Fragmento:
Afuera, el invierno ha frenado, de alguna forma, a los zombis. No a todos. Los más antiguos se mueven con torpeza, a medio congelar por las noches, despacio durante el día. Sin embargo, los nuevos —los que mueren cada semana por hambre o frío— emergen tan letales y rápidos como los primeros de hace ocho meses. Alguien murió hace tres noches: Antonio, un camarero del Arenal, que sucumbió a la fiebre sin que pudiéramos ni darle un analgésico digno. A la noche siguiente oímos los golpes furiosos en los portones de la estación de autobuses. Era él, ahora irreconocible, intentando volver a lo que fue su hogar.
Duración: 12:10
15 de diciembre de 2020
El único sonido que atraviesa las antiguas murallas de Sevilla es el del viento, silbando entre los árboles secos del Parque de María Luisa. El Guadalquivir, oscuro y quieto bajo la pálida luz invernal, muestra la superficie rota por algún zombi errante que, tambaleante, cae una y otra vez al agua helada sin más destino que la descomposición. El aire es frío. Un olor dulce y nauseabundo lo impregna todo, recordándonos que aquí, en lo que fue una ciudad vibrante y llena de alegría, ahora reina la muerte, la espera y, sombríamente, la esperanza.
Me llamo Elena Cárdenas. Escribo este diario por las noches, cuando el silencio es tan profundo que hasta los suspiros asustan. Antes de todo esto, era profesora de historia en la universidad. Ahora, soy una superviviente más entre los que hemos hecho de la estación de autobuses Plaza de Armas nuestro refugio, nuestra última resistencia.
La ciudad se ha contraído. Camino a paso rápido —jamás corriendo, para no atraerlos— por las calles empedradas, en busca de leña, de cualquier cosa comestible, algún resto entre las tiendas saqueadas de la avenida Conde de Barajas, o quizás una pistola abandonada en un coche policial en la Alameda, aunque sé que es soñar demasiado. La vida es precaria. Desde hace dos semanas, el grupo está sometido a raciones estrictas: una lata de garbanzos por día para cada uno, y sólo después de hervir agua en las estufas improvisadas tratando de que el humo no suba a la cubierta y delate nuestra presencia.
Afuera, el invierno ha frenado, de alguna forma, a los zombis. No a todos. Los más antiguos se mueven con torpeza, a medio congelar por las noches, despacio durante el día. Sin embargo, los nuevos —los que mueren cada semana por hambre o frío— emergen tan letales y rápidos como los primeros de hace ocho meses. Alguien murió hace tres noches: Antonio, un camarero del Arenal, que sucumbió a la fiebre sin que pudiéramos ni darle un analgésico digno. A la noche siguiente oímos los golpes furiosos en los portones de la estación de autobuses. Era él, ahora irreconocible, intentando volver a lo que fue su hogar.
Nuestra rutina es simple, militar y necesaria. A las siete, antes de que amanezca, hago recuento de munición con Ricardo, el exguardia civil. Aunque tuvimos suerte y hallamos una pequeña armería olvidada cerca de Los Remedios, la mayoría de los disparos en Sevilla ahora sólo son advertencias: el estruendo llama a la horda. Así que preferimos mazas, cuchillos caseros afilados con paciencia y hasta viejos remos arrancados de la orilla del Guadalquivir. Se organizan turnos de guardia: por la mañana, Celia y Sara observan desde las ventanas al río. Por las noches, los hombres agotados bajan al sótano, mientras los más jóvenes —yo misma entre ellos— seguimos escribiendo vigilias en cuadernos que antes usábamos para planificaciones de clases o reuniones estudiantiles. Todo sirve ahora para registrar, para recordar, por si algún día algo mejora, o simplemente para sobrevivir.
En las calles, Sevilla es otra. Ya nadie toca palmas en las plazas ni resuena la guitarra en los bares de la Macarena. Los comerciantes del mercado, los turistas planificando paseos por el Alcázar o la Giralda, las familias tomando fotografías en el puente de Triana, todo eso es ahora un eco, una realidad que apenas se sostiene, tan vulnerable como nosotros mismos.
El principal peligro, estos días, no son sólo los zombis. El frío es implacable. Las noches son tan largas que el calor de la respiración se convierte en niebla. Las mantas son escasas. Los niños —solo tres en nuestro grupo, el menor de seis años— tiemblan y lloran hasta quedarse dormidos por el agotamiento. Hay que tener especial cuidado con los más viejos del grupo: Consuelo, la hermana mayor de una antigua familia de la Judería, casi no puede caminar ya, pero se empeña en cuidar al pequeño Jaime como si fuese suyo. Así nos sostenemos, con tiritas de humanidad.
Más allá de la supervivencia física, el verdadero combate es con la mente. La esperanza es lo primero que empezó a morir en Sevilla. Cuando cerraron los hospitales, cuando los vídeos espantosos desde Madrid saturaron lo poco que quedaba de las redes sociales, cuando por primera vez vimos a un conocido transformado en monstruo tambalearse bajo las farolas del Paseo Colón, todos supimos que lo peor no era el hambre ni el frío, sino la certeza de que el mundo ya estaba perdido.
A veces nos permitimos pequeños rituales para no olvidarnos de quienes éramos. Consuelo enciende, con gran parsimonia, una vela cada domingo y, aunque el grupo es variopinto —ateos, católicos, musulmanes, agnósticos—, todos nos quedamos en silencio. Quizás sólo por el gesto de humanidad, por recordar que aún somos algo más que cuerpos resistiendo. Sara, otra superviviente que ha tomado el rol de enfermera, cuenta historias del pasado para los pequeños; inventa cuentos de dragones que sobrevuelan sobre una Sevilla dorada o de plantas mágicas capaces de curar la peste. Le escuchamos con avidez, como si estuviera hablando de un futuro posible, no de un pasado que ya se escapa de nuestra memoria.
Hubo un tiempo en que creí que esta ciudad era indestructible. Que ni siquiera una plaga de muertos vivientes podría doblegar el espíritu sevillano. Pero la realidad ha sido cruel: barrios enteros, desde Nervión hasta el Cerro del Águila, han quedado abandonados a merced de las bestias. Puentes como el de San Telmo son trampas mortales, infestados de cuerpos mecánicamente atraídos por el menor ruido o movimiento, atraídos como polillas a la luz. Los carromatos de la policía y el ejército bloquean muchas salidas. Hay vehículos militares destrozados, y cadáveres —humanos y no humanos— amontonados en los cruces más transitados, ahora pudriéndose bajo el cielo plomizo.
Nuestro grupo, veinte almas al principio, ahora apenas alcanza la docena. La última vez que salimos juntos fue hace dos semanas, en busca de medicamentos a la farmacia frente a la Torre del Oro. Fue un desastre: la puerta reventada, las estanterías vacías, pero lo que más nos dolió fue encontrar a una familia entera encerrada en el baño, todos muertos, aún abrazados, como si la muerte pudiera protegerles del horror. Decidimos, desde ese momento, que no volveríamos a deambular en grupos grandes.
Aun así, no nos rendimos. Hemos improvisado trampas para despistar zombis en las entradas laterales de la estación. Ricardo inventó una especie de sistema de latas colgando de los techos por las que, cuando una criatura se acerca, suena un tintineo agudo suficiente para alertarnos y darnos tiempo de al menos coger las armas. Ayer, por ejemplo, salvamos la vida por apenas un minuto, gracias al ruido seco de una de estas alarmas caseras.
Hay rumores de otros grupos al norte de la ciudad, en las instalaciones del aeropuerto de San Pablo. Por las noches la radio de onda corta chisporrotea, y a veces se escucha una voz lejana, masculina, angustiada, repitiendo en bucle una frecuencia y un mensaje: “A quien escuche, tenemos refugio, tenemos agua. No crucen la circunvalación. Repetimos…” y después solo estática. Nadie se atreve a ir, aunque alguno de los hombres más jóvenes, hartos de la espera, se proponen hacerlo. Hasta ahora, ninguna expedición ha vuelto.
Una mañana, un par de días después de la última muerte, me encuentro sentada junto a la ventana de la antigua cafetería, escribiendo el diario y viendo el reflejo distorsionado de la ciudad a través del cristal sucio. Afuera, la Plaza de Armas que otrora bullía de gente no es más que un escenario de abandono: papeles volando, sillas volcadass, tienduchas saqueadas hasta los cimientos. Pienso en cómo hace exactamente un año, Sevilla se preparaba para la Navidad, con luces en las calles y villancicos en la Avenida de la Constitución. Ahora, sólo tenemos recuerdos y miedo.
Debajo de nosotros, en el garaje subterráneo, hemos habilitado una especie de huerto. Algunos se reían las primeras semanas: ¿cómo vamos a hacer brotar algo bajo el hormigón de una estación de autobuses? Pero Sara demostró que se puede con lo que se tiene. Trajo tierra de los parques abandonados, cultivó rábanos y cebollinos en cubos rescatados del supermercado. Ahora, este mísero vergel es el tesoro más cuidado del grupo. El agua es otro problema; recogemos cada gota de lluvia, filtramos con trapos, y a veces salimos al río para hervir la poca limpia que encontramos, esperando que los zombis no acechen en las orillas. El invierno es cruel, pero nos protege de ellos y, al mismo tiempo, amenaza con matarnos por congelación o neumonía.
Las noticias de fuera de Sevilla llegan sólo como ecos. No tenemos internet desde hace meses, apenas queda batería en algunos teléfonos antiguos, reservados sólo para casos extremos. La radio, como dije, es nuestro hilo de contacto con el exterior. En una ocasión, captamos un mensaje desde Córdoba: “Resistencia en la Mezquita. Aquí queda gente. Repetimos…” La esperanza es tan peligrosa como la desesperación. Nadie sabe si intentarlo es un suicidio.
He aprendido que convivir aquí, entre estos muros y con este grupo, implica aceptar que todo el mundo carga culpas y secretos. Hay quien llora a escondidas; otros se aíslan, mirando fotos raídas de sus familias. Celia, la bibliotecaria del barrio de Santa Cruz, rescata cada libro que puede, los apila en una esquina, y nos lee en voz alta cada noche un fragmento de historias de viajes, leyendas y hasta novelas románticas, como si leer sobre amor en tiempos de horror fuera un acto revolucionario.
Y, pese a todo, hay momentos de belleza. Una mañana de niebla, subí al tejado y observé la Giralda. Allí seguía, sempiterna, desafiando al terror y al olvido como solo lo pueden hacer las piedras antiguas. Pensé en cómo generaciones enteras han sobrevivido a guerras, epidemias, hambre; en cómo Sevilla ha caído mil veces y mil veces se ha levantado. Quizá no en nuestra vida, quizá no con nosotros, pero algún día volverán risas por la Maestranza, y volverá a cantar el barro por las calles.
Aun así, cada noche, cuando el frío aprieta y el miedo se cierne sobre nosotros como una manta demasiado pesada, repito en mi cabeza un simple rezo —no necesariamente religioso, más bien humano—: que cada amanecer traiga una oportunidad de resistir, que ninguno de los nuestros muera hoy, que podamos, solo por hoy, vivir un día más.
De vez en cuando nos reunimos bajo la marquesina, alrededor de la llama escuálida de una hoguera. Compartimos historias, chistes viejos, una guitarra desafinada. El invierno avanza y sabemos que habrá menos zombis en los próximos días, pero también menos comida, más frío, más soledad. No se habla de futuro, solo de mañana. Tendremos que decidir, tarde o temprano, si buscar nuevos refugios o resistir aquí hasta que, si Dios quiere, el mundo comience a girar de nuevo.
A veces, cuando la noche es demasiado fría y el silencio resulta insoportable, salgo al patio y contemplo el río. El agua sigue su curso; indiferente, oscura, resplandeciente. Como Sevilla, avanza sin importar cuántos caen a sus orillas. Si alguna vez alguien lee este diario, querría que entendiera cuánta vida se esconde en la resistencia, cuánta esperanza puede caber en un lugar sitiado por la muerte.
Entre el hambre y el miedo, Sevilla sigue viva; aunque apenas, aunque rota, aunque sólo sean unos pocos corazones latiendo en la oscuridad. Y ese rumor, ese leve murmullo de vida, ya es una forma de victoria silenciosa mientras esperamos que el largo invierno pase.
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