunos atrevidos se acercan a la antigua estación del Prado para intercambiar lo poco que tienen. El peligro de salteadores sigue muy presente, pero cada vez más la mayor preocupación es otro humano desesperado que un zombi decrépito.

Lo peor que he visto fue hace unos días. Salíamos de una expedición a la Plaza de España, eufóricos por haber encontrado un alijo de arroz en una despensa olvidada de un restaurante. Al llegar al parque, tres cuerpos, dos zombis inmóviles y uno humano destrozado, nos recordaron la fragilidad de nuestra alegría. La comida apenas rinde, pero la muerte permanece. No tengo palabras para el dolor de Pilar, que reconoció en el muerto a su primo Jesús, desaparecido después de la última gran horda de hace dos meses. No lloramos, no aquí, no ahora. Solo bajamos la vista y seguimos caminando.

Las noches de verano son especialmente peligrosas. El calor hace que los cuerpos se descompongan más deprisa, el olor lo inunda todo. La brisa del Guadalquivir solo arrastra podredumbre y, a veces, el coraje de los pocos que aún pescan cerca de la Torre del Oro, usando redes improvisadas y rezando para que ningún zombi arrastrado por la corriente los alcance. A cambio, hemos visto, la fauna salvaje regresa: jabalíes entre los olivares de la Cartuja, bandadas de palomas salvajes en la Catedral, gatos omnipresentes y siempre esquinados.

Estos días, la ciudad es un mapa de ruinas y promesas. Entre los escombros, los supervivientes han aprendido a extraer lo esencial de lo inservible: una persiana caída puede convertirse en escudo, una sartén vieja en arma, una manta en escondite. El arte de la adaptación es todo.

Hoy he dedicado la tarde a escribir a la luz de unas velas rescatadas de la Basílica de la Macarena. Llevo semanas recopilando historias de otros supervivientes que cruzo en los intercambios. Quiero convertir este diario en algo más: en una memoria colectiva, una especie de faro para quien venga después, para que sepan que hubo vida aquí, y no solo podredumbre y miedo. La memoria, comprendo ahora, puede ser tan vital como una lata de garbanzos. Es lo único que realmente poseemos.

He guardado las últimas páginas para escribir a mi madre, por si alguna vez vuelve de su exilio rumbo a Cádiz. No tengo noticias suyas desde hace seis meses. Si algún día encuentra este diario, sabrá dónde buscarme: bajo la sombra de la Giralda, donde los naranjos aún perfuman el aire después de la lluvia. Tal vez sea una locura aferrarse a estos símbolos, pero creo que son los que nos diferencian de quienes caminan sin destino, víctimas de la plaga.

Termino la jornada con el corazón algo más ligero. El mundo es un lugar hostil y cada madrugada es una victoria. Bajo Sevilla ruge el miedo, pero sobre los tejados, bajo el mismo cielo de siempre, un puñado de locos seguimos celebrando la vida, el amor y el nacimiento de una esperanza.

Y así, mientras escribo esto, el eco de una bulería antigua resuena en mis recuerdos. No vamos a rendirnos. Esto es Sevilla, y aquí, hasta el último rincón, canta la vida, incluso entre tinieblas.

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